San Antonio

Tradición

O lo bonito que es ser de barrio

Un sábado por la mañana salí a comprar el periódico. Era un día de primavera, de los pocos que ha habido este año. El cielo azul anticipaba el buen tiempo y hacía la temperatura ideal para pasear. Bajé mi calle, crucé el puente de la estación y en seguida estaba de vuelta en mi barrio, San Antonio. Hace algunos años que técnicamente no vivo allí, pero no me he ido lejos y, en realidad, sigo sintiéndome y siendo del barrio.

Atravesé el pinar con las agujas crujiendo bajo mis pies. Al otro lado, los niños jugaban en la pista de Seguridad Vial y los padres hablaban en corros, observando a sus hijos de reojo. Puede que una figura solitaria leyera en las gradas mientras los señores jugaban a la calva. Al salir del pinar dejé atrás la parroquia, cogí Virgen de la Portería para luego atajar por la plaza, bajar por Virgen de las Angustias y finalmente subir por la calle Los Charcos, donde dos mujeres hablaban de ventana en ventana sobre lo que hacían sus hijos aquel fin de semana. 

Antes de darme cuenta, había llegado donde el Truji. Primero pasé a ver si me había tocado el Euromillón y era rica por fin (ya les digo que la respuesta siempre es no) y a pagarlo, pues esa semana no había podido ir y, aún así, me lo habían echado. Después pasé donde Luis a por el periódico y el pan. Mientras esperaba, él atendía a sus clientes, llamándolos a todos por su nombre, preguntando por sus familias y otros temas y anticipando lo que iban a pedir sus clientes. A mí misma me tenía varias cosas preparadas, además de una interesante conversación sobre literatura. Entre otras me dijo que tenía un cómic que le podía gustar a mi amigo Javi y antes de irme yo ya le había preguntado y la publicación ya estaba guardada para él. Después me fui, despidiéndome no solo de Luis, también de su madre que estaba sentada tras el mostrador. 

Después pasé por Gimesán, que no se llama así ya, pero en el fondo para muchos siempre será este su nombre y, aunque el interior haya cambiado, podremos evocar la distribución que tenía en los días de infancia. Pasé por delante de Fatima, de casa de Tere, de la joyería Resina, de casa de Rhut, de la de mi citado amigo Javi y por mi antigua casa, donde mis vecinos siempre que me ven me saludan. Durante la ruta de vuelta me encontré con Use y, como siempre, hablamos de la familia. Su hija, Bego, no falla un cumple jamás. También me encontré con Juana y Pedro, aunque era raro que un sábado por la mañana no estuvieran en el pueblo. Del mismo pueblo, Riofrío, también es Jorge. Ni me le encontré ni pasé por delante de su casa, pero no puedo escribir sobre el barrio sin mentarle, entre otras cosas porque me mataría. Podría haberme encontrado con muchas personas más, gente a la que ahora veo menos pero que siguen siendo los primeros que acuden en los momentos de necesidad y estar con ellos es como si el tiempo no hubiera pasado. Algunos siguen siendo parte importante de mi vida, les consulto las decisiones difíciles y son los primeros en conocer las buenas noticias. 

Este es, para mí, el motivo por el cual siempre seré de San Antonio. Sus gentes, su ambiente familiar, la sensación de estar en el lugar al que perteneces. Los barrios son la esencia de la ciudad, los que la hacen estar viva y los que tejen las relaciones de la misma. Esa es la ciudad que merece la pena, la que se debería potenciar. 

El pasado viernes, antes del pregón, di un paseo vespertino. Se sentía el ambiente de fiesta, pues ya estaba todo listo: las banderillas, los puestos de comida y juguetes, el escenario, la barra de bar. Olía a algodón de azúcar y mientras caminaba rememoré años de fiestas del barrio, aunque esa parte no la dejaré por escrito. Y aun con tres días de fiestas por delante solo puedo decir: ¡Felices fiestas de San Antonio!

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2022. Felices fiestas de San Antonio a todos las que las celebren en cualquier parte del mundo.

El silencio de un pueblo

El silencio de un pueblo resuena desde septiembre hasta junio. Adormilado, amodorrado bajo el aciago sol castellano o la indiferente gelidez del frío mesetario, espera durmiendo el sueño de los justos a que lleguen tiempos mejores, a que el viento agite las hojas de los árboles en fragante melodía mientras las casas abandonadas vuelvan a cobrar vida. Retornan los sonidos del alborozo: las risas, las carreras y hasta las motocicletas. La campana que repica en la vetusta torre de la iglesia, tiene ahora más público que se acostumbra a ella y la escucha de fondo, o que presta atención cuándo marca la hora de regresar. Los viejos bancos de piedra han dejado de descansar y se convierten en descanso, en confesionarios a cielo abierto, donde los jóvenes ríen y lloran con la emoción de la edad, se descubren los amores y se sueña con lo que vendrá. Arcaicos bancos que escucháis con vuestros oídos de piedra como en el futuro no contáis, pues los planes siempre llevan lejos y no se sabe cuándo regresaran.

Parece que en verano todo es más perezoso, calma y sosiego para las tardes ahogadas de calor y, sin embargo, en los pueblos todo se acelera: rebrota, renace y revive con el cálido sonido de las carcajadas de los niños, con los timbres de las bicicletas, que son para el verano, con los chapoteos, los balonazos e incluso las discusiones. La siesta tiene ruido del fondo: el silencio de un pueblo ha sido acallado. El café, la partida, el aperitivo, todo vuelve con más fuerza en verano. El reloj del ayuntamiento se convierte en referencia, los caminantes vespertinos o los muy madrugadores se saludan por los senderos. A las figuras del campo recortadas sobre el cielo, las que le dan vida todo el año, les salen espectadores e incluso jóvenes ayudantes.

Son las noches de verano noches a la fresca: de silla en la puerta de casa, de ventanas abiertas a última hora y cortinas ondulando en la noche como fantasmas del frescor inalcanzable. La luna ilumina la plaza, las risas de los jóvenes quedan amortiguadas por los balones que nunca paran. Vuelve la campana a tañer, dando la hora para recogerse. La libertad del estío, es el renacer de los pueblos con las risas en verano. Durante dos meses y medio, el silencio de un pueblo suena a gozo y bienestar.

Párate y te contaré cómo suenan nuestros pueblos. En verano todo es dicha, en invierno todo es frío. Soledad que ha de traer el otoño, no la quiero yo en mi tierra, prefiero el reír de agosto al sendero espectral que surge con las heladas. Hay en el pueblo una calidad perdida, un vivir con la tierra cerca y recordar la naturaleza viva. Quién sabe si esta es nuestra salida: convivir con la esencia del mundo para acabar con la violencia, la desidia y la ansiedad que parece impregnar nuestros días. Quizá es la hora de que volvamos a los pueblos, de que les devolvamos la vida y dejemos que, a cambio ellos, nos enseñen a vivirla. 

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2024

Las brumas de Ávalon

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Hubo un tiempo en que no tenía que pensar en cómo funcionaba mi cabeza. Simplemente lo hacía. Y bastante bien, si se me permite decirlo sin que me tachen de presumida. Pensando en retrospectiva, habría podido comparar mi cabeza con la isla de Ávalon antes de que desapareciera en la bruma. Habría sido tremendamente presuntuoso, pero era una isla mágica llena de mujeres aspirantes a la sabiduría, que anhelaban descubrir y desentrañar el mundo que las rodeaba, buscando su lugar siendo fieles a sí mismas. Horas de lectura, de aprendizaje, de buenas conversaciones con el fin último de nutrir la isla; de disfrutar de ese estado constante de potencial en el que cada nueva información podía llevar a un nuevo mundo.

Ahora, sin embargo, mi cabeza vuelve a sumergirse en una incapacitante niebla que me recuerda a la isla artúrica escondida en el olvido. Bruma. Tinieblas que aparecen progresivamente cuando tu cuerpo está volviendo para atrás y el cansancio y el dolor te impiden ver mucho más allá. Brumas por todas partes que ocultan la isla y la sumen en un oscurantismo en el que las palabras desaparecen, la atención explota arrasando todo, como una onda expansiva, en la que incluso en los conocimientos más elementales, esos que damos por sentado, desaparecen. Si supieran cuántas palabras he escrito mal en lo que va de texto, cuántos conectores e incluso vocablos completos me he saltado segura de que sí los he escrito, se sorprenderían. Tal vez debería haberlas dejado a modo de muestra, pero algo me lo impide. Un texto breve, como este, me lleva varios días de gran esfuerzo y, tras teclear unas líneas, tengo que descansar. Cuántas palabras mueren en mis labios cuando voy a pronunciarlas o cómo se invierten, se transforman en otras o aparecen pero mal pronunciadas, sabiendo que no las estoy diciendo bien pero sin poder rescatarlas de las profundidades de Caligne. Me pierdo en las conversaciones. Pongo toda mi atención y, aún así, noto como es velo de vapor me separa de todo lo que me rodea y, aunque no piense en otra cosa, parece que no estoy atenta. No recuerdo lo que me dicen, todo desaparece en las brumas de Ávalon. 

Y yo me pierdo en ellas. Desaparezco. No soy más que una sombra de quien soy normalmente. O de quien fui. Y sumida en las nieblas, pienso en los pastos verdes que rodean la isla de la sabiduría, el claro lago en un día de verano, tranquilo, sereno, y no en plena tormenta que todo lo remueve, impidiendo ver el fondo, cuando nada está claro. Busco la sombra de los árboles, que refrescan y abanican en los días cálidos, añoro los rituales que, aunque queramos eliminar, son los que nos ayudan a comprender el transitar por la vida. Pienso en las palabras mientras se desvanecen letra a letra y sueño con sentarme dentro del círculo de piedra mientras la luz del sol vuelve a caer sobre mi rostro, iluminando todo lo que las nieblas arrasan. 

Entonces recuerdo a otra persona que quedó atrapada entre las brumas de la isla, su habitante más famoso, que hace años que duerme esperando la sanación que le permita recuperar su vigor. Busco al rey Arturo entre las sombras, ese caballero dormido que desde hace siglos descansa en Ávalon, esperando el momento de regresar a nosotros. Para mi gusto, está tardando demasiado. Pero entonces noto cómo me acompaña entre las brumas, con su presencia callada y silenciosa, pero segura, la del hombre que fue leyenda, que es mito, fundamento de la literatura, oralidad pura a la lumbre del fuego que se enciende en los días nublados y que nos cuenta y nos canta el romancero. El rey Arturo duerme a mi lado. Al darme cuenta de su compañía, espero ese momento en que, aunque aún no vuelva al mundo, al menos vuelva a mí y me empiece a susurrar. Una historia. Quizá la suya, quizá otra. Pero una historia que eleve las brumas y empiece a levantar la bruma de la isla de Ávalon. Hasta entonces, seguiré perdida junto al rey que fue y será.

Tierra del alma

Naturaleza

¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un rato para mirar el atardecer? ¿Cuándo levantaste la mirada de lo que estabas haciendo y descubriste las nubes teñidas de rosa mientras el cielo se tornaba morado o el naranja llenaba de ascuas el final del día como si te encontrases en un sueño de Monet?

¿Cuánto hace que no alzas la vista y te emocionas con las montañas recortadas en el horizonte? Que te fijas en la silueta de Gredos, percibes sus cambios y colores, que te emociona la suerte de verla cada día. 

¿Has notado últimamente los cambios en los árboles? Muchos empiezan a estar repletos de brotes, de vida en suspenso a punto de emerger. Las flores van saliendo. ¿Te has dado cuenta de que ya hay pétalos en las aceras, que se puede caminar sobre ellos? ¿Recordaste a Van Gogh al pasar bajo un almendro? ¿Has visto los narcisos, los iris adelantados que ya tienen algún capullo listo para estallar? Las caléndulas van brotando, las margaritas llenan los prados y pronto podremos oler las rosas.

¿Has sentido la luz del sol en tu piel? ¿Has notado cómo se intenta abrir paso su calor, cómo te recarga lentamente? ¿Cuánto hace que no miras la luna? Que la observas en el cielo azul de la tarde, lista para salir a jugar o que te guía en la noche con su brillo. ¿Has visto que hay veces que, incluso en cuarto creciente, baña de luz cuanto te rodea con su brillo blanco? ¿Sueñas con ella? ¿Sueñas bajo ella? ¿Dejas que las estrellas iluminen esos sueños?

¿Cuándo ha sido la última vez que has escuchado piar a los pájaros? Qué te has fijado  en los distintos trinos y tonos. Que has buscado de dónde venía su música y has intentando distinguir sus colores. Los has observado aprender a volar, has seguido su aleteo con la mirada. 

¿Has espiado a las lagartijas que corrían cerca de ti, buscando un lugar donde plantarse al sol para absorber sus rayos sin prisa, con quietud? ¿Te has parado a escuchar zumbar un abejorro? ¿Has visto bailar una pareja de mariposas por un parque? ¿Se te ha posado una mariquita en la mano?

¿Hace mucho que el viento no te empuja tan fuerte que crees que te vas a caer? ¿Lo has escuchado gemir recientemente? ¿Has descubierto sus colores?

¿Cuánto hace que no prestas atención? ¿Qué no dejas que la belleza del instante presente sea el bálsamo para lo que te preocupa en la actualidad, te hiere del pasado o te atemoriza del futuro? Cuando solo estás tú, en el presente, con la belleza de la naturaleza, lo demás desaparece. En ese momento estás vivo y puedes sentir qué hay más allá.

¿Te has preguntado últimamente por qué cuánto más nos empeñamos los humanos en colorear el paisaje de monstruosidad, la Tierra nos devuelve la hermosura inalterable? ¿Has anhelado participar de lo sublime de nuestro mundo, que habla claro, es constante y siempre nos manda el mismo mensaje? ¿Cuándo fue la última vez que fundiste tu espíritu con la belleza eterna de la naturaleza?