Elegía en prosa a un juglar castellano

Al acabar el año pasado, nos dejó Luis, el del Mester. Está fue mi manera de rendirle homenaje.

¡Que ondeen a media asta los pendones comuneros! ¡Que giman las dulzainas y toquen a muerto los tamboriles! ¡Que resuenen las bandurrias al ritmo de nuestro corazón! Colgad crespones negros en el acueducto y en el Alcázar de Segovia, en las murallas de Ávila y en las plazas mayores de Salamanca y Valladolid, en las catedrales de Zamora y Burgos, en San Saturio, en Soria, en el Cristo del Otero, en Palencia y hasta en León, mientras se tiñen de duelo todas las plazas de los pueblos de nuestra región. Sacad los manteos de luto y poned un brazalete negro a la estatua de Juan Bravo, pues nos ha dejado un gran juglar castellano. 

Esto no es un obituario, sino una elegía para expresar lo que muchos hemos sentido cuando ha dejado de sonar su música. Nos ha dejado Luis Martín, Luis el del Mester, y el vacío que deja es tan grande que no lo llenan las palabras que nos recuerdan quién fue. Tal vez porque los hechos se desvanecen y siempre quedan atrás, pero el sentimiento permanece fuerte y es lo que nos hace recordar. Luis, como sus compañeros del Mester, era una persona del pueblo, cercana y con quien podías hablar, siempre dispuesto a ayudar. Su voz de timbre suave era perfecta para cantar, pero también para narrar. La conmoción por la pérdida de su persona está claramente descompensada al tiempo que pude conocerle o hablar con él en persona, pero estaba presente en mi día a día, de la misma manera en que en mi vida es patente su influencia. No lamentamos solo la pérdida personal, es un dolor colectivo que va mucho más allá. Algo ha cambiado irremediablemente, aunque sigamos disfrutando de su música y bailando jotas en los conciertos, su ausencia será notable.

En este caso, al menos, muchos de los que hemos penado le conocíamos en realidad, pero a veces pasa por gente con la que nunca charlarás. La pena que nos invade cuando muere una persona que nos ha tocado a través de la cultura en nuestra vida es un fenómeno curioso. Es muy habitual y en la época de las redes sociales se hace más que patente en las publicaciones cuando desaparece alguien que ha influido en quiénes somos. Y, sin embargo, al no ser personas de nuestro entorno, la tristeza se torna extraña, casi como una extravagancia caprichosa sin razón real de ser. Pero no nos equivoquemos. Hay personas que forman parte de nuestra vida y dejan una huella importante en quiénes somos, aunque no lleguemos a acceder a ellos sino a través de sus medios de expresión.

¿Volverá a tañer la bandurria cuando a los árboles retorne la flor? Y ¿al llegar el mes de abril, quién me hablará desde Torrelobatón?, ¿volverán las lágrimas como las amapolas al trigal? ¿Cuándo volverán a brillar los secanos bajo el sol? ¿Y al pasar el cartel de Mojados? ¿o cuando me arrizca de frío al pasar el Puerto el Pico? Una cosa es cierta: pasará más de un año para volvernos a ver. Pero no para escuchar, celebrar, ni bailar. Porque lo importante ha quedado y aunque pase el tiempo, persistirá.


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