Artículo 200/9

Este martes hará doscientos años. Doscientos años de la última vez que se vio en público al compositor más grande de todos los tiempos, al que pudo conectar con la dureza de la existencia, esa que vivió en el dolor y transformó en belleza. Fue en lo que hoy es el hotel Sacher de Viena, mucho antes de que sirvieran tartas de chocolate. El último estreno, la última sinfonía. La última acabada, al menos. La que tardó en ser aceptada por el público, pese al éxito del estreno. Un número ordinal basta para que todos la reconozcamos. Su sola mención es suficiente para que las notas vuelen como la pelusa de un diente de león y se forme en nuestra mente una melodía universalmente reconocida que nos habla de la humanidad como pocas obras de arte lo han hecho antes. La apoteosis de la vida de un músico que brilló y colmó la posteridad de armonía y destino. La sinfonía que parece quedarse a un punto de la nota perfecta, pero que es un diez en todos los sentidos.

Doscientos años del genio del autor flotando por el tiempo y el espacio, atravesando el afinar de las orquestas con que empieza. Volando sobre la búsqueda de la felicidad humana, sobre los escollos que nos encontramos por el camino: las sombras que son inevitables, que se cruzan en todas las travesías, trayendo sufrimiento, sí, generando dolor, pero también haciéndonos más fuertes. Atraviesa sus tormentos para salir adelante gracias a las cosas importantes. Es suplicio y redención; tras el pesar llega el gozo y la afición acaba en dicha. Todo flota en este particular universo que acaba con un coro de ángeles bajado a la tierra para entonar en armónica melodía una oda a la vida que nos invoca que sin congoja no hay deleite, que el desconsuelo es solo una etapa y siempre queda espacio para la alegría. Para el amor y el arte.

Doscientos años del ascenso al Olimpo del Genio de Bonn, en medio de la gloria que solo la música pude crear. De parar al mundo con solo unas notas conocidas, de temblar y vibrar. De sentir. Doscientos años de traspasar pieles, de cambiar conciencias: de sueños, gritos de esperanza y gestos de paz. De cuerdas, viento, percusión y voz. De compartir pero también de disfrutar en la intimidad. De unidad, de solidaridad universal y de aquello que nos representa a todos. De poder envolvernos en su magia y dejar que la angustia torne en consuelo. Doscientos años de gozo universal.

Este martes hará doscientos años. Doscientos años de que se viera a Beethoven en un escenario por última vez. De saber que los inicios no deciden el final. Doscientos años de que la música cambiase para siempre. Doscientos años del mayor alegato a favor de la humanidad. Doscientos años de saber que de las experiencias se aprende. Que luchar es sinónimo de perseverar. Que la música puede alentar lo mas recóndito del alma. Doscientos años de arte y melodía. Doscientos años de libertad, de alegría. Doscientos años de la Novena.

Publicado en Diario de Ávila 2024

San Antonio

Tradición

O lo bonito que es ser de barrio

Un sábado por la mañana salí a comprar el periódico. Era un día de primavera, de los pocos que ha habido este año. El cielo azul anticipaba el buen tiempo y hacía la temperatura ideal para pasear. Bajé mi calle, crucé el puente de la estación y en seguida estaba de vuelta en mi barrio, San Antonio. Hace algunos años que técnicamente no vivo allí, pero no me he ido lejos y, en realidad, sigo sintiéndome y siendo del barrio.

Atravesé el pinar con las agujas crujiendo bajo mis pies. Al otro lado, los niños jugaban en la pista de Seguridad Vial y los padres hablaban en corros, observando a sus hijos de reojo. Puede que una figura solitaria leyera en las gradas mientras los señores jugaban a la calva. Al salir del pinar dejé atrás la parroquia, cogí Virgen de la Portería para luego atajar por la plaza, bajar por Virgen de las Angustias y finalmente subir por la calle Los Charcos, donde dos mujeres hablaban de ventana en ventana sobre lo que hacían sus hijos aquel fin de semana. 

Antes de darme cuenta, había llegado donde el Truji. Primero pasé a ver si me había tocado el Euromillón y era rica por fin (ya les digo que la respuesta siempre es no) y a pagarlo, pues esa semana no había podido ir y, aún así, me lo habían echado. Después pasé donde Luis a por el periódico y el pan. Mientras esperaba, él atendía a sus clientes, llamándolos a todos por su nombre, preguntando por sus familias y otros temas y anticipando lo que iban a pedir sus clientes. A mí misma me tenía varias cosas preparadas, además de una interesante conversación sobre literatura. Entre otras me dijo que tenía un cómic que le podía gustar a mi amigo Javi y antes de irme yo ya le había preguntado y la publicación ya estaba guardada para él. Después me fui, despidiéndome no solo de Luis, también de su madre que estaba sentada tras el mostrador. 

Después pasé por Gimesán, que no se llama así ya, pero en el fondo para muchos siempre será este su nombre y, aunque el interior haya cambiado, podremos evocar la distribución que tenía en los días de infancia. Pasé por delante de Fatima, de casa de Tere, de la joyería Resina, de casa de Rhut, de la de mi citado amigo Javi y por mi antigua casa, donde mis vecinos siempre que me ven me saludan. Durante la ruta de vuelta me encontré con Use y, como siempre, hablamos de la familia. Su hija, Bego, no falla un cumple jamás. También me encontré con Juana y Pedro, aunque era raro que un sábado por la mañana no estuvieran en el pueblo. Del mismo pueblo, Riofrío, también es Jorge. Ni me le encontré ni pasé por delante de su casa, pero no puedo escribir sobre el barrio sin mentarle, entre otras cosas porque me mataría. Podría haberme encontrado con muchas personas más, gente a la que ahora veo menos pero que siguen siendo los primeros que acuden en los momentos de necesidad y estar con ellos es como si el tiempo no hubiera pasado. Algunos siguen siendo parte importante de mi vida, les consulto las decisiones difíciles y son los primeros en conocer las buenas noticias. 

Este es, para mí, el motivo por el cual siempre seré de San Antonio. Sus gentes, su ambiente familiar, la sensación de estar en el lugar al que perteneces. Los barrios son la esencia de la ciudad, los que la hacen estar viva y los que tejen las relaciones de la misma. Esa es la ciudad que merece la pena, la que se debería potenciar. 

El pasado viernes, antes del pregón, di un paseo vespertino. Se sentía el ambiente de fiesta, pues ya estaba todo listo: las banderillas, los puestos de comida y juguetes, el escenario, la barra de bar. Olía a algodón de azúcar y mientras caminaba rememoré años de fiestas del barrio, aunque esa parte no la dejaré por escrito. Y aun con tres días de fiestas por delante solo puedo decir: ¡Felices fiestas de San Antonio!

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2022. Felices fiestas de San Antonio a todos las que las celebren en cualquier parte del mundo.

El silencio de un pueblo

El silencio de un pueblo resuena desde septiembre hasta junio. Adormilado, amodorrado bajo el aciago sol castellano o la indiferente gelidez del frío mesetario, espera durmiendo el sueño de los justos a que lleguen tiempos mejores, a que el viento agite las hojas de los árboles en fragante melodía mientras las casas abandonadas vuelvan a cobrar vida. Retornan los sonidos del alborozo: las risas, las carreras y hasta las motocicletas. La campana que repica en la vetusta torre de la iglesia, tiene ahora más público que se acostumbra a ella y la escucha de fondo, o que presta atención cuándo marca la hora de regresar. Los viejos bancos de piedra han dejado de descansar y se convierten en descanso, en confesionarios a cielo abierto, donde los jóvenes ríen y lloran con la emoción de la edad, se descubren los amores y se sueña con lo que vendrá. Arcaicos bancos que escucháis con vuestros oídos de piedra como en el futuro no contáis, pues los planes siempre llevan lejos y no se sabe cuándo regresaran.

Parece que en verano todo es más perezoso, calma y sosiego para las tardes ahogadas de calor y, sin embargo, en los pueblos todo se acelera: rebrota, renace y revive con el cálido sonido de las carcajadas de los niños, con los timbres de las bicicletas, que son para el verano, con los chapoteos, los balonazos e incluso las discusiones. La siesta tiene ruido del fondo: el silencio de un pueblo ha sido acallado. El café, la partida, el aperitivo, todo vuelve con más fuerza en verano. El reloj del ayuntamiento se convierte en referencia, los caminantes vespertinos o los muy madrugadores se saludan por los senderos. A las figuras del campo recortadas sobre el cielo, las que le dan vida todo el año, les salen espectadores e incluso jóvenes ayudantes.

Son las noches de verano noches a la fresca: de silla en la puerta de casa, de ventanas abiertas a última hora y cortinas ondulando en la noche como fantasmas del frescor inalcanzable. La luna ilumina la plaza, las risas de los jóvenes quedan amortiguadas por los balones que nunca paran. Vuelve la campana a tañer, dando la hora para recogerse. La libertad del estío, es el renacer de los pueblos con las risas en verano. Durante dos meses y medio, el silencio de un pueblo suena a gozo y bienestar.

Párate y te contaré cómo suenan nuestros pueblos. En verano todo es dicha, en invierno todo es frío. Soledad que ha de traer el otoño, no la quiero yo en mi tierra, prefiero el reír de agosto al sendero espectral que surge con las heladas. Hay en el pueblo una calidad perdida, un vivir con la tierra cerca y recordar la naturaleza viva. Quién sabe si esta es nuestra salida: convivir con la esencia del mundo para acabar con la violencia, la desidia y la ansiedad que parece impregnar nuestros días. Quizá es la hora de que volvamos a los pueblos, de que les devolvamos la vida y dejemos que, a cambio ellos, nos enseñen a vivirla. 

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2024

Testigos de la defensa

Un repaso a los motivos por los que los humanos aún merecemos la pena.

A veces, cuando veo la situación mundial, pienso que, si no nos extinguimos antes, falta poco para que el resto de los habitantes del planeta nos denuncien a los humanos y pidan para nosotros la pena capital. Sería un juicio internacional, puede que transplanetario y a buen seguro muy mediático. Así que solo espero que, llegado el caso, tengamos un buen abogado, porque la lista de cargos sería larga y la culpabilidad está lo suficientemente bien documentada. Por eso, solo nos quedaría apelar a lo mejor de nosotros mismos para rebajar la pena y por eso, necesitaríamos los mejores testigos de la defensa.

Y con solo ver las pinceladas de Velázquez en el pelo de las Meninas, ya nos reducirían la condena, por no hablar de los ojos del bufón Calabacillas. No necesitaríamos a Antoine de Saint-Exupéry, bastaría con que leyeran el Principito. Podríamos justificar que no merecemos la extinción llevándoles al ballet, que vean las grandes obras de Tchaikovsky coreografiadas por Marius Petipa o ponerles el DVD de El Lago de los Cisnes con Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev en los papeles principales. Puede que entre el público estuviera Freddie Mercury y les deslumbrase no solo con si voz, también con sus canciones. Después podríamos llevar al jurado de excursión. Qué vieran como, a veces, hacemos de vivir un arte y llenamos la tierra de belleza. Una ruta que incluyera el Taj Mahal o Notre Dame: el modernismo de Victor Horta frente a la Mezquita de Isfahán o la Alhambra. Podríamos dejarles seducir por los paisajes de Machado que no hablan de la tierra, sino del alma humana o deleitarles con los cuentos y las ilustraciones de Beatrix Potter, dónde la naturaleza y la humanidad conviven en bella sintonía, al igual que lo hacen en los cuadros de Monet o en los de Van Gogh, pero también podríamos enseñarles que los humanos también sentimos el amor a través de los cuadros de Berthe Morisot con su hija como modelo o en la escultura de Antonio Canova. O tal vez sea Shakespeare, en un teatro, quien le muestre al jurado no solo lo que es el amor, sino como podemos transformar el dolor en arte: la belleza que surge del sufrimiento. Y ya metidos en un teatro, unir las artes y montar un buen musical, que les haga salir alegres y contentos, con nuevas esperanzas en la humanidad. Una vez en ese estado, podemos enseñarles que hasta de lo cotidiano y lo rutinario hicimos una vez arte y que aún no se ha perdido del todo. Hagamos una barra de pan mientras entonamos las panaderas para acabar en una fiesta popular. Dejen que el jurado baile jotas, flamenco, la expresión corporal que ha desarrollado cada lugar.

Podríamos mostrarles como el ser humano puede cambiar con solo dos candelabros de plata, como lo hizo Jean Valejean en Los Miserables. No. Podríamos mostrarles que los seres humanos podemos caminar solo con la confianza de otro ser humano. Podríamos enseñar que incluso de los defectos más limitantes sale la magnificencia: que un músico sordo redimió a la humanidad con una sola sinfonía, aunque fuera la última. Que una mujer con frecuentes ataques de lo que se consideró locura y un joven asmático que hasta tuvo que dejar salir de casa, cambiaron la literatura para siempre. Llamemos a los mejores testigos de la defensa y que nos defiendan en una causa que a todas luces parece perdida, pero que puede recordarnos lo mejor de nosotros mismos.

La Museida

Con motivo del Día de los Museos, repasamos su historia con la voz de La Odisea.

Escucha, oh musa, la historia del Museo, tu casa y tu guarida, el lugar del Elíseo. Es hogar de la belleza, es guardián de la sabiduría: la plaza del conocimiento. Solo en ellos podemos aprender mientras vagamos, elegir mientras deambulamos, analizar mientras merodeamos. En ellos nuestra historia, nuestras ideas y nuestro subconsciente.

Todo empezó en Grecia, como no podía ser de otra manera, cuando su civilización se extendía hasta Egipto: en Alejandría apareció el Museion, templo y hogar para vosotras, oh musas, más conocido en la actualidad por su incendio y por su biblioteca soñada, que por sus intercambios culturales y sus espacios de investigación. Hoy se intenta recuperar ese espíritu de diálogo y aprendizaje, pero en una sociedad que no sabe escuchar y menosprecia el conocimiento, las tentativas son endebles y muchas veces limitadas a aquellos que viven ya en vosotras. Luchan tus trabajadores entregados por recuperar ese esplendor, por fomentar el entendimiento y el debate que nos permita redescubrir el poder de la escucha y la magia de las ideas, pero triunfa la ignorancia, seña de identidad de nuestra era. Y es que para muchos vuestra casa no es más que un lugar más que coleccionar en foto, de descubrir lo que tanto tiempo se ha visto en imagen a través de la máquina que las lleva acabo. Os visitamos para ver a través de la pantalla lo que en ella misma vemos.

Más tarde vino el coleccionismo, el rodearse de cosas bellas, de enseñarlas como trofeo o muestra de riquezas. Después vino el Renacimiento y tras él los gabinetes de las maravillas proliferaron, con cierto espíritu de aprendizaje porque en ellos encontrabas lo que parecía fantástico y fuera de lo posible. Lo desconocido. Disputábase el estatus con las ansias de enseñar, de abrir las mentes a aquello que no podíamos ni imaginar. Años más tarde volvió la palabra museo y a todos nos dejaron entrar: en grandes espacios un montón de objetos acumulados que nos permitían disfrutar, pero nunca dialogar. Faltaba el factor humano que nos había de enseñar, que si no entendemos lo que vemos mucho dejaremos de apreciar. Los años pasaron y lo fuimos ordenando: los hicimos accesibles y alguno hasta barato. Colocamos bien las obras, permitimos observar porque si estamos bien concentrados, mucho es lo que puede cambiar. También aprendimos a conversar, si la colección nos cuenta su historia, nos podremos ilustrar. 

Protégenos, oh musa, de los riesgo de su falta, de las censuras inútiles y de los que olvidan tu importancia. Acerca tu hogar a todos, que nadie sienta tu falta.

Disfruta, oh musa, del día del Museo. Pasea por tu casa y recupera su valor. Enseña a quién te visite que por mucho que lo olvidemos, más de trescientos días son los que tu morada abre sus puertas y que entre sus paredes susurras tus poemas, tocas tu música, nos acercas tu comedia. Recuerda, oh musa, el valor de tus historias, no dejéis nunca de inspirarnos, no nos olvidéis aquí abajo, que si no fuera por vosotras, la humanidad sería poca. 

Publicado con motivo del día de los museos en Diario de Ávila en 2024

Tarde de primavera robada al verano

Mayo ha llegado y el hálito de las lilas todo lo ha cambiado. Huele a floración, a vigor que se despliega: a promesa de que, después del invierno, la vida siempre llega. Primavera, estación de esperanza, pues, con toda esta belleza, parece que los milagros cerca andan. A cada paso que das descubres un nuevo indicio, la ilusión de estos meses tiene color, ramas verdes y un aroma que es augurio. Un paseo por las Herencias o un recorrido por La Encarnación sirven para deleitar el espíritu con todos sus colores y su linda flor. El brotar de sus capullos violáceos es de la primavera el presagio más esperado, dirá si es pronta o tardía, aunque para cuando llega ya sabemos cómo va la estación y solo esperamos su llegada con emoción. El año pasado, a principios de abril, ya nos alegraba, mientras las calefacciones apagábamos. Este año ha sido en mayo y el calentador aún sigue funcionando. Sin embargo, entre la lluvia que nos nutre y nos alivia he encontrado una tarde especial, la que anuncia todo lo bueno que al final de la primavera ha de llegar.

Una tarde robada a otra estación cuando, de repente, en plena primavera, el estío se presenta con mucha antelación y la canícula todo lo llena con su calma, su galbana y su calor. Entonces te dejas llevar, te sientas bajo un árbol y no haces más que observar, pues ante tus ojos se despliega el verano, aunque solo sea por un rato. Empieza con la sombra filtrada entre las hojas de los árboles bajo el que te resguardas, parece por Sorolla o Monet pintada. Sus hojas, que reciben el impacto del sol, deslumbran radiantes, rezumando color. El verde se torna casi en amarillo al contacto con el rey del cielo mientras el azul de este se vuelve mucho más intenso. Alguna nube esponja en la bóveda celeste, pero es tan leve que no es nada que moleste. Las aves salen todas a jugar: los milanos en el horizonte, planean sin parar mientras que un pinzón juega con los dientes de león. Sus cantos tornan banda sonora, la del campo, la más cautivadora. Las mariposas bailan a un dulce son, solas o en parejas, mientras lo observo todo, dejándome llevar por el calor. El ambiente huele con un aroma dulzón; quizá es la calidez y la calma que lo llenan todo después de un ciclón. La piel torna plácida al contacto del calor, tras los meses del frío, disfruta de ese primer picor. Todo parece en calma, una rato de descanso para el cuerpo y para el alma.

En esta tarde mágica, de primavera robada al verano, hay algo que permanece anclado a su estación y que te recuerda que esto es solo la víspera de lo que vendrá a continuación. El rosal florece: hay dos rosas, otras dos se abren y un montón de capullos prometen. Es entonces cuando me pregunto qué hace más bello al rosal: las rosas que ya han abierto o las que quedan aún por brotar. En ellas está esa esperanza primaveral, símbolo de todo aquello que nunca dejamos de anhelar. Y entonces reconozco cuál es la verdad. Las flores que ya están te recuerdan la belleza y prenden en tu interior una mecha, pero son los capullos el oxígeno que le da vida a la llama de la ilusión pues, aunque no llegues a verlo, esos capullos serán rosas tan bellas como las que ya están en flor. En ese momento creo desentrañar el misterio de la primavera, de su esperanza, su belleza y de lo que nuestro corazón de ella espera.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2025

Huerto aromático

Naturaleza

Albahaca para perfumar a los reyes, para espantar a los mosquitos, para elaborar un pesto genovés o para hacer salchichas si eres inglés: para estimular las papilas gustativas y mostrar amor a la italiana. Si te la dan en Grecia, sin embargo, ten claro que te odian o si te la encuentras, tendrás desgracias. En India es casi sagrada, en algunas regiones de Europa un símbolo de Satanás. En el Caribe te libra de los espíritus oscuros mientras que en Mexico llama a la fortuna. Échenla a un trocito de tomate aderezado con aceite y disfruten del manjar.

Eneldo del Mediterraneo para sazonar el salmón, para sopas y mariscos y para curar el ardor. Es buena para nuestro estómago y un diurético natural, contra el hipo y las flatulencias y el dolor al menstruar. Hasta el cerebro se beneficia de esta hierba tan del mar.

Hierbabuena para regalarte el oído, para refrescar tu olfato y estimular la nariz, para disfrutar con un buen mojito, en chicles y caramelos, en guisos y en infusión. Hierbabuena hasta en la sopa, o acompañando al cordero en Inglaterra: hay hasta quién se baña en ella. Reclamada por Carlomagno, que ordenaba su cultivo. vale casi para todo: dolores e  inflamaciones y también para desinfectar. La hierba que dicen nunca muere, es una amiga que no te puede faltar.

Menta, la hermana de la hierbabuena. Comparte propiedades curativas y hasta su fragancia es similar.  Sin embargo la gana en mentol y tiene un cúmulo variedades que nos da gran variedad de elección. En Marruecos es fundamental, tus papilas gustativas como en ninguna otra parte estimularán. Si te lo ofrecen formarás parte de la tradición: serás bienvenido y respetado. La hospitalidad, para ti, habrán desplegado. En Egipto ya te utilizaban, en Grecia, Perséfone convirtió una Ninfa en menta; Aristoteles la nombró como afrodisiaco y en la Biblia San Lucas habla de ti. 

Orégano, el rey de la pizza. De todas estas hierbas, la única que recuerdo la primera vez que la comí: me sorprendió y fue inesperada. Sabe a viaje por Italia, a campos de girasol y trattorias con terraza. A museos plagados de obras maestras y camisetas de rayas. Es bueno para el cabello, para la piel y se usa mucho en aromaterapia. Pero ojo con las contraindicaciones, no vayamos a liarla.  Cómelo con carne y pescado y con las aceitunas también encaja. Dicen que Afrodita plantó la primera, que en la Edad Media la quemaban cuando llegaban las epidemias para evitar el contacto. La llaman la planta de la felicidad: disfruten cuándo la están cocinando.

Romero contra el mal de ojo, símbolo de la buena fe y la riqueza, la hierba de don Quijote, base del bálsamo de Fierabrás y en Andalucía el perfume de la Nochebuena. Es la última planta que añades al guiso y la que más dura al cortar. Sirve para pescado y carne y al horno también la saborearás. Sus aplicaciones para la salud son numerosas. Se la usa en farmacología y se la estudia sin parar. Vale para la artritis y para el pelo, toses, canas y un sinfín de cosas más.

Tomillo, que suele ir con el romero. Altamente valorada en tiempos de la ruta de la seda, nació

Publicado en Diario de Ávila en 2024

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Palabras aladas

Literatura infantil

Vuelan las palabras y se van lejos. Un viento sopla en mi cabeza y solo queda la niebla. Y la frustración. La desesperación de dejar una frase a medias, de olvidar cómo se llama un objeto o de cambiarle el nombre, de invertir las frases o de olvidar ponerles verbo. De repente no sabes de qué estabas hablando. Las palabras se esconden de mí y me dan esquinazo. Buscar y rebuscar en el archivo del cerebro: imaginarlo como una gran sala, llena de cajas y archivadores de esos de metal. Busco en ellos lo que me falta y al final siempre acaba apareciendo, pero mientras tanto me siento perdida en la bruma de mi cabeza.

Hablar se convierte en un reto. Cuesta mantener una conversación. Tienes que prestar toda tu atención y aún así, en algún momento, te quedas en blanco. Irse por las ramas se convierte en una estrategia, aunque por dentro rabias. Sabes que eso no era lo que querías decir mientas ves escaparse tus ideas, deslizarse lejos de ti. Paras, buscas e intentas encontrar un hilo del que tirar para poder volver a lo que decías.

Escribir pasa a ser una dura prueba. ¿Qué se te olvidará? ¿cuántas faltas cometerás? Las palabras pierden letras. Los verbos parecen no ser importantes. Vuelvo a ser una niña en edad de aprender las trabadas y las inversas, que tiene que autocorregirse constantemente. Hilar una frase es cuestión de concentración máxima. Componer un texto puede ser una montaña a la que subir muy lentamente, con numerosas pausas y múltiples descansos. Reviso cada texto, cada palabra varias veces, con toda mi atención, por aquello de que fácilmente pueden contener errores. Sin embargo, a veces la lentitud es útil. Cuando cada palabra es una lucha, necesitas mil estrategias para guerrear con el lenguaje y del fragor de la batalla puede salir una música diferente. Otras veces, sin embargo, fluye con la rapidez de siempre pero impregnado de los nuevos recursos adquiridos y esos días son maravillosos. Me consuela pensar que esto es lo que quedará cuando todo pase.

Mi diario ha pasado a mejor vida. La imposibilidad de escribir a mano, que es la única manera que considero de escribir un diario, le ha dejado abandonado en la mesa, cerrado, esperando tiempos mejores. Tampoco es que haya mucho que contar, me digo a veces. Pero, no, esto también es una experiencia en la vida que merecería ser narrada y de la que habría cosas que recordar. Sin embargo, no puedo escribir a mano. Recuerdo las interrupciones en los diarios de Virginia Woolf cuando estaba enferma y me siento un poco mejor. Luego me doy cuenta de lo pretencioso que resulta compararse con ella. 

Esto también pasará va camino de ser mi nuevo mantra. Pero, de  momento, la vida sigue ahí fuera mientas yo la busco al ritmo que puedo. Y, además de echarla de menos, añoro también personas, lugares y el lenguaje. Extraño comunicar, hablar de un tema o contar cosas con pasión. El lenguaje fácil y rápido que no supone una contienda y que surge como si nada. El lenguaje que nombra el universo, que nos da acceso al conocimiento y configura nuestro día a día. Las palabras que, en la no tan humilde opinión de Dumbledore, son nuestra más inagotable fuente de magia. Y también son un tesoro. Aunque no nos demos cuenta hasta que tenemos que luchar por él. 

Esta ha sido otra de las consecuencias de La pausa. Todavía me pasa pero no de una manera tan brutal y dura como al principio. Este artículo salió en Diario de Ávila en diciembre de 2023.

NARRAR CASTILLA

Naturaleza

Fue una cálida tarde de verano. La luna se reflejaba sobre el Duero, mientras los chopos se mecían al ritmo del viento nocturno, que aliviaba el ardor estival de la meseta, arrastrando el sonido del agua. Las últimas luces del día se escondían en el horizonte y, antes de retirarme, me giré una vez más para admirar la belleza de la noche sobre el río. El Padre Duero. Desde donde me encontraba, sentía a Machado susurrarle palabras de amor, crear la épica castellana partiendo tan solo del rumor de sus aguas, del calor seco donde el sol se hacía tan presente que el trigo vibraba bajo el fulgor de su luz. Azorín lo narraba. Y sentí la misma evocación bella que la generación del 98 y su visión mística de nuestra tierra. Un lugar donde la gallardía de la historia se hace presente a través de sus monumentales paisajes, tan próximos se hallan el patrimonio cultural y natural aquí, en Castilla. Unamuno lo sabía. Años más tarde, Francisco Umbral diría que Miguel Delibes vino a desnoventaiochizar esa imagen, hablando de la pobreza, del hambre, de las ratas. Nunca he estado de acuerdo, porque, por un lado, Delibes también habla de la belleza de su tierra y, por otro, la realidad queda patente en esta generación de finales del XIX que vino a Castilla.

Lo mismo podríamos decir de la pintura: Sorolla de la Castilla amable, Zuloaga de la miserable. Donde en el valenciano Sorolla prima el color, la fiesta y la tradición, el vasco aposentado en Segovia, optó por esa imagen de la pobreza extrema con que se ha identificado Castilla y León durante mucho tiempo. Una imagen externa, porque una vez más, dejamos que nos narren desde fuera. Mientras tanto, pintores y escritores castellanos permanecen en el anonimato, siendo recordados tan solo puntualmente. Así, pueden ver cuadros de Vela Zanneti en restaurantes, pocos recuerdan a Adelina Labrador; Antonio Veredas, en Ávila, es para la gran mayoría solo una calle. Recitamos versos del Duero de Gerardo Diego o Góngora, pero desconocemos el poema “El Duero” del castellano Luis López Álvarez. La trascendencia de Delibes en este caso, adquiere aún mayor importancia: un castellano reconocido internacionalmente, el hombre que pese a ser tan solo “un señor de Valladolid” (palabras de Sergio del Molino) llegó tan alto que pudo hablar de lo que sentía que era necesario. La narración castellana de Castilla.

Tenemos muchas imágenes de nuestra comunidad, las más conocidas vienen desde fuera, pero también podemos apoyarnos en las de dentro, buscarlas, pues suelen estar escondidas. Todas ellas narran nuestra esencia, nuestra belleza y nuestras tragedias. Ahora el presidente dice que va a invertir mucho dinero en modernizar la comunidad. Habrá que esperar a ver cuál es la realidad de este plan. Y aquí es donde espero criterio, que se guíen por la necesidad y se adecuen a los problemas reales que tenemos. Hablen con las gentes de esta tierra, descubrirán que pedimos poco: tener los mismos servicios que el resto de ciudadanos. Modernicen Castilla y León con cabeza, sabiendo que el progreso no puede hacer desaparecer un pueblo: la renovación tiene que tener en cuenta el carácter propio. Sin perdernos por el camino y pudiendo crear otra vez nuestra propia narrativa.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2020

Constantes literarias

Lectura

Como Cervantes hablaba de la locura, la enfrentaba a la realidad y escribía sobre la identidad, cada autor tiene su tema, ese que trata sin pararse a veces ni a pensar.

Igual que Kafka nos acerca a su angustia existencial y Jane Austen nos explica que toda mujer se ha de casar y lo que opina al respecto de manera singular, todo escritor tiene su tema, en el que le gusta profundizar. Joyce Carol Oates habla de la hipocresía y la violencia en su América natal, mientras Dostoyevsky nos agobia con su culpa y su moral, cada novelista escribe sobre lo que le preocupa más. 

Como Almudena Grandes hacía de la memoria histórica su narrativa principal mientras que Haruki Murakami llena su prosa de música para paliar la soledad. Ánzoni Martín parece humor pero es pura crítica social o Nur Ferrante explora cómo la poesía ayuda con la enfermedad. Cada escritor tiene una idea de lo que quiere trasladar.

Mientras Elvira Lindo opta por la cotidianidad, de la infancia y la familia sin el humor olvidar, comparte con Chimamanda Ngozi Adichie el tema del feminismo, pero de una manera nada igual. La nigeriana ahonda en el racismo y la identidad que surge tras el postcolonialismo, son temas que conoce de verdad. Quien escribe vuelve siempre a lo mismo, no lo puede evitar.

Como Irene Vallejo se centra en los libros, su historia y el amor que nos dan, cada ensayista desarrolla su obra en torno a aquello que le importa más. Y Delibes habla del campo, de Castilla y lo rural; hay escritores que hablan siempre de lo mismo pero nunca cansan y siempre quieres más.

¿Cuáles son mis temas recurrentes? me pregunto sin tardar. La respuesta no es difícil, su día acaba de pasar, pues el veintitrés de abril se celebra todo aquello sobre lo que me gusta divagar y que luego acaba escrito en papel, lo llegue o no a publicar. Es Castilla mi elemento, delibesiano y muy extenso, centrado en las tradiciones y son claras las razones, pues no siempre son valoradas tanto como se debería y eso que son pura poesía. Hay lírica en nuestra danza, cabriolas en nuestras canciones, trajes, historias, monumentos y nuestra alma permanece en ellos desde hace generaciones. También me gusta nuestra historia. Fue grandiosa y luego infortunada como pocas, pero sigue siendo nuestra. Cada parte es importante y tenerla presente es de lo más relevante. Dentro de la historia, por los comuneros siento pasión y el veintitrés de abril celebramos su revolución. Los he contado de manera recurrente, desde que a los quince años escribí sobre ellos para un concurso escolar y lo narré todo de manera epistolar. No gané el premio pero sí me llevé mi historia, esa que me gusta contar tanto escrita como de memoria. Y después de tantas letras que se han llevado los comuneros, puedo decir que ya no parafraseo su romance al escribir sobre ellos. Hay otro tema que me fascina y sobre el que escribo aún más: es el mundo de los libros, cuentos, poemas y demás. Y es como decir que me gusta escribir sobre todo, pero eso no es verdad: la palabra escrita y la lectura son otro tema que me es fundamental. 

Ahora ya saben qué encontrarán en mi columna, aunque quizá ya lo intuían, porque me leen, por fortuna. Disfruten de nuestra tierra, de la lectura y de todo aquello que el veintitrés de abril se celebra y culmina.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2025