EL ÚLTIMO DISCURSO DE NUCCIO ORDINE

El pasado 4 de mayo Nuccio Ordine recibía el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un mes después el humanista fallecía, pero le dio tiempo a elaborar un borrador para su intervención durante la ceremonia. El texto nos ha llegado a través de la página web de la Fundación y les recomiendo encarecidamente que lean.

En su discurso, Ordine dedicaba el premio a los docentes de todo el mundo, aunque hacia especial énfasis en aquellos que trabajan en zonas más pobres o conflictivas del mundo. Recordaba también a otros ganadores del premio, grandes maestros y comunicadores que han marcado un antes y un después en la cultura occidental: Umberto Eco, George Steiner y Emilio Lledó. De ellos destacaba su capacidad de cautivar a sus alumnos no solo por sus conocimientos sino, fundamentalmente, por su pasión por el saber y la transmisión del mismo. Esto, que puede parecer una afirmación bonita, es, sin embargo, una manera de vivir, una vocación de la que no hay escapatoria y que cambia vidas. Yo lo siento vivo dentro de mí cada vez que enseño, cada vez que comparto con mis alumnos algo que creo que cambiará su vida, que la hará mejor o que puede marcar la diferencia. En una sociedad que, como el mismo Ordine señala, niega la dignidad social que antaño tenían los profesores hasta tal punto que han surgido  videos para que los maestros “no tengamos que explicar” (esto lo he oído literalmente), él nos recuerda la principal tarea del docente: dotar de los recursos y la pasión necesarios para que los alumnos sean libres y aprendan a pensar por su cuenta. También nos evoca que la docencia cambia vidas y, en consecuencia, el mundo. 

En su discurso rememoraba que Albert Camus a quien escribió al recibir el premio Nobel fue a su profesor para darle las gracias. Pero después de tratar la importancia del oficio docente, también hablaba de los peligros a los que esta sujeta la educación en la actualidad: los recortes en materia educativa, la falta de valores sociales, donde el dinero es el gran objetivo a lograr y el conocimiento en ocasiones solo recibe el desprecio, las nuevas concepciones educativas dónde los alumnos y sus familias han pasado prácticamente a ser clientes y los planeamientos en los que se busca no tanto el conocimiento y el saber sino la eficiencia y la preparación para la incorporación al trabajo. Como docente que era, veía, como vemos en nuestro país, que los planes educativos van cada vez más orientados a preparar al alumnado para el futuro laboral y a lo que en él se encontraran, para que sean productivos desde el primer momento, pasando por alto el valor del saber académico y el aprendizaje. Cada reforma educativa es peor que la anterior y la perdida de conocimientos es patente al comparar los textos de las mismas. La cultura del esfuerzo o el aprender a manejar la frustración parecen temas prohibidos y, quizá, esto tenga que ver con el estado actual de la salud mental mundial, entre otras cosas. 

Frente a todos estos problemas apostaba por dos pilares. El primero es el que le hizo famoso, aprender a valorar la utilidad de lo inútil. El segundo son los profesores-salmón, que nadan a contracorriente para poder mantener la esencia de la educación. Estos fueron los  mensajes que nos dejo Nuccio Ordine en su último discurso.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2023

CRÓNICA DE UNA MALETA PESADA 

El interior de la maleta de libros del año pasado

(CARGADA DE LIBROS, CLARO)

La maleta de los libros no es cosa menor, o como dijo un presidente, es cosa mayor. Párese usted a pensar si tiene que elegir libros para dos meses, cuánto tardará en buenas narraciones seleccionar. Pues uno nunca sabe que le apetecerá leer, si habrá historias suficientes para tanto tiempo rellenar. Yo hago listas y listas y pienso en la sombra del árbol bajo el que leeré mientras sus hojas me abanican. Cuando pienso que ya he elegido suficientes, me doy cuenta de que no es cierto, de que me faltan páginas que me refresquen. 

Hay de todo en la maleta más maravillosa sobre la faz de la tierra: la llamamos la maleta de libros, tiene ruedas, es de tela y se estira que no veas. Es increíble la cantidad de volúmenes que caben en su habitáculo y una vez cerrada puedes meter alguno de propina, pues sigue habiendo espacio. Por eso, pese a que haga muchas listas, siempre acabo metiendo más, no vaya a quedarme sin lectura. Y sobra decir que al final, siempre se me olvida algún libro fundamental, justo ese, el que no sabía que necesitaba leer pero una vez metida en harina, no puedo pasar sin él. 

O te apetece releer los libros que más te gustan, los que lees siempre, pues son como un hogar al que siempre regresas cuando la paz buscas. Yo este problema ya lo tengo solucionado: mis libros esenciales tengo por duplicado, en mi casa y en la de mis abuelos, si quiero leerlos los tengo al momento. Dirá el lector práctico: ¿no sería más fácil tener un ebook? La respuesta es: NO, el lector clásico sabe lo que digo (aunque tengo libro electrónico, de su practicidad no dudo, pero la limito).

Qué cosa tan curiosa es planificar las lecturas de los próximos dos meses, cuando no sé que leeré al acabar este libro tan bonito ni la semana que viene. Sin embargo, hay algunos que sí, que desde el inicio, sabes que quieres leerlos ahí, cuando lleguen las vacaciones y puedas perderte entre sus páginas sin más obligaciones. 

¿Les cuento la parte chunga de la historia? En casa de mis abuelos, los libros también sobran, pues tengo una biblioteca apasionante, de esas con estanterías de madera, chimenea y un cheslón bien grande. Así que también tengo lectura allí, pero es fundamental llevar lo que quiero leer desde aquí. 

Lo mejor es que da igual qué libros que elija, algunos los leeré y otros volverán sin haberse abierto, compraré muchos nuevos y el maletero volverá repleto. Igual al lector le parece que tengo un problema: no lo negaré, aunque no pienso tratarlo, pues no me importa. Puede que  a usted también le pase. Enhorabuena, es algo muy disfrutable. 

Antes de acabar este artículo, me gustaría dedicárselo a un amigo que jamás vivirá este drama, pues cuando el verano asoma sabe qué libro leerá, lo tiene previsto desde que el calor retorna. Es siempre el mismo y de esas vacaciones no pasará sin acabarlo, pero a la hora de la verdad, solo traslada el volumen de la estantería a la mesita, donde lo olvida sin piedad. Hasta yo me sé ya el argumento del ansiado ensayo con el que nos metemos con él cuando anuncia que el momento de leer ha llegado. ¿Y saben lo que les digo? Que nunca lo acabará, pero no pasa nada, pues las vacaciones, ante todo, son para descansar. La suerte que algunos tenemos es que entre las páginas nos perdemos y mientras reposamos, mil aventuras viviremos.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2025

Artículo 200/9

Este martes hará doscientos años. Doscientos años de la última vez que se vio en público al compositor más grande de todos los tiempos, al que pudo conectar con la dureza de la existencia, esa que vivió en el dolor y transformó en belleza. Fue en lo que hoy es el hotel Sacher de Viena, mucho antes de que sirvieran tartas de chocolate. El último estreno, la última sinfonía. La última acabada, al menos. La que tardó en ser aceptada por el público, pese al éxito del estreno. Un número ordinal basta para que todos la reconozcamos. Su sola mención es suficiente para que las notas vuelen como la pelusa de un diente de león y se forme en nuestra mente una melodía universalmente reconocida que nos habla de la humanidad como pocas obras de arte lo han hecho antes. La apoteosis de la vida de un músico que brilló y colmó la posteridad de armonía y destino. La sinfonía que parece quedarse a un punto de la nota perfecta, pero que es un diez en todos los sentidos.

Doscientos años del genio del autor flotando por el tiempo y el espacio, atravesando el afinar de las orquestas con que empieza. Volando sobre la búsqueda de la felicidad humana, sobre los escollos que nos encontramos por el camino: las sombras que son inevitables, que se cruzan en todas las travesías, trayendo sufrimiento, sí, generando dolor, pero también haciéndonos más fuertes. Atraviesa sus tormentos para salir adelante gracias a las cosas importantes. Es suplicio y redención; tras el pesar llega el gozo y la afición acaba en dicha. Todo flota en este particular universo que acaba con un coro de ángeles bajado a la tierra para entonar en armónica melodía una oda a la vida que nos invoca que sin congoja no hay deleite, que el desconsuelo es solo una etapa y siempre queda espacio para la alegría. Para el amor y el arte.

Doscientos años del ascenso al Olimpo del Genio de Bonn, en medio de la gloria que solo la música pude crear. De parar al mundo con solo unas notas conocidas, de temblar y vibrar. De sentir. Doscientos años de traspasar pieles, de cambiar conciencias: de sueños, gritos de esperanza y gestos de paz. De cuerdas, viento, percusión y voz. De compartir pero también de disfrutar en la intimidad. De unidad, de solidaridad universal y de aquello que nos representa a todos. De poder envolvernos en su magia y dejar que la angustia torne en consuelo. Doscientos años de gozo universal.

Este martes hará doscientos años. Doscientos años de que se viera a Beethoven en un escenario por última vez. De saber que los inicios no deciden el final. Doscientos años de que la música cambiase para siempre. Doscientos años del mayor alegato a favor de la humanidad. Doscientos años de saber que de las experiencias se aprende. Que luchar es sinónimo de perseverar. Que la música puede alentar lo mas recóndito del alma. Doscientos años de arte y melodía. Doscientos años de libertad, de alegría. Doscientos años de la Novena.

Publicado en Diario de Ávila 2024

El silencio de un pueblo

El silencio de un pueblo resuena desde septiembre hasta junio. Adormilado, amodorrado bajo el aciago sol castellano o la indiferente gelidez del frío mesetario, espera durmiendo el sueño de los justos a que lleguen tiempos mejores, a que el viento agite las hojas de los árboles en fragante melodía mientras las casas abandonadas vuelvan a cobrar vida. Retornan los sonidos del alborozo: las risas, las carreras y hasta las motocicletas. La campana que repica en la vetusta torre de la iglesia, tiene ahora más público que se acostumbra a ella y la escucha de fondo, o que presta atención cuándo marca la hora de regresar. Los viejos bancos de piedra han dejado de descansar y se convierten en descanso, en confesionarios a cielo abierto, donde los jóvenes ríen y lloran con la emoción de la edad, se descubren los amores y se sueña con lo que vendrá. Arcaicos bancos que escucháis con vuestros oídos de piedra como en el futuro no contáis, pues los planes siempre llevan lejos y no se sabe cuándo regresaran.

Parece que en verano todo es más perezoso, calma y sosiego para las tardes ahogadas de calor y, sin embargo, en los pueblos todo se acelera: rebrota, renace y revive con el cálido sonido de las carcajadas de los niños, con los timbres de las bicicletas, que son para el verano, con los chapoteos, los balonazos e incluso las discusiones. La siesta tiene ruido del fondo: el silencio de un pueblo ha sido acallado. El café, la partida, el aperitivo, todo vuelve con más fuerza en verano. El reloj del ayuntamiento se convierte en referencia, los caminantes vespertinos o los muy madrugadores se saludan por los senderos. A las figuras del campo recortadas sobre el cielo, las que le dan vida todo el año, les salen espectadores e incluso jóvenes ayudantes.

Son las noches de verano noches a la fresca: de silla en la puerta de casa, de ventanas abiertas a última hora y cortinas ondulando en la noche como fantasmas del frescor inalcanzable. La luna ilumina la plaza, las risas de los jóvenes quedan amortiguadas por los balones que nunca paran. Vuelve la campana a tañer, dando la hora para recogerse. La libertad del estío, es el renacer de los pueblos con las risas en verano. Durante dos meses y medio, el silencio de un pueblo suena a gozo y bienestar.

Párate y te contaré cómo suenan nuestros pueblos. En verano todo es dicha, en invierno todo es frío. Soledad que ha de traer el otoño, no la quiero yo en mi tierra, prefiero el reír de agosto al sendero espectral que surge con las heladas. Hay en el pueblo una calidad perdida, un vivir con la tierra cerca y recordar la naturaleza viva. Quién sabe si esta es nuestra salida: convivir con la esencia del mundo para acabar con la violencia, la desidia y la ansiedad que parece impregnar nuestros días. Quizá es la hora de que volvamos a los pueblos, de que les devolvamos la vida y dejemos que, a cambio ellos, nos enseñen a vivirla. 

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2024

Testigos de la defensa

Un repaso a los motivos por los que los humanos aún merecemos la pena.

A veces, cuando veo la situación mundial, pienso que, si no nos extinguimos antes, falta poco para que el resto de los habitantes del planeta nos denuncien a los humanos y pidan para nosotros la pena capital. Sería un juicio internacional, puede que transplanetario y a buen seguro muy mediático. Así que solo espero que, llegado el caso, tengamos un buen abogado, porque la lista de cargos sería larga y la culpabilidad está lo suficientemente bien documentada. Por eso, solo nos quedaría apelar a lo mejor de nosotros mismos para rebajar la pena y por eso, necesitaríamos los mejores testigos de la defensa.

Y con solo ver las pinceladas de Velázquez en el pelo de las Meninas, ya nos reducirían la condena, por no hablar de los ojos del bufón Calabacillas. No necesitaríamos a Antoine de Saint-Exupéry, bastaría con que leyeran el Principito. Podríamos justificar que no merecemos la extinción llevándoles al ballet, que vean las grandes obras de Tchaikovsky coreografiadas por Marius Petipa o ponerles el DVD de El Lago de los Cisnes con Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev en los papeles principales. Puede que entre el público estuviera Freddie Mercury y les deslumbrase no solo con si voz, también con sus canciones. Después podríamos llevar al jurado de excursión. Qué vieran como, a veces, hacemos de vivir un arte y llenamos la tierra de belleza. Una ruta que incluyera el Taj Mahal o Notre Dame: el modernismo de Victor Horta frente a la Mezquita de Isfahán o la Alhambra. Podríamos dejarles seducir por los paisajes de Machado que no hablan de la tierra, sino del alma humana o deleitarles con los cuentos y las ilustraciones de Beatrix Potter, dónde la naturaleza y la humanidad conviven en bella sintonía, al igual que lo hacen en los cuadros de Monet o en los de Van Gogh, pero también podríamos enseñarles que los humanos también sentimos el amor a través de los cuadros de Berthe Morisot con su hija como modelo o en la escultura de Antonio Canova. O tal vez sea Shakespeare, en un teatro, quien le muestre al jurado no solo lo que es el amor, sino como podemos transformar el dolor en arte: la belleza que surge del sufrimiento. Y ya metidos en un teatro, unir las artes y montar un buen musical, que les haga salir alegres y contentos, con nuevas esperanzas en la humanidad. Una vez en ese estado, podemos enseñarles que hasta de lo cotidiano y lo rutinario hicimos una vez arte y que aún no se ha perdido del todo. Hagamos una barra de pan mientras entonamos las panaderas para acabar en una fiesta popular. Dejen que el jurado baile jotas, flamenco, la expresión corporal que ha desarrollado cada lugar.

Podríamos mostrarles como el ser humano puede cambiar con solo dos candelabros de plata, como lo hizo Jean Valejean en Los Miserables. No. Podríamos mostrarles que los seres humanos podemos caminar solo con la confianza de otro ser humano. Podríamos enseñar que incluso de los defectos más limitantes sale la magnificencia: que un músico sordo redimió a la humanidad con una sola sinfonía, aunque fuera la última. Que una mujer con frecuentes ataques de lo que se consideró locura y un joven asmático que hasta tuvo que dejar salir de casa, cambiaron la literatura para siempre. Llamemos a los mejores testigos de la defensa y que nos defiendan en una causa que a todas luces parece perdida, pero que puede recordarnos lo mejor de nosotros mismos.

La Museida

Con motivo del Día de los Museos, repasamos su historia con la voz de La Odisea.

Escucha, oh musa, la historia del Museo, tu casa y tu guarida, el lugar del Elíseo. Es hogar de la belleza, es guardián de la sabiduría: la plaza del conocimiento. Solo en ellos podemos aprender mientras vagamos, elegir mientras deambulamos, analizar mientras merodeamos. En ellos nuestra historia, nuestras ideas y nuestro subconsciente.

Todo empezó en Grecia, como no podía ser de otra manera, cuando su civilización se extendía hasta Egipto: en Alejandría apareció el Museion, templo y hogar para vosotras, oh musas, más conocido en la actualidad por su incendio y por su biblioteca soñada, que por sus intercambios culturales y sus espacios de investigación. Hoy se intenta recuperar ese espíritu de diálogo y aprendizaje, pero en una sociedad que no sabe escuchar y menosprecia el conocimiento, las tentativas son endebles y muchas veces limitadas a aquellos que viven ya en vosotras. Luchan tus trabajadores entregados por recuperar ese esplendor, por fomentar el entendimiento y el debate que nos permita redescubrir el poder de la escucha y la magia de las ideas, pero triunfa la ignorancia, seña de identidad de nuestra era. Y es que para muchos vuestra casa no es más que un lugar más que coleccionar en foto, de descubrir lo que tanto tiempo se ha visto en imagen a través de la máquina que las lleva acabo. Os visitamos para ver a través de la pantalla lo que en ella misma vemos.

Más tarde vino el coleccionismo, el rodearse de cosas bellas, de enseñarlas como trofeo o muestra de riquezas. Después vino el Renacimiento y tras él los gabinetes de las maravillas proliferaron, con cierto espíritu de aprendizaje porque en ellos encontrabas lo que parecía fantástico y fuera de lo posible. Lo desconocido. Disputábase el estatus con las ansias de enseñar, de abrir las mentes a aquello que no podíamos ni imaginar. Años más tarde volvió la palabra museo y a todos nos dejaron entrar: en grandes espacios un montón de objetos acumulados que nos permitían disfrutar, pero nunca dialogar. Faltaba el factor humano que nos había de enseñar, que si no entendemos lo que vemos mucho dejaremos de apreciar. Los años pasaron y lo fuimos ordenando: los hicimos accesibles y alguno hasta barato. Colocamos bien las obras, permitimos observar porque si estamos bien concentrados, mucho es lo que puede cambiar. También aprendimos a conversar, si la colección nos cuenta su historia, nos podremos ilustrar. 

Protégenos, oh musa, de los riesgo de su falta, de las censuras inútiles y de los que olvidan tu importancia. Acerca tu hogar a todos, que nadie sienta tu falta.

Disfruta, oh musa, del día del Museo. Pasea por tu casa y recupera su valor. Enseña a quién te visite que por mucho que lo olvidemos, más de trescientos días son los que tu morada abre sus puertas y que entre sus paredes susurras tus poemas, tocas tu música, nos acercas tu comedia. Recuerda, oh musa, el valor de tus historias, no dejéis nunca de inspirarnos, no nos olvidéis aquí abajo, que si no fuera por vosotras, la humanidad sería poca. 

Publicado con motivo del día de los museos en Diario de Ávila en 2024

Jota de la Santa

Ilustración de Kasandra

Jota castellana para Santa Teresa de Jesús.

Tal día como hoy, un 28 de marzo, nació Santa Teresa de Jesús en Ávila. Por eso, rescato esta jota que le escribí para el pasado día de la Santa.

Por todos es sabido que hay dos cosas en nuestra ciudad que son reconocidas como muy importantes por toda la humanidad. Una son las murallas y otra es la Santa, y con motivo de sus fiestas me he parado a pensar que, si las murallas tienen su jota, a Santa Teresa no la cantamos con acervo popular y me he propuesto solucionarlo con una tonada que se pueda cantar. Aquí está el resultado: la pueden aprovechar, eleven sus voces contentos para disfrutar de esta novedad. Solo les pido clemencia por los errores, pues es mi primera jota; pero he disfrutado componiéndola, ha sido una experiencia natural y maravillosa. Aprovecho para tener un recuerdo para la Virgen de la Soterraña que ya era nuestra patrona en tiempos de la Santa, pero que tras la vida de esta, fue perdiendo lustre y aunque conserva el título de patrona, Santa Teresa ha ocupado su sitio por aclamación popular. Sin más preámbulos aquí va, la Jota de la Santa: pueden cantarla y también bailarla, para eso está.

Jota de la Santa

La Santa no es la patrona,

la Santa no es la patrona.

Pero es tan grande su historia,

que le dimos la corona

y cuando media octubre,

la adora la muchedumbre.

La Santa no es la patrona.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Santa Teresa, escritora,

Santa Teresa, mujer,

monja y reformadora.

De la Iglesia su doctora.

¿Qué más se puede ser?

Pues también era abulense,

Santa Teresa, escritora.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

¡Ay, qué suerte que tenemos!

Con esta mujer errante,

¡ay, qué suerte que tenemos!

Andariega caminaba,

y conventos reformaba.

Andariega caminaba,

¡Ay, qué suerte que tenemos!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Escribía y escribía,

Santa Teresa leía,

Escribía y escribía:

la llamaban letraherida, 

un placer es su poesía,

Santa Teresa leía,

¡Escribía y escribía!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Ya nos vamos levitando,

y con la lengua hecha pedazos

ya nos vamos levitando.

Que tan grande es nuestro amor,

que es difícil explicarlo,

que es difícil explicarlo.

Ya nos vamos levitando.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Y aquí acaba esta jotilla,

para cantarle a la Santa,

y aquí acaba esta jotilla

vistámonos elegantes

y con nuestros manteos,

bailemos en plena calle.

¡Que aquí acaba esta jotilla!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡Esta jota en su honor,

a la Santa Cantamos!

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2025.

La ilustración es de la genial Kasandra

Reflexiones sobre un poema de Machado

(O una machadiana llamada de la primavera)

Siento debilidad por un poema de Antonio Machado. Bueno, siento debilidad por toda su obra en general, y algunos poemas me resuenan más que otros, pero cuando llega esta época del año, sale el sol y la naturaleza empieza a avisar que la primavera está cerca, no puedo evitar oír en mi cabeza (en la voz de Pedro Casablanc, que lo recita como nadie en el documental Los días azules) estos versos:

El limonero lánguido suspende 

una pálida rama polvorienta, 

sobre el encanto de la fuente limpia, 

y allá en el fondo sueñan 

los frutos de oro… 

Es una tarde clara, 

casi de primavera, 

tibia tarde de marzo 

que el hálito de abril cercano lleva; 

y estoy solo, en el patio silencioso, 

buscando una ilusión cándida y vieja: 

alguna sombra sobre el blanco muro, 

algún recuerdo, en el pretil de piedra 

de la fuente dormido, o, en el aire, 

algún vagar de túnica ligera. 

En el ambiente de la tarde flota 

ese aroma de ausencia, 

que dice al alma luminosa: nunca, 

y al corazón: espera. 

Ese aroma que evoca los fantasmas 

de las fragancias vírgenes y muertas. 

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, 

casi de primavera 

tarde sin flores, cuando me traías 

el buen perfume de la hierbabuena, 

y de la buena albahaca, 

que tenía mi madre en sus macetas. 

Que tú me viste hundir mis manos puras 

en el agua serena, 

para alcanzar los frutos encantados 

que hoy en el fondo de la fuente sueñan… 

Sí, te conozco tarde alegre y clara, 

casi de primavera.

Al leerlos, siento una trascendencia física que irradia del centro de mi pecho hacia afuera y me traslada bajo mi limonero personal, a esas horas que algunos dirían perdidas —pero que son disfrutadas— en las que mirar y apreciar el entorno, el verde de las hojas, el cielo azul y, sí, el olor de la albahaca es lo único que cuenta. Mi piel puede sentir casi el calor del sol mientras, en mi mente, se producen esas imágenes con una nitidez tan real que solo pueden adquirir aquellas cosas que viven en ti, que forman parte de lo que eres. Prácticamente siento la música del viento, el ritmo de mi esquina favorita del mundo, bajo un plátano y un haya, que me traen la armonía de esa conexión natural que todos necesitamos y muchas veces perdemos. 

Machado sabe cómo nadie escoger la palabra exacta para que se quede en ti, despertando lo que más necesitas. Ese limonero lánguido, esos frutos que sueñan, ese hálito de abril y ese corazón que espera no es más que el alma que está hibernando o lo intenta: que descansa y se oculta cuando el frío arrecia y que recibe la llamada a la vida, a volver a brotar y a florecer, cuando sus palabras te atraviesan. Esa tarde alegre y clara, casi de primavera, que empieza a despertar con los primeros indicios de una nueva vida natural, tiene la esencia de la magdalena de Proust años antes de que él probase un bocado. La fuente clara, el blanco muro, el patio silencioso o la hierbabuena son nuestros pasaportes al recuerdo de las primaveras pasadas pero, por encima de todo, son un reclamo a las primaveras futuras. Sobre todo a esa que está cerca y que nos traerá la vida de vuelta.

Literatura viajera

“Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro” escribió Emily Dickinson allá por el siglo XIX. Y la poeta tenía razón, la literatura puede darnos a conocer lugares, reales e imaginarios, o hacernos sentir que estamos allí. Si leer es viajar, podemos usar la lectura como guía de viaje. Existen grandes autores asociados a las ciudades donde vivieron y desarrollaron sus obras, como Kafka y Praga o Pessoa y Lisboa. No me parece tan descabellado dejar que ellos sean nuestros cicerones por las ciudades que conocieron tan bien e inmortalizaron. Los escritores pueden ser los mejores guías: dejemos que marquen nuestro recorrido por su entorno. Si aún no sabemos dónde ir, entre las páginas de un libro podemos encontrar el destino deseado y si, por el contrario, disfrutaremos del calor diurno y las noches frescas abulenses (qué maravilloso es nuestro clima estival), podemos ir de su mano a otras tierras.

Edward Rutherfurd lleva toda su carrera literaria relatando la historia de diferentes ciudades a través de las mismas familias. Desde los primeros asentamientos hasta nuestros días, las sagas familiares permiten conocer no solo los lugares sino cómo los acontecimientos históricos configuran el carácter de las personas y de ciudades como Londres, París… La literatura de viajes es una rama muy interesante, explora distintas zonas desde la perspectiva de un autor que, además de bellas descripciones, suele aportar apuntes históricos, culturales, etc. Uno de los grandes en este campo es Javier Reverte, cuyas novelas prácticamente te trasladan a los emplazamientos narrados. Viaja con las maletas cargadas de libros, y siguiendo los pasos de sus autores favoritos recorre calles, evoca historias, rememora versos. Son muchos los autores prestigiosos que han escrito sobre rincones que les han maravillado u horrorizado y editoriales como Confluencias rescatan esos fragmentos en los que narran ciudades o paisajes.

Igual que podemos sentir a Delibes en nuestra ciudad cuando ha nevado, pero hay luna en el firmamento, desde los Cuatro Postes o al mirar la cruz cercana al cementerio, otras ciudades llevan la impronta de los escritores que leemos antes de viajar. La belleza de acompañar a Bartolomé y Martín por el centro de Ávila en Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina, porque conoces el lugar, puede materializarse cuando vas de viaje y encuentras esa calle sobre la que has leído, y puede devolverte allí una vez que has regresado. Las rutas literarias están de moda, en nuestra propia ciudad se llevan a cabo, pero no necesitas un guía para recorrerlas, basta con coger En tus recuerdos, de Paula Velasco, y buscar por las Hervencias y el centro los lugares por los que vive sus días Jota. Podemos recordar en el día más frío del año, en pleno invierno, el mercado medieval de la mano de Matilde Asensi, esas jornadas en las que el verano toca a su fin pero nos resistimos a dejarlo marchar.

Evocar. Al final, de eso se trata. De ir deseando el lugar cada vez más cuando se acerca el viaje, de rememorarlo cuando ya ha pasado, de soñarlo cuando no se ha hecho, de descubrir que quieres conocerlo. Si viajar esta de moda, leer no lo está tanto. Y sin embargo, leer es viajar sin moverse. ¿Viajamos juntos este verano?

Publicado en Diario en Ávila en julio de 2019

Quiero escribir como la generación del 98

Quiero escribir como la generación del 98 como respuesta al lenguaje soez que abunda en nuestros días, como búsqueda de la elegancia y belleza que parecen olvidadas, como principio vital por el que rechazo la constante violencia y enfrentamiento al que nos vemos sometidos miremos por donde miremos. Todo vale, pero luego nos llevamos las manos a la cabeza, fingimos no comprender y exigimos responsabilidades por lo que estamos creando entre todos.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque yo también me siento desencantada con la sociedad que me ha tocado vivir, para poder sobrevivir a los tiempos de crisis que imperan en nuestro días, no económica, que también, sino moral y social. Cada vez son más las personas que sufren, por distintos motivos y de diferentes maneras, pero somos incapaces de atajar este problema y parece que realmente no nos importa. Porque estamos perdiendo los valores humanos que hacen avanzar a la sociedad y sin ellos nos precipitamos al vacío, un vacío donde necesitaremos un lenguaje bello que nos rescate, unas reflexiones pausadas que, aún cargadas de pesimismo, puedan guiarnos de nuevo hacia la humanidad que subyace en nosotros y que es la clave de la regeneración social. 

​Quiero escribir como la generación del 98 porque esta también es consecuencia de una revolución pedagógica, porque si sus autores, pese a sus gran variedad y sus distinciones, llegaron a conclusiones comunes y características representativas, fue por su relación con la Institución Libre de Enseñanza, que cambió los paradigmas pedagógicos y demostró la importancia de la educación y su funcionamiento al margen de la política y los planes de aprendizaje oficiales, como respuesta a los límites de la educación formal.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque además de belleza, en ella se desarrolló toda la cultura de su tiempo. Los valores filosóficos que se expandían por Europa llegaron de su mano a nuestro país, mientras que el impresionismo que surgía en París apareció en España en su lenguaje sencillo y sus frases cortas; en su predilección por el habla del pueblo y de la literatura hermosa que todos pueden comprender y por su interés en que aquellos que no sabían leer pudieran hacerlo.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque, pese a su pesimismo implícito, captaron la belleza castellana como nadie lo ha vuelto hacer: vieron en sus paisajes el rigor de la historia, la hermosura del vacío, la expresión del color. Porque comprendieron la tragedia de una tierra venida a menos que amparada en el pasado no evoluciona y se pierde por momentos, que encarna una nueva acepción de lo miserable y que, desde sus tiempos, no ha ido a mejor.  Revitalizaron el romance para hablar del amor que sentían por Castilla. Intentaron modernizarla sin perder su esencia, y en los lugares donde llevaron a cabo sus planes educativos aún se nota el valor de la cultura, pero también intentaron castellanizar el resto del país.

Quiero escribir como la generación del 98 porque, aunque al volver la vista atrás se vea la senda que nunca se ha de volver a pisar, todo se repite y siempre recorremos la misma ruta. Por ello, para los tiempos de crisis, necesitamos un espacio seguro para la expresión y la reflexión que pueda volver a llevarnos al camino que se hace al andar. Ese lugar ha sido siempre el arte y la cultura, pero hasta estos a veces parecen afectados por la crisis de nuestros días. ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… Quiero escribir como la generación del 98 para dar salida a la frustración que supone la realidad que nos ha tocado vivir.

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Publicado en Diario de Ávila el 27 de mayo de 2023