Las brumas de Ávalon

majestic mountain layers above the clouds
Photo by Jesús Setién Otero on Pexels.com

Hubo un tiempo en que no tenía que pensar en cómo funcionaba mi cabeza. Simplemente lo hacía. Y bastante bien, si se me permite decirlo sin que me tachen de presumida. Pensando en retrospectiva, habría podido comparar mi cabeza con la isla de Ávalon antes de que desapareciera en la bruma. Habría sido tremendamente presuntuoso, pero era una isla mágica llena de mujeres aspirantes a la sabiduría, que anhelaban descubrir y desentrañar el mundo que las rodeaba, buscando su lugar siendo fieles a sí mismas. Horas de lectura, de aprendizaje, de buenas conversaciones con el fin último de nutrir la isla; de disfrutar de ese estado constante de potencial en el que cada nueva información podía llevar a un nuevo mundo.

Ahora, sin embargo, mi cabeza vuelve a sumergirse en una incapacitante niebla que me recuerda a la isla artúrica escondida en el olvido. Bruma. Tinieblas que aparecen progresivamente cuando tu cuerpo está volviendo para atrás y el cansancio y el dolor te impiden ver mucho más allá. Brumas por todas partes que ocultan la isla y la sumen en un oscurantismo en el que las palabras desaparecen, la atención explota arrasando todo, como una onda expansiva, en la que incluso en los conocimientos más elementales, esos que damos por sentado, desaparecen. Si supieran cuántas palabras he escrito mal en lo que va de texto, cuántos conectores e incluso vocablos completos me he saltado segura de que sí los he escrito, se sorprenderían. Tal vez debería haberlas dejado a modo de muestra, pero algo me lo impide. Un texto breve, como este, me lleva varios días de gran esfuerzo y, tras teclear unas líneas, tengo que descansar. Cuántas palabras mueren en mis labios cuando voy a pronunciarlas o cómo se invierten, se transforman en otras o aparecen pero mal pronunciadas, sabiendo que no las estoy diciendo bien pero sin poder rescatarlas de las profundidades de Caligne. Me pierdo en las conversaciones. Pongo toda mi atención y, aún así, noto como es velo de vapor me separa de todo lo que me rodea y, aunque no piense en otra cosa, parece que no estoy atenta. No recuerdo lo que me dicen, todo desaparece en las brumas de Ávalon. 

Y yo me pierdo en ellas. Desaparezco. No soy más que una sombra de quien soy normalmente. O de quien fui. Y sumida en las nieblas, pienso en los pastos verdes que rodean la isla de la sabiduría, el claro lago en un día de verano, tranquilo, sereno, y no en plena tormenta que todo lo remueve, impidiendo ver el fondo, cuando nada está claro. Busco la sombra de los árboles, que refrescan y abanican en los días cálidos, añoro los rituales que, aunque queramos eliminar, son los que nos ayudan a comprender el transitar por la vida. Pienso en las palabras mientras se desvanecen letra a letra y sueño con sentarme dentro del círculo de piedra mientras la luz del sol vuelve a caer sobre mi rostro, iluminando todo lo que las nieblas arrasan. 

Entonces recuerdo a otra persona que quedó atrapada entre las brumas de la isla, su habitante más famoso, que hace años que duerme esperando la sanación que le permita recuperar su vigor. Busco al rey Arturo entre las sombras, ese caballero dormido que desde hace siglos descansa en Ávalon, esperando el momento de regresar a nosotros. Para mi gusto, está tardando demasiado. Pero entonces noto cómo me acompaña entre las brumas, con su presencia callada y silenciosa, pero segura, la del hombre que fue leyenda, que es mito, fundamento de la literatura, oralidad pura a la lumbre del fuego que se enciende en los días nublados y que nos cuenta y nos canta el romancero. El rey Arturo duerme a mi lado. Al darme cuenta de su compañía, espero ese momento en que, aunque aún no vuelva al mundo, al menos vuelva a mí y me empiece a susurrar. Una historia. Quizá la suya, quizá otra. Pero una historia que eleve las brumas y empiece a levantar la bruma de la isla de Ávalon. Hasta entonces, seguiré perdida junto al rey que fue y será.


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