DÍAS SIN LIBRO

Lectura

En abril de 2024 salió este artículo publicado en Diario de Ávila hablando de uno de los efectos de La Pausa. Ahora la situación a mejorado notablemente: ya me concentro para leer y puedo hacerlo. Incluso he podido arriesgar con algún libro largo. No obstante, todavía hay tardes e incluso temporadas donde vuelvo a encontrarme en los días sin libro.

No se pueden imaginar cómo celebré el 23 de abril el año pasado. Como si tuviera que recuperar tiempo perdido (que lo tenia), extendí las celebraciones durante prácticamente una semana en la que disfruté de los amigos, la primavera, la literatura y Castilla todo lo que pude. Tampoco podrán imaginar el vacío que siento este año al pensar que se acerca esa fecha y no poder apenas leer. La literatura siempre ha sido una forma de vida para mí y ahora que se ha vuelto esquiva, no acabo de saber ni cómo disfrutarla ni cómo celebrarla. Antes podía pasar, y pasaba, las tardes libres enteras leyendo, absorbida por la narración. Ahora el día que llega la noche y he leído un par de páginas es un buen día. Quiero leer libros que no puedo: los veo, los toco y se me hace un nudo al pensar que no es el momento, que exceden mi capacidad. Como si el desierto hubiera barrido mis estanterías, condicionando la travesía con algún pequeño oasis ocasional que evita que desfallezca. Añoro enfrascarme en una historia, meterme en ella tanto que me cueste salir y que, cuando lo haga, algo haya cambiado. Sueño con tardes desaparecida entre las páginas de un libro. Anhelo poder leer lo que anhele en cada momento. Fantaseo con volver a tatuar mi vida con letra impresa. Y, sin embargo, siento que la literatura sigue ahí para mí, que no se ha ido a ninguna parte y que me ampara de una manera nueva, más abierta y distendida. 

No se explicarlo, ahí está. Aunque me cuesta acceder a sus mundos, afortunadamente, aún puedo olerlos. Sumergir la nariz entre las páginas de cualquier volumen y aspirar su esencia a tinta quijotesca, cargada de aventuras soñadas o vividas que algún día volverán a mí. Acariciar una portada, sentir en las yemas de los dedos como cada libro tiene una textura diferente en el exterior y sin embargo por dentro todas son similares. Dejar que el papel me acaricie a mí con el potencial de un relato magistralmente hilado que algún día regresará. Logró admirar cada libro como un objeto único, valioso y diferente al resto, con su propia historia que me espera constante, pese a no saber cuándo acudiré a ella. Veo su identidad singular aún cuando paso tiempo ensimismada mirando los libros en su conjunto, en armoniosa distribución. Los colores de mi estantería son la primavera que observo desde mi atalaya de cojines, formando un paisaje que no puedo penetrar en las tardes eternas, sempiternas e infinitas pero que al menos puedo contemplar como una promesa de futuro, de floración para el alma que llegará para sumergirme entre sus margaritas y sus dientes de león impresos. Puedo escuchar su música, el murmullo de sus voces entre sus hojas, esperando para declamar a voz en grito los relatos que esconden para sorprenderme en un futuro de páginas regaladas y de cuentos concedidos ante el regocijo de la lectora paciente, que ha esperado soñando la vuelta a sus brazos impresos. Pero no se preocupen. No voy a chuparlos. El sentido del gusto aquí queda descartado. O no, que siempre he leído libros exquisitos. Y con mucho sentido. Casi siempre.

MUSAS DE PRIMAVERA, DRÍADES PINTORAS

Mural De Lara Rubin de Celix en Navalosa. Representa una niña con los elementos fundamentales de los Cucurrumachos, la mascarada del pueblo, portando un ramo de piorno en flor.

Para los griegos, el mundo volvió a florecer cuando Perséfone regresó de los infiernos un amanecer. En Cantabria son las anjanas quienes traen la primavera; sus mantos cubren todo a su paso de flores duraderas. Mas no se dejen por mitologías engañar, hoy traigo en mi artículo del esplendor de estos meses la verdad. Son las musas quienes nos regalan la primavera, en forma de versos, bailes y música hechicera. Pero las inspiran las dríades y ninfas que, con sus pinceles,  todo lo invaden.

Son ellas las que perfilan los brotes que florecen cada año. Y son ellas a quienes los más afamados, con su obra, han inspirado. Está la dríade de Van Gogh, con su cabello trenzado con flores, rosado es su color. La de Antonio de Ávila pinta sobre fondo blanco y con relieve sobre el cristal. Su hijo Albano ha hecho de la primavera su color, y su musa le lleva a los campos de Castilla, sobre los que Machado se explayó, cuando el trigo aún es verde y se espera lo mejor. Es el hada de Klimt la más cariñosa, pues da igual que vaya vestida de flores, de todo tipo y condición, o que solo lleve los capullos en el pelo; va repartiendo abrazos y besos para que sientas tu valor. Dríade de Millais, dríade shakespereana, pues reposa en un río, repleto de matorrales, cual Ofelia ya calmada. Es la de Adelina Labrador una ninfa abulense, pues pinta nuestros pardos y ríos y los arbustos de frente. Y luego está la de William Morris, que debía de ser de las que cuidan el hogar, pues llena de vegetación los muebles y paredes, para que también sientas la naturaleza cuando a casa puedes regresar. La dríade de Monet bajó por el camino de Sonsoles y lo llenó todo de amapolas sobre campos de centeno, pero esta ninfa inquieta le llevó por el mundo entero. Rosales en arco, nenúfares en un lago, todas las flores y los colores pasaron por la paleta de Monet, porque dio con un hada que sabía componer. Era hermana de la de Caillebotte, que además de restos de pintura entre las manos, las tenían manchadas de tierra, pues pintaban y cultivaban, eran hijos de la primavera. La dríade de Velázquez era tímida y disimulada y solo los que le aman saben encontrarla: está escondida entre los vestidos y los peinados; de las Meninas, sí, pero también de los caballos. Nada que ver con la de Joan Mitchell, un hada juguetona que siente esta temporada con pura emoción, impregna de pigmento sus brochazos para causar conmoción. La de Berthe Morisot es la ninfa de la ternura, hace ramos en parques y jardines y se los regala a una niña. La de Raoul Dufy se refleja a manchazos como un dibujo acuarelado. La de Pejac es una Anjana y se encuentra casi en la puerta de su casa, le pide aire y naturaleza, llévala a cárceles, hospitales o a lugares donde haya pobreza. Y ya metidos en murales llega la dríade de Lara Rubin de Celix; de Garoza hasta Gredos, lo llena todo de tradición, sola o acompañada, danzas, oficios y hasta piornos en flor.

Mural de Kasandra en Garganta del Villar. Muestra dos de sus típicas ninfas rodeadas de piorno en flor en la Piedra Jorcá del pueblo.

Las ninfas pintan la primavera, con sus pinceles y una linda canción, pero no saben que a todas ellas también pintan con primor. Desde el Tiétar, tras un paseo por el valle encantador, Kasandra las pinta con la magia de su inspiración.

Que disfruten ustedes de la primavera, de su hechizo y su color.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2025

Tierra del alma

Naturaleza

¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un rato para mirar el atardecer? ¿Cuándo levantaste la mirada de lo que estabas haciendo y descubriste las nubes teñidas de rosa mientras el cielo se tornaba morado o el naranja llenaba de ascuas el final del día como si te encontrases en un sueño de Monet?

¿Cuánto hace que no alzas la vista y te emocionas con las montañas recortadas en el horizonte? Que te fijas en la silueta de Gredos, percibes sus cambios y colores, que te emociona la suerte de verla cada día. 

¿Has notado últimamente los cambios en los árboles? Muchos empiezan a estar repletos de brotes, de vida en suspenso a punto de emerger. Las flores van saliendo. ¿Te has dado cuenta de que ya hay pétalos en las aceras, que se puede caminar sobre ellos? ¿Recordaste a Van Gogh al pasar bajo un almendro? ¿Has visto los narcisos, los iris adelantados que ya tienen algún capullo listo para estallar? Las caléndulas van brotando, las margaritas llenan los prados y pronto podremos oler las rosas.

¿Has sentido la luz del sol en tu piel? ¿Has notado cómo se intenta abrir paso su calor, cómo te recarga lentamente? ¿Cuánto hace que no miras la luna? Que la observas en el cielo azul de la tarde, lista para salir a jugar o que te guía en la noche con su brillo. ¿Has visto que hay veces que, incluso en cuarto creciente, baña de luz cuanto te rodea con su brillo blanco? ¿Sueñas con ella? ¿Sueñas bajo ella? ¿Dejas que las estrellas iluminen esos sueños?

¿Cuándo ha sido la última vez que has escuchado piar a los pájaros? Qué te has fijado  en los distintos trinos y tonos. Que has buscado de dónde venía su música y has intentando distinguir sus colores. Los has observado aprender a volar, has seguido su aleteo con la mirada. 

¿Has espiado a las lagartijas que corrían cerca de ti, buscando un lugar donde plantarse al sol para absorber sus rayos sin prisa, con quietud? ¿Te has parado a escuchar zumbar un abejorro? ¿Has visto bailar una pareja de mariposas por un parque? ¿Se te ha posado una mariquita en la mano?

¿Hace mucho que el viento no te empuja tan fuerte que crees que te vas a caer? ¿Lo has escuchado gemir recientemente? ¿Has descubierto sus colores?

¿Cuánto hace que no prestas atención? ¿Qué no dejas que la belleza del instante presente sea el bálsamo para lo que te preocupa en la actualidad, te hiere del pasado o te atemoriza del futuro? Cuando solo estás tú, en el presente, con la belleza de la naturaleza, lo demás desaparece. En ese momento estás vivo y puedes sentir qué hay más allá.

¿Te has preguntado últimamente por qué cuánto más nos empeñamos los humanos en colorear el paisaje de monstruosidad, la Tierra nos devuelve la hermosura inalterable? ¿Has anhelado participar de lo sublime de nuestro mundo, que habla claro, es constante y siempre nos manda el mismo mensaje? ¿Cuándo fue la última vez que fundiste tu espíritu con la belleza eterna de la naturaleza?

Jota de la Santa

Ilustración de Kasandra

Jota castellana para Santa Teresa de Jesús.

Tal día como hoy, un 28 de marzo, nació Santa Teresa de Jesús en Ávila. Por eso, rescato esta jota que le escribí para el pasado día de la Santa.

Por todos es sabido que hay dos cosas en nuestra ciudad que son reconocidas como muy importantes por toda la humanidad. Una son las murallas y otra es la Santa, y con motivo de sus fiestas me he parado a pensar que, si las murallas tienen su jota, a Santa Teresa no la cantamos con acervo popular y me he propuesto solucionarlo con una tonada que se pueda cantar. Aquí está el resultado: la pueden aprovechar, eleven sus voces contentos para disfrutar de esta novedad. Solo les pido clemencia por los errores, pues es mi primera jota; pero he disfrutado componiéndola, ha sido una experiencia natural y maravillosa. Aprovecho para tener un recuerdo para la Virgen de la Soterraña que ya era nuestra patrona en tiempos de la Santa, pero que tras la vida de esta, fue perdiendo lustre y aunque conserva el título de patrona, Santa Teresa ha ocupado su sitio por aclamación popular. Sin más preámbulos aquí va, la Jota de la Santa: pueden cantarla y también bailarla, para eso está.

Jota de la Santa

La Santa no es la patrona,

la Santa no es la patrona.

Pero es tan grande su historia,

que le dimos la corona

y cuando media octubre,

la adora la muchedumbre.

La Santa no es la patrona.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Santa Teresa, escritora,

Santa Teresa, mujer,

monja y reformadora.

De la Iglesia su doctora.

¿Qué más se puede ser?

Pues también era abulense,

Santa Teresa, escritora.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

¡Ay, qué suerte que tenemos!

Con esta mujer errante,

¡ay, qué suerte que tenemos!

Andariega caminaba,

y conventos reformaba.

Andariega caminaba,

¡Ay, qué suerte que tenemos!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Escribía y escribía,

Santa Teresa leía,

Escribía y escribía:

la llamaban letraherida, 

un placer es su poesía,

Santa Teresa leía,

¡Escribía y escribía!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Ya nos vamos levitando,

y con la lengua hecha pedazos

ya nos vamos levitando.

Que tan grande es nuestro amor,

que es difícil explicarlo,

que es difícil explicarlo.

Ya nos vamos levitando.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Y aquí acaba esta jotilla,

para cantarle a la Santa,

y aquí acaba esta jotilla

vistámonos elegantes

y con nuestros manteos,

bailemos en plena calle.

¡Que aquí acaba esta jotilla!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡Esta jota en su honor,

a la Santa Cantamos!

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2025.

La ilustración es de la genial Kasandra

El canto del narciso

Cuenta Ovidio que la ninfa Eco se enamoró del apuesto joven Narciso. Como ella no podía más que repetir la última palabra de lo que él decía, quedó intrigado y la buscó pero, cuando la tuvo ante él, la rechazó, volviéndola tan solitaria que aún hoy cuesta encontrarla. Némesis, la venganza, decidió tomar cartas en el asunto y consiguió que el joven contemplase su reflejo en un río. Narciso quedó tan prendado de si mismo que en algunas versiones se ahogó intentando alcanzarse y en otras se dejó morir a la orilla del arroyo contemplando su reflejo. Sea como fuere, de los restos del joven más bello de la mitología, surgió una flor amarilla, con una alegre trompeta que, curiosamente, en nuestros días no representa el egoísmo y la vanidad, sino el resurgir, los nuevos comienzos y la esperanza. 

Como un fénix vegetal, esta planta bulbosa aparece al final de invierno, en ese momento de cansancio generalizado, cuando se aleja la motivación y parece que la temporada fría nunca tendrá fin. Los tres primeros meses del año suelen ser particularmente duros: las fiestas navideñas concluyen y ante nosotros solo se haya la perspectiva de los días cortos, fríos y desnudos. Sin apenas color, sin floración, solo un ir y venir de cotidianidad desangelada que parece no acabar jamás. Estos meses pueden ser de gran desánimo, pero todo cambia cuando aparecen las trompetas gualdas de los narcisos devolviendo color a la tierra yerma. Casi se les puede oír cantar, entonar una invocación a la primavera que escucharán otros bulbos, como iris, jacintos o tulipanes, que correrán a su encuentro y que despertará a los árboles de hoja caduca, que regresarán de su sueño con un manto de color que volverá a llenarnos de calor el corazón. Pronto los días volverán a ser bellos, el calor del sol volverá a hacerse notar y las lluvias intermitentes llenaran de vida los campos, haciendo del invierno un sueño del pasado. Nos precipitaremos hacia el estío, hacia los días en los que nuestros cuerpos, como las hojas de una planta, buscan la luz del sol para nutrirse y llenar de savia nuestras existencias.

Todo ello surge de algo tan pequeño como el cornetín de una planta amarilla que no vive más de veinte días y que, sin el frío de las heladas invernales, no florecería. Una vez al año brotarán de la tierra escarchada y durante poco más de un mes podremos ver cómo cubren los prados que aún visten de luz gélida con manto gualdo macbethiano que grita “no hay noche tan larga que no termine en día”. Tristemente, salvo que los cultives en casa, no es tan fácil ver este anuncio primaveral en un paseo por el campo. Su floración se limita a hogares y jardines privados y tan solo se puede apreciar en lugares específicos. Uno de ellos es la Fuente de los Narcisos, en La Granja de San Ildefonso. Pero no se dejen engañar por el nombre, no es más que un bebedero que una vez al año queda rodeado de flores amarillas. No obstante, esa es parte de su magia, ya que, en un pilón en un lugar que todos reconocemos por la magnificencia de sus fuentes, en el momento en el que el jardín está más yermo, con las ramas vacías, las hojas marchitas y la tierra escarchada, una vez al año se produce el anuncio más deseado. El invierno se acaba, la primavera está cerca. Qué renazca la esperanza que ha surgido de la misma tierra helada. O más bien que ha surgido porque la tierra ha estado helada.

PIEDRAS DESCRIBIENDO PALABRAS

Hoy se falla el premio de la crítica de Castilla y León y quiero aprovechar para compartir con vosotros un artículo que escribí sobre una de las obras nominadas, El dolmen de María Ángeles Álvarez. No negaré la emoción que me embargó al describir su nominación primero por la amistad que me une a ella, pero también porque fuera con este poemario tan especial. Durante el proceso de escritura hizo algo inaudito en ella: nos fue leyendo versos de tan feliz que fue durante el proceso de creación. Además, tras varias vicisitudes, cuando la obra fue presentada quien acompañó a María Ángeles en la mesa fue mi madre. A ella no le gusta la poesía, pero ha encontrado en esta obra un texto que apela a sus más profundas emociones como arqueóloga y lo ha leído varias veces, lo ha recomendado e incluso regalado. Finalmente, me gustaría añadir que esta obra es la más representativa de su autora. Todo lo que es está ahí: la poesía, la arqueología, la naturaleza, la espiritualidad, el dolor… todo se conjuga en este maravilloso poemario que os recomiendo encarecidamente. Y la crítica de Castilla y León también. 

Quien convive con un arqueólogo conoce dos grandes verdades: es un oficio que consiste en pasar calor en verano y frío en invierno, y el resultado, por mucho que parezca que solo encuentran joyas y tesoros, no suele ir más allá de un puñado de huesos y muchas, muchas piedras. Pero también tenemos una certeza: les encanta. Revolver en la tierra y encontrar algo que tienen que descifrar, rastrear con los conocimientos que ya existen, hallar su lugar exacto en la historia. Muchas veces, sus hallazgos no harán más que complementar los datos del pasado que ya existen, otras les sirve para confirmar sus propias hipótesis; pero también hay momentos en los que encuentran pruebas que cambian las teorías y la historia que conocemos.

Aunque desde bien pequeña he tenido claro que era un oficio duro y no exento de riesgos, al que no quería dedicarme en absoluto, también he conocido la emoción del descubrimiento, la dicha por lo hallado, la excitación por la revelación. Sin embargo, hay algo que no comprendía hasta que tuve la suerte de escuchar a mi amiga, poeta y arqueóloga, entre otras cosas, María Ángeles Álvarez leernos los primeros versos de su poemario El dolmen —que sale a la venta el lunes—, y es la espiritualidad inherente a la excavación arqueológica. 

La poesía no es, ni de lejos, mi especialidad, pero encuentro en este poemario esa esencia poética asentada en el hablar de una cosa para comunicar otra. En este caso, no hablo de metáforas, porque sí, habla del dolmen de Bernuy, de su descubrimiento y su excavación, pero en esa relación con lo descubierto que lleva a una búsqueda superior a lo meramente humano, se comparte otra experiencia mucho más íntima y profunda: la del dolor. De la experiencia vital que supone convivir con ello y de un enfoque de exploración constante de significado, de sentido y desahogo que quizá solo puede llegar a través de la palabra escrita. 

En esta ocasión, la poeta deja atrás la belleza del campo y la naturaleza habituales en ella para entregarnos a la cara más amarga y dura del paisaje, al rigor de los elementos, a lo agreste propio de la prehistoria que descubrió, que excavó y que nos habla de un mundo indómito al que necesitamos encontrarle sentido. Piedras describiendo palabras, reza un verso, explicando en realidad qué supone este poemario para ella, qué podemos encontrar en él.

Y es ahí donde surge el espacio místico, la espiritualidad inherente a la persona que nos habla de comunión con el pasado al excavar, de la trascendencia de conectar con unas piedras que fueron tumbas y que nos remiten a que lo más básico, el dolor, la muerte, lo íntimo, profundo y sustancial no entienden de diferencias, ni siquiera temporales. La raíz es la misma. Esa raíz de la que María Ángeles ha hecho vida. Ya aparece en el segundo verso y es que las raíces son su especialidad: de plantas e históricas, todas la remiten a la más profunda de todas, la de el espíritu, en la que conectamos con nosotros mismos. Y el final nos llega, como no podía ser de otra manera, cargado de luz: la de las semillas, las de las plantas, la raíz primordial que nos permite respirar. Ven y vive, dice el poemario. Pero, en realidad, dice mucho más. Ven, siente, asimila, busca y encuentra. Y, con todo lo que te vas a encontrar, vive.

TÍTULO: El dolmén

AUTORA: María Ángeles Álvarez

EDITORIAL: Cuadernos del Laberinto. Anaquel de poesía.

FRONTERAS DE NARNIA

¿Conocen la historia de El sobrino del Mago? Aunque cronológicamente no es el primero de los libros que escribió C.S. Lewis de Las crónicas de Narnia, narra los orígenes de esta tierra mágica y de sus elementos, convirtiéndola, de hecho, en la primera historia del país al que, entre otras maneras, se puede llegar a través de un armario.

El motivo de este portal viene explicado en el libro, así como el momento en que la malvada reina Jadis ataca al león Aslan con una barra de hierro que ha cogido de un farol de Londres. El león, igual narniano de Gandalf o Dumbledore por centrarnos solo en las equivalencias literarias, ni se inmuta ante el golpe, asustando tanto a su rival que huye mientras la barra se clava en el suelo. De ella brota una farola en medio del bosque, un elemento humano y contemporáneo en una tierra fantástica donde los animales hablan, la magia crea vínculos insondables y los cuentos de hadas cobran vida. Esta farola será lo primero y lo último que verán los hermanos Pevensie en su primera aventura en los territorios de Aslan, convirtiéndola en una suerte de frontera entre el mundo real y el fantástico.

Este último año, caminando a paso lento me he fijado más en las cosas que hay a mi alrededor y he descubierto que estamos rodeados de fronteras de Narnia, de limites donde en medio de la naturaleza aparece una farola que nos da luz y nos guía por el camino. El mundo fantástico y el real se rozan más a menudo de lo que pensamos y lo uno no es sino la expresión de lo otro. Por mucho que la realidad sea aquello que verdaderamente ocurre y la fantasía a lo que recurrimos para transformar la realidad, literariamente hemos acabado por utilizar la segunda para explicar la primera. O para sobrellevarla. Pero cuando bajas el ritmo y observas las cosas más detenidamente descubres que todo aquello a lo que asociamos los mundos fantásticos no son más que elementos cotidianos transformados, pues la magia es mucho más común de lo que acostumbramos a pensar: un gesto, un momento, un animal… o una farola. Las chispas de la rutina son la parte visible del encantamiento que con frecuencia nos pasan inadvertidas.

Al ver que vivimos rodeados de fronteras de Narnia, he recordado que nosotros somos quienes enfocamos la manera que tenemos de vivir la vida y enfrentarnos a lo que nos pone por delante. Si vamos cargados de cuentos, tenemos una guía para salir adelante y enfrentarnos a lo que nos toque en cada momento. Que en lo más oscuro del bosque siempre hay una farola que te indica el camino a seguir para poder salir sano y salvo. Y que cuando lo hagas, tendrás los regalos hallados en la oscuridad, los que te han ayudado durante la travesía. Todo esto descubrirás antes de salir de la espesura, cuando empieces a ver la luz penetrar entre las ramas de los árboles. O cuando te encuentres con una frontera de Narnia.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024

Verano en invierno

Una fría tarde de invierno Clotilde paseaba por la calle con sus padres. Iban a ver el museo de un pintor valenciano en pleno centro de Madrid. Todos decían que era muy bueno, que en lugares como París, Nueva York o Londres podías encontrar un rinconcito de España si te entraba la morriña gracias a él.Caminaban por una gran avenida cuando, de repente, se toparon con un muro tras el que se intuían árboles. Al cruzar el umbral de la puerta, plantas y fuentes hicieron que olvidara que se encontraba en el centro de la capital, en pleno mes de enero, y se sintiese en algún lugar cálido cerca de la naturaleza. En aquel patio hasta el aire madrileño parecía más ligero.

​Tras comprar la entrada, subieron una escalera cubiertas de baldosas y entraron a una gran sala con suelos de madera, paredes rojas y techo de cristal. Clotilde fue mirando los cuadros, despacio, uno a uno. En uno de ellos, su madre le señaló a una mujer muy guapa, vestida de negro, con collar de perlas y con una flor en el pelo.

​— Cariño, esa es la mujer del pintor. Se llamaba como tú, Clotilde. La verás en muchos cuadros.

​La niña siguió avanzando por la sala. También vio a los hijos del pintor, vestidos de rojo, al propio artista, con un sombrero, unas señoras en un vagón del tren y unas chicas tumbadas sobre el prado verde. Uno de los cuadros mostraba a un joven desnudo con un caballo, saliendo del mar. Era grande y, aún así, no había espacio para la obra completa: la cabeza del caballo estaba cortada. Era hipnótico, cualquiera que lo observase podría quedarse horas contemplándolo, pues al mirarlo uno se sentía en la playa, pisando arena húmeda, con la brisa que levantaba las olas en la cara. Casi  se podía percibir el olor a salitre. 

​Su padre la apretó cariñosamente el hombro y juntos avanzaron hacia la siguiente sala. Mientas la veían le contó que el pintor recibía ahí a los clientes que querían hacerse con alguna obra suya o que les pintaste un retrato. De hecho, cuando enfermó y tuvo que dejar de pintar estaba en el jardín, trabajando en un retrato. Clotilde quería saber más y su madre le contó que un par de años más tarde murió. Fueron años muy duros, pues para aquel artista, la pintura y el mar eran su vida. Hasta le habían llevado a despedirse del Mediterráneo. De eso, le dijo su madre, hacía cien años en el mismo año, 2023.

​La siguiente sala era el estudio, donde pintaba. Al pasar, Clotilde se quedó impactada. Aunque el día era gris en Madrid, la sala estaba llena de luz: la luz del Mediterráneo. Por todos ladoslos niños jugaban, nadaban, corrían junto a la orilla. Las mujeres paseaban con bellos vestidos blancos y el mar cambiaba de color en cada obra. Clotilde se sentía como si estuviera de vacaciones y mientras miraba a un niño con un barquito, se dirigió a su madre:

​—Mamá, ¿Joaquín Sorolla es impresionista?

​Su madre no sabía qué responder.

​—No lo sé, hija. Su técnica no es impresionista, pero la luz sale de sus cuadros a raudales.

​—¿Pero lo es o no lo es?

​—No pinta como los impresionistas, sus brochazos son gruesos y llenos de pintura, mientras que los de estos son pequeños y delicados. Sin embargo, tan solo Monet capta la luz como él.

— ¿Entonces…?

Publicado en Diario de Avila en enero de 2023.

Hoy hace cien años del fallecimiento del pintor.

I’m a Barbie girl (y orgullosa)

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No se pueden imaginar las ganas que tengo de ver la película de Barbie. Los publicistas, a falta de ver el resultado final, han hecho un trabajo fantástico. Desde el trailer que comienza con el «Hi Barbie, Hi Ken» de la mítica canción de Aqua, pasando por el juego de la actriz Margot Robbie en la promoción y los estrenos, llevando los vestidos más famosos de la muñeca o el maravilloso cameo de la Barbie original, la hija de la creadora de la muñeca, Ruth Handler. Su historia, como tantas otras escritas en femenino, no es muy conocida y, sin embargo, ha definido a multitud de generaciones que pudieron soñar con la vida de adultas cuando eran solo unas niñas.
Ruth Handler fue la más pequeña de una familia que emigró a Estados Unidos. Aun así, fue a la universidad y fundó su compañía, Mattel. Además de empresaria, Ruth era madre. Y cuando llegaba a casa, jugaba con su hija Bárbara. En ella observó que prefería hacer muñecas de papel que representasen adultas. En un viaje a Suiza, descubrió a la muñeca para adultos Lilli, la compró, la rediseñó para adaptarla a los juegos infantiles y le puso Barbie, por su hija. Tuvo que luchar para que su empresa aceptase la muñeca. Pese a lo conocida que es Barbie, no lo es su creadora: empresaria pionera en la América de los cincuenta, revolucionaria del sector de los juguetes, madre y, en sus últimos años, también luchadora incansable contra un cáncer que se la llevó. Pero, aún enferma, siguió creando: fue la diseñadora de las primeras prótesis mamarias para mujeres que han pasado cáncer de mama. Independientemente de la historia detrás de la muñeca, Barbie ha tenido muchas críticas, basadas fundamentalmente en su canon de belleza imposible, por eso ha ido variando modelos y añadiendo figuras que representan la diversidad social. Esta circunstancia también se ha aprovechado para estereotiparla por su aspecto, seguramente para menospreciar la libertad en el juego que supuso su aparición.
Yo recuerdo mis dos Barbies favoritas: la Barbie profesora, que tenía una pizarra y dos alumnos con su pupitre, y la Barbie flamenca. A esta última, que aún conservo, la cambié pronto la bata de cola y tiene un vestido del estilo de los que suelo llevar. Es morena y con los ojos marrones. Pasó por muchos oficios, siendo uno de los más recurrentes el de escritora. El caso es que con Barbie pasaba horas entretenida jugando. Me permitía soñar, explorar trabajos y estilos de vida. Pensar en la vida de adulta. Pero además me dejó crear y diseñar casas y también vestidos. Con ella di mis primeras puntadas y, sobre todo, di rienda suelta a mi imaginación. Volviendo la vista atrás, muchas de las cosas que soy hoy, hago o me gustan ya las exploraba en mis juegos de infancia. Algo que antes de su creación en 1959, o hasta el año 1978 que aterrizó en España, no era posible porque todas las muñecas que se hacían eran bebés o niñas.
Muchas veces no somos conscientes de las pequeñas revoluciones que nos encontramos en la vida, pues parece que cosas como las muñecas Barbie o las Spice Girls no son más que frivolidades famosas. Y, sin embargo, cuánto cambiaron la sociedad del momento. Yo pienso celebrarlo yendo a ver la película vestida de rosa Barbie. Y luego igual pongo a las Spice. O escribo un artículo sobre cómo ellas, a su manera, también nos permitieron ser más libres y más fuertes. O dicho de otra manera: nos permitieron soñar con quién queríamos ser, ya fuera Barbie princesa, doctora o policía. Pensándolo mejor… me voy corriendo al cine, por lo que pueda pasar.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023

Beethoven

El pasado miércoles se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven y después de un año pensando en escribir sobre él, le consagro este último artículo de 2020. Como no tengo formación musical, me van a permitir que escriba sobre él desde mi relación con su música. Y para ello, me gustaría volver con ustedes al 1 de enero. Para mí el nuevo año no empieza hasta el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena y el último lo vi con mi amiga Barbarita, chelista de profesión y mi gran educadora en materia musical. Juntas disfrutamos de las melodías de la familia Strauss, del interludio dedicado al genio de Bonn y miramos los conciertos que iban a dar por toda Europa en homenaje al músico y que ya tenían las entradas agotadas. Para cuando mi amiga se fue a comer con su familia, mi propósito de Año Nuevo era oír en directo la Novena Sinfonía. Con este plan en mente, me puse el disco cuando me quedé sola tras la comilona y acabé en un maravilloso estado de sopor, con los ojos cerrados, a veces dormida, a veces despierta, pero acunada por la expresividad de la sinfonía más poética del compositor, arrullada por esa conocida melodía que alude a lo mejor de la humanidad. Recuerdo que para cuando volví a estar despierta del todo pensé que un año que comenzaba así, tenía que ser bueno a la fuerza.

A estas alturas ya se podrán imaginar que no he cumplido mi propósito de Año Nuevo, pero Beethoven no se ha separado de mí durante todo este tiempo. Y también que fue él quien me llevó de nuevo a un auditorio a comprobar que la cultura se ha adaptado extraordinariamente y es segura, y quien me hizo sentir el peso de todo el año. No fue la Novena, como yo quería, sino la Quinta. Quizá fuera el destino con el que muchas veces se ha asociado esta sinfonía, el que me llevó a un patio de butacas a escuchar esas cuatro notas que todos conocemos y sobre las que tanto se ha especulado, el destino llamando a tu puerta que dicen algunos. Pero allí, sentada, no pude dejar de encontrar una hermosa poética a estar oyendo la narración del descenso a los infiernos de Beethoven al notar que se quedaba sordo, como reencuentro con los escenarios, mientras recordaba con cariño aquel Año Nuevo que les he narrado y como los planes que ese día hice se desbarataron en una situación que, pese a los avisos, no vimos venir y cambió nuestro mundo para siempre.

Pero Beethoven siempre tiene espacio para algo más y el final de la composición poco tiene que ver con el principio. Esa misma obra llega a un momento de “calma tras la tormenta” que dijo Proust, y que el propio compositor debió de sentir gracias al arte que escribió que fue su salvación, pues de la intensidad dramática de la Quinta, fue transitando por las bellísimas Sexta, Séptima y Octava Sinfonías hasta esa oda a la Humanidad que es la Novena. Ese canto de esperanza, de amor al mundo, de optimismo. La obra de un hombre de mal carácter y sordo, que nunca pudo oírla y que aún así siempre me hace pensar en las cosas tan maravillosas de las que somos capaces los seres humanos. Cómo podemos encontrar la melodía en el silencio, la luz en la oscuridad. Doscientos cincuenta años después seguimos necesitando a Beethoven más que nunca.

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2020