La copa, formada por hojas, follaje que apunta al cielo y que dará frutos. Manto verde de clorofila que permite respirar al planeta y que susurra al viento antiguos romances y endechas. Acaben de conocer este árbol que no es más que el territorio castellano, amplio, de horizontes infinitos y, a veces, de fuegos asfixiantes que arrasan las murallas naturales que rodean esta tierra.
TÍTULO: El río del olvido
AUTOR: Julio Llamazares
EDITORIAL: Alfaguara
ARGUMENTO: Llamazares vuelve a la memoria y al olvido en este libro ambientado en su León natal, donde emprende un viaje por la montaña leonesa, bordeando el río Curueño, en una revisión rural del libro de carretera, donde el camino se hace a pie para recordar la infancia como recurso para aceptar el presente.
TÍTULO: Tierra de Campos
AUTOR: David Trueba
EDITORIAL: Anagrama
ARGUMENTO: Daniel vuelve a su pueblo en un coche fúnebre para enterrar a su padre. Por el camino rememora su pasado, en un viaje interior que le lleva a una reconciliación muy propia de la literatura de carretera. Solo que, en esta ocasión, se trata de un polvoriento camino castellano. Y qué bonitos son, oiga.
TÍTULO: Cantar de mio Cid
AUTOR: Anónimo
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: La primera obra de épica española narra la historia de Rodrigo Díaz de Vivar, del que poco puedo decir que no se haya dicho ya desde que los juglares cantaban sus hazañas por las plazas de los pueblos hasta hoy en día, pues sigue siendo materia de estudio obligatoria. Y, sin embargo, pocos la hemos leído completa, renunciando a pasear por Burgos o Palencia a lomos de Babieca.
TÍTULO: Las Ratas
AUTOR: Miguel Delibes
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Solo he elegido un libro de Delibes por un motivo: si hablamos de literatura castellana, hay que hablar de él, pero si somos objetivos, solo con sus obras saldrían tres publicaciones distintas. Por eso le dejo como broche de oro a esta serie. Las ratas se merecería una entrada para ella sola, como hice con El disputado voto del señor Cayo, ya que es una de las obras más importantes y destacadas de Delibes y seguramente sea la obra más profunda escrita sobre Castilla y León. En ella encontramos al Nini, un niño de once años que conoce la sabiduría ancestral de la tierra, que vive con su padre, llamado el Tío Ratero porque vive de cazar ratas para comerlas, en una cueva que les quieren quitar para darles una casa. El Tío Ratero se niega y, en el tira y afloja, Delibes explica la vida en el campo y se convierte en una denuncia social por la situación de miseria que se vivía en el campo y que ha dado lugar a muchos de los problemas que afrontamos hoy en día en esta tierra. Esta novela, que fue Premio de la Crítica, surgió por los problemas que tuvo Miguel Delibes con la censura por la cobertura que hizo desde El Norte de Castilla desde el tema. Pero creo que, mejor, escribo otro artículo solo sobre este tema.
El tronco sostiene, une las partes de la planta y permite su constante comunicación. Sin él, no se sostendría, ni podría transportar la savia en sus dos tipos. Para conocer Castilla hay que hacer camino, levantar polvo, transitar su territorio. Y para ello, necesitamos un tronco fuerte que nos mantenga unidos.
TÍTULO: Campos de Castilla
AUTOR: Antonio Machado
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: El espíritu castellano explicado a través del paisaje hecho verso.
TÍTULO: El monte de las ánimas
AUTOR: Gustavo Adolfo Bécquer
EDITORIAL: Recogido en el libro Leyendas de editoriales como Austral o Cátedra
ARGUMENTO: Este relato, incluido en las Leyendas del autor, se ha convertido en la tradición soriana por Todos los Santos. En él, Alonso le cuenta a su prima Beatriz que en la noche de Difuntos, en el Monte de las Ánimas, salen de sus tumbas tanto los caballeros templarios como los nobles de la ciudad que murieron allí en un enfrentamiento y que pasan la noche batallando. La joven reta al muchacho a que suba al monte esa noche y… será mejor que lean la historia. O que vayan a Soria a finales de octubre.
TÍTULO: Astillas en la piel
AUTOR: César Pérez Gellida
EDITORIAL: SUMA
ARGUMENTO: Esta novela, ambientada en una de las zonas más bellas de Castilla, Urueña y sus campos circundantes, narra el reencuentro de dos amigos del pasado que llevaban tiempo sin verse y que comparten un pasado atroz que llevará a desatar una situación que mantiene al lector pegado a la página de libro. Las escenas del pasado, eso sí, son muy duras, pero es una lectura imprescindible para los amantes del thriller psicológico. O de Urueña y de la comarca de los Montes Torozos. Esto último es lo que me atrajo a mí.
TÍTULO: Mi querida Eva
AUTOR: Gustavo Martín Garzo
EDITORIAL: Lumen
ARGUMENTO: Volvemos a terreno de los recuerdos: Daniel y Eva se reencuentran de adultos, lo que lleva a Daniel a recordar el verano que se conocieron en Valladolid cuando eran unos adolescentes y, junto con su amigo Alberto, disfrutaban de las piscinas, los helados y las historias de un boxeador retirado. Todo lo acontecido en aquel verano, pero también en los años que han pasado desde entonces culminan en una noche. Una novela fantástica y evocadora, con un personaje, el boxeador, absolutamente increíble y que invita a imaginarla en blanco y negro.
TÍTULO: San Manuel Bueno, mártir
AUTOR: Miguel de Unamuno
EDITORIAL: Alianza
ARGUMENTO: En un pueblecito de Zamora, un clérigo con dudas internas sobre algunos postulados del catolicismo las oculta para poder consolar y seguir cuidando de sus feligreses. En esta obra, que habla de las dudas y las personas, Unamuno vuelve a esos temas habituales de su obra (y en la producción literaria de la generación del 98), como son el paisaje como espejo del alma y Castilla como símbolo de crisis a través de unos personajes de recio carácter. Y, por supuesto, a ese término tan importante que acuñó, la intrahistoria, que todos forjamos cada día sin darnos cuenta y que tanto peso tiene en el curso de la historia, aunque nunca reparemos en ello.
TÍTULO: Memento Mori
AUTOR: César Pérez Gellida
EDITORIAL: DEBOLSILLO
ARGUMENTO: Un asesino en serie anda suelto por Valladolid. En su modus operandi, aparecen mutilaciones y versos o fragmentos de canciones. El inspector Ramiro Sancho tendrá que dar lo mejor de sí mismo para acabar con él en esta novela en la que Valladolid es tan protagonista como el inspector o el homicida.
Siempre he sido una firme defensora de la literatura como modo de viajar. Quizá cierta cita de Emily Dickinson ha hecho demasiada mella en mí. Pero recurro a ellos cuando planeo un viaje a un lugar, nuevo o conocido, de la misma manera que habito en ellos cuando no puedo viajar más allá de los límites inciertos del cansancio y el dolor. Por eso, en esta ocasión me centro en libros ambientados en Castilla y León, para aquellos que quieran descubrirla por primera vez, pero también para aquellos que la llevamos tatuada en la sangre como espigas de trigo. A fin de cuentas, muchos pueblos se llenarán este verano.
Dijo una vez Miguel Delibes «Yo soy como los árboles: crezco donde me plantan» y yo siempre me he sentido así. Esto no quiere decir que no salgas del entono cercano, que no conozcas otros lugares, que no tengas interés por lo desconocido: al contrario, es descubriendo sitios distintos y disfrutándolos, persiguiendo la curiosidad, como se llega a saber que perteneces a una tierra, que te da lo que necesitas (casi siempre), que no necesitas huir a la mínima porque eres feliz en tu hogar. Por eso, las próximas semanas descubriremos ese árbol que crece en las palabras y que se va estrechando hasta el cielo, ese que en Castilla es tan alto porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo. O eso también decía don Miguel. Disfruten hoy de las raíces.
TÍTULO: El Lazarillo de Tormes
AUTOR: Anónimo
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Por todos conocido: un pícaro salmantino tiene que ganarse la vida y para ello pasa por distintos amos hasta que logra establecerse. El primer tratado, el del ciego, es por todos conocido e irónicamente el más pobre. Según avanza la obra aumenta la profundidad de la mesma, quedando patente porque casi quinientos años después seguimos arriesgándonos con una obra en castellano antiguo.
TÍTULO: Entre visillos
AUTOR: Carmen Martín Gaite
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Carmen Martín Gaite nos narra su Salamanca natal, una vez más sin nombre, retratada como ciudad de provincias y con un peso fundamental de la intrahistoria que parece impregnar la literatura ambientada en Castilla y León inevitablemente, para narrarnos el regreso a su ciudad de Pablo Klein y su relación con distintos personajes. Una obra que nos muestra una perspectiva femenina, no siempre presente en la literatura de la tierra, ante las limitaciones que tenían y la frustración que eso produce.
TÍTULO: Castilla para Isabel
AUTOR: Jean Plaidy
EDITORIAL: Ediciones B
ARGUMENTO: Me encanta esta novela escrita por una autora británica en los años sesenta porque capta muy bien la idea de que la realidad supera a la ficción: no hay novela de fantasía medieval que supere la historia de nuestra reina. Este primer tomo —es una trilogía completada por España para sus soberanos y Las hijas de España—, se narra la infancia de Isabel y sus muchas luchas por poder llegar al trono de Castilla. Veo en este libro, además, algunos momentos no verificados históricamente que también aparecen en la serie Isabel, así que no sería descabellado pensar que este libro tuviera algo que ver en la concepción de la serie. Además… me encanta el título.
TÍTULO: Santa Teresa is different
AUTOR: Percy Hopewell
EDITORIAL: Funambulista
ARGUMENTO: Con motivo del V Centenario de Santa Teresa, un escritor inglés pasa una temporada en Ávila, descubriendo la figura de la Santa, su ciudad y provincia, la idiosincrasia de la zona y algunas personas que los abulenses también conocemos. El típico libro de viajes… ambientado en mi ciudad. ¿Qué más se puede pedir?
TÍTULO: Riofrío, un pueblecito de Ávila
AUTOR: Azorín
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Este libro es a la vez el más conocido y desconocido de este pueblo maravilloso. Los habitantes, que no lo han leído en su mayoría, esgrimen que Azorín les llama borrachos y otra serie de improperios, sin tan siquiera haber pisado por allí, por lo que el autor es persona non grata en el pueblo. Sin embargo, la historia es bien distinta. En una feria del libro otoñal, descrita con una belleza noventayochesca absoluta, encuentra un libro escrito por un cura que habitó en el pueblo. Al leerlo, siente que entre sus páginas se desvirtúa al pueblecito y va respondiendo con fina ironía a todas las quejas del reverendo. Una joya que, aunque pueda parecer tremendamente localista, destaca por la universalidad de las bondades y defectos de la vida en una pequeña comunidad. Y, desde aquí, dejo por escrito el llamamiento que les he hecho a mis amigos en ese pueblo más de una vez: por favor, leedlo y dejad de vilipendiar al pobre Azorín.
TÍTULO: Historias de la pequeña ciudad
AUTOR: Antonio Pascual Pareja
EDITORIAL: Pre-textos
ARGUMENTO: Este libro es más reciente, de 2019, pero su autor, como yo, claramente quiere escribir como la generación del 98 y, de hecho, lo hace. En una ciudad gris y anodina —de la que no dice el nombre, ni lo diré yo, pero es paisano mío— parece que no pasa nada, mientras que, historia a historia, pasa todo. O lo que es lo mismo. Un nuevo viaje a la intrahistoria. Y es que desde hace siglos en esta tierra, lo importante es lo que se vive en el día a día.
TÍTULO: Hontoria
AUTOR: Juan Carlos Galindo
EDITORIAL: Salamandra
ARGUMENTO: Un periodista segoviano investiga un triple crimen cometido un año antes y que le llevará a meterse de lleno la red de intereses de las altas esferas segovianas. Esto en Ávila nunca pasaría.
TÍTULO: Romancero viejo
AUTOR: Anónimo
EDITORIAL: Cátedra
ARGUMENTO: Literatura de tradición oral pura y dura en esta recopilación de romances de temática histórica, francesa y novelescos/fantasiosos y que es uno de los pilares de nuestra literatura. Entre sus páginas encontraremos al Conde Olinos o a Moraima, por hablar de los más famosos en este libro que es una lucha contra el olvido pero que parece olvidado en los últimos tiempos, pese a que algunos de sus textos se pueden incluso escuchar en la voz de Nuevo Mester de Juglaría. O dicho de otra manera: la raíz más profunda de la literatura, no solo castellana, sino española y europea.
Tanto es lo que me ha gustado Vallesordo que no sé ni por dónde empezar a hablar de él. Al principio, pensaba ponerle en una recopilación de libros sobre Castilla y León, pero ha sido tal su impacto que he decidido hacerle una publicación aparte. No es para menos ya que este libro recoge uno de los tipos de literatura que más me gusta y que aspiro a hacer: la literatura de raíz, en la cual, a través del paisaje y sus gentes, se explica el territorio, todo ello con un estilo literario que encuentra en la tradición oral su voz perfecta.
En este libro encontramos a Nico, un niño que vive en un pueblo de Zamora, uno de esos que aún permanecen vivos y que todavía tiene escuela, bar y niños, pero no se sabe por cuánto tiempo. En este pueblo vive con sus padres, que no tienen buenas relaciones entre ellos y con su abuela, que, como siempre pasa con las abuelas, es la única que lo entiende todo, aunque no siempre lo parezca. Cada tarde le gusta ver e imitar las coreografías de su programa favorito. Fama… ¡A bailar! y sigue la competición muy de cerca cuando descubre que van a hacer Fama Kids y que habrá una audición en Zamora. Y, con su sueño de convertirse en bailarín, pasa el verano entre juegos con sus amigos, Izan y Telma, noches a la fresca con su abuela y su tía, intentando escaquearse de ver Surcos con su padre y sobrellevando los problemas de su madre, pasa el verano ensayando para lograr un sueño que, en un pueblo tan pequeño, no todos entienden.
Cualquiera que lea este argumento nunca identificaría la obra con Miguel Delibes ya que el objetivo del protagonista es convertirse en una estrella del baile y de la tele, algo tan alejado del autor vallisoletano que puede desviar la atención de lo importante, las personas. Y sin embargo, Jonathan Gutiérrez, desentierra todo lo que es importante en la obra del escritor insignia de nuestra tierra para recoger el testigo y mostrarnos la situación del campo castellano, los pueblos y sus habitantes, todo a través de la mirada de un niño inocente que ya es del siglo XXI y cuyos problemas son los mismos pero con matices distintos. Todos nos podemos reconocer en la voz de Nico y los que habitamos esta tierra también podemos reconocer nuestro hogar, en le que pasa el tiempo, cambian los autores y las voces literarias, pero no evoluciona.
Por si eso no fuera poco, la prosa, de marcada oralidad, es fluida y divertida, engancha al lector desde la primera página, haciendo que su lectura dure mucho menos de lo que nos gustaría seguir metidos en el libro.
Era un atardecer claro castellano, quién sabe si el último de la primavera o el primero del verano. El sol se despedía iluminando los trigales, campos de oro que persisten en el paisaje de la meseta, mientras las nubes de tormenta grises hacían relucir aún más el cereal por el contraste que se crea al oponer el fulgor a la oscuridad. Descendía alumbrándolos cual focos teatrales, viajando hacia el horizonte sin prisa pero sin posibilidad de retorno, escondiéndose tras las nubes, encendiéndolas como lámparas al anochecer.
El camino era solitario, como tantos que conectan lugares perdidos, condenados al abandono. La quietud del final del día cubría todo de calma. En el polvo de los caminos pesaban los siglos de historia no contada: las vidas vividas al margen de lo que acabará en los libros, las canciones olvidadas, los cuentos que ya no se narran y los oficios que nunca más se ejercerán. Sin embargo, en sus cunetas, persistía el oro.
Las torres anticipaban los pueblos en la lejanía, bellos faros de los mares cerealistas de Castilla que, pese a su magnificencia, no aparecerán en una guía. En las casas se sentaban las señoras a la puerta. Algunos valientes salían a pasear. El sosiego del anochecer construía la comunidad, aguardando los días que se acercaban: esos en los que las noches serán las risas de los jóvenes que disfrutan del verano, la vida y la juventud que aún no saben no volverá. Las mañanas de fin de semana, en las que la plaza restallará con el sonido de las cañas al tirarse y los botellines al apoyarse, las voces que llenarán los bares a la hora del aperitivo, elevando el sonido del pueblo, convirtiendo el reposo en ruido, hasta que llegue la hora del café y todo vuelva a ser plácido y apacible. Los niños comerán helados mientras los adultos disfrutan del café. La partida, con el carajillo sobre el tapete. En una mesa, una madre encontrará un momento de descanso porque su hijo y el padre se dormirán bajo los soportales. Los jóvenes, caminarán hacia las piscinas bajo la solana para pasar la tarde.
La vida pasa en los lugares anónimos que no se verán invadidos por turistas durante el estío, tan solo volverán a la vida por unos meses. En lugar de ahogarse bajo la canícula, encontrarán alivio sus calles postergadas, que ya no se desgastan bajo las pisadas cada jornada. Revivirá esa Castilla abandonada por la historia, no por el desdén de los tiempos modernos, sino por la ausencia de personas que construyan su intrahistoria de septiembre a junio. La vida que es realmente vida y que es lo que les falta para poder decir con orgullo que tienen un medio rural vivo. La fuerza de los pueblos que radica en la comunidad, en cómo caminando entre campos de trigo puedes sentir tu identidad. Las raíces del cereal son las mismas que las nuestras, pues nos anclan a la tierra y quienes somos nos recuerdan.
Eternas esas torres que se encontraban en la lejanía y me hacían soñar con los pueblos que pronto se llenarían, como eterno el Duero fluía en la distancia, cantando, recordando tiempos pasados, sangrientos, gloriosos, pobres o abandonados. Duero de oro, como Castilla, como el trigo, ansiando la reaparición de vida y anhelando que no sea solo por unos días. Cuánto cabe en un atardecer castellano, el último de la primavera que ya es amanecer del verano.
Un sábado por la mañana salí a comprar el periódico. Era un día de primavera, de los pocos que ha habido este año. El cielo azul anticipaba el buen tiempo y hacía la temperatura ideal para pasear. Bajé mi calle, crucé el puente de la estación y en seguida estaba de vuelta en mi barrio, San Antonio. Hace algunos años que técnicamente no vivo allí, pero no me he ido lejos y, en realidad, sigo sintiéndome y siendo del barrio.
Atravesé el pinar con las agujas crujiendo bajo mis pies. Al otro lado, los niños jugaban en la pista de Seguridad Vial y los padres hablaban en corros, observando a sus hijos de reojo. Puede que una figura solitaria leyera en las gradas mientras los señores jugaban a la calva. Al salir del pinar dejé atrás la parroquia, cogí Virgen de la Portería para luego atajar por la plaza, bajar por Virgen de las Angustias y finalmente subir por la calle Los Charcos, donde dos mujeres hablaban de ventana en ventana sobre lo que hacían sus hijos aquel fin de semana.
Antes de darme cuenta, había llegado donde el Truji. Primero pasé a ver si me había tocado el Euromillón y era rica por fin (ya les digo que la respuesta siempre es no) y a pagarlo, pues esa semana no había podido ir y, aún así, me lo habían echado. Después pasé donde Luis a por el periódico y el pan. Mientras esperaba, él atendía a sus clientes, llamándolos a todos por su nombre, preguntando por sus familias y otros temas y anticipando lo que iban a pedir sus clientes. A mí misma me tenía varias cosas preparadas, además de una interesante conversación sobre literatura. Entre otras me dijo que tenía un cómic que le podía gustar a mi amigo Javi y antes de irme yo ya le había preguntado y la publicación ya estaba guardada para él. Después me fui, despidiéndome no solo de Luis, también de su madre que estaba sentada tras el mostrador.
Después pasé por Gimesán, que no se llama así ya, pero en el fondo para muchos siempre será este su nombre y, aunque el interior haya cambiado, podremos evocar la distribución que tenía en los días de infancia. Pasé por delante de Fatima, de casa de Tere, de la joyería Resina, de casa de Rhut, de la de mi citado amigo Javi y por mi antigua casa, donde mis vecinos siempre que me ven me saludan. Durante la ruta de vuelta me encontré con Use y, como siempre, hablamos de la familia. Su hija, Bego, no falla un cumple jamás. También me encontré con Juana y Pedro, aunque era raro que un sábado por la mañana no estuvieran en el pueblo. Del mismo pueblo, Riofrío, también es Jorge. Ni me le encontré ni pasé por delante de su casa, pero no puedo escribir sobre el barrio sin mentarle, entre otras cosas porque me mataría. Podría haberme encontrado con muchas personas más, gente a la que ahora veo menos pero que siguen siendo los primeros que acuden en los momentos de necesidad y estar con ellos es como si el tiempo no hubiera pasado. Algunos siguen siendo parte importante de mi vida, les consulto las decisiones difíciles y son los primeros en conocer las buenas noticias.
Este es, para mí, el motivo por el cual siempre seré de San Antonio. Sus gentes, su ambiente familiar, la sensación de estar en el lugar al que perteneces. Los barrios son la esencia de la ciudad, los que la hacen estar viva y los que tejen las relaciones de la misma. Esa es la ciudad que merece la pena, la que se debería potenciar.
El pasado viernes, antes del pregón, di un paseo vespertino. Se sentía el ambiente de fiesta, pues ya estaba todo listo: las banderillas, los puestos de comida y juguetes, el escenario, la barra de bar. Olía a algodón de azúcar y mientras caminaba rememoré años de fiestas del barrio, aunque esa parte no la dejaré por escrito. Y aun con tres días de fiestas por delante solo puedo decir: ¡Felices fiestas de San Antonio!
Publicado en Diario de Ávila en junio de 2022. Felices fiestas de San Antonio a todos las que las celebren en cualquier parte del mundo.
El silencio de un pueblo resuena desde septiembre hasta junio. Adormilado, amodorrado bajo el aciago sol castellano o la indiferente gelidez del frío mesetario, espera durmiendo el sueño de los justos a que lleguen tiempos mejores, a que el viento agite las hojas de los árboles en fragante melodía mientras las casas abandonadas vuelvan a cobrar vida. Retornan los sonidos del alborozo: las risas, las carreras y hasta las motocicletas. La campana que repica en la vetusta torre de la iglesia, tiene ahora más público que se acostumbra a ella y la escucha de fondo, o que presta atención cuándo marca la hora de regresar. Los viejos bancos de piedra han dejado de descansar y se convierten en descanso, en confesionarios a cielo abierto, donde los jóvenes ríen y lloran con la emoción de la edad, se descubren los amores y se sueña con lo que vendrá. Arcaicos bancos que escucháis con vuestros oídos de piedra como en el futuro no contáis, pues los planes siempre llevan lejos y no se sabe cuándo regresaran.
Parece que en verano todo es más perezoso, calma y sosiego para las tardes ahogadas de calor y, sin embargo, en los pueblos todo se acelera: rebrota, renace y revive con el cálido sonido de las carcajadas de los niños, con los timbres de las bicicletas, que son para el verano, con los chapoteos, los balonazos e incluso las discusiones. La siesta tiene ruido del fondo: el silencio de un pueblo ha sido acallado. El café, la partida, el aperitivo, todo vuelve con más fuerza en verano. El reloj del ayuntamiento se convierte en referencia, los caminantes vespertinos o los muy madrugadores se saludan por los senderos. A las figuras del campo recortadas sobre el cielo, las que le dan vida todo el año, les salen espectadores e incluso jóvenes ayudantes.
Son las noches de verano noches a la fresca: de silla en la puerta de casa, de ventanas abiertas a última hora y cortinas ondulando en la noche como fantasmas del frescor inalcanzable. La luna ilumina la plaza, las risas de los jóvenes quedan amortiguadas por los balones que nunca paran. Vuelve la campana a tañer, dando la hora para recogerse. La libertad del estío, es el renacer de los pueblos con las risas en verano. Durante dos meses y medio, el silencio de un pueblo suena a gozo y bienestar.
Párate y te contaré cómo suenan nuestros pueblos. En verano todo es dicha, en invierno todo es frío. Soledad que ha de traer el otoño, no la quiero yo en mi tierra, prefiero el reír de agosto al sendero espectral que surge con las heladas. Hay en el pueblo una calidad perdida, un vivir con la tierra cerca y recordar la naturaleza viva. Quién sabe si esta es nuestra salida: convivir con la esencia del mundo para acabar con la violencia, la desidia y la ansiedad que parece impregnar nuestros días. Quizá es la hora de que volvamos a los pueblos, de que les devolvamos la vida y dejemos que, a cambio ellos, nos enseñen a vivirla.
Fue una cálida tarde de verano. La luna se reflejaba sobre el Duero, mientras los chopos se mecían al ritmo del viento nocturno, que aliviaba el ardor estival de la meseta, arrastrando el sonido del agua. Las últimas luces del día se escondían en el horizonte y, antes de retirarme, me giré una vez más para admirar la belleza de la noche sobre el río. El Padre Duero. Desde donde me encontraba, sentía a Machado susurrarle palabras de amor, crear la épica castellana partiendo tan solo del rumor de sus aguas, del calor seco donde el sol se hacía tan presente que el trigo vibraba bajo el fulgor de su luz. Azorín lo narraba. Y sentí la misma evocación bella que la generación del 98 y su visión mística de nuestra tierra. Un lugar donde la gallardía de la historia se hace presente a través de sus monumentales paisajes, tan próximos se hallan el patrimonio cultural y natural aquí, en Castilla. Unamuno lo sabía. Años más tarde, Francisco Umbral diría que Miguel Delibes vino a desnoventaiochizar esa imagen, hablando de la pobreza, del hambre, de las ratas. Nunca he estado de acuerdo, porque, por un lado, Delibes también habla de la belleza de su tierra y, por otro, la realidad queda patente en esta generación de finales del XIX que vino a Castilla.
Lo mismo podríamos decir de la pintura: Sorolla de la Castilla amable, Zuloaga de la miserable. Donde en el valenciano Sorolla prima el color, la fiesta y la tradición, el vasco aposentado en Segovia, optó por esa imagen de la pobreza extrema con que se ha identificado Castilla y León durante mucho tiempo. Una imagen externa, porque una vez más, dejamos que nos narren desde fuera. Mientras tanto, pintores y escritores castellanos permanecen en el anonimato, siendo recordados tan solo puntualmente. Así, pueden ver cuadros de Vela Zanneti en restaurantes, pocos recuerdan a Adelina Labrador; Antonio Veredas, en Ávila, es para la gran mayoría solo una calle. Recitamos versos del Duero de Gerardo Diego o Góngora, pero desconocemos el poema “El Duero” del castellano Luis López Álvarez. La trascendencia de Delibes en este caso, adquiere aún mayor importancia: un castellano reconocido internacionalmente, el hombre que pese a ser tan solo “un señor de Valladolid” (palabras de Sergio del Molino) llegó tan alto que pudo hablar de lo que sentía que era necesario. La narración castellana de Castilla.
Tenemos muchas imágenes de nuestra comunidad, las más conocidas vienen desde fuera, pero también podemos apoyarnos en las de dentro, buscarlas, pues suelen estar escondidas. Todas ellas narran nuestra esencia, nuestra belleza y nuestras tragedias. Ahora el presidente dice que va a invertir mucho dinero en modernizar la comunidad. Habrá que esperar a ver cuál es la realidad de este plan. Y aquí es donde espero criterio, que se guíen por la necesidad y se adecuen a los problemas reales que tenemos. Hablen con las gentes de esta tierra, descubrirán que pedimos poco: tener los mismos servicios que el resto de ciudadanos. Modernicen Castilla y León con cabeza, sabiendo que el progreso no puede hacer desaparecer un pueblo: la renovación tiene que tener en cuenta el carácter propio. Sin perdernos por el camino y pudiendo crear otra vez nuestra propia narrativa.
Primavera castellana, derroche de luz y color: de luz en tus verdes praderas, de color en tu cielo añil con adornos de algodón. Toques rojos de amapola, rosados del árbol en flor, mientras la espiga se espera, vibra el campo embriagador. Los caminos polvorientos que recorren la comunidad, se transitan entre risas, cuando el sol brilla sin apenas calentar. Ya vendrá el verano sofocante a su polvareda machacar mientras nos escondemos a la fresca para poder aguantar. Cuando marzo avanza hacia abril la lluvia arrasa el horizonte plomizo que espera revivir. La Castilla de Agapito, la Castilla del Mester. Suenan las dulzainas y el eco del tamboril: anuncian el renacer del campo, el equinoccio lucido de retoños esmeralda que bailan una jota sin fin. Jota castellana, jota comunera que cada mes de abril, cubres de tradición la campa de cierta villa de Valladolid.
Primavera comunera, rebeldía y rebelión, resuenan por toda Castilla como un eco sin voz. La desolación no desaparece, se transforma en indolencia, escondida entre los escenarios castellanos, floridos en primavera. Desaparecidos entre los brotes de los almendros, tan delicados que dependen de las heladas, anestesiados entre sus pimpollos rosados y olvidados en la gloria que tuvimos en el pasado. Castilla de Machado, de tristeza y tradición. La más bella y adusta; olvidada, despreciada, se transforma en poesía. ¿Y cómo no hacerlo cuando la belleza es constante a partir de marzo, cuando la luz del sol lo transforma todo, cuando una tormenta engrandece el horizonte?
Poesía castellana, de finura y esplendor, de musical belleza y de espera sin clamor. Retratos de la campiña verde, que espera volverse oro mientras las amapolas lo invaden con su canto sonoro. Poesía comunera, gimen las amapolas que todo ocurrió por aquí: a Castilla le entró el miedo un veintitrés de abril. Los tambores resonaban bajo las aguas mil, los cañones se agotaban sin apenas rugir. Qué sepa toda Castilla que nos perdimos por ser los primeros en pedir lo que hoy ya ni valoramos, lo que abandonamos sin respeto, más pobres de nosotros si lo perdemos. Amapolas comuneras que brotan cada año, luchando contra el olvido pero quedan relegadas al trigal, anécdota de color en los mares mesetarios donde también han perdido su significado. Ababol, como Castilla entera, no eres hoy sino poesía del ayer y del soñado mañana.
Cuentan que hay quien aún recuerda que la llama de la vida aun late en el trigal y que en el fondo simplemente espera que se aviven los recuerdos y volvamos a perseverar. Cuando abril de paso a mayo, y la rebeldía quede atrás, las lilas y las rosas juntas cantaran que fuimos los que más luchamos y los primeros que quedaron atrás. Más adelante, entrado el estío, verás a los girasoles brillar, intentando alumbrar el camino para volver a despertar, soñando con esa primavera en que dejemos de quedarnos atrás.
Hoy se cumplen 575 años del nacimiento de Isabel la Católica en Madrigal de las Altas Torres. Recupero este artículo de Diario de Ávila de diciembre de 2024.
Sepan todos que ayer hizo quinientos cincuenta años de que una abulense fuera proclamada reina en Segovia y se convirtiera en la mayor monarca de la historia de la nación, aunque esta todavía no existiera.
Sepan todos que Isabel I de Castilla, nació en la abulense villa de Madrigal de las Altas Torres en la primavera de de 1451, hija del rey Juan II de Castilla, de la dinastía Trastámara e Isabel de Portugal. Fue desde el momento de su nacimiento infanta de Castilla, pues su hermano mayor Enrique ostentaba ya el título de príncipe de Asturias. Pero la posible infertilidad de él y los rumores más que insistentes de que su única hija, Juana, no era suya sino de Beltrán de la Cueva, hicieron que los hermanos mantuvieran un constante tira y afloja durante la vida de Enrique IV, que desembocó en una guerra civil a la muerte de este.
Sepan todos que salió victoriosa de la guerra con el apoyo de su marido, Fernando de Aragón, que tuvo que entrar disfrazado en Castilla, pues el rey Enrique no quería que se celebrasen estas nupcias e Isabel no pensaba casarse sino con quién ella considerase el mejor candidato para su posición y sus planes de futuro. Tras la guerra, fueron los monarcas quienes gobernaron sobre los reinos y no los nobles, como venía siendo habitual.
Sepan todos que una vez acabaron con los problemas sobre la sucesión, decidieron recuperar el dominio sobre el sur de la península, echando de ella a los musulmanes que aún quedasen y, tras diez años de guerra, la reina entró en la Alhambra culminando su empresa al caminar entre las paredes del monumento mas bello que se alza en la península ibérica.
Sepan todos que financió los viajes del almirante Cristóbal Colón para llegar a las Indias por una nueva ruta, pero lo que encontró fue un nuevo continente que nos era desconocido hasta la fecha.
Sepan todos que aprobó el tribunal de la Santa Inquisición, expulsó a los judíos de la península, fue implacable con sus enemigos pero también con sus hijos a los que caso con herederos a la corona de otros reinos de la cristiandad. Que prohibió la exclavitud de los nativos americanos y se repartió el mundo con el rey de Portugal.
Sepan todos que fue una reina consciente de su poder y sin miedo a ejercerlo: tomó muchas decisiones, algunas acertadas y otras no tanto. Las acertadas la engrandecieron, pero las erróneas causaron gran sufrimiento. No obstante, obró cómo creyó conveniente de acuerdo a los principios y valores de hace quinientos cincuenta años.
Sepan todos que murió en Medina del Campo en 1504, a los 53 años de edad, dejando el reino en un estado incierto, tan diferente al de su mandato, por los problemas de sucesión.
Sepan todos que en esta Ávila nuestra, solo la Universidad Católica se ha acordado de la efeméride y ha organizado unas jornadas para difundir su figura. Otras instituciones y organismos no han celebrado nada.
Sepan todos valorar adecuadamente cada uno de los puntos aquí tratados.