INTRODUCCIÓN
En este mes tan feliz por todo lo que se celebra en él, he querido dedicar un tiempo a aunar, de alguna manera, la celebración del Día del Libro con la de Castilla y León. En un primer momento pensé en escribir sobre libros ambientados en esta comunidad autónoma para niños, pero pronto desistí al ver que, si en la literatura de adultos apenas aparece, en la infantil no tiene cabida. Por eso he elegido abordar un tema que, evidentemente, nos lleva a la literatura infantil y que puede resultar un gran recurso para motivar y educar a nuestros niños, pero que también los adultos podemos leer y disfrutar, con esa nostalgia del tiempo transcurrido, pero sobre todo con los ojos del adulto que descubre todo lo que se oculta tras un libro que parecía sencillo. Y, para empezar a descubrirlo, aquí dejo un poco de información sobre los cuentos de tradición oral.
Los cuentos tradicionales son un patrimonio inmaterial colectivo configurado por narraciones de transmisión oral que han pasado de generación en generación a lo largo del tiempo. Aunque parece que todos los conocemos, en realidad son unos grandes desconocidos debido a las constantes censuras y adaptaciones que han sufrido desde que se empezaron a recopilar a partir del siglo XVII. Sin embargo, las versiones reales han pervivido hasta hace muy poco y hemos tenido la posibilidad de recopilarlas en el último instante, justo antes de que las últimas personas portadoras de la sabiduría ancestral perecieran y solo nos quedasen las adaptaciones de los libros.
Estos cuentos se contaban fundamentalmente en las sociedades rurales y eran el acceso al conocimiento y el medio de educación más habitual. Normalmente se asocian con el final de las largas jornadas laborales, cuando se descansaba junto a las hogueras, tanto en el exterior como en el interior, pero la realidad es que se contaban en cualquier momento del día para aligerar la pesada carga del trabajo. Suelen presentar estructuras sencillas, personajes arquetípicos (héroes, villanos, seres mágicos) y enseñanzas implícitas relacionadas con valores, normas sociales o experiencias universales. Forman parte del patrimonio cultural de los pueblos y constituyen una herramienta educativa de gran valor en todas las etapas del desarrollo infantil y juvenil.
Debido a su origen, son cuentos que suelen centrarse en héroes pobres o de extracción humilde y critican la división social entre poseedores y desposeídos. Potenciaban el pensamiento crítico en las culturas iletradas a través de oposiciones y dicotomías. Los cuentos tienen una articulación binaria: cada cuento tiene su alternativo y complementario. Los alternativos serían por oposición (El gallo Kiriko no trata bien a los demás; Medio pollito, sí: el primero fracasa, el segundo triunfa con la ayuda de los demás) o equivalentes (cada Bella durmiente tenía su príncipe durmiente; cada Cenicienta, su equivalente masculino). Normalmente, las encargadas de la transmisión oral eran las mujeres, lo que explica por qué en sus versiones originales son ellas quienes suelen solucionar los problemas de distintas maneras.
Una de las historias más interesantes relacionadas con la tradición oral es la existencia de las llamadas «personas biblioteca»: una sola persona que conocía muchos cuentos y los guardaba en su interior, transmitiéndolos y enseñándolos a las nuevas generaciones para que no se perdieran.
Estos relatos existen desde tiempos remotos: algunos se sitúan incluso en el Neolítico. En Cuentos populares españoles III, de Aurelio M. Espinosa, se considera que algunos de los cuentos recopilados proceden de tradiciones ibéricas prehistóricas, y Wilhelm Grimm también escribió sobre el tema. Un cuento muy conocido, Pulgarcito en todas sus versiones (como una de sus versiones castellanas recopilada por Joaquín Díaz, Cabecita de ajo), ha sido objeto de estudio de la Royal Society, que sitúa este cuento en el final del Neolítico.
Sin embargo, su recopilación sistemática comienza principalmente entre los siglos XVII y XIX. En este periodo, diversos autores y estudiosos empiezan a recoger por escrito historias que hasta entonces circulaban de forma oral. Este proceso responde tanto a un interés literario como al deseo de preservar la cultura popular ante los cambios sociales derivados de la modernidad o, en el caso de los hermanos Grimm, de fomentar el nacionalismo alemán como contraposición a las invasiones napoleónicas. Sin embargo, como los recopiladores pertenecían a las clases intelectuales altas, excluyeron todos los cuentos que implicaban hombres encantados, mujeres que resolvían problemas y críticas a las clases superiores. Estas versiones son las más extendidas y han llevado a una crítica de género que generaliza al desconocer las versiones reales en lugar de fomentarlas.
Entre los principales recopiladores internacionales más famosos encontramos a Charles Perrault y los hermanos Grimm. Charles Perrault (Francia, siglo XVII), quien adaptó cuentos como Caperucita Roja o La Cenicienta con una clara intención moralizante. Los hermanos Grimm (Alemania, siglo XIX), que recogieron cuentos del folclore germánico. Siempre se ha interpretado que iban por los pueblos recopilando cuentos, pero la realidad es que los obtenían de estudiantes universitarios y de clases intelectuales. Por este motivo son cuentos que pierden el matiz fresco de lo auténtico y estudios sugieren que, debido a ser clases intelectuales, es muy probable que estén influenciados por Perrault y otras versiones escritas. Cabe destacar que, partiendo de la base de que tanto Perrault como los Grimm seleccionan que cuentos transcriben y cuales no, eliminando las historias de hombres salvados por mujeres, los propios hermanos Grimm son los primeros en adaptar, censurar y mejorar la escritura sus textos para llegar a un público infantil que, en principio, no era su objetivo pero que fue el que mejor recibió sus historias.
Es importante saber que Hans Christian Andersen (Dinamarca, siglo XIX) no es recopilador, sino el primer escritor de cuentos infantiles. Aunque algunas de sus historias toman elementos de la tradición oral, sus cuentos no son tradicionales, sino originales (al hablar de ellos, lo correcto sería decir cuentos clásicos, nunca tradicionales, ya que no proceden de ninguna tradición).
Continuará…













