En estos días, en que los castellanos estamos llamados de nuevo a votar, no dejo de pensar en el libro de Miguel Delibes El disputado voto del señor Cayo. Se trata de una obra corta, incluso para el autor, que se puede leer tranquilamente en una tarde, pero no por ello se trata de un texto sencillo. Posee esa maestría delibesiana para adaptarse a los tonos y discursos de diferentes sectores de la población, dando a cada palabra el peso justo para que funcione y, aunque se lea rápido, el mensaje permanezca dejando una profunda impresión en el lector que lo lleva a una parte fundamental de la lectura, la reflexión.
En la novela, seguimos a tres militantes de un partido que una tarde salen a recorrer algunos pueblos de la zona para hacer campaña electoral. En un principio los vemos en la sede del partido, gestionando la agenda, la propaganda, la prensa y todo aquello a lo que tienen que prestar atención. Pero después parten en coche y llegan hasta un pequeño pueblo en el que solo viven dos vecinos que no se hablan entre ellos. Allí les recibe el señor Cayo, un viejo campesino al que no pueden ofrecer nada, porque no han pensado en gente como él al preparar su proyecto político, pero con su sabiduría ancestral sobre la tierra y la naturaleza, su manera de hablar tranquila, herencia sin duda de la tradición oral, y su vida adaptada a los ciclos del campo, dejará una fuerte impresión en los políticos.
A un par de años de hacer los cincuenta, la obra, que se enmarca en las primeras elecciones democráticas en nuestro país desde la perspectiva de los pueblos abandonados y la Castilla más olvidada, es un emblema de la dejadez que el medio rural sufre desde hace tanto tiempo que no recordamos cuándo comenzó. Un tema en el que Delibes era un maestro y que siempre supo narrar como nadie. Pero, como siempre hacía el vallisoletano, la crítica sirve de denuncia de lo que no es visible al gran público, a la par que nos mueve a pensar y reflexionar. Leer a Delibes es plantearnos quiénes somos, en qué punto estamos, qué necesitamos y qué queremos para el futuro. En los tiempos que corren, tan alejados del señor Cayo que asusta, donde la naturaleza está al servicio del hombre, la lentitud es desdeñada y el discurso lejos de ser tranquilo es violento, inconsistente e hipócrita, la novela alcanza su significado más pleno y las enseñanzas de este hombre sencillo pueden suponer una diferencia.
Pero, ojo, la novela no idealiza el campo ni la vida del señor Cayo, que se presenta tan dura como son las condiciones en muchos pueblos. El entorno rural tranquilo y olvidado se muestra en toda su crudeza, con todas las trabas que existen. En esto, Delibes siempre lo tuvo claro, defendió el campo sin poetizarlo, como sí podemos encontrar en otros autores que vieron la heroicidad en las miserias campesinas (y que a mí, personalmente, no por ello me gustan menos). Sin embargo, el eco de las enseñanzas del protagonista y su importancia resuenan por toda la novela.
Con la degeneración política y social que vivimos en la actualidad, se hace patente la desconexión entre los que mandan y el pueblo, que lejos de sentir que piensan en él y en sus problemas, solo ve peleas para aferrarse al sillón. En una sociedad donde el gobierno no es ya un servicio al pueblo sino un reclamo del ego al cual se accede no a través de las propuestas, de la colaboración y del pensamiento en el bien común, sino de la violencia verbal que filtra a las capas más vulnerables de la población que ve cómo, en política, cuanto más se insulta y degrada al rival, más lejos se llega. Personas agresivas y furiosas que no buscan cooperar sino agitar y generan desconfianza y tristeza en la población. No hay opciones respetuosas ni una conciencia real de los problemas, distintos en cada lugar, ni proyectos reales de futuro, más allá de humillar al rival. La escucha, ignorada; el diálogo, inexistente: la reflexión y la autocrítica, canceladas. Como le pasa al señor Cayo, tengo la sensación de que ningún partido tiene ya nada que ofrecerme y sé que no estoy sola en este sentimiento.
En un mundo en el que todo parece provisional, con segundas intenciones, volátil y diseñado para tirarse al poco tiempo de ser utilizado, esta lectura tranquila, profunda e intensa es un oasis en el que pararnos a reflexionar. Y encontrar en el señor Cayo un punto de referencia basado en un planteamiento sencillo de vida donde lo central no es el hombre, sino la naturaleza y, partiendo de ella, todo parece más profundo.
(Por cosas como esta, Quiero escribir como la generación del 98)
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Carolina, que bonito escribes y que bien lo expresas y éste tema que es tan repetitivo, lo dibujas a la perfección
Muchas gracias 🥰