Hay una librería en Torrelavega —Taiga, que antes fue Estudio, librería añorada— en la que siempre encuentro algún libro de Agatha Christie que aún no tengo. Créanme que esta maravillosa coincidencia no es cosa sencilla. Una vez se lo comenté al librero y la respuesta fue perfecta:
—Nunca se tienen suficientes libros de Agatha Christie.
Y después me contó una historia bella. La de un cliente que era un señor mayor que iba siempre a verle con una lista muy larga de libros de la Dama del crimen. Le leía los títulos que había en la lista y le preguntaba si tenía algún libro que aún no tuviera en su colección. Me dijo el librero que no era nada fácil conseguirlo, pero que más de una vez pudieron darle al lector libros de su autora amada. Él no lo expresó con palabras, pero en su voz, en su gesto me quedó claro que, cuando lo conseguía, era pura magia.
¿Recuerdan ustedes sus felices infancias? Esas en las que los veranos eran eternos y siempre se disfrutaban. Felices, disfrutábamos de las vacaciones, normalmente con los abuelos, en el pueblo o en los campamentos de verano. Había en aquella época un momento singular. Se hacía tan largo que nunca sabíamos cuándo iba a terminar. La hora de la siesta llegaba después de cada comida, un rato de descanso cuando el sol apretaba y los mayores se escondían. Con el Tour de Francia de fondo, los adultos se dormían y los niños… pues ¿qué quieren que les diga?, se aburrían. Igual solo era un ratito, tal vez media hora escasa, pero hay que ver lo que se sufría en esa breve eternidad recluidos a la sombra en casa.
Esos momentos siguen presentes en la niñez, aunque se intenten evitar dándoles pantallas una y otra vez. Por eso Kasandra y yo tenemos la solución: cuentos cortos, poemas narrativos que se leen en poco tiempo, pero dejan un poso creativo. Al acabar la historia podrán imaginar y soñar con los mundos de magia que les queremos regalar. Quién sabe si será el momento de ponerse a pintar, a inventar historias o a disfrutar de lo que se acaba de leer sin pestañear. Pero apelan a la imaginación, esa que surge del aburrimiento, que siempre es la mejor inspiración.
De momento, una nueva tanda se podrá leer los domingos de agosto en la edición impresa de Diario de Ávila, donde nacieron nuestras fantasías para nuestra provincia bonita. Pero quién sabe si llegarán más allá. Estén atentos a sus pantallas, ahí lo podrán averiguar. Eso sí, una mirada rápida, un tiempo limitado. Después, lean estos cuentos que son para niños, pero también para adultos en lectura versados. Y si no se encuentran en la —maltratada, olvidada, asfixiada, arrasada…— provincia de Ávila, lean igualmente aquello que el cuerpo más les pida. O mejor, vengan de visita… pero sean respetuosos en sus viajes y no olviden que las ciudades y los pueblos donde uno está de paso hay quienes habitan. Por encima de todo, disfruten de la hora de la siesta, aunque sea dando una cabezadita con el Tour o con la novela.
Existe un tipo de libros del que se habla poco: los que dan hambre. No estoy hablando de los recetarios, ni de ensayos sobre alimentación, ni de Ávila para comérsela de La Sombra del Ciprés. Me refiero a los libros, sea cual sea su género, que hacen unas descripciones de lo que comen tan detalladas que te entran unas ganas locas de comer lo que te cuentan.
Esta misma semana he sido víctima de una de estas lecturas, perteneciente a la tradición literaria de “guiri se compra casa tirada de precio en la Europa continental en los años ochenta, la reforma con sufrimiento, se integra con los lugareños, hace turismo y pasa una gran cantidad de tiempo comiendo, bebiendo y haciendo un agujero en el estomago de sus lectores”. El mas conocido es Bajo el sol de la Toscana, aunque es más famoso por la película, que poco tiene que ver con la historia real. Frances Mayes, ya emparejada, se limita a contar lo habitual en este tipo de libros, con tal atención a la comida que hasta incluye recetas, por no hablar de las descripciones del pan, la pizza, la pasta y el entorno donde lo disfrutan. En Un año en Provenza, recorren un montón de restaurantes baratísimos en los que disfrutan de quesos, vinos y foie mientras reforman pacientemente la casa pese a los obreros provenzales. Entre limones, la historia de la que he sido víctima, trata exactamente los mismos temas, pero con una ventaja fundamental: esta ambientado en La Alpujarra y los platos que degustan son patatas a lo pobre, jamón serrano, productos de la huerta y huevos fritos. La descripción de su elaboración, con los ajos chisporroteando en el aceite mientras cortan las hortalizas es tan sensorial que prácticamente te sientes junto al fuego, preparando lo más esencial de nuestra gastronomía. Y menos mal que el libro es corto porque piqué: esa noche cené huevo con patatas y pimientos.
Otros libros donde se presta principal atención a la comida es en la literatura Feel good y sus variables. El género, de origen inglés comenzó hablando de la hora del té, pero Rosamunde Pilcher lo elevó de categoría con las descripciones más evocadoras de los desayunos con café recién hecho, huevos y tocino. En nuestro país, Mónica Gutiérrez domina como nadie el arte de estimular los sentidos del lector con el aroma de la bergamota y llena sus páginas con todo tipo de delicias que, si hiciéramos caso al apetito que despiertan, implicaría ganar un par de kilos con cada libro suyo. En Todos los veranos del mundo, el capítulo Té y bollos delicious describe la esencia de la escritora, llenando el estómago en una pequeña librería y hablando de libros. Yo me tomaría el té con ella.
Y nada más, hasta aquí el artículo de esta semana. No voy a buscar una reflexión final ni un buen cierre, porque me ha entrado el hambre. Así que mejor lo dejo aquí y me pongo a pensar en otra cosa, porque no se puede ceder siempre a la tentación.
El tronco sostiene, une las partes de la planta y permite su constante comunicación. Sin él, no se sostendría, ni podría transportar la savia en sus dos tipos. Para conocer Castilla hay que hacer camino, levantar polvo, transitar su territorio. Y para ello, necesitamos un tronco fuerte que nos mantenga unidos.
TÍTULO: Campos de Castilla
AUTOR: Antonio Machado
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: El espíritu castellano explicado a través del paisaje hecho verso.
TÍTULO: El monte de las ánimas
AUTOR: Gustavo Adolfo Bécquer
EDITORIAL: Recogido en el libro Leyendas de editoriales como Austral o Cátedra
ARGUMENTO: Este relato, incluido en las Leyendas del autor, se ha convertido en la tradición soriana por Todos los Santos. En él, Alonso le cuenta a su prima Beatriz que en la noche de Difuntos, en el Monte de las Ánimas, salen de sus tumbas tanto los caballeros templarios como los nobles de la ciudad que murieron allí en un enfrentamiento y que pasan la noche batallando. La joven reta al muchacho a que suba al monte esa noche y… será mejor que lean la historia. O que vayan a Soria a finales de octubre.
TÍTULO: Astillas en la piel
AUTOR: César Pérez Gellida
EDITORIAL: SUMA
ARGUMENTO: Esta novela, ambientada en una de las zonas más bellas de Castilla, Urueña y sus campos circundantes, narra el reencuentro de dos amigos del pasado que llevaban tiempo sin verse y que comparten un pasado atroz que llevará a desatar una situación que mantiene al lector pegado a la página de libro. Las escenas del pasado, eso sí, son muy duras, pero es una lectura imprescindible para los amantes del thriller psicológico. O de Urueña y de la comarca de los Montes Torozos. Esto último es lo que me atrajo a mí.
TÍTULO: Mi querida Eva
AUTOR: Gustavo Martín Garzo
EDITORIAL: Lumen
ARGUMENTO: Volvemos a terreno de los recuerdos: Daniel y Eva se reencuentran de adultos, lo que lleva a Daniel a recordar el verano que se conocieron en Valladolid cuando eran unos adolescentes y, junto con su amigo Alberto, disfrutaban de las piscinas, los helados y las historias de un boxeador retirado. Todo lo acontecido en aquel verano, pero también en los años que han pasado desde entonces culminan en una noche. Una novela fantástica y evocadora, con un personaje, el boxeador, absolutamente increíble y que invita a imaginarla en blanco y negro.
TÍTULO: San Manuel Bueno, mártir
AUTOR: Miguel de Unamuno
EDITORIAL: Alianza
ARGUMENTO: En un pueblecito de Zamora, un clérigo con dudas internas sobre algunos postulados del catolicismo las oculta para poder consolar y seguir cuidando de sus feligreses. En esta obra, que habla de las dudas y las personas, Unamuno vuelve a esos temas habituales de su obra (y en la producción literaria de la generación del 98), como son el paisaje como espejo del alma y Castilla como símbolo de crisis a través de unos personajes de recio carácter. Y, por supuesto, a ese término tan importante que acuñó, la intrahistoria, que todos forjamos cada día sin darnos cuenta y que tanto peso tiene en el curso de la historia, aunque nunca reparemos en ello.
TÍTULO: Memento Mori
AUTOR: César Pérez Gellida
EDITORIAL: DEBOLSILLO
ARGUMENTO: Un asesino en serie anda suelto por Valladolid. En su modus operandi, aparecen mutilaciones y versos o fragmentos de canciones. El inspector Ramiro Sancho tendrá que dar lo mejor de sí mismo para acabar con él en esta novela en la que Valladolid es tan protagonista como el inspector o el homicida.
Hoy, queridos lectores, justo hoy, hace ciento cincuenta años del nacimiento de Antonio Machado. Me gustaría escribir la enésima columna sobre él, pero, en una jornada como esta, noto que las palabras no me alcanzan para retratarle, para explicar por qué le dedicaría otro artículo más. Por eso, volveré al principio para encontrarme en él y ampararme en sus palabras.
Mi infancia son recuerdos de un verano eterno en los montes de Cantabria y una casa clara de piedra, donde resguardarse cuando está lloviendo. Los suyos serán similares, pero en Riofrío, El Barraco o cualquier otro lugar de la provincia. Sin embargo, iguales en lo fundamental. La casa tan querida, donde habitaba ella. Son antiguas: el hogar de nuestra familia, con el pasado común que se atesora entre sus muros.
La casa de los abuelos ha sido durante mucho tiempo el eje central de las vacaciones de verano, de la libertad del calor y el espacio donde todos te conocen. Cuando somos pequeños, simplemente se trata del lugar donde disfrutamos del estío, pero al crecer, ¿nos paramos a pensar qué hay realmente en una morada?, ¿pensamos en ella más allá de las cuatro paredes que son nuestra residencia? ¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa!
Todos buscamos un hogar, un lugar al que regresar. Por eso, cuando tomamos posesión de una vivienda, buscamos la manera de hacerla nuestra, de sentirnos como en casa. No hacen falta grandes cambios para reclamar el espacio: una foto, una colcha, un cuadro o un cojín. Dejar nuestra impronta. En la casa blanca y sola, todo el cuarto en sombra está. Habitaciones que son miradas al interior, reflejo de quienes somos. Por eso no dejo de preguntarme qué haría especial a una casa en el pasado, qué verían sus primeros moradores al observarla, cómo era cuando olía a nuevo.
Un hogar no son solo estancias, sino todos los recuerdos e historias que suceden entre ellas. Son los abrazos que se han dado, las manifestaciones de afecto, las lágrimas que se han vertido, las enfermedades que han acechado. Son los niños que han alumbrado en sus estancias, sus correteos, sus juegos. Todas las canciones cantadas en la cocina, las historias contadas al amor de la lumbre. Las páginas leídas, los versos recitados, los poemas vividos. Son miradas contenidas, las primeras sonrisas que delatan un querer, los aullidos de los corazones rotos, las historias que no tienen fin, las declaraciones de amor. Tras la tenue cortina de la alcoba, está el jardín envuelto en luz dorada. Son la vida que crece, que pasa, que es y existe. Son los odios, las venganzas, las palabras reprimidas, los secretos guardados. Son el hálito de la muerte, que llega, arrebata y deja regueros de dolor a su paso. Cerrados postigos, corridas persianas… ¿Qué sabemos de nuestras casas? Conocemos sus olores, su música particular, sus sensaciones, pero, ¿hemos sentido vibrar el pasado con el vigor de lo eterno, aquello que se repite y vuelve, generación tras generación?
¡Ah, el tiempo que pasa!, ¡qué cambia y permanece! Parece susurrar «ciento cincuenta años no son nada, al menos no para lo esencial». Y ahí sigue la casa de tu pasado, como el poeta que a Castilla vino a cantar. Hablando de la muerte y la vida, diciendo que lo que ellos pasaron, nosotros lo hemos de pasar. Silencio… Es el musgo que brota, y la hiedra que lenta desgarra la tapia de piedra… Que las casas, como la vida, las hemos de cuidar. No solo las paredes y los tejados, los cimientos también se han de valorar, así como todo lo que en ellos se esconde y que hace de una casa tu hogar. La casa y la clara ventana florida, de blancos jazmines y nardos prendida, más blancos que el blanco soñar de la luna… Hacer de un pueblo metáfora, del paisaje, alma, ver la esperanza en un olmo que parece que se ha secado. Porque, como aún demuestra el poeta sevillano, en lo cotidiano está la belleza. Y en ella, la vida.
Está en la sala familiar, y en el dormitorio y en la cocina. En los paisajes y caminos y dentro del alma mía. Al final he vuelto a escribir un artículo sobre Antonio Machado. Es normal, pues ciento cincuenta años hoy cumpliría. Y puede que sus muros no sean más que palabras escritas, pero habito en sus versos, y es un hogar su poesía.
Publicado en Diario de Ávila el 26 de julio de 2025 con motivo del 150 aniversario de su nacimiento.
Siempre que voy a la playa, me pregunto por qué nos gusta tanto. Desde el primer momento, nada más entrar, ya que es un lugar por el que es difícil andar. Encima solemos llevar un calzado totalmente inadecuado y, si nos descalzamos para ir más cómodos, el suelo quema. Con una entrada así, cualquiera desistiría, evitaríamos a toda costa un sitio con semejante recibimiento.
Pero, pasado el primer momento de incomodidad, la cosa no mejora. Porque en la playa son todo riesgos. Además de la entrada triunfal a través de arenas candentes, está el sol y protegerse de él es algo obligado pues, aunque no nos demos cuenta en el momento, cegados por el ansia de lucir un bello bronceado, el daño que nos cause puede ir desde lo estéticamente feo, pasando por doloroso hasta, incluso, incurable. Afortunadamente, tenemos soluciones. La sombrilla es esa arma letal que plantamos en la arena, susceptible a salir volando con la más leve brisa marina y en la que nunca consigues colocarte bien para que te dé sombra durante más de dos minutos seguidos. La crema es la solución más eficiente, pues te permite pasear por la arena o tumbarte con tranquilidad. Pero, en un lugar lleno de arena, nos embadurnamos el cuerpo desnudo de un potingue denso que hace que las partículas de la playa, ya de por sí pegajosas, molestas y con capacidad de penetrar a lo más profundo sin que te des cuenta, se adhieran a nuestra piel con tal fuerza que haga falta mucha agua y restregones después para poder quitarla.
Luego está la toalla. Da igual cómo intentes colocarla, la brisa cambiará rápidamente de dirección y ésta se volverá contra ti. Cuando por fin lo consigas, se llenará de arena antes de que te hayas tumbado. Si te llevas un libro, también se llenará de arena, se mojará y las letras acabarán borrosas por la acción de la crema. Te entrará un hambre terrible y, da igual que hayas llevado patatas, fruta, bocadillos o ensalada, acabarás masticando arenilla. Los de la sombrilla de al lado hablarán demasiado alto. Te puede caer una pelota encima. A la salida irás mojado, pegajoso, embadurnado de arena hasta las cejas y muy cansado. Las chanclas estarán resbaladizas y mancharás el coche, que seguramente se haya recalentado. Al llegar a casa, habrá que esperar para la ducha y una fina película de arena permanecerá en el ambiente todo el día. Con todo, siempre queremos más.
Después de darle vueltas, tengo muy claro los motivos. El primero es que la playa parece ese último reducto en el que nos podemos tumbar a descansar sin hacer nada y que esté bien visto. Esto habla más de la sociedad en que vivimos que de la playa. Pero luego está la razón principal. El mar. Esa inmensa mole azul que viaja hasta el horizonte, hasta lo que hay más allá. Que ruge y te susurra, que cuando flotas en sus aguas saladas te murmura al oído eso que necesitas oír, mientras beneficia a tu organismo tratando desde la más mínima heridilla hasta el propio sistema inmune. Te golpea y te mece. Baja tu nivel de estrés. Te acuna. Te hipnotiza con sus movimientos. Te cura. Quizá la playa solo sea un trámite para disfrutar de lo que nos sana de verdad. Si no, todos iríamos a la montaña, en la que también encontramos lo necesario. O, tal vez, solo buscamos los lugares que aún no hemos contaminado. O no del todo.
Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.
Arévalo es la capital del mudéjar de esta tierra. En su castillo vivió la reina que nos lleva hasta Madrigal. Esta villa de Altas Torres vio nacer a Isabel, reina de los castellanos, la Católica, nombrada por un papa valenciano. Seguimos hacia Fontiveros, otro pueblo de alta cuna. Allí nació San Juan de la Cruz, abulense pese a su segoviana sepultura. Y si seguimos el camino, aparece nuestra Santa Teresa y su palomarcito en Gotarrendura.
En Benuy-Salienro hay un dolmen calcolítico, con piedras muy bien plantadas y rodeadas de vacas. Siguiendo hasta Riofrío, después de curvas muy cerradas, podrás nadar en la balsa, entre sus gélidas aguas. Y hablando de aguas dulces, pasa el Alberche por Navaluenga. Ya camino de El Barraco, con sus quesos y cervezas, se te hará la boca agua.
En Cebreros llamas a la ESA y te saludan astronautas; dales un poco de vino y cantarán a la democracia. Si sigues camino de El Tiemblo, saluda a Carlos Reviejo. Luego podrás pasear por su castañar. Y si sigues hasta Casavieja, el valle del Tiétar atraviesas: allí podrás escuchar las rondas de los pastores en Navidad. Para llegar hasta Candeleda hay que pasar por el Balcón del Tiétar: en Pedro Bernardo, las mantas y alforjas de lana y los Machurreros son tradiciones bien recordadas. Y llegando muy al sur, limitando con La Vera, Candeleda sube al Almanzor desde la ermita de Nuestra Señora de Chilla. Siguiendo esos caminos llegarás hasta Arenas de San Pedro, con su castillo, su puente y las Cuevas del Águila al lado. Si quieres volver hacia el norte, atraviesa las Cinco Villas; cuando llegues a Cuevas del Valle, el Puerto del Pico cruza.
Una vez que lo has cruzado, tras recuperar oxígeno, el Pinar de Hoyocasero te aguarda en un desvío. Esta joya botánica es distinta en flora y fauna; puedes ir a pasar el día y buscar muy raras plantas. Por caminos cubiertos de piorno, al llegar junio, llegarás a Hoyos del Espino: podrás ver cabras en escultura y trotando por las peñas. Si continúas hasta El Barco de Ávila, un buen plato de judías te aguarda; bájalas en Piedrahíta si bailas con sus señoritas. Piedrahíta Goyesca frente al Palacio del Duque de Alba. Sigue hasta Bonilla de la Sierra, con su Procesión de los Negros en Semana Santa.
Más cerca de la capital, en Muñana, los quintos siguen celebrando el Carnaval. En Muñogalindo está Ibarrola, en la Dehesa de Garoza. Ambos son buenos lugares si te gusta la carne. Por una estrecha carretera llegas hasta Solosancho: Ulaca es, de los vetones, el hogar más conocido. Al lado, en Sotalbo, hay buenas vistas del castillo de Manqueospese, aunque pertenezca a Mironcillo. Y con esto voy acabando, pues ya voy llegando a El Fresno, donde oirás los cencerros de las Toras a principios de enero.
Este artículo, que es casi un listado, puede parecer fácil, pero me ha costado elegir, pues hay cuatrocientas sesenta y nueve localidades en la provincia y todas tienen su belleza, sus tradiciones y su magia. Pero la tonada que cantaba el Mester y hoy replico a veinticinco lo limitaba.
Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.
Siempre he sido una firme defensora de la literatura como modo de viajar. Quizá cierta cita de Emily Dickinson ha hecho demasiada mella en mí. Pero recurro a ellos cuando planeo un viaje a un lugar, nuevo o conocido, de la misma manera que habito en ellos cuando no puedo viajar más allá de los límites inciertos del cansancio y el dolor. Por eso, en esta ocasión me centro en libros ambientados en Castilla y León, para aquellos que quieran descubrirla por primera vez, pero también para aquellos que la llevamos tatuada en la sangre como espigas de trigo. A fin de cuentas, muchos pueblos se llenarán este verano.
Dijo una vez Miguel Delibes «Yo soy como los árboles: crezco donde me plantan» y yo siempre me he sentido así. Esto no quiere decir que no salgas del entono cercano, que no conozcas otros lugares, que no tengas interés por lo desconocido: al contrario, es descubriendo sitios distintos y disfrutándolos, persiguiendo la curiosidad, como se llega a saber que perteneces a una tierra, que te da lo que necesitas (casi siempre), que no necesitas huir a la mínima porque eres feliz en tu hogar. Por eso, las próximas semanas descubriremos ese árbol que crece en las palabras y que se va estrechando hasta el cielo, ese que en Castilla es tan alto porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo. O eso también decía don Miguel. Disfruten hoy de las raíces.
TÍTULO: El Lazarillo de Tormes
AUTOR: Anónimo
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Por todos conocido: un pícaro salmantino tiene que ganarse la vida y para ello pasa por distintos amos hasta que logra establecerse. El primer tratado, el del ciego, es por todos conocido e irónicamente el más pobre. Según avanza la obra aumenta la profundidad de la mesma, quedando patente porque casi quinientos años después seguimos arriesgándonos con una obra en castellano antiguo.
TÍTULO: Entre visillos
AUTOR: Carmen Martín Gaite
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Carmen Martín Gaite nos narra su Salamanca natal, una vez más sin nombre, retratada como ciudad de provincias y con un peso fundamental de la intrahistoria que parece impregnar la literatura ambientada en Castilla y León inevitablemente, para narrarnos el regreso a su ciudad de Pablo Klein y su relación con distintos personajes. Una obra que nos muestra una perspectiva femenina, no siempre presente en la literatura de la tierra, ante las limitaciones que tenían y la frustración que eso produce.
TÍTULO: Castilla para Isabel
AUTOR: Jean Plaidy
EDITORIAL: Ediciones B
ARGUMENTO: Me encanta esta novela escrita por una autora británica en los años sesenta porque capta muy bien la idea de que la realidad supera a la ficción: no hay novela de fantasía medieval que supere la historia de nuestra reina. Este primer tomo —es una trilogía completada por España para sus soberanos y Las hijas de España—, se narra la infancia de Isabel y sus muchas luchas por poder llegar al trono de Castilla. Veo en este libro, además, algunos momentos no verificados históricamente que también aparecen en la serie Isabel, así que no sería descabellado pensar que este libro tuviera algo que ver en la concepción de la serie. Además… me encanta el título.
TÍTULO: Santa Teresa is different
AUTOR: Percy Hopewell
EDITORIAL: Funambulista
ARGUMENTO: Con motivo del V Centenario de Santa Teresa, un escritor inglés pasa una temporada en Ávila, descubriendo la figura de la Santa, su ciudad y provincia, la idiosincrasia de la zona y algunas personas que los abulenses también conocemos. El típico libro de viajes… ambientado en mi ciudad. ¿Qué más se puede pedir?
TÍTULO: Riofrío, un pueblecito de Ávila
AUTOR: Azorín
EDITORIAL: Austral
ARGUMENTO: Este libro es a la vez el más conocido y desconocido de este pueblo maravilloso. Los habitantes, que no lo han leído en su mayoría, esgrimen que Azorín les llama borrachos y otra serie de improperios, sin tan siquiera haber pisado por allí, por lo que el autor es persona non grata en el pueblo. Sin embargo, la historia es bien distinta. En una feria del libro otoñal, descrita con una belleza noventayochesca absoluta, encuentra un libro escrito por un cura que habitó en el pueblo. Al leerlo, siente que entre sus páginas se desvirtúa al pueblecito y va respondiendo con fina ironía a todas las quejas del reverendo. Una joya que, aunque pueda parecer tremendamente localista, destaca por la universalidad de las bondades y defectos de la vida en una pequeña comunidad. Y, desde aquí, dejo por escrito el llamamiento que les he hecho a mis amigos en ese pueblo más de una vez: por favor, leedlo y dejad de vilipendiar al pobre Azorín.
TÍTULO: Historias de la pequeña ciudad
AUTOR: Antonio Pascual Pareja
EDITORIAL: Pre-textos
ARGUMENTO: Este libro es más reciente, de 2019, pero su autor, como yo, claramente quiere escribir como la generación del 98 y, de hecho, lo hace. En una ciudad gris y anodina —de la que no dice el nombre, ni lo diré yo, pero es paisano mío— parece que no pasa nada, mientras que, historia a historia, pasa todo. O lo que es lo mismo. Un nuevo viaje a la intrahistoria. Y es que desde hace siglos en esta tierra, lo importante es lo que se vive en el día a día.
TÍTULO: Hontoria
AUTOR: Juan Carlos Galindo
EDITORIAL: Salamandra
ARGUMENTO: Un periodista segoviano investiga un triple crimen cometido un año antes y que le llevará a meterse de lleno la red de intereses de las altas esferas segovianas. Esto en Ávila nunca pasaría.
TÍTULO: Romancero viejo
AUTOR: Anónimo
EDITORIAL: Cátedra
ARGUMENTO: Literatura de tradición oral pura y dura en esta recopilación de romances de temática histórica, francesa y novelescos/fantasiosos y que es uno de los pilares de nuestra literatura. Entre sus páginas encontraremos al Conde Olinos o a Moraima, por hablar de los más famosos en este libro que es una lucha contra el olvido pero que parece olvidado en los últimos tiempos, pese a que algunos de sus textos se pueden incluso escuchar en la voz de Nuevo Mester de Juglaría. O dicho de otra manera: la raíz más profunda de la literatura, no solo castellana, sino española y europea.
La maleta de los libros no es cosa menor, o como dijo un presidente, es cosa mayor. Párese usted a pensar si tiene que elegir libros para dos meses, cuánto tardará en buenas narraciones seleccionar. Pues uno nunca sabe que le apetecerá leer, si habrá historias suficientes para tanto tiempo rellenar. Yo hago listas y listas y pienso en la sombra del árbol bajo el que leeré mientras sus hojas me abanican. Cuando pienso que ya he elegido suficientes, me doy cuenta de que no es cierto, de que me faltan páginas que me refresquen.
Hay de todo en la maleta más maravillosa sobre la faz de la tierra: la llamamos la maleta de libros, tiene ruedas, es de tela y se estira que no veas. Es increíble la cantidad de volúmenes que caben en su habitáculo y una vez cerrada puedes meter alguno de propina, pues sigue habiendo espacio. Por eso, pese a que haga muchas listas, siempre acabo metiendo más, no vaya a quedarme sin lectura. Y sobra decir que al final, siempre se me olvida algún libro fundamental, justo ese, el que no sabía que necesitaba leer pero una vez metida en harina, no puedo pasar sin él.
O te apetece releer los libros que más te gustan, los que lees siempre, pues son como un hogar al que siempre regresas cuando la paz buscas. Yo este problema ya lo tengo solucionado: mis libros esenciales tengo por duplicado, en mi casa y en la de mis abuelos, si quiero leerlos los tengo al momento. Dirá el lector práctico: ¿no sería más fácil tener un ebook? La respuesta es: NO, el lector clásico sabe lo que digo (aunque tengo libro electrónico, de su practicidad no dudo, pero la limito).
Qué cosa tan curiosa es planificar las lecturas de los próximos dos meses, cuando no sé que leeré al acabar este libro tan bonito ni la semana que viene. Sin embargo, hay algunos que sí, que desde el inicio, sabes que quieres leerlos ahí, cuando lleguen las vacaciones y puedas perderte entre sus páginas sin más obligaciones.
¿Les cuento la parte chunga de la historia? En casa de mis abuelos, los libros también sobran, pues tengo una biblioteca apasionante, de esas con estanterías de madera, chimenea y un cheslón bien grande. Así que también tengo lectura allí, pero es fundamental llevar lo que quiero leer desde aquí.
Lo mejor es que da igual qué libros que elija, algunos los leeré y otros volverán sin haberse abierto, compraré muchos nuevos y el maletero volverá repleto. Igual al lector le parece que tengo un problema: no lo negaré, aunque no pienso tratarlo, pues no me importa. Puede que a usted también le pase. Enhorabuena, es algo muy disfrutable.
Antes de acabar este artículo, me gustaría dedicárselo a un amigo que jamás vivirá este drama, pues cuando el verano asoma sabe qué libro leerá, lo tiene previsto desde que el calor retorna. Es siempre el mismo y de esas vacaciones no pasará sin acabarlo, pero a la hora de la verdad, solo traslada el volumen de la estantería a la mesita, donde lo olvida sin piedad. Hasta yo me sé ya el argumento del ansiado ensayo con el que nos metemos con él cuando anuncia que el momento de leer ha llegado. ¿Y saben lo que les digo? Que nunca lo acabará, pero no pasa nada, pues las vacaciones, ante todo, son para descansar. La suerte que algunos tenemos es que entre las páginas nos perdemos y mientras reposamos, mil aventuras viviremos.
Tanto es lo que me ha gustado Vallesordo que no sé ni por dónde empezar a hablar de él. Al principio, pensaba ponerle en una recopilación de libros sobre Castilla y León, pero ha sido tal su impacto que he decidido hacerle una publicación aparte. No es para menos ya que este libro recoge uno de los tipos de literatura que más me gusta y que aspiro a hacer: la literatura de raíz, en la cual, a través del paisaje y sus gentes, se explica el territorio, todo ello con un estilo literario que encuentra en la tradición oral su voz perfecta.
En este libro encontramos a Nico, un niño que vive en un pueblo de Zamora, uno de esos que aún permanecen vivos y que todavía tiene escuela, bar y niños, pero no se sabe por cuánto tiempo. En este pueblo vive con sus padres, que no tienen buenas relaciones entre ellos y con su abuela, que, como siempre pasa con las abuelas, es la única que lo entiende todo, aunque no siempre lo parezca. Cada tarde le gusta ver e imitar las coreografías de su programa favorito. Fama… ¡A bailar! y sigue la competición muy de cerca cuando descubre que van a hacer Fama Kids y que habrá una audición en Zamora. Y, con su sueño de convertirse en bailarín, pasa el verano entre juegos con sus amigos, Izan y Telma, noches a la fresca con su abuela y su tía, intentando escaquearse de ver Surcos con su padre y sobrellevando los problemas de su madre, pasa el verano ensayando para lograr un sueño que, en un pueblo tan pequeño, no todos entienden.
Cualquiera que lea este argumento nunca identificaría la obra con Miguel Delibes ya que el objetivo del protagonista es convertirse en una estrella del baile y de la tele, algo tan alejado del autor vallisoletano que puede desviar la atención de lo importante, las personas. Y sin embargo, Jonathan Gutiérrez, desentierra todo lo que es importante en la obra del escritor insignia de nuestra tierra para recoger el testigo y mostrarnos la situación del campo castellano, los pueblos y sus habitantes, todo a través de la mirada de un niño inocente que ya es del siglo XXI y cuyos problemas son los mismos pero con matices distintos. Todos nos podemos reconocer en la voz de Nico y los que habitamos esta tierra también podemos reconocer nuestro hogar, en le que pasa el tiempo, cambian los autores y las voces literarias, pero no evoluciona.
Por si eso no fuera poco, la prosa, de marcada oralidad, es fluida y divertida, engancha al lector desde la primera página, haciendo que su lectura dure mucho menos de lo que nos gustaría seguir metidos en el libro.