Jota de la Santa

Ilustración de Kasandra

Jota castellana para Santa Teresa de Jesús.

Tal día como hoy, un 28 de marzo, nació Santa Teresa de Jesús en Ávila. Por eso, rescato esta jota que le escribí para el pasado día de la Santa.

Por todos es sabido que hay dos cosas en nuestra ciudad que son reconocidas como muy importantes por toda la humanidad. Una son las murallas y otra es la Santa, y con motivo de sus fiestas me he parado a pensar que, si las murallas tienen su jota, a Santa Teresa no la cantamos con acervo popular y me he propuesto solucionarlo con una tonada que se pueda cantar. Aquí está el resultado: la pueden aprovechar, eleven sus voces contentos para disfrutar de esta novedad. Solo les pido clemencia por los errores, pues es mi primera jota; pero he disfrutado componiéndola, ha sido una experiencia natural y maravillosa. Aprovecho para tener un recuerdo para la Virgen de la Soterraña que ya era nuestra patrona en tiempos de la Santa, pero que tras la vida de esta, fue perdiendo lustre y aunque conserva el título de patrona, Santa Teresa ha ocupado su sitio por aclamación popular. Sin más preámbulos aquí va, la Jota de la Santa: pueden cantarla y también bailarla, para eso está.

Jota de la Santa

La Santa no es la patrona,

la Santa no es la patrona.

Pero es tan grande su historia,

que le dimos la corona

y cuando media octubre,

la adora la muchedumbre.

La Santa no es la patrona.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Santa Teresa, escritora,

Santa Teresa, mujer,

monja y reformadora.

De la Iglesia su doctora.

¿Qué más se puede ser?

Pues también era abulense,

Santa Teresa, escritora.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

¡Ay, qué suerte que tenemos!

Con esta mujer errante,

¡ay, qué suerte que tenemos!

Andariega caminaba,

y conventos reformaba.

Andariega caminaba,

¡Ay, qué suerte que tenemos!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Escribía y escribía,

Santa Teresa leía,

Escribía y escribía:

la llamaban letraherida, 

un placer es su poesía,

Santa Teresa leía,

¡Escribía y escribía!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Ya nos vamos levitando,

y con la lengua hecha pedazos

ya nos vamos levitando.

Que tan grande es nuestro amor,

que es difícil explicarlo,

que es difícil explicarlo.

Ya nos vamos levitando.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Y aquí acaba esta jotilla,

para cantarle a la Santa,

y aquí acaba esta jotilla

vistámonos elegantes

y con nuestros manteos,

bailemos en plena calle.

¡Que aquí acaba esta jotilla!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡Esta jota en su honor,

a la Santa Cantamos!

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2025.

La ilustración es de la genial Kasandra

Reflexiones sobre un poema de Machado

(O una machadiana llamada de la primavera)

Siento debilidad por un poema de Antonio Machado. Bueno, siento debilidad por toda su obra en general, y algunos poemas me resuenan más que otros, pero cuando llega esta época del año, sale el sol y la naturaleza empieza a avisar que la primavera está cerca, no puedo evitar oír en mi cabeza (en la voz de Pedro Casablanc, que lo recita como nadie en el documental Los días azules) estos versos:

El limonero lánguido suspende 

una pálida rama polvorienta, 

sobre el encanto de la fuente limpia, 

y allá en el fondo sueñan 

los frutos de oro… 

Es una tarde clara, 

casi de primavera, 

tibia tarde de marzo 

que el hálito de abril cercano lleva; 

y estoy solo, en el patio silencioso, 

buscando una ilusión cándida y vieja: 

alguna sombra sobre el blanco muro, 

algún recuerdo, en el pretil de piedra 

de la fuente dormido, o, en el aire, 

algún vagar de túnica ligera. 

En el ambiente de la tarde flota 

ese aroma de ausencia, 

que dice al alma luminosa: nunca, 

y al corazón: espera. 

Ese aroma que evoca los fantasmas 

de las fragancias vírgenes y muertas. 

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, 

casi de primavera 

tarde sin flores, cuando me traías 

el buen perfume de la hierbabuena, 

y de la buena albahaca, 

que tenía mi madre en sus macetas. 

Que tú me viste hundir mis manos puras 

en el agua serena, 

para alcanzar los frutos encantados 

que hoy en el fondo de la fuente sueñan… 

Sí, te conozco tarde alegre y clara, 

casi de primavera.

Al leerlos, siento una trascendencia física que irradia del centro de mi pecho hacia afuera y me traslada bajo mi limonero personal, a esas horas que algunos dirían perdidas —pero que son disfrutadas— en las que mirar y apreciar el entorno, el verde de las hojas, el cielo azul y, sí, el olor de la albahaca es lo único que cuenta. Mi piel puede sentir casi el calor del sol mientras, en mi mente, se producen esas imágenes con una nitidez tan real que solo pueden adquirir aquellas cosas que viven en ti, que forman parte de lo que eres. Prácticamente siento la música del viento, el ritmo de mi esquina favorita del mundo, bajo un plátano y un haya, que me traen la armonía de esa conexión natural que todos necesitamos y muchas veces perdemos. 

Machado sabe cómo nadie escoger la palabra exacta para que se quede en ti, despertando lo que más necesitas. Ese limonero lánguido, esos frutos que sueñan, ese hálito de abril y ese corazón que espera no es más que el alma que está hibernando o lo intenta: que descansa y se oculta cuando el frío arrecia y que recibe la llamada a la vida, a volver a brotar y a florecer, cuando sus palabras te atraviesan. Esa tarde alegre y clara, casi de primavera, que empieza a despertar con los primeros indicios de una nueva vida natural, tiene la esencia de la magdalena de Proust años antes de que él probase un bocado. La fuente clara, el blanco muro, el patio silencioso o la hierbabuena son nuestros pasaportes al recuerdo de las primaveras pasadas pero, por encima de todo, son un reclamo a las primaveras futuras. Sobre todo a esa que está cerca y que nos traerá la vida de vuelta.

Literatura viajera

“Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro” escribió Emily Dickinson allá por el siglo XIX. Y la poeta tenía razón, la literatura puede darnos a conocer lugares, reales e imaginarios, o hacernos sentir que estamos allí. Si leer es viajar, podemos usar la lectura como guía de viaje. Existen grandes autores asociados a las ciudades donde vivieron y desarrollaron sus obras, como Kafka y Praga o Pessoa y Lisboa. No me parece tan descabellado dejar que ellos sean nuestros cicerones por las ciudades que conocieron tan bien e inmortalizaron. Los escritores pueden ser los mejores guías: dejemos que marquen nuestro recorrido por su entorno. Si aún no sabemos dónde ir, entre las páginas de un libro podemos encontrar el destino deseado y si, por el contrario, disfrutaremos del calor diurno y las noches frescas abulenses (qué maravilloso es nuestro clima estival), podemos ir de su mano a otras tierras.

Edward Rutherfurd lleva toda su carrera literaria relatando la historia de diferentes ciudades a través de las mismas familias. Desde los primeros asentamientos hasta nuestros días, las sagas familiares permiten conocer no solo los lugares sino cómo los acontecimientos históricos configuran el carácter de las personas y de ciudades como Londres, París… La literatura de viajes es una rama muy interesante, explora distintas zonas desde la perspectiva de un autor que, además de bellas descripciones, suele aportar apuntes históricos, culturales, etc. Uno de los grandes en este campo es Javier Reverte, cuyas novelas prácticamente te trasladan a los emplazamientos narrados. Viaja con las maletas cargadas de libros, y siguiendo los pasos de sus autores favoritos recorre calles, evoca historias, rememora versos. Son muchos los autores prestigiosos que han escrito sobre rincones que les han maravillado u horrorizado y editoriales como Confluencias rescatan esos fragmentos en los que narran ciudades o paisajes.

Igual que podemos sentir a Delibes en nuestra ciudad cuando ha nevado, pero hay luna en el firmamento, desde los Cuatro Postes o al mirar la cruz cercana al cementerio, otras ciudades llevan la impronta de los escritores que leemos antes de viajar. La belleza de acompañar a Bartolomé y Martín por el centro de Ávila en Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina, porque conoces el lugar, puede materializarse cuando vas de viaje y encuentras esa calle sobre la que has leído, y puede devolverte allí una vez que has regresado. Las rutas literarias están de moda, en nuestra propia ciudad se llevan a cabo, pero no necesitas un guía para recorrerlas, basta con coger En tus recuerdos, de Paula Velasco, y buscar por las Hervencias y el centro los lugares por los que vive sus días Jota. Podemos recordar en el día más frío del año, en pleno invierno, el mercado medieval de la mano de Matilde Asensi, esas jornadas en las que el verano toca a su fin pero nos resistimos a dejarlo marchar.

Evocar. Al final, de eso se trata. De ir deseando el lugar cada vez más cuando se acerca el viaje, de rememorarlo cuando ya ha pasado, de soñarlo cuando no se ha hecho, de descubrir que quieres conocerlo. Si viajar esta de moda, leer no lo está tanto. Y sin embargo, leer es viajar sin moverse. ¿Viajamos juntos este verano?

Publicado en Diario en Ávila en julio de 2019

Quiero escribir como la generación del 98

Quiero escribir como la generación del 98 como respuesta al lenguaje soez que abunda en nuestros días, como búsqueda de la elegancia y belleza que parecen olvidadas, como principio vital por el que rechazo la constante violencia y enfrentamiento al que nos vemos sometidos miremos por donde miremos. Todo vale, pero luego nos llevamos las manos a la cabeza, fingimos no comprender y exigimos responsabilidades por lo que estamos creando entre todos.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque yo también me siento desencantada con la sociedad que me ha tocado vivir, para poder sobrevivir a los tiempos de crisis que imperan en nuestro días, no económica, que también, sino moral y social. Cada vez son más las personas que sufren, por distintos motivos y de diferentes maneras, pero somos incapaces de atajar este problema y parece que realmente no nos importa. Porque estamos perdiendo los valores humanos que hacen avanzar a la sociedad y sin ellos nos precipitamos al vacío, un vacío donde necesitaremos un lenguaje bello que nos rescate, unas reflexiones pausadas que, aún cargadas de pesimismo, puedan guiarnos de nuevo hacia la humanidad que subyace en nosotros y que es la clave de la regeneración social. 

​Quiero escribir como la generación del 98 porque esta también es consecuencia de una revolución pedagógica, porque si sus autores, pese a sus gran variedad y sus distinciones, llegaron a conclusiones comunes y características representativas, fue por su relación con la Institución Libre de Enseñanza, que cambió los paradigmas pedagógicos y demostró la importancia de la educación y su funcionamiento al margen de la política y los planes de aprendizaje oficiales, como respuesta a los límites de la educación formal.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque además de belleza, en ella se desarrolló toda la cultura de su tiempo. Los valores filosóficos que se expandían por Europa llegaron de su mano a nuestro país, mientras que el impresionismo que surgía en París apareció en España en su lenguaje sencillo y sus frases cortas; en su predilección por el habla del pueblo y de la literatura hermosa que todos pueden comprender y por su interés en que aquellos que no sabían leer pudieran hacerlo.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque, pese a su pesimismo implícito, captaron la belleza castellana como nadie lo ha vuelto hacer: vieron en sus paisajes el rigor de la historia, la hermosura del vacío, la expresión del color. Porque comprendieron la tragedia de una tierra venida a menos que amparada en el pasado no evoluciona y se pierde por momentos, que encarna una nueva acepción de lo miserable y que, desde sus tiempos, no ha ido a mejor.  Revitalizaron el romance para hablar del amor que sentían por Castilla. Intentaron modernizarla sin perder su esencia, y en los lugares donde llevaron a cabo sus planes educativos aún se nota el valor de la cultura, pero también intentaron castellanizar el resto del país.

Quiero escribir como la generación del 98 porque, aunque al volver la vista atrás se vea la senda que nunca se ha de volver a pisar, todo se repite y siempre recorremos la misma ruta. Por ello, para los tiempos de crisis, necesitamos un espacio seguro para la expresión y la reflexión que pueda volver a llevarnos al camino que se hace al andar. Ese lugar ha sido siempre el arte y la cultura, pero hasta estos a veces parecen afectados por la crisis de nuestros días. ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… Quiero escribir como la generación del 98 para dar salida a la frustración que supone la realidad que nos ha tocado vivir.

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Publicado en Diario de Ávila el 27 de mayo de 2023

De raíz

¿Estaban ustedes la víspera de San Segundo en el Chico, viendo a Nuevo Mester de Juglaría? Si es así, y aquí alguna de mis lectoras habituales estará asintiendo, seguro que compartieron la magia de aquella velada. Ya no solo por la calidad musical de los segovianos y el repertorio por todos conocido; la tarde del lunes pasó de concierto a fiesta como en pocas ocasiones pasa. La jornada del primero de mayo, la plaza mayor de Ávila estaba llena. La gente cantaba y disfrutaba, pero también bailaba. El encanto fue más allá de la fiesta y la diversión, tuvo que ver con lo que nos cuenta: identidad y raíces, cultura compartida.
Todos los conciertos suelen tener una conexión que trasciende a la música, que une a los asistentes y en este caso, lo que se celebraba era algo que no siempre tenemos presente: que venimos del mismo lugar y tenemos un pasado y un folclore común. El éxodo rural tuvo un efecto nefasto en la cultura popular. Por evitar una identificación con el pueblo de las personas que iban a las capitales, dejaban atrás estas tradiciones que, unidas al surgimiento de la televisión, estuvieron a punto de hacer desaparecer nuestras músicas y danzas. Afortunadamente siempre hemos contado con gente que ha entregado su tiempo no solo a la recogida de estos, sino a su difusión y, en casos como el del Mester, a la puesta en valor desde el disfrute y la fiesta. Los integrantes de la banda segoviana, lejos de molestarse porque hubiera otro foco de atención, animaban a los asistentes a unirse a la danza. Gente de diversas edades, que no siempre nos conocíamos, bailábamos juntos, nos sonreíamos y disfrutábamos. Los pocos niños que había empezaban bailando a lo loco, hasta que alguien les enseñaba cómo hacerlo bien y ponían toda su atención en ello. Pero, mientras veía el goteo de gente y me unía a él, no dejaban de saltar las alarmas en mi cabeza. La media de edad del concierto era alta y aunque había gente joven y niños, no los suficientes.
En términos musicales, el folk sigue vivo. Por un lado, la buena música es atemporal y trasciende a las modas. Por otro, hay cantantes y bandas que se dedican al género, que continúan con la tradición. También hay grupos de danza muy activos y hasta se ha propuesto la jota como candidata a Patrimonio Inmaterial de la UNESCO, por lo que el futuro inmediato parece garantizado. Pero temo que la cultura del pueblo, si queda a expensas de quienes se dedican a ella, sin que la gente conozca las canciones y sepa bailarlas, aunque sea malamente, la fiesta que genera y todo lo que representa desaparecerá y ocurrirá con ella como con tantos otros aspectos de la cultura: quedará relegados a una minoría. Si no enseñamos quienes somos través de nuestras tradiciones, dejaremos de ser y perderemos nuestra propia esencia. Y será una pérdida más para la sociedad. Como hablar con cortesía a los demás. O ser agradecidos con la gente que lo merece. O el respeto al rival. O cultivar la paciencia frente a la inmediatez que parece ser obligatoria. O que nuestros representantes electos sean modélicos en el trato entre ellos y hacia los demás, independientemente de sus ideas. Será otra muestra más del declive en valores que estamos viviendo. Y, lo peor de todo, es que cuando perdemos de vista quienes somos la manera de recuperarnos es volver a nuestras raíces.

Publicado ayer en Diario de Ávila.

Cambiar el mundo

En ‘Cuaderno del año del Nobel’, de publicación póstuma, José Saramago escribe: “Sigo diciendo que la literatura no cambia el mundo, pero cada vez más voy teniendo razones para creer que la vida de una persona puede transformarse con un simple libro”. No sé si lo haría a posta pero, para mí, el portugués cae en una paradoja. Si la vida de una persona puede alterarse con tan solo una lectura ¿no le da esto a la literatura el poder de cambiar el mundo? Cuando un libro tiene el potencial de transformar a un individuo, el mundo se verá beneficiado de ese pequeño cambio, pues los grandes empiezan por pequeñas acciones.
Un estudio publicado hace algún tiempo, se hace eco de que aquellas personas que leyeron a Harry Potter en la infancia demuestran una mayor empatía hacia el sufrimiento ajeno, como consecuencia de la exposición a las dramáticas historias del protagonista. Si tenemos en cuenta que las ventas de Harry Potter superan los 500 millones en todo el mundo, con que una cuarta parte haya mejorado sus dotes de empatía, ya estaremos ante un mundo mejor, que tiene más en cuenta los sentimientos de los demás y reacciona a ellos. Y este es un gran cambio.
Ricardo de León escribió “Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre”. Leer nos permite acceder al conocimiento y este nos lleva, en la mayor parte de las veces, a cuestionar lo que nos dicen, pensar por nosotros mismos y no creernos cualquier cosa que encontremos, incluso en los propios libros. Que aprendemos de los libros es algo evidente. Da igual el tipo de lectura que hagamos. Incluso esos thrillers cuya trama se basa en la historia del arte y que rápidamente se transforman en best sellers, pero la documentación brilla por su ausencia y lleva a escribir auténticos disparates tanto históricos como artísticos, dicen cosas interesantes y puede que su fantasia desbordada sobre algunos cuadros, lleve a millones de personas a admirar distintas obras de arte e incluso a despertar su interés por la materia. Denominamos despectivamente algunas novelas como fáciles, hablamos de libros comerciales y olvidamos que cualquier página escrita es un paso hacia delante para nuestra apertura de mente. Juzgar un libro por su portada, género, contenido o incluso público potencial es un ejercicio de prepotencia: cada uno puede encontrar en sus lecturas aquello que necesita, da igual lo que sea o dónde se encuentre.
Vivimos tiempos complicados, llenos de radicalismos, de inmediatez y de egoísmo. Es una época de crisis, no solo económica, sino también de valores, de moral. Y, sin embargo, en estos periodos, aflora lo mejor del arte y la cultura, como contrapunto a las difíciles situaciones que experimentamos. No olvidemos que la Edad de Oro española coincide con la crisis del Barroco. Por ello, en estos tiempos inciertos, apostemos por la cultura, por saber quiénes somos y sacar lo mejor que hay en nosotros. Leamos. Da igual si lo hacemos en papel o en pantalla, si es poesía, prosa, ensayo, periódicos, revistas o cómics. Dejemos que el arte desarrolle nuestro pensamiento y que la lectura nos dé el impulso necesario para cambiar el mundo con nuestros actos. Permitamos que, por esta vez, Saramago no esté del todo acertado.

Y de cañas con ellos

Hace quince días les hablé de mis tés con las amigas de papel y tinta, pero esta semana saldré de cañas con los amigos, a garitos de mala muerte, bares tradicionales o pubs ingleses, porque dicen que lo importante no es el lugar sino la compañía.
Para empezar, confieso, paso mucho tiempo con Patrick en los cafés de París. Damos buenos paseos, envueltos en misterios e identidades secretas y cuando la sed acucia nos sentamos en algún café, a horas intempestivas y dejamos que los silencios llenen lo que no completa la vida. En uno de estos establecimientos conocí también a Ernest. Ambos estábamos fuera de casa en la capital francesa, pero frecuentábamos los mismos sitios. Después hemos estado en Cuba, Estados Unidos, Canadá y hasta aquí, en España, pero fue en París donde le conocí. Y Marcel también acabó llevándome a su ciudad natal, tras varios veranos de infancia en Combray y los de juventud en Balbec. En su larga búsqueda del tiempo perdido, es un fiel consejero que entiende la vida de tal manera que pese al largo intervalo que nos separa, todo sigue teniendo sentido. Tan solo el asma que compartimos me agobia cuando le dan ataques, y me hace sentir agradecida de tener los medios médicos del siglo XXI.
Karl Ove me ha dado a conocer los bares nórdicos y juntos hemos hablado de literatura y de la vida, de cómo se presenta, de cómo se afronta y se supera. Javier me ha llevado a tabernas griegas, pubs irlandeses, bares americanos… mucho he viajado de su mano y compartido su maleta, repleta de autores que le hacían de guía en sus viajes. Rafael es perfecto para hablar de literatura española. Milan es fuente de inspiración y de reflexión, tiene una filosofía que te lleva a repensarlo todo. Hervé es nuevo, pero sus conversaciones expanden mi pensamiento. Antonio me habla de arte, de jazz (cuidado que le gusta, a veces se pone un poco pesado), de su vida y de su querida mujer Elvira, otra gran amiga mía. Eduardo es siempre surrealista, estar con él es diversión asegurada. Paul es un mago de las palabras, sus historias dan vértigo y te atrapan en 4, 3, 2, 1. Haruki es experto en mezclar la realidad y la fantasía como nadie.
J.R.R. y C.S. son del club de la magia. Nos reunimos en el Eagle and Child de Oxford donde narran la vida en clave de fantasía, pero sus historias son tan profundas que encierran la realidad del mundo. Ian y sus amigos Kazuo, Martin y Haniff, me cuentan historias muy diversas, normalmente inglesas, pero siempre de una manera innovadora, que no te esperas y te atrapa. Juntos expiamos nuestros pecados durante los restos del día. Benjamín es nuevo y me habla de la belleza del Mar Abierto.
Al bar del pueblo me ha llevado siempre don Miguel. Es uno de mis mejores amigos, pero siempre le pondré el don delante, porque el respeto que le tengo es inmenso. Nuestras largas conversaciones sobre la tierra, la infancia o la familia han sido muy importantes para mí. Don Antonio tampoco puede faltar en la taberna rural, en la que sus sufrimientos son los míos, pero su belleza también. Y es que unos versos no vienen mal de vez en cuando para aliviar el espíritu.
Como ven, no me falta vida social, siempre ando por ahí con unos o con otros, escuchando y aprendiendo. Y es que los amigos de papel son necesarios, hay que tenerlos cerca, por si acaso.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2022

Un té con ellas

Me gusta tomar el té con mis amigas, las de papel y tinta, y chismorrear con ellas, sentada en el sofá, calentita y a veces hasta con una manta. Otras veces al aire libre, abanicadas por los árboles mientras las palabras fluyen como las olas del mar cercano. Dialogar con ellas ensancha mi mente, amplía mis horizontes y me da nuevas perspectivas en la vida. Algunas llevan toda la vida conmigo y espero que no nos separemos jamás, pero cada vez son más las voces que se unen a mis sesiones de cotilleo de la hora del té. Bienvenidas sean todas ellas y lo que habrán de regalarme.
Con J. K. hablo de magia y, de vez en cuando, también de las heridas que deja la guerra en los combatientes. Elvira, que prefiere los tintos de verano, solía hablarme de la infancia, pero con el tiempo pasamos a hablar del día a día y de Nueva York. También conocí muy pronto a Jane, que es muy escrupulosa con cómo tomamos el té, pero a veces creo que es por pura ironía, la misma con la que me habla de la sociedad de su época. Agatha apareció relativamente pronto, con ella todo son enigmas, misterios y siempre es capaz de sorprenderte. Más tarde vino Virginia, que cada vez es de una manera. En su habitación propia, tan pronto hablamos de perros, señoras o escritura para, sin más, hablar de la guerra, de la degradación del final…
Con Rosamunde viajé a Inglaterra y de su mano he llegado a bellos lugares insospechados. También es un placer llamarla cuando necesito calma, valorar las pequeñas cosas de la vida. A Elisabeth Jane hace menos que la conozco, sin embargo me ha acompañado en momentos que todos recordaremos. A Zadie la conocí en una librería en Londres y me habla de las diferencias que se pueden vivir siendo de distinta raza. Lo mismo que Chimmamanda: conocerla fue una experiencia transformadora, ella no solo me habla de la diferencia, también me narra la vida en lugares que no conozco pero que ya siento cercanos. La primera charla con Sahar fue una experiencia muy dura, de esas que te cambian por dentro.
Siri siempre aparece cuando más le necesito, me recuerda quién soy y hacia donde quiero ir y charlar con ella de arte y neurociencia es una auténtica maravilla. Rosalía me habla en gallego y parece que la entiendo; Emilia, sin embargo, lo hace en castellano, aunque alguna palabra en esa lengua se la escapa de vez en cuando. Con Susanna todo puede pasar, tan pronto hablamos de magia como atravesamos mansiones imposibles, mientras que Donna viene solo una vez cada diez años, pero llena mis días de arte y misterio, me tiene siempre pegada a la silla. Fran es la risa constante, Deborah las ganas de pensar y Laura el surrealismo. con Jhumpa vuelvo a la India, Chiki tiene un cofre de historias que siempre está dispuesta a compartir, Joan me habla de lo que pasa tras la muerte de un ser querido, Joyce siempre es entretenida pero nunca es igual, Irene me habla de literatura, Amélie me cuenta la versión adulta de los cuentos de toda la vida, María de las mujeres del campo, Carmen de Nada…
Cada una tiene una manera de ver la vida, de mostrármela, una voz distinta y alguna de ellas ha pervivido al paso del tiempo. En ellas encuentro nuevas visiones, maneras de enfrentar la vida, de contarla y de vivirla. Llevan años a mi lado, pero ahora recurriré más a ellas. A fin de cuentas en los tiempos difíciles necesitas buenos consejeros.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2022

Capitanes del pueblo

Corre el mes de abril. Los campos castellanos comienzan a teñirse de verde mientras avanzo en el coche. Atravieso un pequeño pinar y, al salir, tomo una curva pronunciada. Al dejarla atrás se vislumbra la silueta de un pueblo. La torre de la iglesia y sus casas viejas emergen ante mi como la sombra de un fantasma, recortada sobre horizonte, esperando, como cada año, la llegada de gente procedente de todos los rincones de Castilla, que harán de ella la capital de la comunidad durante un día. Por si el color de los campos, la bruma matutina y la silueta del pueblo no le dieran un tono suficientemente místico a la escena, cuando he tomado la curva acompañaba hasta la música. Después de muchos años sé calcular para que en ese giro, que será la primera toma de contacto suenen los versos más bellos sobre el lugar: «Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar».
Este año, el del quinto centenario de la Revolución de Las Comunidades, este trayecto no lo puede hacer el día 23, ni lo hice en medio de una caravana, sino que lo hice después de ver la exposición en Las Cortes, que se suponía era el punto fuerte del centenario. Sin embargo, la muestra me dejó un sabor agridulce en la boca. Me explico: había piezas buenísimas, como la más publicitada, el cuadro de Gisbert, o el pendón de Francisco Maldonado, la sentencia de muerte de Padilla, Bravo y Maldonado, el perdón real y la Ley Perpetua de Ávila, documentos todos ellos de un valor increíble. Sin embargo, estas piezas se perdían entre un batiburrillo de cálices, armas y demás, sin mucha explicación. No voy a entrar en localismos diciendo que, una vez más Ávila ha sido relegada pese a su importancia, porque quizá, que ni siquiera los abulenses pongamos en valor un hito tan importante, pueda hacer que no tengan miedo a olvidarnos ya que pocos se quejarán.
Otro documento mal empleado es la copia del Romance de Los Comuneros de Nuevo Mester de Juglaría, que tiene las notas de los músicos para su adaptación y, que sin embargo, está cerrado, como primera edición del texto nada más. ¿Sorprendente? En absoluto, dado que los máximos difusores del movimiento comunero han sido ignorados y desdeñados durante todo el centenario, aún sabiendo que siempre son sinónimo de éxito, que han hecho más por revolucionarios del siglo XVI que nadie y que en la conciencia colectiva castellana, decir comuneros, es decir Nuevo Mester de Juglaría.
Pero los juglares de nuestro tiempo no decepcionan ni a sus fans ni a los comuneros. No iban ellos a quedarse sin celebrar el centenario. No solo nos representaron a todos en la noche del 22 al 23 de abril en Villalar, vean el video de La 8 de Valladolid en YouTube y verán en sus caras la emoción de todos los que faltábamos, sino que, en un homenaje conmovedor de un trabajo colosal, han hecho una nueva versión de la obra que los llevó a ser número uno en su lanzamiento y la han adaptado a formato sinfónico, llevando la obra a nuevas cotas de perfección y reivindicando así quiénes somos. En un centenario que se puede considerar una ocasión perdida de difusión y puesta en valor, han sido ellos una vez más quienes han dado el do de pecho, compensando todo lo que no se ha hecho. Espero que alguien tenga el buen ojo de darse cuenta de que esta obra debería ser tocada por toda la geografía castellana y todos podamos encontrarnos en auditorios y sentir juntos en el canto quinto que «los capitanes del pueblo», a día de hoy se llaman Nuevo Mester de Juglaría.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2021

Castilla canta

La campa de Villalar durante el concierto de Nuevo Mester de Juglaría. Foto: Cristina Ortiz.

23 de abril. Pese a todo. Por fin.

​Quien les escribe lleva varios años sin poder ir a Villalar de los Comuneros para celebrar el Día de la Comunidad, pero hoy, mientras ustedes leen estas líneas, será donde me encuentre. Después una pandemia mundial que coincidió con en V Centenario del motivo de la fiesta, las ganas eran considerables. El año pasado, además, me pilló enferma y tuve que ver la fiesta desde Televisión Castilla y León, que siempre se vuelca en informar de la celebración de esta jornada. Lo que vi me partió el corazón: la campa vacía. Cierto es que era un día ventoso y lluvios, como en el que tuvo lugar la batalla de Villalar allá por 1521, pero realmente lo que se veía era una fiesta acabada. Hoy, sin embargo, todo apunta a que no lo será.

​En los años previos a la pandemia, la fiesta oficial que se hacía en la localidad vallisoletana, estaba bastante apagada. Iba menos gente, había menos celebración y el coronavirus parecía el remate final para que se quedase en algo anecdótico. Pero a principios de año comenzó lo que ha sido el impulso que la jornada necesitaba para volver a los orígenes y reivindicar lo que realmente es necesario reivindicar en esta tierra: la cultura. Primero vino el anuncio, que a muchos pasó inadvertido hasta que recientemente han mirado el calendario, de que la fiesta era en domingo pero no se pasaba al lunes. Después se decidió no financiar las actividades que se llevasen a cabo ese día. Estas dos acciones parecen haber revitalizado la fiesta y le han devuelto la esencia original: la de un pueblo que se reúne entorno a su cultura y busca en esta sus señas de identidad a través de la historia.

El sector cultural entiende la importancia de nuestra tradición y trabaja en su difusión, y desde el programa “Con la música en todas partes”, de La 7 de Castilla y León, junto con el Ayuntamiento de Villalar, han organizado la jornada como homenaje a Víctor Barrero, productor del programa que falleció el año pasado, por su constante difusión del folclore castellano. La jornada está protagonizada por aquello que los castellanos tendemos a ignorar pero no podemos olvidar: nuestras raíces. Castilla canta para reivindicar lo que somos, nuestros orígenes que el éxodo rural puso en segundo plano. Castilla baila para mostrar nuestra cultura en todo su esplendor, con sus picados y sus saltos. Castilla también lee, porque la palabra escrita ha sido siempre vehículo de denuncia, de recuerdo y de evolución. Castilla vuelve a la cultura y se reencuentra en ella porque es la manera que tenemos de construir las bases del mañana, de comprender la idiosincrasia del lugar al que pertenecemos y crear un futuro basado en lo que somos, no en lo que nos quieren convertir. Ese es el papel de la cultura en la sociedad y el motivo por el que muchas veces se intenta controlar, censurar y menospreciar. Y quizá, si la comprendemos mejor, podamos sentar las bases de un proyecto castellano para el futuro que se adecue a la historia, geografía e identidad de esta tierra. Mientras tanto, Castilla canta para recordar que nuestra fiesta se celebra el día 23 de abril.

Publicado en Diario de Ávila el 23 de abril de 2023