POMPA, CIRCUNSTANCIA Y EDUCACIÓN

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Cada año, disfruto del mayor momento de pompa y circunstancia en este país con los Premios Princesa de Asturias y me deleito con los discursos en los que los premiados parecen entregarnos una promesa de futuro tan necesaria en estos tiempos que Serrat definió como hostiles, contaminados e insolidarios. Por eso, mientras le escuchaba a él y a los demás premiados la semana pasada, tenía en mi memoria otros discursos: el que no pudo pronunciar Nuccio Ordine o en el que Paul Auster hablaba también de la utilidad de lo inútil. Recordaba la guitarra de Leonard Cohen o revivía el genial 2019, en el que Sandra Myrna Díaz, el Museo del Prado y Siri Hustvedt dejaban potentes mensajes para un mundo a punto de cambiar. La princesa Leonor, en su discurso este año, lo explico muy bien: estos premios premios celebran la mejor versión de la vida y los premiados son la grieta por dónde pasa la luz. 

Nuestra princesa y otra de las premiadas, Marjane Satrapi, hablaron en sus discursos de un tema recurrente en esta ceremonia (y otro de los motivos por los que me encanta): la educación. La fundación Princesa de Asturias la valora y desarrolla programas educativos muy interesantes. Satrapi, por su parte, habló de educación y humanismo, dos palabras que deberían ir siempre juntas y que los planes educativos se encargan de separar, anulando la segunda, pero que son clave en la formación de individuos libres y capaces de pensar por sí mismos. Estas dos palabras a las que he consagrado mi vida flotan entre los muros del teatro Campoamor. Qué importantes son para los premiados: se han beneficiado de ellas y sin ellas no estarían allí, pero también las ven como la solución a los muchos males que aquejan al mundo. Es el momento del año en que se reconoce la importancia que tiene la educación.

Pero es un reconocimiento efímero: se olvida según se acaba la gala. Es un recuerdo y una reivindicación, pero no un motivo de celebración. La educación base está infrarrepresentada pese a su presencia en los discursos. Son muy pocos los premios centrados en la infancia y los que hay suelen ser proyectos orientados a los más desfavorecidos. Con esto no quiero decir que haya que laurear docentes, pues su valía la mide su alumnado, pero hay muchas maneras de contribuir positivamente en el aprendizaje de los más pequeños. No hay premiados de las letras de literatura infantil; JK Rowling, pese a su contribución a las letras y a la lectura, irónicamente, recibió el de la concordia, antes de tener cuenta en X. Tampoco en artes o comunicación, exceptuando a Quino. Howard Gardner ganó el de las ciencias sociales, pero hay que ir más de diez años atrás en el tiempo. Una vez más se nos llena la palabra con el potencial, pero dejamos que se quede flotando entre los muros del teatro sin penetrar realmente en la ceremonia. Ni en la sociedad. Aún así, que flote entre la pompa y la circunstancia ya es esperanzador, como los propios premios.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024

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EL ÚLTIMO DISCURSO DE NUCCIO ORDINE

El pasado 4 de mayo Nuccio Ordine recibía el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un mes después el humanista fallecía, pero le dio tiempo a elaborar un borrador para su intervención durante la ceremonia. El texto nos ha llegado a través de la página web de la Fundación y les recomiendo encarecidamente que lean.

En su discurso, Ordine dedicaba el premio a los docentes de todo el mundo, aunque hacia especial énfasis en aquellos que trabajan en zonas más pobres o conflictivas del mundo. Recordaba también a otros ganadores del premio, grandes maestros y comunicadores que han marcado un antes y un después en la cultura occidental: Umberto Eco, George Steiner y Emilio Lledó. De ellos destacaba su capacidad de cautivar a sus alumnos no solo por sus conocimientos sino, fundamentalmente, por su pasión por el saber y la transmisión del mismo. Esto, que puede parecer una afirmación bonita, es, sin embargo, una manera de vivir, una vocación de la que no hay escapatoria y que cambia vidas. Yo lo siento vivo dentro de mí cada vez que enseño, cada vez que comparto con mis alumnos algo que creo que cambiará su vida, que la hará mejor o que puede marcar la diferencia. En una sociedad que, como el mismo Ordine señala, niega la dignidad social que antaño tenían los profesores hasta tal punto que han surgido  videos para que los maestros “no tengamos que explicar” (esto lo he oído literalmente), él nos recuerda la principal tarea del docente: dotar de los recursos y la pasión necesarios para que los alumnos sean libres y aprendan a pensar por su cuenta. También nos evoca que la docencia cambia vidas y, en consecuencia, el mundo. 

En su discurso rememoraba que Albert Camus a quien escribió al recibir el premio Nobel fue a su profesor para darle las gracias. Pero después de tratar la importancia del oficio docente, también hablaba de los peligros a los que esta sujeta la educación en la actualidad: los recortes en materia educativa, la falta de valores sociales, donde el dinero es el gran objetivo a lograr y el conocimiento en ocasiones solo recibe el desprecio, las nuevas concepciones educativas dónde los alumnos y sus familias han pasado prácticamente a ser clientes y los planeamientos en los que se busca no tanto el conocimiento y el saber sino la eficiencia y la preparación para la incorporación al trabajo. Como docente que era, veía, como vemos en nuestro país, que los planes educativos van cada vez más orientados a preparar al alumnado para el futuro laboral y a lo que en él se encontraran, para que sean productivos desde el primer momento, pasando por alto el valor del saber académico y el aprendizaje. Cada reforma educativa es peor que la anterior y la perdida de conocimientos es patente al comparar los textos de las mismas. La cultura del esfuerzo o el aprender a manejar la frustración parecen temas prohibidos y, quizá, esto tenga que ver con el estado actual de la salud mental mundial, entre otras cosas. 

Frente a todos estos problemas apostaba por dos pilares. El primero es el que le hizo famoso, aprender a valorar la utilidad de lo inútil. El segundo son los profesores-salmón, que nadan a contracorriente para poder mantener la esencia de la educación. Estos fueron los  mensajes que nos dejo Nuccio Ordine en su último discurso.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2023

UN INGLÉS DE GIMIALCÓN

Déjenme que les confíe un secreto. Me encantan los programas de viajes. Adoro ver paisajes lejanos y cercanos, mientras aprendo, sueño y, a veces, hago planes de futuro. Los he visto de todo tipo y condición y contribuyen, en cierta medida, a hacer la vida más bonita. Son como una evasión. Dentro de estos programas tengo tres tipos predilectos: los de casas, los de jardines y los de viajes en tren. Por eso, cuando me dijeron que “el inglés ese de los viajes” había estado en Ávila y lo habían puesto en La 2 el pasado lunes, quise verlo. Y, aunque no me llevase tan lejos como otras veces, este programa fue de lo más entretenido y muy revelador.

Para empezar, el inglés de los viajes no era otro que Michael Portillo, que con la guía Bradshaw de principios del siglo XX ha recorrido medio mundo y ya había visto varios programas suyos. Y solo pensar que paraba en nuestra ciudad fue una gran alegría. Pero las sorpresas no estaban sino por llegar. Su primer destino fue Salamanca donde, al bajarse del tren, dijo que su padre dio clase de derecho en la universidad durante muchos años. A este comentario no le di mayor importancia y pensé que habría estado de residencia o algo así. El presentador se paseo por la catedral y el puente y después, como no podía ser de otra manera, fue a la universidad. Tras ver la fachada, se encontró con un académico con el que habló de Unamuno. Y ahí fue donde todo empezó a cobrar sentido. El padre del presentador era Luis Portillo, nacido en la abulense localidad de Gimialcón a principios del siglo XX, compañero y amigo de Unamuno y la persona que recogió para la posteridad el texto de “venceréis pero no convenceréis”. El propio presentador fue político en el Reino Unido, empezando su carrera con Margaret Thatcher hasta que lo dejó y se dedicó a recorrer el mundo en tren. 

De ahí vino a Ávila. Paseo por la muralla, visitó (y durmió) en el Parador. Después, en un plano de nuestra estación magnifico, cogió el tren a Madrid. Ya en la capital fue a ver el Guernica y contó que, tras el bombardeo, mandaron a un buen numero de niños huérfanos de la tragedia a una ciudad inglesa donde su padre, exiliado, se hizo cargo de ellos y conoció a su madre, que también colaboraba con los refugiados. Después viajó a Zaragoza en AVE (y tuvo a bien ahorrarse el comentario de que había tardado menos en llegar a la capital maña que en recorrer los pocos kilometros que nos separan a nosotros de Madrid) para finalmente encaminarse hacia Can Franc. 

Fue muy gratificante ver nuestra ciudad retratada en un programa de la BBC que ha tenido mucho éxito a nivel mundial, desde la perspectiva que puede tener la persona que lo ve desde fuera. Pero también fue fantástico descubrir que el presentador inglés, como tanta gente en el mundo, tiene sus orígenes en nuestra provincia. Y es que, como creemos los abulenses,  en el fondo todo empieza aquí.

Publicado en Diario de Ávila en 2024

RAÍCES PROFUNDAS Y TECHOS DE TIERRA

Detalles

Quien haya leído El señor de los anillos sabrá que, tras el poema sobre los anillos, la obra empieza con un tratado acerca de los hobbits. En este texto, Tolkien se extiende sobre este pueblo, quizá porque su pacífica existencia sea más difícil de comprender que la de los elfos, enanos o humanos. Sin embargo, son el pilar central de la obra del profesor y, desde mi punto de vista, un modelo en el que fijarnos en esta sociedad desnortada que parece andar buscando a Sauron para entregarle directamente el anillo y atar al mundo a las tinieblas. No en vano ellos propiciaron una alianza entre razas y son los responsables directos de la destrucción del anillo. Pero no se trata de fijarnos solo en su increíble capacidad de sacrificio y su lucha por preservar el bien y todo aquello que aman, sino también en su estilo de vida, cada vez más alejado del nuestro, pero tan ligado a la tierra que encuentra en la comunión con ella su máximo sentido.

El modo de vida hobbit es sencillo, pero no por ello menos feliz. Se asienta sobre las raíces profundas de la amistad y los techos de tierra de su hogar: una íntima conexión con la tierra y unos fuertes vínculos entre ellos. Esto no quiere decir, por supuesto, que no surjan enemistades o disputas, pero sí que encuentran en aquello a lo que todos podemos optar el motivo de vivir. Son una raza hospitalaria que se muestra atenta con los desconocidos y siempre dispuesta a escuchar a los demás. Les encanta comer y hallan un placer infinito en dar fiestas y hacer regalos, pues les permite mostrar interés en el otro. Respetan la naturaleza, viven en ella y de ella. Saben escucharla, cultivarla y harían cualquier cosa por defenderla. Reconocen su belleza como fuente constante de disfrute de una manera que apela a todos los sentidos. No se apresuran salvo que sea necesario. Disfrutan de cada día, de lo cotidiano y son respetuosos. Sus relaciones, aunque divertidas, son profundas cuando llega la hora de apoyarse los unos a los otros. No se esconden en sus agujeros cuando las circunstancias se complican: su implicación en la preservación del medio ambiente y en la lucha entre el bien y el mal es completa.

¿Qué podemos aprender de los hobbits hoy en día? Que todo lo anterior está al alcance de la mano, solo hay que elegir. Su modo de vida ecosostenible. Esta palabra tan de nuestro tiempo no significa nada más que ser respetuoso con el medio ambiente, pero también con uno mismo, pues esta unión es beneficiosa para nuestra salud física y mental. Buscar en la tierra nuestra alma como forma de resistencia a la insatisfacción crónica que sustenta nuestra sociedad. La tranquilidad como forma de vida y rebelión. La arquitectura tradicional, como las bodegas castellanas, perfeccionadas con avances constructivos para respetar el entorno. El comercio local como apoyo a nuestra sociedad y a la naturaleza. Las relaciones profundas, sostenidas en el amor, la comprensión y el apoyo. 

Si todos estos argumentos no les convencen, pueden probar a alojarse en La Comarca de Veratton, la aldea hobbit que nuestro paisano Óscar y su pareja Iryna han creado en la ladera sur de Gredos. Allí comprobarán las ventajas de la vida hobbit en un lugar donde la belleza nos permite apreciar lo que la literatura nos regala: raíces y tierra como modo de vida.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2025

LIBROS QUE DAN HAMBRE

Existe un tipo de libros del que se habla poco: los que dan hambre. No estoy hablando de los recetarios, ni de ensayos sobre alimentación, ni de Ávila para comérsela de La Sombra del Ciprés. Me refiero a los libros, sea cual sea su género, que hacen unas descripciones de lo que comen tan detalladas que te entran unas ganas locas de comer lo que te cuentan. 

Esta misma semana he sido víctima de una de estas lecturas, perteneciente a la tradición literaria de “guiri se compra casa tirada de precio en la Europa continental en los años ochenta, la reforma con sufrimiento, se integra con los lugareños, hace turismo y pasa una gran cantidad de tiempo comiendo, bebiendo y haciendo un agujero en el estomago de sus lectores”. El mas conocido es Bajo el sol de la Toscana, aunque es más famoso por la película, que poco tiene que ver con la historia real. Frances Mayes, ya emparejada, se limita a contar lo habitual en este tipo de libros, con tal atención a la comida que hasta incluye recetas, por no hablar de las descripciones del pan, la pizza, la pasta y el entorno donde lo disfrutan. En Un año en Provenza, recorren un montón de restaurantes baratísimos en los que disfrutan de quesos, vinos y foie mientras reforman pacientemente la casa pese a los obreros provenzales. Entre limones, la historia de la que he sido víctima, trata exactamente los mismos temas, pero con una ventaja fundamental: esta ambientado en La Alpujarra y los platos que degustan son patatas a lo pobre, jamón serrano, productos de la huerta y huevos fritos. La descripción de su elaboración, con los ajos chisporroteando en el aceite mientras cortan las hortalizas es tan sensorial que prácticamente te sientes junto al fuego, preparando lo más esencial de nuestra gastronomía. Y menos mal que el libro es corto porque piqué: esa noche cené huevo con patatas y pimientos.

Otros libros donde se presta principal atención a la comida es en la literatura Feel good y  sus variables. El género, de origen inglés comenzó hablando de la hora del té, pero Rosamunde Pilcher lo elevó de categoría con las descripciones más evocadoras de los desayunos con café recién hecho, huevos y tocino. En nuestro país, Mónica Gutiérrez domina como nadie el arte de estimular los sentidos del lector con el aroma de la bergamota y llena sus páginas con todo tipo de delicias que, si hiciéramos caso al apetito que despiertan, implicaría ganar un par de kilos con cada libro suyo. En Todos los veranos del mundo, el capítulo Té y bollos delicious describe la esencia de la escritora, llenando el estómago en una pequeña librería y hablando de libros. Yo me tomaría el té con ella. 

Y nada más, hasta aquí el artículo de esta semana. No voy a buscar una reflexión final ni un buen cierre, porque me ha entrado el hambre. Así que mejor lo dejo aquí y me pongo a pensar en otra cosa, porque no se puede ceder siempre a la tentación.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2024

DONDE HABITA LA VIDA, HABITA LA POESÍA

(O FELIZ CUMPLEAÑOS, ANTONIO MACHADO)

Hoy, queridos lectores, justo hoy, hace ciento cincuenta años del nacimiento de Antonio Machado. Me gustaría escribir la enésima columna sobre él, pero, en una jornada como esta, noto que las palabras no me alcanzan para retratarle, para explicar por qué le dedicaría otro artículo más. Por eso, volveré al principio para encontrarme en él y ampararme en sus palabras.

Mi infancia son recuerdos de un verano eterno en los montes de Cantabria y una casa clara de piedra, donde resguardarse cuando está lloviendo. Los suyos serán similares, pero en Riofrío, El Barraco o cualquier otro lugar de la provincia. Sin embargo, iguales en lo fundamental. La casa tan querida, donde habitaba ella. Son antiguas: el hogar de nuestra familia, con el pasado común que se atesora entre sus muros. 

La casa de los abuelos ha sido durante mucho tiempo el eje central de las vacaciones de verano, de la libertad del calor y el espacio donde todos te conocen. Cuando somos pequeños, simplemente se trata del lugar donde disfrutamos del estío, pero al crecer, ¿nos paramos a pensar qué hay realmente en una morada?, ¿pensamos en ella más allá de las cuatro paredes que son nuestra residencia? ¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa!

Todos buscamos un hogar, un lugar al que regresar. Por eso, cuando tomamos posesión de una vivienda, buscamos la manera de hacerla nuestra, de sentirnos como en casa. No hacen falta grandes cambios para reclamar el espacio: una foto, una colcha, un cuadro o un cojín. Dejar nuestra impronta. En la casa blanca y sola, todo el cuarto en sombra está. Habitaciones que son miradas al interior, reflejo de quienes somos. Por eso no dejo de preguntarme qué haría especial a una casa en el pasado, qué verían sus primeros moradores al observarla, cómo era cuando olía a nuevo.

Un hogar no son solo estancias, sino todos los recuerdos e historias que suceden entre ellas. Son los abrazos que se han dado, las manifestaciones de afecto, las lágrimas que se han vertido, las enfermedades que han acechado. Son los niños que han alumbrado en sus estancias, sus correteos, sus juegos. Todas las canciones cantadas en la cocina, las historias contadas al amor de la lumbre. Las páginas leídas, los versos recitados, los poemas vividos. Son miradas contenidas, las primeras sonrisas que delatan un querer, los aullidos de los corazones rotos, las historias que no tienen fin, las declaraciones de amor. Tras la tenue cortina de la alcoba, está el jardín envuelto en luz dorada. Son la vida que crece, que pasa, que es y existe. Son los odios, las venganzas, las palabras reprimidas, los secretos guardados. Son el hálito de la muerte, que llega, arrebata y deja regueros de dolor a su paso. Cerrados postigos, corridas persianas… ¿Qué sabemos de nuestras casas? Conocemos sus olores, su música particular, sus sensaciones, pero, ¿hemos sentido vibrar el pasado con el vigor de lo eterno, aquello que se repite y vuelve, generación tras generación?

¡Ah, el tiempo que pasa!, ¡qué cambia y permanece! Parece susurrar «ciento cincuenta años no son nada, al menos no para lo esencial». Y ahí sigue la casa de tu pasado, como el poeta que a Castilla vino a cantar. Hablando de la muerte y la vida, diciendo que lo que ellos pasaron, nosotros lo hemos de pasar.  Silencio… Es el musgo que brota, y la hiedra que lenta desgarra la tapia de piedra… Que las casas, como la vida, las hemos de cuidar. No solo las paredes y los tejados, los cimientos también se han de valorar, así como todo lo que en ellos se esconde y que hace de una casa tu hogar. La casa y la clara ventana florida, de blancos jazmines y nardos prendida, más blancos que el blanco soñar de la luna… Hacer de un pueblo metáfora, del paisaje, alma, ver la esperanza en un olmo que parece que se ha secado. Porque, como aún demuestra el poeta sevillano, en lo cotidiano está la belleza. Y en ella, la vida.

Está en la sala familiar, y en el dormitorio y en la cocina. En los paisajes y caminos y dentro del alma mía. Al final he vuelto a escribir un artículo sobre Antonio Machado. Es normal, pues ciento cincuenta años hoy cumpliría. Y puede que sus muros no sean más que palabras escritas, pero habito en sus versos, y es un hogar su poesía. 

Publicado en Diario de Ávila el 26 de julio de 2025 con motivo del 150 aniversario de su nacimiento.

LA PLAYA

Siempre que voy a la playa, me pregunto por qué nos gusta tanto. Desde el primer momento, nada más entrar, ya que es un lugar por el que es difícil andar. Encima solemos llevar un calzado totalmente inadecuado y, si nos descalzamos para ir más cómodos, el suelo quema. Con una entrada así, cualquiera desistiría, evitaríamos a toda costa un sitio con semejante recibimiento. 

Pero, pasado el primer momento de incomodidad, la cosa no mejora. Porque en la playa son todo riesgos. Además de la entrada triunfal a través de arenas candentes, está el sol y protegerse de él es algo obligado pues, aunque no nos demos cuenta en el momento, cegados por el ansia de lucir un bello bronceado, el daño que nos cause puede ir desde lo estéticamente feo, pasando por doloroso hasta, incluso, incurable. Afortunadamente, tenemos soluciones. La sombrilla es esa arma letal que plantamos en la arena, susceptible a salir volando con la más leve brisa marina y en la que nunca consigues colocarte bien para que te dé sombra durante más de dos minutos seguidos. La crema es la solución más eficiente, pues te permite pasear por la arena o tumbarte con tranquilidad. Pero, en un lugar lleno de arena, nos embadurnamos el cuerpo desnudo de un potingue denso que hace que las partículas de la playa, ya de por sí pegajosas, molestas y con capacidad de penetrar a lo más profundo sin que te des cuenta, se adhieran a nuestra piel con tal fuerza que haga falta mucha agua y restregones después para poder quitarla. 

Luego está la toalla. Da igual cómo intentes colocarla, la brisa cambiará rápidamente de dirección y ésta se volverá contra ti. Cuando por fin lo consigas, se llenará de arena antes de que te hayas tumbado. Si te llevas un libro, también se llenará de arena, se mojará y las letras acabarán borrosas por la acción de la crema. Te entrará un hambre terrible y, da igual que hayas llevado patatas, fruta, bocadillos o ensalada, acabarás masticando arenilla. Los de la sombrilla de al lado hablarán demasiado alto. Te puede caer una pelota encima. A la salida irás mojado, pegajoso, embadurnado de arena hasta las cejas y muy cansado. Las chanclas estarán resbaladizas y mancharás el coche, que seguramente se haya recalentado. Al llegar a casa, habrá que esperar para la ducha y una fina película de arena permanecerá en el ambiente todo el día. Con todo, siempre queremos más. 

Después de darle vueltas, tengo muy claro los motivos. El primero es que la playa parece ese último reducto en el que nos podemos tumbar a descansar sin hacer nada y que esté bien visto. Esto habla más de la sociedad en que vivimos que de la playa. Pero luego está la razón principal. El mar. Esa inmensa mole azul que viaja hasta el horizonte, hasta lo que hay más allá. Que ruge y te susurra, que cuando flotas en sus aguas saladas te murmura al oído eso que necesitas oír, mientras beneficia a tu organismo tratando desde la más mínima heridilla hasta el propio sistema inmune. Te golpea y te mece. Baja tu nivel de estrés. Te acuna. Te hipnotiza con sus movimientos. Te cura. Quizá la playa solo sea un trámite para disfrutar de lo que nos sana de verdad. Si no, todos iríamos a la montaña, en la que también encontramos lo necesario. O, tal vez, solo buscamos los lugares que aún no hemos contaminado. O no del todo.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2025

VEINTICINCO PUEBLECILLOS

Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.

Arévalo es la capital del mudéjar de esta tierra. En su castillo vivió la reina que nos lleva hasta Madrigal. Esta villa de Altas Torres vio nacer a Isabel, reina de los castellanos, la Católica, nombrada por un papa valenciano. Seguimos hacia Fontiveros, otro pueblo de alta cuna. Allí nació San Juan de la Cruz, abulense pese a su segoviana sepultura. Y si seguimos el camino, aparece nuestra Santa Teresa y su palomarcito en Gotarrendura.

En Benuy-Salienro hay un dolmen calcolítico, con piedras muy bien plantadas y rodeadas de vacas. Siguiendo hasta Riofrío, después de curvas muy cerradas, podrás nadar en la balsa, entre sus gélidas aguas. Y hablando de aguas dulces, pasa el Alberche por Navaluenga. Ya camino de El Barraco, con sus quesos y cervezas, se te hará la boca agua.

En Cebreros llamas a la ESA y te saludan astronautas; dales un poco de vino y cantarán a la democracia. Si sigues camino de El Tiemblo, saluda a Carlos Reviejo. Luego podrás pasear por su castañar. Y si sigues hasta Casavieja, el valle del Tiétar atraviesas: allí podrás escuchar las rondas de los pastores en Navidad. Para llegar hasta Candeleda hay que pasar por el Balcón del Tiétar: en Pedro Bernardo, las mantas y alforjas de lana y los Machurreros son tradiciones bien recordadas. Y llegando muy al sur, limitando con La Vera, Candeleda sube al Almanzor desde la ermita de Nuestra Señora de Chilla. Siguiendo esos caminos llegarás hasta Arenas de San Pedro, con su castillo, su puente y las Cuevas del Águila al lado. Si quieres volver hacia el norte, atraviesa las Cinco Villas; cuando llegues a Cuevas del Valle, el Puerto del Pico cruza.

Una vez que lo has cruzado, tras recuperar oxígeno, el Pinar de Hoyocasero te aguarda en un desvío. Esta joya botánica es distinta en flora y fauna; puedes ir a pasar el día y buscar muy raras plantas. Por caminos cubiertos de piorno, al llegar junio, llegarás a Hoyos del Espino: podrás ver cabras en escultura y trotando por las peñas. Si continúas hasta El Barco de Ávila, un buen plato de judías te aguarda; bájalas en Piedrahíta si bailas con sus señoritas. Piedrahíta Goyesca frente al Palacio del Duque de Alba. Sigue hasta Bonilla de la Sierra, con su Procesión de los Negros en Semana Santa.

Más cerca de la capital, en Muñana, los quintos siguen celebrando el Carnaval. En Muñogalindo está Ibarrola, en la Dehesa de Garoza. Ambos son buenos lugares si te gusta la carne. Por una estrecha carretera llegas hasta Solosancho: Ulaca es, de los vetones, el hogar más conocido. Al lado, en Sotalbo, hay buenas vistas del castillo de Manqueospese, aunque pertenezca a Mironcillo. Y con esto voy acabando, pues ya voy llegando a El Fresno, donde oirás los cencerros de las Toras a principios de enero.

Este artículo, que es casi un listado, puede parecer fácil, pero me ha costado elegir, pues hay cuatrocientas sesenta y nueve localidades en la provincia y todas tienen su belleza, sus tradiciones y su magia. Pero la tonada que cantaba el Mester y hoy replico a veinticinco lo limitaba.

Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2025

CRÓNICA DE UNA MALETA PESADA 

El interior de la maleta de libros del año pasado

(CARGADA DE LIBROS, CLARO)

La maleta de los libros no es cosa menor, o como dijo un presidente, es cosa mayor. Párese usted a pensar si tiene que elegir libros para dos meses, cuánto tardará en buenas narraciones seleccionar. Pues uno nunca sabe que le apetecerá leer, si habrá historias suficientes para tanto tiempo rellenar. Yo hago listas y listas y pienso en la sombra del árbol bajo el que leeré mientras sus hojas me abanican. Cuando pienso que ya he elegido suficientes, me doy cuenta de que no es cierto, de que me faltan páginas que me refresquen. 

Hay de todo en la maleta más maravillosa sobre la faz de la tierra: la llamamos la maleta de libros, tiene ruedas, es de tela y se estira que no veas. Es increíble la cantidad de volúmenes que caben en su habitáculo y una vez cerrada puedes meter alguno de propina, pues sigue habiendo espacio. Por eso, pese a que haga muchas listas, siempre acabo metiendo más, no vaya a quedarme sin lectura. Y sobra decir que al final, siempre se me olvida algún libro fundamental, justo ese, el que no sabía que necesitaba leer pero una vez metida en harina, no puedo pasar sin él. 

O te apetece releer los libros que más te gustan, los que lees siempre, pues son como un hogar al que siempre regresas cuando la paz buscas. Yo este problema ya lo tengo solucionado: mis libros esenciales tengo por duplicado, en mi casa y en la de mis abuelos, si quiero leerlos los tengo al momento. Dirá el lector práctico: ¿no sería más fácil tener un ebook? La respuesta es: NO, el lector clásico sabe lo que digo (aunque tengo libro electrónico, de su practicidad no dudo, pero la limito).

Qué cosa tan curiosa es planificar las lecturas de los próximos dos meses, cuando no sé que leeré al acabar este libro tan bonito ni la semana que viene. Sin embargo, hay algunos que sí, que desde el inicio, sabes que quieres leerlos ahí, cuando lleguen las vacaciones y puedas perderte entre sus páginas sin más obligaciones. 

¿Les cuento la parte chunga de la historia? En casa de mis abuelos, los libros también sobran, pues tengo una biblioteca apasionante, de esas con estanterías de madera, chimenea y un cheslón bien grande. Así que también tengo lectura allí, pero es fundamental llevar lo que quiero leer desde aquí. 

Lo mejor es que da igual qué libros que elija, algunos los leeré y otros volverán sin haberse abierto, compraré muchos nuevos y el maletero volverá repleto. Igual al lector le parece que tengo un problema: no lo negaré, aunque no pienso tratarlo, pues no me importa. Puede que  a usted también le pase. Enhorabuena, es algo muy disfrutable. 

Antes de acabar este artículo, me gustaría dedicárselo a un amigo que jamás vivirá este drama, pues cuando el verano asoma sabe qué libro leerá, lo tiene previsto desde que el calor retorna. Es siempre el mismo y de esas vacaciones no pasará sin acabarlo, pero a la hora de la verdad, solo traslada el volumen de la estantería a la mesita, donde lo olvida sin piedad. Hasta yo me sé ya el argumento del ansiado ensayo con el que nos metemos con él cuando anuncia que el momento de leer ha llegado. ¿Y saben lo que les digo? Que nunca lo acabará, pero no pasa nada, pues las vacaciones, ante todo, son para descansar. La suerte que algunos tenemos es que entre las páginas nos perdemos y mientras reposamos, mil aventuras viviremos.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2025

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE SAN JUAN

Abrid mocitos la puerta, que ya es hora de rondar, nochelita de verano, noche clara de San Juan.

Mañana por la noche, las hogueras arderán por todo el mundo. Da igual que sea norte o sur, invierno o verano. Desde tiempos inmemoriales, la noche de San Juan purifica el alma del mundo, renovando nuestros deseos, dando inicio a cortejos y ofreciéndole al sol la fuerza del fuego, cuando los días empiezan a menguar y el brío del astro rey comienza a declinar.  

Aserrín, aserrán, maderitos de San Juan…

En una sociedad global pero olvidadiza, no hay cómo los rituales para recordarnos que todos, en el fondo, creemos en lo mismo y tenemos las mismas ilusiones. Somos las criaturas que sueñan y crean, las que miran las llamas la noche del 23 mientras sienten su poder curativo, para ver amanecer el 24 renovados y esperanzados. El mundo en que vivimos es el hogar de todos y las manifestaciones ceremoniales que llevamos a cabo no son tan diferentes. Los rituales nos permiten ver el paso del tiempo y que este transcurre de igual manera para todos. De estas tradiciones que seguimos manteniendo viene también parte de nuestra cultura común. No en vano la noche más corta ha inspirado canciones, obras de teatro, pinturas y hasta arquitectura.

Por la mañana verás, un ramito a tu ventana. 

Por toda la geografía terrestre, volverá el fuego para renovarnos. En función de dónde estemos, podremos llevar a cabo distintas actividades. Da igual que lo llamemos San Juan (en cualquier idioma), Midsummer o Solsticio de Verano. Da igual que veamos amanecer en la playa o en Stonehenge; que cortemos romero con rocío antes del amanecer y nos bañemos en aguas naturales, que veamos la obra más mágica de Shakespeare o que entonemos el romance del Conde Olinos. Que saquemos a pasear a las culebres o los Caballucos del Diablo, que decoremos palos con flores y los alcemos al cielo, o que enramemos el balcón de la persona amada, como ocurre al sur de nuestra provincia, entre otros muchos lugares. Estas acciones, sin embargo tendrán elementos comunes, pues servirán para los mismos fines. Purificarnos, poner el contador a cero en mitad del año y, por supuesto, buscar el amor.

Si esta ilusión ha ofendido, pensad, para corregirlo, que dormíais mientras salían todas estas fantasías. 

Pero sin olvidar que el ritual no es ilusión ni fantasía, sino elemento humanizador. Frente al desgaste de la comunidad y el enfrentamiento al que nos vemos forzados, es en la universalidad del rito donde podemos encontrarnos, reflexionar y buscar la cohesión. Que la tradición convierte la tierra en hogar común. Nuestros rituales perecen en un mundo cada vez menos humano en el que hasta la inteligencia es artificial. Sin embargo, mañana por la noche las hogueras arderán y todos los corazones latirán a una. Mientras observamos las llamas trepar tan solo esperaremos que la mañana sea una nueva oportunidad, que lo que nos pesa arda y el amanecer se lleve volando las cenizas del alma.

Este texto fue publicado en Diario de Ávila en junio de 2024

La ilustración es de Kasandra de un cuento que escribimos a cuatro manos y que se titulaba El cuento de una noche de San Juan.