Constantes literarias

Lectura

Como Cervantes hablaba de la locura, la enfrentaba a la realidad y escribía sobre la identidad, cada autor tiene su tema, ese que trata sin pararse a veces ni a pensar.

Igual que Kafka nos acerca a su angustia existencial y Jane Austen nos explica que toda mujer se ha de casar y lo que opina al respecto de manera singular, todo escritor tiene su tema, en el que le gusta profundizar. Joyce Carol Oates habla de la hipocresía y la violencia en su América natal, mientras Dostoyevsky nos agobia con su culpa y su moral, cada novelista escribe sobre lo que le preocupa más. 

Como Almudena Grandes hacía de la memoria histórica su narrativa principal mientras que Haruki Murakami llena su prosa de música para paliar la soledad. Ánzoni Martín parece humor pero es pura crítica social o Nur Ferrante explora cómo la poesía ayuda con la enfermedad. Cada escritor tiene una idea de lo que quiere trasladar.

Mientras Elvira Lindo opta por la cotidianidad, de la infancia y la familia sin el humor olvidar, comparte con Chimamanda Ngozi Adichie el tema del feminismo, pero de una manera nada igual. La nigeriana ahonda en el racismo y la identidad que surge tras el postcolonialismo, son temas que conoce de verdad. Quien escribe vuelve siempre a lo mismo, no lo puede evitar.

Como Irene Vallejo se centra en los libros, su historia y el amor que nos dan, cada ensayista desarrolla su obra en torno a aquello que le importa más. Y Delibes habla del campo, de Castilla y lo rural; hay escritores que hablan siempre de lo mismo pero nunca cansan y siempre quieres más.

¿Cuáles son mis temas recurrentes? me pregunto sin tardar. La respuesta no es difícil, su día acaba de pasar, pues el veintitrés de abril se celebra todo aquello sobre lo que me gusta divagar y que luego acaba escrito en papel, lo llegue o no a publicar. Es Castilla mi elemento, delibesiano y muy extenso, centrado en las tradiciones y son claras las razones, pues no siempre son valoradas tanto como se debería y eso que son pura poesía. Hay lírica en nuestra danza, cabriolas en nuestras canciones, trajes, historias, monumentos y nuestra alma permanece en ellos desde hace generaciones. También me gusta nuestra historia. Fue grandiosa y luego infortunada como pocas, pero sigue siendo nuestra. Cada parte es importante y tenerla presente es de lo más relevante. Dentro de la historia, por los comuneros siento pasión y el veintitrés de abril celebramos su revolución. Los he contado de manera recurrente, desde que a los quince años escribí sobre ellos para un concurso escolar y lo narré todo de manera epistolar. No gané el premio pero sí me llevé mi historia, esa que me gusta contar tanto escrita como de memoria. Y después de tantas letras que se han llevado los comuneros, puedo decir que ya no parafraseo su romance al escribir sobre ellos. Hay otro tema que me fascina y sobre el que escribo aún más: es el mundo de los libros, cuentos, poemas y demás. Y es como decir que me gusta escribir sobre todo, pero eso no es verdad: la palabra escrita y la lectura son otro tema que me es fundamental. 

Ahora ya saben qué encontrarán en mi columna, aunque quizá ya lo intuían, porque me leen, por fortuna. Disfruten de nuestra tierra, de la lectura y de todo aquello que el veintitrés de abril se celebra y culmina.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2025

PRIMAVERA COMUNERA

Primavera castellana, derroche de luz y color: de luz en tus verdes praderas, de color en tu cielo añil con adornos de algodón. Toques rojos de amapola, rosados del árbol en flor, mientras la espiga se espera, vibra el campo embriagador. Los caminos polvorientos que recorren la comunidad, se transitan entre risas, cuando el sol brilla sin apenas calentar. Ya vendrá el verano sofocante a su polvareda machacar mientras nos escondemos a la fresca para poder aguantar. Cuando marzo avanza hacia abril la lluvia arrasa el horizonte plomizo que espera revivir. La Castilla de Agapito, la Castilla del Mester. Suenan las dulzainas y el eco del tamboril: anuncian el renacer del campo, el equinoccio lucido de retoños esmeralda que bailan una jota sin fin. Jota castellana, jota comunera que cada mes de abril, cubres de tradición la campa de cierta villa de Valladolid. 

Primavera comunera, rebeldía y rebelión, resuenan por toda Castilla como un eco sin voz. La desolación no desaparece, se transforma en indolencia, escondida entre los escenarios castellanos, floridos en primavera. Desaparecidos entre los brotes de los almendros, tan delicados que dependen de las heladas, anestesiados entre sus pimpollos rosados y olvidados en la gloria que tuvimos en el pasado. Castilla de Machado, de tristeza y tradición. La más bella y adusta; olvidada, despreciada, se transforma en poesía. ¿Y cómo no hacerlo cuando la belleza es constante a partir de marzo, cuando la luz del sol lo transforma todo, cuando una tormenta engrandece el horizonte?

Poesía castellana, de finura y esplendor, de musical belleza y de espera sin clamor. Retratos de la campiña verde, que espera volverse oro mientras las amapolas lo invaden con su canto sonoro. Poesía comunera, gimen las amapolas que todo ocurrió por aquí: a Castilla le entró el miedo un veintitrés de abril. Los tambores resonaban bajo las aguas mil, los cañones se agotaban sin apenas rugir. Qué sepa toda Castilla que nos perdimos por ser los primeros en pedir lo que hoy ya ni valoramos, lo que abandonamos sin respeto, más pobres de nosotros si lo perdemos. Amapolas comuneras que brotan cada año, luchando contra el olvido pero quedan relegadas al trigal, anécdota de color en los mares mesetarios donde también han perdido su significado. Ababol, como Castilla entera, no eres hoy sino poesía del ayer y del soñado mañana. 

Cuentan que hay quien aún recuerda que la llama de la vida aun late en el trigal y que en el fondo simplemente espera que se aviven los recuerdos y volvamos a perseverar. Cuando abril de paso a mayo, y la rebeldía quede atrás, las lilas y las rosas juntas cantaran que fuimos los que más luchamos y los primeros que quedaron atrás. Más adelante, entrado el estío, verás a los girasoles brillar, intentando alumbrar el camino para volver a despertar, soñando con esa primavera en que dejemos de quedarnos atrás.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2024

Bando informativo sobre la reina abulense

Hoy se cumplen 575 años del nacimiento de Isabel la Católica en Madrigal de las Altas Torres. Recupero este artículo de Diario de Ávila de diciembre de 2024.

Sepan todos que ayer hizo quinientos cincuenta años de que una abulense fuera proclamada reina en Segovia y se convirtiera en la mayor monarca de la historia de la nación, aunque esta todavía no existiera.

Sepan todos que Isabel I de Castilla, nació en la abulense villa de Madrigal de las Altas Torres en la primavera de de 1451, hija del rey Juan II de Castilla, de la dinastía Trastámara e Isabel de Portugal. Fue desde el momento de su nacimiento infanta de Castilla, pues su hermano mayor Enrique ostentaba ya el título de príncipe de Asturias. Pero la posible infertilidad de él y los rumores más que insistentes de que su única hija, Juana, no era suya sino de Beltrán de la Cueva, hicieron que los hermanos mantuvieran un constante tira y afloja durante la vida de Enrique IV, que desembocó en una guerra civil a la muerte de este.

Sepan todos que salió victoriosa de la guerra con el apoyo de su marido, Fernando de Aragón, que tuvo que entrar disfrazado en Castilla, pues el rey Enrique no quería que se celebrasen estas nupcias e Isabel no pensaba casarse sino con quién ella considerase el mejor candidato para su posición y sus planes de futuro. Tras la guerra, fueron los monarcas quienes gobernaron sobre los reinos y no los nobles, como venía siendo habitual.

Sepan todos que una vez acabaron con los problemas sobre la sucesión, decidieron recuperar el dominio sobre el sur de la península, echando de ella a los musulmanes que aún quedasen y, tras diez años de guerra, la reina entró en la Alhambra culminando su empresa al caminar entre las paredes del monumento mas bello que se alza en la península ibérica. 

Sepan todos que financió los viajes del almirante Cristóbal Colón para llegar a las Indias por una nueva ruta, pero lo que encontró fue un nuevo continente que nos era desconocido hasta la fecha. 

Sepan todos que aprobó el tribunal de la Santa Inquisición, expulsó a los judíos de la península, fue implacable con sus enemigos pero también con sus hijos a los que caso con herederos a la corona de otros reinos de la cristiandad. Que prohibió la exclavitud de los nativos americanos y se repartió el mundo con el rey de Portugal.

Sepan todos que fue una reina consciente de su poder y sin miedo a ejercerlo: tomó muchas decisiones, algunas acertadas y otras no tanto. Las acertadas la engrandecieron, pero las erróneas causaron gran sufrimiento. No obstante, obró cómo creyó conveniente de acuerdo a los principios y valores de hace quinientos cincuenta años.

Sepan todos que murió en Medina del Campo en 1504, a los 53 años de edad, dejando el reino en un estado incierto, tan diferente al de su mandato, por los problemas de sucesión. 

Sepan todos que en esta Ávila nuestra, solo la Universidad Católica se ha acordado de la efeméride y ha organizado unas jornadas para difundir su figura. Otras instituciones y organismos no han celebrado nada.

Sepan todos valorar adecuadamente cada uno de los puntos aquí tratados.

MUSAS DE PRIMAVERA, DRÍADES PINTORAS

Mural De Lara Rubin de Celix en Navalosa. Representa una niña con los elementos fundamentales de los Cucurrumachos, la mascarada del pueblo, portando un ramo de piorno en flor.

Para los griegos, el mundo volvió a florecer cuando Perséfone regresó de los infiernos un amanecer. En Cantabria son las anjanas quienes traen la primavera; sus mantos cubren todo a su paso de flores duraderas. Mas no se dejen por mitologías engañar, hoy traigo en mi artículo del esplendor de estos meses la verdad. Son las musas quienes nos regalan la primavera, en forma de versos, bailes y música hechicera. Pero las inspiran las dríades y ninfas que, con sus pinceles,  todo lo invaden.

Son ellas las que perfilan los brotes que florecen cada año. Y son ellas a quienes los más afamados, con su obra, han inspirado. Está la dríade de Van Gogh, con su cabello trenzado con flores, rosado es su color. La de Antonio de Ávila pinta sobre fondo blanco y con relieve sobre el cristal. Su hijo Albano ha hecho de la primavera su color, y su musa le lleva a los campos de Castilla, sobre los que Machado se explayó, cuando el trigo aún es verde y se espera lo mejor. Es el hada de Klimt la más cariñosa, pues da igual que vaya vestida de flores, de todo tipo y condición, o que solo lleve los capullos en el pelo; va repartiendo abrazos y besos para que sientas tu valor. Dríade de Millais, dríade shakespereana, pues reposa en un río, repleto de matorrales, cual Ofelia ya calmada. Es la de Adelina Labrador una ninfa abulense, pues pinta nuestros pardos y ríos y los arbustos de frente. Y luego está la de William Morris, que debía de ser de las que cuidan el hogar, pues llena de vegetación los muebles y paredes, para que también sientas la naturaleza cuando a casa puedes regresar. La dríade de Monet bajó por el camino de Sonsoles y lo llenó todo de amapolas sobre campos de centeno, pero esta ninfa inquieta le llevó por el mundo entero. Rosales en arco, nenúfares en un lago, todas las flores y los colores pasaron por la paleta de Monet, porque dio con un hada que sabía componer. Era hermana de la de Caillebotte, que además de restos de pintura entre las manos, las tenían manchadas de tierra, pues pintaban y cultivaban, eran hijos de la primavera. La dríade de Velázquez era tímida y disimulada y solo los que le aman saben encontrarla: está escondida entre los vestidos y los peinados; de las Meninas, sí, pero también de los caballos. Nada que ver con la de Joan Mitchell, un hada juguetona que siente esta temporada con pura emoción, impregna de pigmento sus brochazos para causar conmoción. La de Berthe Morisot es la ninfa de la ternura, hace ramos en parques y jardines y se los regala a una niña. La de Raoul Dufy se refleja a manchazos como un dibujo acuarelado. La de Pejac es una Anjana y se encuentra casi en la puerta de su casa, le pide aire y naturaleza, llévala a cárceles, hospitales o a lugares donde haya pobreza. Y ya metidos en murales llega la dríade de Lara Rubin de Celix; de Garoza hasta Gredos, lo llena todo de tradición, sola o acompañada, danzas, oficios y hasta piornos en flor.

Mural de Kasandra en Garganta del Villar. Muestra dos de sus típicas ninfas rodeadas de piorno en flor en la Piedra Jorcá del pueblo.

Las ninfas pintan la primavera, con sus pinceles y una linda canción, pero no saben que a todas ellas también pintan con primor. Desde el Tiétar, tras un paseo por el valle encantador, Kasandra las pinta con la magia de su inspiración.

Que disfruten ustedes de la primavera, de su hechizo y su color.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2025

Tierra del alma

Naturaleza

¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un rato para mirar el atardecer? ¿Cuándo levantaste la mirada de lo que estabas haciendo y descubriste las nubes teñidas de rosa mientras el cielo se tornaba morado o el naranja llenaba de ascuas el final del día como si te encontrases en un sueño de Monet?

¿Cuánto hace que no alzas la vista y te emocionas con las montañas recortadas en el horizonte? Que te fijas en la silueta de Gredos, percibes sus cambios y colores, que te emociona la suerte de verla cada día. 

¿Has notado últimamente los cambios en los árboles? Muchos empiezan a estar repletos de brotes, de vida en suspenso a punto de emerger. Las flores van saliendo. ¿Te has dado cuenta de que ya hay pétalos en las aceras, que se puede caminar sobre ellos? ¿Recordaste a Van Gogh al pasar bajo un almendro? ¿Has visto los narcisos, los iris adelantados que ya tienen algún capullo listo para estallar? Las caléndulas van brotando, las margaritas llenan los prados y pronto podremos oler las rosas.

¿Has sentido la luz del sol en tu piel? ¿Has notado cómo se intenta abrir paso su calor, cómo te recarga lentamente? ¿Cuánto hace que no miras la luna? Que la observas en el cielo azul de la tarde, lista para salir a jugar o que te guía en la noche con su brillo. ¿Has visto que hay veces que, incluso en cuarto creciente, baña de luz cuanto te rodea con su brillo blanco? ¿Sueñas con ella? ¿Sueñas bajo ella? ¿Dejas que las estrellas iluminen esos sueños?

¿Cuándo ha sido la última vez que has escuchado piar a los pájaros? Qué te has fijado  en los distintos trinos y tonos. Que has buscado de dónde venía su música y has intentando distinguir sus colores. Los has observado aprender a volar, has seguido su aleteo con la mirada. 

¿Has espiado a las lagartijas que corrían cerca de ti, buscando un lugar donde plantarse al sol para absorber sus rayos sin prisa, con quietud? ¿Te has parado a escuchar zumbar un abejorro? ¿Has visto bailar una pareja de mariposas por un parque? ¿Se te ha posado una mariquita en la mano?

¿Hace mucho que el viento no te empuja tan fuerte que crees que te vas a caer? ¿Lo has escuchado gemir recientemente? ¿Has descubierto sus colores?

¿Cuánto hace que no prestas atención? ¿Qué no dejas que la belleza del instante presente sea el bálsamo para lo que te preocupa en la actualidad, te hiere del pasado o te atemoriza del futuro? Cuando solo estás tú, en el presente, con la belleza de la naturaleza, lo demás desaparece. En ese momento estás vivo y puedes sentir qué hay más allá.

¿Te has preguntado últimamente por qué cuánto más nos empeñamos los humanos en colorear el paisaje de monstruosidad, la Tierra nos devuelve la hermosura inalterable? ¿Has anhelado participar de lo sublime de nuestro mundo, que habla claro, es constante y siempre nos manda el mismo mensaje? ¿Cuándo fue la última vez que fundiste tu espíritu con la belleza eterna de la naturaleza?

Jota de la Santa

Ilustración de Kasandra

Jota castellana para Santa Teresa de Jesús.

Tal día como hoy, un 28 de marzo, nació Santa Teresa de Jesús en Ávila. Por eso, rescato esta jota que le escribí para el pasado día de la Santa.

Por todos es sabido que hay dos cosas en nuestra ciudad que son reconocidas como muy importantes por toda la humanidad. Una son las murallas y otra es la Santa, y con motivo de sus fiestas me he parado a pensar que, si las murallas tienen su jota, a Santa Teresa no la cantamos con acervo popular y me he propuesto solucionarlo con una tonada que se pueda cantar. Aquí está el resultado: la pueden aprovechar, eleven sus voces contentos para disfrutar de esta novedad. Solo les pido clemencia por los errores, pues es mi primera jota; pero he disfrutado componiéndola, ha sido una experiencia natural y maravillosa. Aprovecho para tener un recuerdo para la Virgen de la Soterraña que ya era nuestra patrona en tiempos de la Santa, pero que tras la vida de esta, fue perdiendo lustre y aunque conserva el título de patrona, Santa Teresa ha ocupado su sitio por aclamación popular. Sin más preámbulos aquí va, la Jota de la Santa: pueden cantarla y también bailarla, para eso está.

Jota de la Santa

La Santa no es la patrona,

la Santa no es la patrona.

Pero es tan grande su historia,

que le dimos la corona

y cuando media octubre,

la adora la muchedumbre.

La Santa no es la patrona.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Santa Teresa, escritora,

Santa Teresa, mujer,

monja y reformadora.

De la Iglesia su doctora.

¿Qué más se puede ser?

Pues también era abulense,

Santa Teresa, escritora.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

¡Ay, qué suerte que tenemos!

Con esta mujer errante,

¡ay, qué suerte que tenemos!

Andariega caminaba,

y conventos reformaba.

Andariega caminaba,

¡Ay, qué suerte que tenemos!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Escribía y escribía,

Santa Teresa leía,

Escribía y escribía:

la llamaban letraherida, 

un placer es su poesía,

Santa Teresa leía,

¡Escribía y escribía!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Ya nos vamos levitando,

y con la lengua hecha pedazos

ya nos vamos levitando.

Que tan grande es nuestro amor,

que es difícil explicarlo,

que es difícil explicarlo.

Ya nos vamos levitando.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Y aquí acaba esta jotilla,

para cantarle a la Santa,

y aquí acaba esta jotilla

vistámonos elegantes

y con nuestros manteos,

bailemos en plena calle.

¡Que aquí acaba esta jotilla!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡Esta jota en su honor,

a la Santa Cantamos!

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2025.

La ilustración es de la genial Kasandra

El canto del narciso

Cuenta Ovidio que la ninfa Eco se enamoró del apuesto joven Narciso. Como ella no podía más que repetir la última palabra de lo que él decía, quedó intrigado y la buscó pero, cuando la tuvo ante él, la rechazó, volviéndola tan solitaria que aún hoy cuesta encontrarla. Némesis, la venganza, decidió tomar cartas en el asunto y consiguió que el joven contemplase su reflejo en un río. Narciso quedó tan prendado de si mismo que en algunas versiones se ahogó intentando alcanzarse y en otras se dejó morir a la orilla del arroyo contemplando su reflejo. Sea como fuere, de los restos del joven más bello de la mitología, surgió una flor amarilla, con una alegre trompeta que, curiosamente, en nuestros días no representa el egoísmo y la vanidad, sino el resurgir, los nuevos comienzos y la esperanza. 

Como un fénix vegetal, esta planta bulbosa aparece al final de invierno, en ese momento de cansancio generalizado, cuando se aleja la motivación y parece que la temporada fría nunca tendrá fin. Los tres primeros meses del año suelen ser particularmente duros: las fiestas navideñas concluyen y ante nosotros solo se haya la perspectiva de los días cortos, fríos y desnudos. Sin apenas color, sin floración, solo un ir y venir de cotidianidad desangelada que parece no acabar jamás. Estos meses pueden ser de gran desánimo, pero todo cambia cuando aparecen las trompetas gualdas de los narcisos devolviendo color a la tierra yerma. Casi se les puede oír cantar, entonar una invocación a la primavera que escucharán otros bulbos, como iris, jacintos o tulipanes, que correrán a su encuentro y que despertará a los árboles de hoja caduca, que regresarán de su sueño con un manto de color que volverá a llenarnos de calor el corazón. Pronto los días volverán a ser bellos, el calor del sol volverá a hacerse notar y las lluvias intermitentes llenaran de vida los campos, haciendo del invierno un sueño del pasado. Nos precipitaremos hacia el estío, hacia los días en los que nuestros cuerpos, como las hojas de una planta, buscan la luz del sol para nutrirse y llenar de savia nuestras existencias.

Todo ello surge de algo tan pequeño como el cornetín de una planta amarilla que no vive más de veinte días y que, sin el frío de las heladas invernales, no florecería. Una vez al año brotarán de la tierra escarchada y durante poco más de un mes podremos ver cómo cubren los prados que aún visten de luz gélida con manto gualdo macbethiano que grita “no hay noche tan larga que no termine en día”. Tristemente, salvo que los cultives en casa, no es tan fácil ver este anuncio primaveral en un paseo por el campo. Su floración se limita a hogares y jardines privados y tan solo se puede apreciar en lugares específicos. Uno de ellos es la Fuente de los Narcisos, en La Granja de San Ildefonso. Pero no se dejen engañar por el nombre, no es más que un bebedero que una vez al año queda rodeado de flores amarillas. No obstante, esa es parte de su magia, ya que, en un pilón en un lugar que todos reconocemos por la magnificencia de sus fuentes, en el momento en el que el jardín está más yermo, con las ramas vacías, las hojas marchitas y la tierra escarchada, una vez al año se produce el anuncio más deseado. El invierno se acaba, la primavera está cerca. Qué renazca la esperanza que ha surgido de la misma tierra helada. O más bien que ha surgido porque la tierra ha estado helada.

PIEDRAS DESCRIBIENDO PALABRAS

Hoy se falla el premio de la crítica de Castilla y León y quiero aprovechar para compartir con vosotros un artículo que escribí sobre una de las obras nominadas, El dolmen de María Ángeles Álvarez. (Actualización: ganó el premio de la crítica). No negaré la emoción que me embargó al describir su nominación primero por la amistad que me une a ella, pero también porque fuera con este poemario tan especial. Durante el proceso de escritura hizo algo inaudito en ella: nos fue leyendo versos de tan feliz que fue durante el proceso de creación. Además, tras varias vicisitudes, cuando la obra fue presentada quien acompañó a María Ángeles en la mesa fue mi madre. A ella no le gusta la poesía, pero ha encontrado en esta obra un texto que apela a sus más profundas emociones como arqueóloga y lo ha leído varias veces, lo ha recomendado e incluso regalado. Finalmente, me gustaría añadir que esta obra es la más representativa de su autora. Todo lo que es está ahí: la poesía, la arqueología, la naturaleza, la espiritualidad, el dolor… todo se conjuga en este maravilloso poemario que os recomiendo encarecidamente. Y la crítica de Castilla y León también. 

Quien convive con un arqueólogo conoce dos grandes verdades: es un oficio que consiste en pasar calor en verano y frío en invierno, y el resultado, por mucho que parezca que solo encuentran joyas y tesoros, no suele ir más allá de un puñado de huesos y muchas, muchas piedras. Pero también tenemos una certeza: les encanta. Revolver en la tierra y encontrar algo que tienen que descifrar, rastrear con los conocimientos que ya existen, hallar su lugar exacto en la historia. Muchas veces, sus hallazgos no harán más que complementar los datos del pasado que ya existen, otras les sirve para confirmar sus propias hipótesis; pero también hay momentos en los que encuentran pruebas que cambian las teorías y la historia que conocemos.

Aunque desde bien pequeña he tenido claro que era un oficio duro y no exento de riesgos, al que no quería dedicarme en absoluto, también he conocido la emoción del descubrimiento, la dicha por lo hallado, la excitación por la revelación. Sin embargo, hay algo que no comprendía hasta que tuve la suerte de escuchar a mi amiga, poeta y arqueóloga, entre otras cosas, María Ángeles Álvarez leernos los primeros versos de su poemario El dolmen —que sale a la venta el lunes—, y es la espiritualidad inherente a la excavación arqueológica. 

La poesía no es, ni de lejos, mi especialidad, pero encuentro en este poemario esa esencia poética asentada en el hablar de una cosa para comunicar otra. En este caso, no hablo de metáforas, porque sí, habla del dolmen de Bernuy, de su descubrimiento y su excavación, pero en esa relación con lo descubierto que lleva a una búsqueda superior a lo meramente humano, se comparte otra experiencia mucho más íntima y profunda: la del dolor. De la experiencia vital que supone convivir con ello y de un enfoque de exploración constante de significado, de sentido y desahogo que quizá solo puede llegar a través de la palabra escrita. 

En esta ocasión, la poeta deja atrás la belleza del campo y la naturaleza habituales en ella para entregarnos a la cara más amarga y dura del paisaje, al rigor de los elementos, a lo agreste propio de la prehistoria que descubrió, que excavó y que nos habla de un mundo indómito al que necesitamos encontrarle sentido. Piedras describiendo palabras, reza un verso, explicando en realidad qué supone este poemario para ella, qué podemos encontrar en él.

Y es ahí donde surge el espacio místico, la espiritualidad inherente a la persona que nos habla de comunión con el pasado al excavar, de la trascendencia de conectar con unas piedras que fueron tumbas y que nos remiten a que lo más básico, el dolor, la muerte, lo íntimo, profundo y sustancial no entienden de diferencias, ni siquiera temporales. La raíz es la misma. Esa raíz de la que María Ángeles ha hecho vida. Ya aparece en el segundo verso y es que las raíces son su especialidad: de plantas e históricas, todas la remiten a la más profunda de todas, la de el espíritu, en la que conectamos con nosotros mismos. Y el final nos llega, como no podía ser de otra manera, cargado de luz: la de las semillas, las de las plantas, la raíz primordial que nos permite respirar. Ven y vive, dice el poemario. Pero, en realidad, dice mucho más. Ven, siente, asimila, busca y encuentra. Y, con todo lo que te vas a encontrar, vive.

TÍTULO: El dolmén

AUTORA: María Ángeles Álvarez

EDITORIAL: Cuadernos del Laberinto. Anaquel de poesía.

FRONTERAS DE NARNIA

¿Conocen la historia de El sobrino del Mago? Aunque cronológicamente no es el primero de los libros que escribió C.S. Lewis de Las crónicas de Narnia, narra los orígenes de esta tierra mágica y de sus elementos, convirtiéndola, de hecho, en la primera historia del país al que, entre otras maneras, se puede llegar a través de un armario.

El motivo de este portal viene explicado en el libro, así como el momento en que la malvada reina Jadis ataca al león Aslan con una barra de hierro que ha cogido de un farol de Londres. El león, igual narniano de Gandalf o Dumbledore por centrarnos solo en las equivalencias literarias, ni se inmuta ante el golpe, asustando tanto a su rival que huye mientras la barra se clava en el suelo. De ella brota una farola en medio del bosque, un elemento humano y contemporáneo en una tierra fantástica donde los animales hablan, la magia crea vínculos insondables y los cuentos de hadas cobran vida. Esta farola será lo primero y lo último que verán los hermanos Pevensie en su primera aventura en los territorios de Aslan, convirtiéndola en una suerte de frontera entre el mundo real y el fantástico.

Este último año, caminando a paso lento me he fijado más en las cosas que hay a mi alrededor y he descubierto que estamos rodeados de fronteras de Narnia, de limites donde en medio de la naturaleza aparece una farola que nos da luz y nos guía por el camino. El mundo fantástico y el real se rozan más a menudo de lo que pensamos y lo uno no es sino la expresión de lo otro. Por mucho que la realidad sea aquello que verdaderamente ocurre y la fantasía a lo que recurrimos para transformar la realidad, literariamente hemos acabado por utilizar la segunda para explicar la primera. O para sobrellevarla. Pero cuando bajas el ritmo y observas las cosas más detenidamente descubres que todo aquello a lo que asociamos los mundos fantásticos no son más que elementos cotidianos transformados, pues la magia es mucho más común de lo que acostumbramos a pensar: un gesto, un momento, un animal… o una farola. Las chispas de la rutina son la parte visible del encantamiento que con frecuencia nos pasan inadvertidas.

Al ver que vivimos rodeados de fronteras de Narnia, he recordado que nosotros somos quienes enfocamos la manera que tenemos de vivir la vida y enfrentarnos a lo que nos pone por delante. Si vamos cargados de cuentos, tenemos una guía para salir adelante y enfrentarnos a lo que nos toque en cada momento. Que en lo más oscuro del bosque siempre hay una farola que te indica el camino a seguir para poder salir sano y salvo. Y que cuando lo hagas, tendrás los regalos hallados en la oscuridad, los que te han ayudado durante la travesía. Todo esto descubrirás antes de salir de la espesura, cuando empieces a ver la luz penetrar entre las ramas de los árboles. O cuando te encuentres con una frontera de Narnia.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024

Verano en invierno

Una fría tarde de invierno Clotilde paseaba por la calle con sus padres. Iban a ver el museo de un pintor valenciano en pleno centro de Madrid. Todos decían que era muy bueno, que en lugares como París, Nueva York o Londres podías encontrar un rinconcito de España si te entraba la morriña gracias a él.Caminaban por una gran avenida cuando, de repente, se toparon con un muro tras el que se intuían árboles. Al cruzar el umbral de la puerta, plantas y fuentes hicieron que olvidara que se encontraba en el centro de la capital, en pleno mes de enero, y se sintiese en algún lugar cálido cerca de la naturaleza. En aquel patio hasta el aire madrileño parecía más ligero.

​Tras comprar la entrada, subieron una escalera cubiertas de baldosas y entraron a una gran sala con suelos de madera, paredes rojas y techo de cristal. Clotilde fue mirando los cuadros, despacio, uno a uno. En uno de ellos, su madre le señaló a una mujer muy guapa, vestida de negro, con collar de perlas y con una flor en el pelo.

​— Cariño, esa es la mujer del pintor. Se llamaba como tú, Clotilde. La verás en muchos cuadros.

​La niña siguió avanzando por la sala. También vio a los hijos del pintor, vestidos de rojo, al propio artista, con un sombrero, unas señoras en un vagón del tren y unas chicas tumbadas sobre el prado verde. Uno de los cuadros mostraba a un joven desnudo con un caballo, saliendo del mar. Era grande y, aún así, no había espacio para la obra completa: la cabeza del caballo estaba cortada. Era hipnótico, cualquiera que lo observase podría quedarse horas contemplándolo, pues al mirarlo uno se sentía en la playa, pisando arena húmeda, con la brisa que levantaba las olas en la cara. Casi  se podía percibir el olor a salitre. 

​Su padre la apretó cariñosamente el hombro y juntos avanzaron hacia la siguiente sala. Mientas la veían le contó que el pintor recibía ahí a los clientes que querían hacerse con alguna obra suya o que les pintaste un retrato. De hecho, cuando enfermó y tuvo que dejar de pintar estaba en el jardín, trabajando en un retrato. Clotilde quería saber más y su madre le contó que un par de años más tarde murió. Fueron años muy duros, pues para aquel artista, la pintura y el mar eran su vida. Hasta le habían llevado a despedirse del Mediterráneo. De eso, le dijo su madre, hacía cien años en el mismo año, 2023.

​La siguiente sala era el estudio, donde pintaba. Al pasar, Clotilde se quedó impactada. Aunque el día era gris en Madrid, la sala estaba llena de luz: la luz del Mediterráneo. Por todos ladoslos niños jugaban, nadaban, corrían junto a la orilla. Las mujeres paseaban con bellos vestidos blancos y el mar cambiaba de color en cada obra. Clotilde se sentía como si estuviera de vacaciones y mientras miraba a un niño con un barquito, se dirigió a su madre:

​—Mamá, ¿Joaquín Sorolla es impresionista?

​Su madre no sabía qué responder.

​—No lo sé, hija. Su técnica no es impresionista, pero la luz sale de sus cuadros a raudales.

​—¿Pero lo es o no lo es?

​—No pinta como los impresionistas, sus brochazos son gruesos y llenos de pintura, mientras que los de estos son pequeños y delicados. Sin embargo, tan solo Monet capta la luz como él.

— ¿Entonces…?

Publicado en Diario de Avila en enero de 2023.

Hoy hace cien años del fallecimiento del pintor.