Un repaso a los motivos por los que los humanos aún merecemos la pena.
A veces, cuando veo la situación mundial, pienso que, si no nos extinguimos antes, falta poco para que el resto de los habitantes del planeta nos denuncien a los humanos y pidan para nosotros la pena capital. Sería un juicio internacional, puede que transplanetario y a buen seguro muy mediático. Así que solo espero que, llegado el caso, tengamos un buen abogado, porque la lista de cargos sería larga y la culpabilidad está lo suficientemente bien documentada. Por eso, solo nos quedaría apelar a lo mejor de nosotros mismos para rebajar la pena y por eso, necesitaríamos los mejores testigos de la defensa.
Y con solo ver las pinceladas de Velázquez en el pelo de las Meninas, ya nos reducirían la condena, por no hablar de los ojos del bufón Calabacillas. No necesitaríamos a Antoine de Saint-Exupéry, bastaría con que leyeran el Principito. Podríamos justificar que no merecemos la extinción llevándoles al ballet, que vean las grandes obras de Tchaikovsky coreografiadas por Marius Petipa o ponerles el DVD de El Lago de los Cisnes con Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev en los papeles principales. Puede que entre el público estuviera Freddie Mercury y les deslumbrase no solo con si voz, también con sus canciones. Después podríamos llevar al jurado de excursión. Qué vieran como, a veces, hacemos de vivir un arte y llenamos la tierra de belleza. Una ruta que incluyera el Taj Mahal o Notre Dame: el modernismo de Victor Horta frente a la Mezquita de Isfahán o la Alhambra. Podríamos dejarles seducir por los paisajes de Machado que no hablan de la tierra, sino del alma humana o deleitarles con los cuentos y las ilustraciones de Beatrix Potter, dónde la naturaleza y la humanidad conviven en bella sintonía, al igual que lo hacen en los cuadros de Monet o en los de Van Gogh, pero también podríamos enseñarles que los humanos también sentimos el amor a través de los cuadros de Berthe Morisot con su hija como modelo o en la escultura de Antonio Canova. O tal vez sea Shakespeare, en un teatro, quien le muestre al jurado no solo lo que es el amor, sino como podemos transformar el dolor en arte: la belleza que surge del sufrimiento. Y ya metidos en un teatro, unir las artes y montar un buen musical, que les haga salir alegres y contentos, con nuevas esperanzas en la humanidad. Una vez en ese estado, podemos enseñarles que hasta de lo cotidiano y lo rutinario hicimos una vez arte y que aún no se ha perdido del todo. Hagamos una barra de pan mientras entonamos las panaderas para acabar en una fiesta popular. Dejen que el jurado baile jotas, flamenco, la expresión corporal que ha desarrollado cada lugar.
Podríamos mostrarles como el ser humano puede cambiar con solo dos candelabros de plata, como lo hizo Jean Valejean en Los Miserables. No. Podríamos mostrarles que los seres humanos podemos caminar solo con la confianza de otro ser humano. Podríamos enseñar que incluso de los defectos más limitantes sale la magnificencia: que un músico sordo redimió a la humanidad con una sola sinfonía, aunque fuera la última. Que una mujer con frecuentes ataques de lo que se consideró locura y un joven asmático que hasta tuvo que dejar salir de casa, cambiaron la literatura para siempre. Llamemos a los mejores testigos de la defensa y que nos defiendan en una causa que a todas luces parece perdida, pero que puede recordarnos lo mejor de nosotros mismos.
Con motivo del Día de los Museos, repasamos su historia con la voz de La Odisea.
Escucha, oh musa, la historia del Museo, tu casa y tu guarida, el lugar del Elíseo. Es hogar de la belleza, es guardián de la sabiduría: la plaza del conocimiento. Solo en ellos podemos aprender mientras vagamos, elegir mientras deambulamos, analizar mientras merodeamos. En ellos nuestra historia, nuestras ideas y nuestro subconsciente.
Todo empezó en Grecia, como no podía ser de otra manera, cuando su civilización se extendía hasta Egipto: en Alejandría apareció el Museion, templo y hogar para vosotras, oh musas, más conocido en la actualidad por su incendio y por su biblioteca soñada, que por sus intercambios culturales y sus espacios de investigación. Hoy se intenta recuperar ese espíritu de diálogo y aprendizaje, pero en una sociedad que no sabe escuchar y menosprecia el conocimiento, las tentativas son endebles y muchas veces limitadas a aquellos que viven ya en vosotras. Luchan tus trabajadores entregados por recuperar ese esplendor, por fomentar el entendimiento y el debate que nos permita redescubrir el poder de la escucha y la magia de las ideas, pero triunfa la ignorancia, seña de identidad de nuestra era. Y es que para muchos vuestra casa no es más que un lugar más que coleccionar en foto, de descubrir lo que tanto tiempo se ha visto en imagen a través de la máquina que las lleva acabo. Os visitamos para ver a través de la pantalla lo que en ella misma vemos.
Más tarde vino el coleccionismo, el rodearse de cosas bellas, de enseñarlas como trofeo o muestra de riquezas. Después vino el Renacimiento y tras él los gabinetes de las maravillas proliferaron, con cierto espíritu de aprendizaje porque en ellos encontrabas lo que parecía fantástico y fuera de lo posible. Lo desconocido. Disputábase el estatus con las ansias de enseñar, de abrir las mentes a aquello que no podíamos ni imaginar. Años más tarde volvió la palabra museo y a todos nos dejaron entrar: en grandes espacios un montón de objetos acumulados que nos permitían disfrutar, pero nunca dialogar. Faltaba el factor humano que nos había de enseñar, que si no entendemos lo que vemos mucho dejaremos de apreciar. Los años pasaron y lo fuimos ordenando: los hicimos accesibles y alguno hasta barato. Colocamos bien las obras, permitimos observar porque si estamos bien concentrados, mucho es lo que puede cambiar. También aprendimos a conversar, si la colección nos cuenta su historia, nos podremos ilustrar.
Protégenos, oh musa, de los riesgo de su falta, de las censuras inútiles y de los que olvidan tu importancia. Acerca tu hogar a todos, que nadie sienta tu falta.
Disfruta, oh musa, del día del Museo. Pasea por tu casa y recupera su valor. Enseña a quién te visite que por mucho que lo olvidemos, más de trescientos días son los que tu morada abre sus puertas y que entre sus paredes susurras tus poemas, tocas tu música, nos acercas tu comedia. Recuerda, oh musa, el valor de tus historias, no dejéis nunca de inspirarnos, no nos olvidéis aquí abajo, que si no fuera por vosotras, la humanidad sería poca.
Publicado con motivo del día de los museos en Diario de Ávila en 2024
Mural De Lara Rubin de Celix en Navalosa. Representa una niña con los elementos fundamentales de los Cucurrumachos, la mascarada del pueblo, portando un ramo de piorno en flor.
Para los griegos, el mundo volvió a florecer cuando Perséfone regresó de los infiernos un amanecer. En Cantabria son las anjanas quienes traen la primavera; sus mantos cubren todo a su paso de flores duraderas. Mas no se dejen por mitologías engañar, hoy traigo en mi artículo del esplendor de estos meses la verdad. Son las musas quienes nos regalan la primavera, en forma de versos, bailes y música hechicera. Pero las inspiran las dríades y ninfas que, con sus pinceles, todo lo invaden.
Son ellas las que perfilan los brotes que florecen cada año. Y son ellas a quienes los más afamados, con su obra, han inspirado. Está la dríade de Van Gogh, con su cabello trenzado con flores, rosado es su color. La de Antonio de Ávila pinta sobre fondo blanco y con relieve sobre el cristal. Su hijo Albano ha hecho de la primavera su color, y su musa le lleva a los campos de Castilla, sobre los que Machado se explayó, cuando el trigo aún es verde y se espera lo mejor. Es el hada de Klimt la más cariñosa, pues da igual que vaya vestida de flores, de todo tipo y condición, o que solo lleve los capullos en el pelo; va repartiendo abrazos y besos para que sientas tu valor. Dríade de Millais, dríade shakespereana, pues reposa en un río, repleto de matorrales, cual Ofelia ya calmada. Es la de Adelina Labrador una ninfa abulense, pues pinta nuestros pardos y ríos y los arbustos de frente. Y luego está la de William Morris, que debía de ser de las que cuidan el hogar, pues llena de vegetación los muebles y paredes, para que también sientas la naturaleza cuando a casa puedes regresar. La dríade de Monet bajó por el camino de Sonsoles y lo llenó todo de amapolas sobre campos de centeno, pero esta ninfa inquieta le llevó por el mundo entero. Rosales en arco, nenúfares en un lago, todas las flores y los colores pasaron por la paleta de Monet, porque dio con un hada que sabía componer. Era hermana de la de Caillebotte, que además de restos de pintura entre las manos, las tenían manchadas de tierra, pues pintaban y cultivaban, eran hijos de la primavera. La dríade de Velázquez era tímida y disimulada y solo los que le aman saben encontrarla: está escondida entre los vestidos y los peinados; de las Meninas, sí, pero también de los caballos. Nada que ver con la de Joan Mitchell, un hada juguetona que siente esta temporada con pura emoción, impregna de pigmento sus brochazos para causar conmoción. La de Berthe Morisot es la ninfa de la ternura, hace ramos en parques y jardines y se los regala a una niña. La de Raoul Dufy se refleja a manchazos como un dibujo acuarelado. La de Pejac es una Anjana y se encuentra casi en la puerta de su casa, le pide aire y naturaleza, llévala a cárceles, hospitales o a lugares donde haya pobreza. Y ya metidos en murales llega la dríade de Lara Rubin de Celix; de Garoza hasta Gredos, lo llena todo de tradición, sola o acompañada, danzas, oficios y hasta piornos en flor.
Mural de Kasandra en Garganta del Villar. Muestra dos de sus típicas ninfas rodeadas de piorno en flor en la Piedra Jorcá del pueblo.
Las ninfas pintan la primavera, con sus pinceles y una linda canción, pero no saben que a todas ellas también pintan con primor. Desde el Tiétar, tras un paseo por el valle encantador, Kasandra las pinta con la magia de su inspiración.
Que disfruten ustedes de la primavera, de su hechizo y su color.
Hoy se falla el premio de la crítica de Castilla y León y quiero aprovechar para compartir con vosotros un artículo que escribí sobre una de las obras nominadas, El dolmen de María Ángeles Álvarez. (Actualización: ganó el premio de la crítica). No negaré la emoción que me embargó al describir su nominación primero por la amistad que me une a ella, pero también porque fuera con este poemario tan especial. Durante el proceso de escritura hizo algo inaudito en ella: nos fue leyendo versos de tan feliz que fue durante el proceso de creación. Además, tras varias vicisitudes, cuando la obra fue presentada quien acompañó a María Ángeles en la mesa fue mi madre. A ella no le gusta la poesía, pero ha encontrado en esta obra un texto que apela a sus más profundas emociones como arqueóloga y lo ha leído varias veces, lo ha recomendado e incluso regalado. Finalmente, me gustaría añadir que esta obra es la más representativa de su autora. Todo lo que es está ahí: la poesía, la arqueología, la naturaleza, la espiritualidad, el dolor… todo se conjuga en este maravilloso poemario que os recomiendo encarecidamente. Y la crítica de Castilla y León también.
Quien convive con un arqueólogo conoce dos grandes verdades: es un oficio que consiste en pasar calor en verano y frío en invierno, y el resultado, por mucho que parezca que solo encuentran joyas y tesoros, no suele ir más allá de un puñado de huesos y muchas, muchas piedras. Pero también tenemos una certeza: les encanta. Revolver en la tierra y encontrar algo que tienen que descifrar, rastrear con los conocimientos que ya existen, hallar su lugar exacto en la historia. Muchas veces, sus hallazgos no harán más que complementar los datos del pasado que ya existen, otras les sirve para confirmar sus propias hipótesis; pero también hay momentos en los que encuentran pruebas que cambian las teorías y la historia que conocemos.
Aunque desde bien pequeña he tenido claro que era un oficio duro y no exento de riesgos, al que no quería dedicarme en absoluto, también he conocido la emoción del descubrimiento, la dicha por lo hallado, la excitación por la revelación. Sin embargo, hay algo que no comprendía hasta que tuve la suerte de escuchar a mi amiga, poeta y arqueóloga, entre otras cosas, María Ángeles Álvarez leernos los primeros versos de su poemario El dolmen —que sale a la venta el lunes—, y es la espiritualidad inherente a la excavación arqueológica.
La poesía no es, ni de lejos, mi especialidad, pero encuentro en este poemario esa esencia poética asentada en el hablar de una cosa para comunicar otra. En este caso, no hablo de metáforas, porque sí, habla del dolmen de Bernuy, de su descubrimiento y su excavación, pero en esa relación con lo descubierto que lleva a una búsqueda superior a lo meramente humano, se comparte otra experiencia mucho más íntima y profunda: la del dolor. De la experiencia vital que supone convivir con ello y de un enfoque de exploración constante de significado, de sentido y desahogo que quizá solo puede llegar a través de la palabra escrita.
En esta ocasión, la poeta deja atrás la belleza del campo y la naturaleza habituales en ella para entregarnos a la cara más amarga y dura del paisaje, al rigor de los elementos, a lo agreste propio de la prehistoria que descubrió, que excavó y que nos habla de un mundo indómito al que necesitamos encontrarle sentido. Piedras describiendo palabras, reza un verso, explicando en realidad qué supone este poemario para ella, qué podemos encontrar en él.
Y es ahí donde surge el espacio místico, la espiritualidad inherente a la persona que nos habla de comunión con el pasado al excavar, de la trascendencia de conectar con unas piedras que fueron tumbas y que nos remiten a que lo más básico, el dolor, la muerte, lo íntimo, profundo y sustancial no entienden de diferencias, ni siquiera temporales. La raíz es la misma. Esa raíz de la que María Ángeles ha hecho vida. Ya aparece en el segundo verso y es que las raíces son su especialidad: de plantas e históricas, todas la remiten a la más profunda de todas, la de el espíritu, en la que conectamos con nosotros mismos. Y el final nos llega, como no podía ser de otra manera, cargado de luz: la de las semillas, las de las plantas, la raíz primordial que nos permite respirar. Ven y vive, dice el poemario. Pero, en realidad, dice mucho más. Ven, siente, asimila, busca y encuentra. Y, con todo lo que te vas a encontrar, vive.
TÍTULO: El dolmén
AUTORA: María Ángeles Álvarez
EDITORIAL: Cuadernos del Laberinto. Anaquel de poesía.
Una fría tarde de invierno Clotilde paseaba por la calle con sus padres. Iban a ver el museo de un pintor valenciano en pleno centro de Madrid. Todos decían que era muy bueno, que en lugares como París, Nueva York o Londres podías encontrar un rinconcito de España si te entraba la morriña gracias a él.Caminaban por una gran avenida cuando, de repente, se toparon con un muro tras el que se intuían árboles. Al cruzar el umbral de la puerta, plantas y fuentes hicieron que olvidara que se encontraba en el centro de la capital, en pleno mes de enero, y se sintiese en algún lugar cálido cerca de la naturaleza. En aquel patio hasta el aire madrileño parecía más ligero.
Tras comprar la entrada, subieron una escalera cubiertas de baldosas y entraron a una gran sala con suelos de madera, paredes rojas y techo de cristal. Clotilde fue mirando los cuadros, despacio, uno a uno. En uno de ellos, su madre le señaló a una mujer muy guapa, vestida de negro, con collar de perlas y con una flor en el pelo.
— Cariño, esa es la mujer del pintor. Se llamaba como tú, Clotilde. La verás en muchos cuadros.
La niña siguió avanzando por la sala. También vio a los hijos del pintor, vestidos de rojo, al propio artista, con un sombrero, unas señoras en un vagón del tren y unas chicas tumbadas sobre el prado verde. Uno de los cuadros mostraba a un joven desnudo con un caballo, saliendo del mar. Era grande y, aún así, no había espacio para la obra completa: la cabeza del caballo estaba cortada. Era hipnótico, cualquiera que lo observase podría quedarse horas contemplándolo, pues al mirarlo uno se sentía en la playa, pisando arena húmeda, con la brisa que levantaba las olas en la cara. Casi se podía percibir el olor a salitre.
Su padre la apretó cariñosamente el hombro y juntos avanzaron hacia la siguiente sala. Mientas la veían le contó que el pintor recibía ahí a los clientes que querían hacerse con alguna obra suya o que les pintaste un retrato. De hecho, cuando enfermó y tuvo que dejar de pintar estaba en el jardín, trabajando en un retrato. Clotilde quería saber más y su madre le contó que un par de años más tarde murió. Fueron años muy duros, pues para aquel artista, la pintura y el mar eran su vida. Hasta le habían llevado a despedirse del Mediterráneo. De eso, le dijo su madre, hacía cien años en el mismo año, 2023.
La siguiente sala era el estudio, donde pintaba. Al pasar, Clotilde se quedó impactada. Aunque el día era gris en Madrid, la sala estaba llena de luz: la luz del Mediterráneo. Por todos ladoslos niños jugaban, nadaban, corrían junto a la orilla. Las mujeres paseaban con bellos vestidos blancos y el mar cambiaba de color en cada obra. Clotilde se sentía como si estuviera de vacaciones y mientras miraba a un niño con un barquito, se dirigió a su madre:
—Mamá, ¿Joaquín Sorolla es impresionista?
Su madre no sabía qué responder.
—No lo sé, hija. Su técnica no es impresionista, pero la luz sale de sus cuadros a raudales.
—¿Pero lo es o no lo es?
—No pinta como los impresionistas, sus brochazos son gruesos y llenos de pintura, mientras que los de estos son pequeños y delicados. Sin embargo, tan solo Monet capta la luz como él.
El pasado miércoles se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven y después de un año pensando en escribir sobre él, le consagro este último artículo de 2020. Como no tengo formación musical, me van a permitir que escriba sobre él desde mi relación con su música. Y para ello, me gustaría volver con ustedes al 1 de enero. Para mí el nuevo año no empieza hasta el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena y el último lo vi con mi amiga Barbarita, chelista de profesión y mi gran educadora en materia musical. Juntas disfrutamos de las melodías de la familia Strauss, del interludio dedicado al genio de Bonn y miramos los conciertos que iban a dar por toda Europa en homenaje al músico y que ya tenían las entradas agotadas. Para cuando mi amiga se fue a comer con su familia, mi propósito de Año Nuevo era oír en directo la Novena Sinfonía. Con este plan en mente, me puse el disco cuando me quedé sola tras la comilona y acabé en un maravilloso estado de sopor, con los ojos cerrados, a veces dormida, a veces despierta, pero acunada por la expresividad de la sinfonía más poética del compositor, arrullada por esa conocida melodía que alude a lo mejor de la humanidad. Recuerdo que para cuando volví a estar despierta del todo pensé que un año que comenzaba así, tenía que ser bueno a la fuerza.
A estas alturas ya se podrán imaginar que no he cumplido mi propósito de Año Nuevo, pero Beethoven no se ha separado de mí durante todo este tiempo. Y también que fue él quien me llevó de nuevo a un auditorio a comprobar que la cultura se ha adaptado extraordinariamente y es segura, y quien me hizo sentir el peso de todo el año. No fue la Novena, como yo quería, sino la Quinta. Quizá fuera el destino con el que muchas veces se ha asociado esta sinfonía, el que me llevó a un patio de butacas a escuchar esas cuatro notas que todos conocemos y sobre las que tanto se ha especulado, el destino llamando a tu puerta que dicen algunos. Pero allí, sentada, no pude dejar de encontrar una hermosa poética a estar oyendo la narración del descenso a los infiernos de Beethoven al notar que se quedaba sordo, como reencuentro con los escenarios, mientras recordaba con cariño aquel Año Nuevo que les he narrado y como los planes que ese día hice se desbarataron en una situación que, pese a los avisos, no vimos venir y cambió nuestro mundo para siempre.
Pero Beethoven siempre tiene espacio para algo más y el final de la composición poco tiene que ver con el principio. Esa misma obra llega a un momento de “calma tras la tormenta” que dijo Proust, y que el propio compositor debió de sentir gracias al arte que escribió que fue su salvación, pues de la intensidad dramática de la Quinta, fue transitando por las bellísimas Sexta, Séptima y Octava Sinfonías hasta esa oda a la Humanidad que es la Novena. Ese canto de esperanza, de amor al mundo, de optimismo. La obra de un hombre de mal carácter y sordo, que nunca pudo oírla y que aún así siempre me hace pensar en las cosas tan maravillosas de las que somos capaces los seres humanos. Cómo podemos encontrar la melodía en el silencio, la luz en la oscuridad. Doscientos cincuenta años después seguimos necesitando a Beethoven más que nunca.
Pero el compás cada vez se hacía más persistente y más llevadero. Cuanto más dura era la amenaza, cuanto más tristeza rondaba el ambiente, cuanto más imposible parecía seguir adelante, aquel ritmo tiraba con más fuerza. Las hadas siguieron avanzando a través de un tornado y en seguida volvieron a girar la esquina. Y allí estaba ella. Vestida de oro, con una corona de flores doradas, tañía su lira, como si de una de ellas, otra hada más se tratase. “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?” El vestido vaporoso parecía tener vida propia, y cubría sus pies, que, seguramente se hallaban atados por un cordón plateado. “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros” Allí estaba ella, “Yo voy soñando caminos de la tarde” Poesía. “Huye luna, luna, luna” Poesía recordaba al mundo las cosas bellas. “Entenderás ya que significan las Ítacas” Poesía guiaba a la humanidad de vuelta al camino de la felicidad. “¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres!”
Las hadas siguieron su camino con una nueva energía. Parecía que Poesía había cogido lo peor de la humanidad y lo había transformado. A veces era triste, melancólica, otras aventurera y hasta romántica, pero sabía sacar belleza hasta de las situaciones nefastas. De repente todo cambió. Las hadas sabían que desde poesía habían topado con lo más alto de la expresión humana. Lo más puro, lo más bello, lo mejor del hombre: se habían encontrado con las artes. Estaban juntas en un halo dorado, todas ellas tan parecidas, con su abundante cabellera castaña con algunos cabellos rubios y otros morenos, y sus hermosas caras y sus cuerpos estilizados, unidas por un cordel plateado, pero tan distintas. Allí estaba Música “ Hey Jude, don’t make it bad…” con una sonrisa por bandera, llevando el ritmo con la mano. “Dan las seis, sintonizo a los Stones” Curaba las penas. Nos recordaba quiénes éramos y de donde veníamos “Por el puente de Aranda se tiró, se tiró”. Animaba las fiestas. “Bailando, me paso el día bailando”. Proporcionaba el consuelo que nuestro cerebro y nuestra alma necesitaban.Muchas veces sin letra, llegaba incluso más adentro del alma, pero aún así de podría cantar “Ta, ta, ta, taaaaaaan”. Se decía que música tenía más poderes curativos que nadie en el mundo. “Anyway the wind blows…” Encima de ella flotaba Pintura, soñando con una Noche Estrellada, con un Beso, con una Virgen de las Rocas, con un bello Estanque de Nenúfares, con las ruinas del bombardeo de Guernica, con unos relojes derretidos que mostraban La persistencia de la Memoria… Encima suya Escultura se apoyaba en un señor Pensador, se dejaba moldear el pelo con un Peine del Viento, observaba a David que miraba a un sinfín de Soldados de Terracota… A continuación Teatro jugaba con mascaras con distintas emociones, cambiaba su expresión de la tristeza, a la felicidad, al terror, a la sorpresa… Teatro representaba la realidad de la humanidad y ahondaba en lo más profundo de nuestro ser. Seguía en la fila Danza, Arquitectura, Ópera y todas las artes que redimían al ser humano.
Las artes purificaron a las hadas que llegaron al final de su viaje. Allí estaba Amor. Sobre un césped plagado de flores, un coro de ángeles, vestidos con túnicas rosas con adornos dorados, con arpas, guitarras, bandurrias, panderetas tocaba, armonizaba y acompañaba a una pareja que se besaba, en medio de un halo dorado provocado por el sol, que brillaba con fuerza sobre ellos y en sus corazones. Esta era la mayor bendición de la humanidad. Amor estaba presente en la vida de todos. Padres, madres, hijos, amigos, novios, novias… Todos nacían con la bendición del Amor y podían distribuirlo como quisieran. Las Fuerzas Hostiles intentaban destruirlo, pero a veces no hacían sino reforzarlo. Las artes lo llenaban, lo idealizaban, lo elevaban a lo más alto. Pero, por encima de todo, el Amor llenaba las almas de los hombres, hacían que la vida valiera la pena. Las artes purificaban la esencia de los seres humanos, contrarrestaba el mal y abría los corazones para Amor.
Las hadas miraron la escena y sonrieron. Habían llegado al final de su camino y había merecido la pena. Habían aprendido a sobrevivir con la desesperanza, a convivir con las fuerzas del mal, habían reforzado su esencia a través de las artes y habían conocido el amor. Las ninfas, flotando, observaron por última vez a la pareja. El hombre era más alto que ella, que le rodeaba el cuello con los brazos. Él la estrechaba entre sus brazos y ambos ofrecían su beso a todo el mundo, recordando todas las emociones y las esperanzas acumuladas de la humanidad. Las hadas se dispusieron a proseguir su camino, pero se dieron cuenta de algo. A aquella pareja, fundida en el amor no se les veían los pies. Desde sus pantorrillas, hasta sus pies, un cordel plateado los unía, ¿solo el uno al otro?
Las hadas siguieron su viaje. Cada vez era más difícil avanzar, como si grandes enemigos acecharan a la vuelta de la esquina. Ellas eran meras observadoras, pero podían sentir el sufrimiento de la humanidad. Al poco de seguir con su viaje llegaron al lugar más oscuro en el que ha estado nunca nadie. Allí, reunidas, las Fuerzas Hostiles confabulaban contra la felicidad del ser humano. Las hadas se dieron cuenta que sería muy difícil salir de allí, que solo una fuerza superior y muy pura podría ayudarlas a continuar su viaje.
Lo primero que vieron fueron los grandes males del mundo: Enfermedad, Odio y Muerte atacaban a todo el que podían. Eran apenas tres calaveras que pujaban por dominar las vidas de los humanos. Enfermedad, con su escaso pelo creciéndole del centro de la cabeza y sus ojos en espiral, su boca abierta, numerosas ausencias entre sus dientes y los dos agujeros que tenía por nariz se propagaba entre la gente de las maneras más diversas. A algunos los atormentaba durante algún tiempo, a unos los abandonaba para siempre, a otros volvía a visitarlos. A los menos afortunados, los llevaba a ver a su amiga Muerte. Muerte tenía los ojos blancos, rodeados por unas ojeras moradas que le daban un aspecto temible. Igual que Enfermedad solo tenía dos agujeros por nariz, pero jamás abría la boca. Nadie sabía que se encontraba allí. Su cabello era abundante, negro y gris, y le caía serpenteando por su esquelético cuerpo. Si había una visión horrible, esa era Muerte. Si Muerte te atrapaba, no había vuelta atrás. Muerte era inevitable y necesaria, a veces un alivio, y en el fondo no era mala, pero siempre devastadora, sino al afectado, a todos sus allegados, por lo que en lugar de aceptarla y convivir con su sombra, los humanos la habían relegado a aquella pared sombría y temible. Por ello, en algunas ocasiones se asociaba con Odio. Odio no tenía pelo y sus ojos eran rojos. Tan rojos que brillaban y se podían ver en la oscuridad. Compartía nariz con Enfermedad y Muerte, pero respiraba mucho más fuerte, indignada por cualquier cosa que se cruzara en su camino. Odio atacaba a la gente, sacaba lo peor de ellos mismos, los enfrentaba. Si bien Odio no era definitiva, podía causar mucho más daño y más dolor que sus compañeras. Aquellos que caían bajo su influjo no podían ser felices jamás, vivían a la sombra de los demás y sus actos. Y no solo la felicidad los abandonaba, sino que su ira hacia daño a los demás, aunque no estuvieran infectados y en algunas ocasiones incluso hasta se contagiaba. Los ojos rojos de Odio eran el fin de la felicidad.
Las górgonas observaban a sus compañeras. Retorciéndose, con los ojos bien abiertos, y con serpientes doradas enredadas en su pelo, miraban algunos problemas que ellas podrían haber solucionado, pues tenían la capacidad de sanar, pero no lo deseaban. Estaban atentas, por si algún mortal se atrevía a mirarlas, convertirlo en piedra. Sus pies desnudos, igual que todo su cuerpo, se hallaban unidos y entrelazados por unos cordeles plateados. Tiempo atrás simplemente eran protectoras, pero aquello había pasado. Eran las hijas de Tifeo y se las dio la orden de amparar al mundo de su padre. Para ello se las dotó de poderes para que pudieran auxiliar a la humanidad de los cambios de humor de su padre. Pero siendo como eran las hijas de Tifeo prefirieron abandonar su labor de protección y dedicar sus poderes al servicio del mal. A su lado, su padre las miraba orgulloso. Tifeo en el pasado fue un hombre, pero su sangre viciada y su maldad acabaron por hacerse externas y todo el mundo podía ver el horrible monstruo en que se había convertido. Sus ojos blancos, con pupilas de perla lo observaban todo, desde lo alto de su peludo cuerpo marrón. Un turbante azul y dorado, coronaba su cabeza, ocultando unos cuernos tan retorcidos como su alma. Cuando lo deseaba, Tifeo podía alcanzar la altura de las estrellas. Podía echar lava por la boca y provocar explosiones volcánicas. Si el temible gorila se sentía inspirado, podía mover la tierra, rompiéndola, causando el caos. Podía generar grandes olas que arrasasen todo a su paso. En definitiva, aquel gigante malvado podía incitar a la tierra a revelarse y a causar grandes daños a sus habitantes.
Al lado de Tifeo se reunían Lascivia, Corrupción y Exceso. Lascivia atormentaba a los hombres con solo una mirada. Los perseguía su recuerdo, soñaban con encontrarla, les consumía la vida. Con su larga melena de un fulgor rojo intenso, coronada con flores azules y la cabeza ligeramente inclinada, miraba a los hombres desde la parte de arriba de sus hermosos ojos azules, con las cejas arqueadas, sugerentemente inclinadas. Su nariz perfecta trazaba una línea hasta su carnosa boca roja, que con media sonrisa, incitaba a la humanidad. En su hombro se apoyaba Corrupción, con su largo cabello rubio, que caía ensortijado, retorcido, como si de una metáfora se tratase sobre sus hombros. Cerraba los ojos, pues fingía no ver, pero sonreía dulce e ingenuamente, como si no causara ningún mal. En realidad había quién pensaba que Corrupción había llegado a aceptar su propia mentira; no creía que engañase, estafase, arañase, traicionase, apuñalase y llevase a cabo todo tipo de triquiñuelas por su propio bien, lo hacía por los demás, por la humanidad…. O eso pensaba ella que debían creer el resto. Corrupción parecía débil e insignificante al lado de sus compañeros de lienzo, pero, en realidad, había causado la destrucción de países, guerras, enfrentamientos y demás pecados desde que las sociedades comenzaron a florecer en la Tierra. Y luego estaba Exceso. Siempre era bienvenida al principio, pues parecía una buena amiga, de las que no te traiciona, con su voluptuoso cuerpo y su prominente vientre. No era guapa, por ello la gente se fiaba de ella, y sus elegantes ropas, un tocado de oro y piedras preciosas, una falda azul profundo, con un cinturón elaborado con oro y perlas, conseguía que todos se fijasen en ella y se le acercaran tanto que al final los absorbía. Exceso no tenía límite, siempre necesitaba más y se alimentaba de aquellos que se acercaban a ella, pensando que no hacían mal ni daño a nadie, y envueltos en un torbellino de disfrute. Muchas de sus víctimas venían de la mano de Lascivia y Corrupción, pero todo el mundo estaba dispuesto a pasar un rato con Exceso. El problema era que Exceso no te dejaba escapar y te quería a su lado hasta que no dabas más de si. A veces, a aquellos que se consideraban sus mejores amigos, se los cedía gustosa a Muerte y Enfermedad. Exceso se reía en la cara de los hombres, disfrazándolo de amistad.
Las hadas seguían avanzando despacio. Aquellas Fuerzas Hostiles hacían difícil el transito, pero las hadas empezaban a sentir que había algo más. Algo extraño, rítmico, sincopado, tiraba de ellas, como una inercia que les daba fuerza. En su marchar, las hadas se vieron en la lejanía en un suelo pedregoso que hacía formas zigzagueantes. El cielo en el que flotaban era gris, azul marino, negro, todo ello entre mezclado en un torbellino de emociones. En el suelo una figura encogida se retorcía, lloraba, gritaba, emanaba dolor. Con una mano se tiraba del pelo que le caía lacio por la espalda y los hombros. Con la otra se apretaba las piernas contra el pecho. Se decía que Remordimiento podía hacer sentir peor a los mortales que todos sus compañeros. Remordimiento podía atacarte si previamente todos los anteriores te habían cautivado, pero también atacaba a los no lo merecían por cosas que no era importantes. Generaba dolor por tus actos, pero también por los que no llevabas a cabo, por lo dicho y por lo callado, por lo amado y por lo odiado, por lo que habías sufrido y por lo que habían pasado los demás. Remordimiento siempre estaba al acecho, pero era muy selectiva. Rara era la vez que se relacionaba con sus compañeros; no le gustaban los corruptos, los lascivos, los que se excedían, ni los que odiaban. Solía ensañarse con los que se esforzaban en hacer las cosas bien pero, como humanos que eran, cometían un error. Ella sola podía causar más dolor que nadie y nadie estaba libre de ella. Remordimiento siempre estaba al acecho.
Al principio solo había un hada flotando. Ondeaba suspendida en el aire, su abultado cabello castaño, con una flor prendida, rodeando su pálida cara. Con los ojos cerrados se dejaba llevar mientras su sedoso traje blanco, que le cubría los píes, oscilaba al viento. Sus brazos estirados indicaban la dirección en la que la esperaba su destino. Siguió avanzando y descubrió que no estaba sola. Había otra ninfa. La esperaba medio escondida, entre las sombras, pero cuando la vio, no dudo en seguirla. Abandonó su postura lateral, con las manos apoyadas en una mejilla y su voluminoso pelo rubio, repleto de flores, que se agitaba en todas direcciones y la siguió, con la vaporosa vestimenta y los brazos estirados, avanzando hacia su destino.
Serpenteaban juntas, dejando un rastro dorado por dónde habían pasado cuando el camino se estrecho. Entonces lo sintieron: Desesperación. Era el sufrimiento de la humanidad. Cuanto más se aproximaban más lo sentían. Era el miedo. El temor a la vida y a la muerte, el pavor a sufrir y a disfrutar, el miedo al miedo. Entraron en una zona etérea, dónde una neblina lo cubría todo, dándole un triste color gris. Allí había tres personas. Una mujer desnuda, que esperaba de pie, era la misma imagen de la indiferencia. Su expresión sonrosada contrastaba con su mirada perdida, más allá del infinito, hacia un futuro que daba por perdido. Las manos juntas, a la altura del pecho, en un pasado suplicantes ahora caían unidas. El resto de cuerpo desnudo simplemente esperaba, anclado en unos pies rodeados por una cuerda plateada. Tan solo un detalle recordaba la ilusión que tuvo en el pasado. Una flor morada prendía de su voluminoso pelo anaranjado.
A sus pies una pareja suplicaba, en el suelo, de rodillas. Sus piernas se enredaban en la misma cuerda plateada que ataba los pies de la joven que estaba junto a ellos, sujetándolos hasta la rodilla, unidos por la desesperanza. Sus cabezas estaban gachas y sus brazos se estiraban y con las manos unidas suplicaban a un caballero cubierto con una brillante armadura dorada.
Pero el caballero… ¡Ay, el caballero! El hidalgo miraba para otro lado. Su armadura refulgía al sol, pura, limpia de las batallas que no había librado. Su rizado cabello, entre naranja y cano, era lo único que la humanidad, en su petición de ayuda, vería. Sus rasgos angulosos, su piel cetrina y su hosca expresión miraban hacia el futuro, hacía la honra y el honor que podía alcanzar, hacía si mismo y su peso en la historia. Pero no miraba a los demás, se limitaba a fingir que no existían. Detrás de él, envueltas en un halo dorado que las separaba del sufrimiento de la humanidad, se encontraban Compasión y Ambición. Compasión con su dulce expresión de cariño, miraba al caballero con dulzura y fe, con las manos entrelazadas, apoyadas sobre su mejilla sonrosada. Su traje dorado era como un cálido consuelo, el lugar dónde la humanidad ansiaba envolverse en sus malas horas. Sin embargo, a su derecha, Ambición intentaba taparla. Sus ojos, alargados, con un circulo verde por pupila, miraban hacia adelante con una expresión determinista. Ambición sabía lo que quería y nada ni nadie la pararía. Vestida con un manto de oro, sostenía una corona de laurel en su mano, recordando su objetivo; la fama y la gloria.
Sin dudarlo, el caballero, perfectamente armado, sosteniendo su espada con la empuñadura de oro, perlas y piedras preciosas, calló a Compasión y escuchó solamente Ambición. No sería el caballero de brillante armadura el que salvaría a la humanidad.
La escultura de Beethoven en la que se basa toda la exposición esta realizada en mármol griego, tela y ónice. Su pedestal esta hecho en mármol pirenaico, ojos de águila, ámbar, garras de águila: y bronce y el trono bronce en cabezas de márfil, bandas de mosaíco, vidrio, ágata, jade , madreperla y pan de oro. Tiene una altura total 310 metros y resalta por su grandiosidad y la majestuosidad con la que se trata la figura del genio de Bohn. Se presenta a Beethoven como una deidad olimpica, de ahí el diseño de la exposición, con el torso al desnudo y rodeado de elementos que remarcan su poder, como el águila o el trono. Esta obra se considera que pese a que la representación del músico es clara, tiene un claro componente abstracto, ya que transforma su música en visible y esta es la pauta que marca la exposición realizada en torno a su figura. En un sentido más practico se puede ver como el uso de elementos decorativos en la escultura puede influir a los artistas secessionistas, muy interesados en la ornamentación, particularmente a Klimt que inicia en esta exposición su periodo dorado.
Por su parte, el Friso de Beethoven es considerado por muchos la obra maestra del Art Noveau europeo y se salvo de la destrucción por aclamación popular. Es una alegoría al sufrimiento humano y como la salvación se encuentra en las artes y el amor. En el mismo momento de su creación, Havesi declaró que será una perdida irreparable y que era la obra maestra de Klimt. Esta afirmación hoy en día es aceptada por muchos. Las tres paredes decoradas por el artista representan el progreso de la humanidad desde el deseo hasta su salvación por medio de las artes. Este mensaje religioso artístico siempre ha sido interpretado como la parte coral de la novena sinfonía de Beethoven con un mensaje de alegría respecto al poder y la naturaleza abstracta de la música, presente en la escultura de Klinger. La obra marca el inicio de su obra más madura. Esta obra, además supone para él una liberación, ya que le da la oportunidad de realizar arte para el dominio público con total libertad, tras las duras críticas recibidas por las pinturas de la universidad.
La obra encuentra su influencia en distintas fuentes como el propio art noveau o la ornamentación bizantina y micénica de la poesía, influencia que desarrollara por completo en el palacio Stoclet, el renacimiento germánico con el caballero o el artista contemporáneo a Klimt, Ferdinand Hodler, al que emula en el simbolismo de su coro de ángeles.
A lo largo de los tres paneles se pueden ver hadas flotando, que son las que guían el recorrido a través del friso. En el primer panel aparecen tres figuras desnudas implorando a un caballero de armadura dorada que mira en otra dirección rodeado de la Compasión y la Ambición. En el panel central nos encontramos las Fuerzas Hostiles, capitaneadas por el gigante Tifeo, y sus tres hijas, las górgonas. También se encuentran en este panel la Enfermedad, la Locura, la Muerte, la Corrupción, la Lascivia, la Gula y el Arrepentimiento mostrado como un gran gemido. En el tercer panel, encontramos el anhelo de la felicidad satisfecho en Poesia, representada por una mujer con un arpa vestida de dorado. Más adelante unas mujeres desnudas que representan las artes dan paso a un coro de angeles, referencia directa a la coral de Beethoven y a una pareja abrazada que representa el amor. Esta obra contiene dos de los elementos clave en la obra inmediatamente anterior de Klimt y posterior; el desnudo y el uso del dorado. En su momento tuvo muchos detractores y muchos seguidores y llegó a ser acusado de pornografía pintada. Sin embargo, su realismo pictórico del desnudo y su realidad a la hora de pintar la masturbación femenina abrió caminos explorados posteriormente por artistas como Egon Shiele y más recientemente la obra gráfica de Jeff Koons Made in Heaven que, si a Klimt le acusaban de pornografía pintada, a este le han acusado directamente de pornografía.
El uso del dorado de Klimt comienza aquí y es lo que le ha granjeado mayor fama, ya que sus obras más conocidas, El Beso y el primer retrato de Adele Bloch-Bauer son famosas por el uso que hace del dorado como elemento decorativo a la par que sagrado, recreando el sagrado femenino famoso en la antigüedad. Klimt fue el artista contemporáneo que reintrodujo el uso del dorado en el arte, desmoralizando y quitándole el contexto eminentemente religioso. Así, algunos años más tarde Monet lo utilizara para el sol sobre su estanque de Giverny o Klein lo contrapondrá a su famoso color Klein. Pero la influencia más clara la tendrá para la fotógrafa austriaca Inge Prader que creara en vivo algunas de las escenas de Klimt, incluido el Friso de Beethoven.
Visión del Friso y la escultura durante la exposición.