Un repaso a los motivos por los que los humanos aún merecemos la pena.
A veces, cuando veo la situación mundial, pienso que, si no nos extinguimos antes, falta poco para que el resto de los habitantes del planeta nos denuncien a los humanos y pidan para nosotros la pena capital. Sería un juicio internacional, puede que transplanetario y a buen seguro muy mediático. Así que solo espero que, llegado el caso, tengamos un buen abogado, porque la lista de cargos sería larga y la culpabilidad está lo suficientemente bien documentada. Por eso, solo nos quedaría apelar a lo mejor de nosotros mismos para rebajar la pena y por eso, necesitaríamos los mejores testigos de la defensa.
Y con solo ver las pinceladas de Velázquez en el pelo de las Meninas, ya nos reducirían la condena, por no hablar de los ojos del bufón Calabacillas. No necesitaríamos a Antoine de Saint-Exupéry, bastaría con que leyeran el Principito. Podríamos justificar que no merecemos la extinción llevándoles al ballet, que vean las grandes obras de Tchaikovsky coreografiadas por Marius Petipa o ponerles el DVD de El Lago de los Cisnes con Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev en los papeles principales. Puede que entre el público estuviera Freddie Mercury y les deslumbrase no solo con si voz, también con sus canciones. Después podríamos llevar al jurado de excursión. Qué vieran como, a veces, hacemos de vivir un arte y llenamos la tierra de belleza. Una ruta que incluyera el Taj Mahal o Notre Dame: el modernismo de Victor Horta frente a la Mezquita de Isfahán o la Alhambra. Podríamos dejarles seducir por los paisajes de Machado que no hablan de la tierra, sino del alma humana o deleitarles con los cuentos y las ilustraciones de Beatrix Potter, dónde la naturaleza y la humanidad conviven en bella sintonía, al igual que lo hacen en los cuadros de Monet o en los de Van Gogh, pero también podríamos enseñarles que los humanos también sentimos el amor a través de los cuadros de Berthe Morisot con su hija como modelo o en la escultura de Antonio Canova. O tal vez sea Shakespeare, en un teatro, quien le muestre al jurado no solo lo que es el amor, sino como podemos transformar el dolor en arte: la belleza que surge del sufrimiento. Y ya metidos en un teatro, unir las artes y montar un buen musical, que les haga salir alegres y contentos, con nuevas esperanzas en la humanidad. Una vez en ese estado, podemos enseñarles que hasta de lo cotidiano y lo rutinario hicimos una vez arte y que aún no se ha perdido del todo. Hagamos una barra de pan mientras entonamos las panaderas para acabar en una fiesta popular. Dejen que el jurado baile jotas, flamenco, la expresión corporal que ha desarrollado cada lugar.
Podríamos mostrarles como el ser humano puede cambiar con solo dos candelabros de plata, como lo hizo Jean Valejean en Los Miserables. No. Podríamos mostrarles que los seres humanos podemos caminar solo con la confianza de otro ser humano. Podríamos enseñar que incluso de los defectos más limitantes sale la magnificencia: que un músico sordo redimió a la humanidad con una sola sinfonía, aunque fuera la última. Que una mujer con frecuentes ataques de lo que se consideró locura y un joven asmático que hasta tuvo que dejar salir de casa, cambiaron la literatura para siempre. Llamemos a los mejores testigos de la defensa y que nos defiendan en una causa que a todas luces parece perdida, pero que puede recordarnos lo mejor de nosotros mismos.
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