
Al principio solo había un hada flotando. Ondeaba suspendida en el aire, su abultado cabello castaño, con una flor prendida, rodeando su pálida cara. Con los ojos cerrados se dejaba llevar mientras su sedoso traje blanco, que le cubría los píes, oscilaba al viento. Sus brazos estirados indicaban la dirección en la que la esperaba su destino. Siguió avanzando y descubrió que no estaba sola. Había otra ninfa. La esperaba medio escondida, entre las sombras, pero cuando la vio, no dudo en seguirla. Abandonó su postura lateral, con las manos apoyadas en una mejilla y su voluminoso pelo rubio, repleto de flores, que se agitaba en todas direcciones y la siguió, con la vaporosa vestimenta y los brazos estirados, avanzando hacia su destino.
Serpenteaban juntas, dejando un rastro dorado por dónde habían pasado cuando el camino se estrecho. Entonces lo sintieron: Desesperación. Era el sufrimiento de la humanidad. Cuanto más se aproximaban más lo sentían. Era el miedo. El temor a la vida y a la muerte, el pavor a sufrir y a disfrutar, el miedo al miedo. Entraron en una zona etérea, dónde una neblina lo cubría todo, dándole un triste color gris. Allí había tres personas. Una mujer desnuda, que esperaba de pie, era la misma imagen de la indiferencia. Su expresión sonrosada contrastaba con su mirada perdida, más allá del infinito, hacia un futuro que daba por perdido. Las manos juntas, a la altura del pecho, en un pasado suplicantes ahora caían unidas. El resto de cuerpo desnudo simplemente esperaba, anclado en unos pies rodeados por una cuerda plateada. Tan solo un detalle recordaba la ilusión que tuvo en el pasado. Una flor morada prendía de su voluminoso pelo anaranjado.
A sus pies una pareja suplicaba, en el suelo, de rodillas. Sus piernas se enredaban en la misma cuerda plateada que ataba los pies de la joven que estaba junto a ellos, sujetándolos hasta la rodilla, unidos por la desesperanza. Sus cabezas estaban gachas y sus brazos se estiraban y con las manos unidas suplicaban a un caballero cubierto con una brillante armadura dorada.
Pero el caballero… ¡Ay, el caballero! El hidalgo miraba para otro lado. Su armadura refulgía al sol, pura, limpia de las batallas que no había librado. Su rizado cabello, entre naranja y cano, era lo único que la humanidad, en su petición de ayuda, vería. Sus rasgos angulosos, su piel cetrina y su hosca expresión miraban hacia el futuro, hacía la honra y el honor que podía alcanzar, hacía si mismo y su peso en la historia. Pero no miraba a los demás, se limitaba a fingir que no existían. Detrás de él, envueltas en un halo dorado que las separaba del sufrimiento de la humanidad, se encontraban Compasión y Ambición. Compasión con su dulce expresión de cariño, miraba al caballero con dulzura y fe, con las manos entrelazadas, apoyadas sobre su mejilla sonrosada. Su traje dorado era como un cálido consuelo, el lugar dónde la humanidad ansiaba envolverse en sus malas horas. Sin embargo, a su derecha, Ambición intentaba taparla. Sus ojos, alargados, con un circulo verde por pupila, miraban hacia adelante con una expresión determinista. Ambición sabía lo que quería y nada ni nadie la pararía. Vestida con un manto de oro, sostenía una corona de laurel en su mano, recordando su objetivo; la fama y la gloria.
Sin dudarlo, el caballero, perfectamente armado, sosteniendo su espada con la empuñadura de oro, perlas y piedras preciosas, calló a Compasión y escuchó solamente Ambición. No sería el caballero de brillante armadura el que salvaría a la humanidad.
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