Jota de la Santa

Ilustración de Kasandra

Jota castellana para Santa Teresa de Jesús.

Tal día como hoy, un 28 de marzo, nació Santa Teresa de Jesús en Ávila. Por eso, rescato esta jota que le escribí para el pasado día de la Santa.

Por todos es sabido que hay dos cosas en nuestra ciudad que son reconocidas como muy importantes por toda la humanidad. Una son las murallas y otra es la Santa, y con motivo de sus fiestas me he parado a pensar que, si las murallas tienen su jota, a Santa Teresa no la cantamos con acervo popular y me he propuesto solucionarlo con una tonada que se pueda cantar. Aquí está el resultado: la pueden aprovechar, eleven sus voces contentos para disfrutar de esta novedad. Solo les pido clemencia por los errores, pues es mi primera jota; pero he disfrutado componiéndola, ha sido una experiencia natural y maravillosa. Aprovecho para tener un recuerdo para la Virgen de la Soterraña que ya era nuestra patrona en tiempos de la Santa, pero que tras la vida de esta, fue perdiendo lustre y aunque conserva el título de patrona, Santa Teresa ha ocupado su sitio por aclamación popular. Sin más preámbulos aquí va, la Jota de la Santa: pueden cantarla y también bailarla, para eso está.

Jota de la Santa

La Santa no es la patrona,

la Santa no es la patrona.

Pero es tan grande su historia,

que le dimos la corona

y cuando media octubre,

la adora la muchedumbre.

La Santa no es la patrona.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Santa Teresa, escritora,

Santa Teresa, mujer,

monja y reformadora.

De la Iglesia su doctora.

¿Qué más se puede ser?

Pues también era abulense,

Santa Teresa, escritora.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

¡Ay, qué suerte que tenemos!

Con esta mujer errante,

¡ay, qué suerte que tenemos!

Andariega caminaba,

y conventos reformaba.

Andariega caminaba,

¡Ay, qué suerte que tenemos!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Escribía y escribía,

Santa Teresa leía,

Escribía y escribía:

la llamaban letraherida, 

un placer es su poesía,

Santa Teresa leía,

¡Escribía y escribía!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Ya nos vamos levitando,

y con la lengua hecha pedazos

ya nos vamos levitando.

Que tan grande es nuestro amor,

que es difícil explicarlo,

que es difícil explicarlo.

Ya nos vamos levitando.

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡A la Santa cantamos,

esta jota en su honor!

Y aquí acaba esta jotilla,

para cantarle a la Santa,

y aquí acaba esta jotilla

vistámonos elegantes

y con nuestros manteos,

bailemos en plena calle.

¡Que aquí acaba esta jotilla!

A la Santa cantamos,

esta jota en su honor,

porque los abulenses

la adoramos con fervor,

la bailamos con pasión, 

la adoramos con fervor.

¡Esta jota en su honor,

a la Santa Cantamos!

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2025.

La ilustración es de la genial Kasandra

El canto del narciso

Cuenta Ovidio que la ninfa Eco se enamoró del apuesto joven Narciso. Como ella no podía más que repetir la última palabra de lo que él decía, quedó intrigado y la buscó pero, cuando la tuvo ante él, la rechazó, volviéndola tan solitaria que aún hoy cuesta encontrarla. Némesis, la venganza, decidió tomar cartas en el asunto y consiguió que el joven contemplase su reflejo en un río. Narciso quedó tan prendado de si mismo que en algunas versiones se ahogó intentando alcanzarse y en otras se dejó morir a la orilla del arroyo contemplando su reflejo. Sea como fuere, de los restos del joven más bello de la mitología, surgió una flor amarilla, con una alegre trompeta que, curiosamente, en nuestros días no representa el egoísmo y la vanidad, sino el resurgir, los nuevos comienzos y la esperanza. 

Como un fénix vegetal, esta planta bulbosa aparece al final de invierno, en ese momento de cansancio generalizado, cuando se aleja la motivación y parece que la temporada fría nunca tendrá fin. Los tres primeros meses del año suelen ser particularmente duros: las fiestas navideñas concluyen y ante nosotros solo se haya la perspectiva de los días cortos, fríos y desnudos. Sin apenas color, sin floración, solo un ir y venir de cotidianidad desangelada que parece no acabar jamás. Estos meses pueden ser de gran desánimo, pero todo cambia cuando aparecen las trompetas gualdas de los narcisos devolviendo color a la tierra yerma. Casi se les puede oír cantar, entonar una invocación a la primavera que escucharán otros bulbos, como iris, jacintos o tulipanes, que correrán a su encuentro y que despertará a los árboles de hoja caduca, que regresarán de su sueño con un manto de color que volverá a llenarnos de calor el corazón. Pronto los días volverán a ser bellos, el calor del sol volverá a hacerse notar y las lluvias intermitentes llenaran de vida los campos, haciendo del invierno un sueño del pasado. Nos precipitaremos hacia el estío, hacia los días en los que nuestros cuerpos, como las hojas de una planta, buscan la luz del sol para nutrirse y llenar de savia nuestras existencias.

Todo ello surge de algo tan pequeño como el cornetín de una planta amarilla que no vive más de veinte días y que, sin el frío de las heladas invernales, no florecería. Una vez al año brotarán de la tierra escarchada y durante poco más de un mes podremos ver cómo cubren los prados que aún visten de luz gélida con manto gualdo macbethiano que grita “no hay noche tan larga que no termine en día”. Tristemente, salvo que los cultives en casa, no es tan fácil ver este anuncio primaveral en un paseo por el campo. Su floración se limita a hogares y jardines privados y tan solo se puede apreciar en lugares específicos. Uno de ellos es la Fuente de los Narcisos, en La Granja de San Ildefonso. Pero no se dejen engañar por el nombre, no es más que un bebedero que una vez al año queda rodeado de flores amarillas. No obstante, esa es parte de su magia, ya que, en un pilón en un lugar que todos reconocemos por la magnificencia de sus fuentes, en el momento en el que el jardín está más yermo, con las ramas vacías, las hojas marchitas y la tierra escarchada, una vez al año se produce el anuncio más deseado. El invierno se acaba, la primavera está cerca. Qué renazca la esperanza que ha surgido de la misma tierra helada. O más bien que ha surgido porque la tierra ha estado helada.

Libros sobre escribir

Una selección para aquellos que amen tanto la lectura que quieran saber más sobre el proceso de escritura y para aquellos que quieran escribir y no sepan por dónde empezar.

Escribir y leer. Dos caras de la misma moneda. Encuentro y huida, fantasía o realidad: dos maneras de articular el mundo y comprender la existencia que asociamos con la felicidad. Hay un tipo de libros del que hoy os voy a hablar. Los que hablan sobre la escritura, los que nos mueven a sentarnos a narrar o cómo hacerlo si queremos comenzar. Hay quien tiene miedo al papel en blanco, que piensa que no debe hacerlo, que es para unos pocos iniciados. Pero escribir es una magia singular, puede hacerlo cualquiera, solo es cuestión de empezar. No se trata de que seamos Cervantes, Virginia Woolf o Calderón de la Barca, lo importante es que disfrutes mientras deslizas el bolígrafo por la página. O tal vez solo escribas para sanar o lleves un diario que más adelante te sirva para recordar. Cuanto más practiques, como todo en la vida, mejor lo harás, y con algunos de estos libros, algo aprenderás que a buen seguro te ayudará. Disfruta de la palabra escrita en todas sus facetas; es fantástico si lo intentas.

LA ENFERMEDAD DE ESCRIBIR

AUTOR: Charles Bukowski

EDITORIAL: Anagrama

ARGUMENTO: En este volumen se recogen los fragmentos de los diarios del escritor en los cuales habla sobre escribir. Traslada muy bien la belleza y la lucha que se experimenta al relacionarse íntimamente con la palabra escrita.

PROUST. ESCRIBIR

AUTOR: Marcel Proust

EDITORIAL: Páginas de Espuma

ARGUMENTO: Este libro recoge los fragmentos de la obra de Proust en los que habla sobre arte y literatura. Es un buen compendio, ya que su obra está plagada de este tipo de reflexiones.

MANIFIESTO: SOBRE CÓMO NO RENDIRSE

AUTOR: Bernardine Evaristo

EDITORIAL: AdN

ARGUMENTO: En este libro la autora inglesa retrata su vida como novelista, exponiendo lo duro que es, el trabajo que lleva pero cómo si persistes puedes llegar adonde quieras.

DIARIOS DE VIRGINIA WOOLF

AUTOR: Virginia Woolf

EDITORIAL: Tres Hermanas

ARGUMENTO: Los diarios completos de la autora nos muestran una imagen de su día a día única. Y en ellos, aparte de comprar guantes y cenar con amigos, se puede ver el proceso completo de una obra, desde los primeros pensamientos hasta el lanzamiento, pasando por los primeros borradores, las primeras lecturas, la revisión y también la labor de imprenta que llevaban a cabo en su propia casa.

ESCRIBIR FICCIÓN

AUTOR: Gotham’s Writers Workshop

EDITORIAL: Alba

ARGUMENTO: Este libro es una guía muy completa sobre todo lo que es necesario saber para manejarse por los mundos de la ficción y con ejercicios para comenzar a escribir. Además usan un mismo relato corto —Catedral, de Raymond Carver— a lo largo de todo el libro para poder ilustrar lo que explican.

GUÍAS DE LA ESCUELA DE ESCRITORES

AUTOR: diversos autores de la escuela como Chiki Fábregat, Mariana Torres, Juan Gómez Bárcena, Javier Fonseca, José Ovejero…

EDITORIAL: Páginas de Espuma

ARGUMENTO: Desde Escuela de Escritores, que tiene muchos cursos de escritura, van llevando a cabo distintas guías para aprender a escribir. Cada libro es distinto, porque varían los autores. Yo he leído el de Infantil, que sí me gustó y el de Fantástico, que me resultó denso. Hasta la fecha hay publicados: Novela, Cuento, Infantil y Juvenil, Fantástico y Poesía.

GUÍAS DE ESCRITURA DE ALBA

AUTOR: Diversos autores, siendo la más frecuente Silvia Adela Kohan

EDITORIAL: Alba

ARGUMENTO: Guías para escribir distintos temas que van desde autoficción, escritura terapéutica, gramática, puntuación, estilo, reescritura, errores… 

Así que si os gusta escribir, dejad de buscar excusas y disfrutad con la pluma, tecleando o aprendiendo. No os diré que disfrutéis también de la fase de corrección, porque es más aburrida. Pero el aburrimiento forma parte de la vida.

Y tú, ¿te atreves a escribir? ¿tienes algún libro que te ayudase?

PIEDRAS DESCRIBIENDO PALABRAS

Hoy se falla el premio de la crítica de Castilla y León y quiero aprovechar para compartir con vosotros un artículo que escribí sobre una de las obras nominadas, El dolmen de María Ángeles Álvarez. (Actualización: ganó el premio de la crítica). No negaré la emoción que me embargó al describir su nominación primero por la amistad que me une a ella, pero también porque fuera con este poemario tan especial. Durante el proceso de escritura hizo algo inaudito en ella: nos fue leyendo versos de tan feliz que fue durante el proceso de creación. Además, tras varias vicisitudes, cuando la obra fue presentada quien acompañó a María Ángeles en la mesa fue mi madre. A ella no le gusta la poesía, pero ha encontrado en esta obra un texto que apela a sus más profundas emociones como arqueóloga y lo ha leído varias veces, lo ha recomendado e incluso regalado. Finalmente, me gustaría añadir que esta obra es la más representativa de su autora. Todo lo que es está ahí: la poesía, la arqueología, la naturaleza, la espiritualidad, el dolor… todo se conjuga en este maravilloso poemario que os recomiendo encarecidamente. Y la crítica de Castilla y León también. 

Quien convive con un arqueólogo conoce dos grandes verdades: es un oficio que consiste en pasar calor en verano y frío en invierno, y el resultado, por mucho que parezca que solo encuentran joyas y tesoros, no suele ir más allá de un puñado de huesos y muchas, muchas piedras. Pero también tenemos una certeza: les encanta. Revolver en la tierra y encontrar algo que tienen que descifrar, rastrear con los conocimientos que ya existen, hallar su lugar exacto en la historia. Muchas veces, sus hallazgos no harán más que complementar los datos del pasado que ya existen, otras les sirve para confirmar sus propias hipótesis; pero también hay momentos en los que encuentran pruebas que cambian las teorías y la historia que conocemos.

Aunque desde bien pequeña he tenido claro que era un oficio duro y no exento de riesgos, al que no quería dedicarme en absoluto, también he conocido la emoción del descubrimiento, la dicha por lo hallado, la excitación por la revelación. Sin embargo, hay algo que no comprendía hasta que tuve la suerte de escuchar a mi amiga, poeta y arqueóloga, entre otras cosas, María Ángeles Álvarez leernos los primeros versos de su poemario El dolmen —que sale a la venta el lunes—, y es la espiritualidad inherente a la excavación arqueológica. 

La poesía no es, ni de lejos, mi especialidad, pero encuentro en este poemario esa esencia poética asentada en el hablar de una cosa para comunicar otra. En este caso, no hablo de metáforas, porque sí, habla del dolmen de Bernuy, de su descubrimiento y su excavación, pero en esa relación con lo descubierto que lleva a una búsqueda superior a lo meramente humano, se comparte otra experiencia mucho más íntima y profunda: la del dolor. De la experiencia vital que supone convivir con ello y de un enfoque de exploración constante de significado, de sentido y desahogo que quizá solo puede llegar a través de la palabra escrita. 

En esta ocasión, la poeta deja atrás la belleza del campo y la naturaleza habituales en ella para entregarnos a la cara más amarga y dura del paisaje, al rigor de los elementos, a lo agreste propio de la prehistoria que descubrió, que excavó y que nos habla de un mundo indómito al que necesitamos encontrarle sentido. Piedras describiendo palabras, reza un verso, explicando en realidad qué supone este poemario para ella, qué podemos encontrar en él.

Y es ahí donde surge el espacio místico, la espiritualidad inherente a la persona que nos habla de comunión con el pasado al excavar, de la trascendencia de conectar con unas piedras que fueron tumbas y que nos remiten a que lo más básico, el dolor, la muerte, lo íntimo, profundo y sustancial no entienden de diferencias, ni siquiera temporales. La raíz es la misma. Esa raíz de la que María Ángeles ha hecho vida. Ya aparece en el segundo verso y es que las raíces son su especialidad: de plantas e históricas, todas la remiten a la más profunda de todas, la de el espíritu, en la que conectamos con nosotros mismos. Y el final nos llega, como no podía ser de otra manera, cargado de luz: la de las semillas, las de las plantas, la raíz primordial que nos permite respirar. Ven y vive, dice el poemario. Pero, en realidad, dice mucho más. Ven, siente, asimila, busca y encuentra. Y, con todo lo que te vas a encontrar, vive.

TÍTULO: El dolmén

AUTORA: María Ángeles Álvarez

EDITORIAL: Cuadernos del Laberinto. Anaquel de poesía.

Reflexiones sobre un poema de Machado

(O una machadiana llamada de la primavera)

Siento debilidad por un poema de Antonio Machado. Bueno, siento debilidad por toda su obra en general, y algunos poemas me resuenan más que otros, pero cuando llega esta época del año, sale el sol y la naturaleza empieza a avisar que la primavera está cerca, no puedo evitar oír en mi cabeza (en la voz de Pedro Casablanc, que lo recita como nadie en el documental Los días azules) estos versos:

El limonero lánguido suspende 

una pálida rama polvorienta, 

sobre el encanto de la fuente limpia, 

y allá en el fondo sueñan 

los frutos de oro… 

Es una tarde clara, 

casi de primavera, 

tibia tarde de marzo 

que el hálito de abril cercano lleva; 

y estoy solo, en el patio silencioso, 

buscando una ilusión cándida y vieja: 

alguna sombra sobre el blanco muro, 

algún recuerdo, en el pretil de piedra 

de la fuente dormido, o, en el aire, 

algún vagar de túnica ligera. 

En el ambiente de la tarde flota 

ese aroma de ausencia, 

que dice al alma luminosa: nunca, 

y al corazón: espera. 

Ese aroma que evoca los fantasmas 

de las fragancias vírgenes y muertas. 

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, 

casi de primavera 

tarde sin flores, cuando me traías 

el buen perfume de la hierbabuena, 

y de la buena albahaca, 

que tenía mi madre en sus macetas. 

Que tú me viste hundir mis manos puras 

en el agua serena, 

para alcanzar los frutos encantados 

que hoy en el fondo de la fuente sueñan… 

Sí, te conozco tarde alegre y clara, 

casi de primavera.

Al leerlos, siento una trascendencia física que irradia del centro de mi pecho hacia afuera y me traslada bajo mi limonero personal, a esas horas que algunos dirían perdidas —pero que son disfrutadas— en las que mirar y apreciar el entorno, el verde de las hojas, el cielo azul y, sí, el olor de la albahaca es lo único que cuenta. Mi piel puede sentir casi el calor del sol mientras, en mi mente, se producen esas imágenes con una nitidez tan real que solo pueden adquirir aquellas cosas que viven en ti, que forman parte de lo que eres. Prácticamente siento la música del viento, el ritmo de mi esquina favorita del mundo, bajo un plátano y un haya, que me traen la armonía de esa conexión natural que todos necesitamos y muchas veces perdemos. 

Machado sabe cómo nadie escoger la palabra exacta para que se quede en ti, despertando lo que más necesitas. Ese limonero lánguido, esos frutos que sueñan, ese hálito de abril y ese corazón que espera no es más que el alma que está hibernando o lo intenta: que descansa y se oculta cuando el frío arrecia y que recibe la llamada a la vida, a volver a brotar y a florecer, cuando sus palabras te atraviesan. Esa tarde alegre y clara, casi de primavera, que empieza a despertar con los primeros indicios de una nueva vida natural, tiene la esencia de la magdalena de Proust años antes de que él probase un bocado. La fuente clara, el blanco muro, el patio silencioso o la hierbabuena son nuestros pasaportes al recuerdo de las primaveras pasadas pero, por encima de todo, son un reclamo a las primaveras futuras. Sobre todo a esa que está cerca y que nos traerá la vida de vuelta.

FRONTERAS DE NARNIA

¿Conocen la historia de El sobrino del Mago? Aunque cronológicamente no es el primero de los libros que escribió C.S. Lewis de Las crónicas de Narnia, narra los orígenes de esta tierra mágica y de sus elementos, convirtiéndola, de hecho, en la primera historia del país al que, entre otras maneras, se puede llegar a través de un armario.

El motivo de este portal viene explicado en el libro, así como el momento en que la malvada reina Jadis ataca al león Aslan con una barra de hierro que ha cogido de un farol de Londres. El león, igual narniano de Gandalf o Dumbledore por centrarnos solo en las equivalencias literarias, ni se inmuta ante el golpe, asustando tanto a su rival que huye mientras la barra se clava en el suelo. De ella brota una farola en medio del bosque, un elemento humano y contemporáneo en una tierra fantástica donde los animales hablan, la magia crea vínculos insondables y los cuentos de hadas cobran vida. Esta farola será lo primero y lo último que verán los hermanos Pevensie en su primera aventura en los territorios de Aslan, convirtiéndola en una suerte de frontera entre el mundo real y el fantástico.

Este último año, caminando a paso lento me he fijado más en las cosas que hay a mi alrededor y he descubierto que estamos rodeados de fronteras de Narnia, de limites donde en medio de la naturaleza aparece una farola que nos da luz y nos guía por el camino. El mundo fantástico y el real se rozan más a menudo de lo que pensamos y lo uno no es sino la expresión de lo otro. Por mucho que la realidad sea aquello que verdaderamente ocurre y la fantasía a lo que recurrimos para transformar la realidad, literariamente hemos acabado por utilizar la segunda para explicar la primera. O para sobrellevarla. Pero cuando bajas el ritmo y observas las cosas más detenidamente descubres que todo aquello a lo que asociamos los mundos fantásticos no son más que elementos cotidianos transformados, pues la magia es mucho más común de lo que acostumbramos a pensar: un gesto, un momento, un animal… o una farola. Las chispas de la rutina son la parte visible del encantamiento que con frecuencia nos pasan inadvertidas.

Al ver que vivimos rodeados de fronteras de Narnia, he recordado que nosotros somos quienes enfocamos la manera que tenemos de vivir la vida y enfrentarnos a lo que nos pone por delante. Si vamos cargados de cuentos, tenemos una guía para salir adelante y enfrentarnos a lo que nos toque en cada momento. Que en lo más oscuro del bosque siempre hay una farola que te indica el camino a seguir para poder salir sano y salvo. Y que cuando lo hagas, tendrás los regalos hallados en la oscuridad, los que te han ayudado durante la travesía. Todo esto descubrirás antes de salir de la espesura, cuando empieces a ver la luz penetrar entre las ramas de los árboles. O cuando te encuentres con una frontera de Narnia.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024

El disputado voto del señor Cayo

En estos días, en que los castellanos estamos llamados de nuevo a votar, no dejo de pensar en el libro de Miguel Delibes El disputado voto del señor Cayo. Se trata de una obra corta, incluso para el autor, que se puede leer tranquilamente en una tarde, pero no por ello se trata de un texto sencillo. Posee esa maestría delibesiana para adaptarse a los tonos y discursos de diferentes sectores de la población, dando a cada palabra el peso justo para que funcione y, aunque se lea rápido, el mensaje permanezca dejando una profunda impresión en el lector que lo lleva a una parte fundamental de la lectura, la reflexión.

En la novela, seguimos a tres militantes de un partido que una tarde salen a recorrer algunos pueblos de la zona para hacer campaña electoral. En un principio los vemos en la sede del partido, gestionando la agenda, la propaganda, la prensa y todo aquello a lo que tienen que prestar atención. Pero después parten en coche y llegan hasta un pequeño pueblo en el que solo viven dos vecinos que no se hablan entre ellos. Allí les recibe el señor Cayo, un viejo campesino al que no pueden ofrecer nada, porque no han pensado en gente como él al preparar su proyecto político, pero con su sabiduría ancestral sobre la tierra y la naturaleza, su manera de hablar tranquila, herencia sin duda de la tradición oral, y su vida adaptada a los ciclos del campo, dejará una fuerte impresión en los políticos.

A un par de años de hacer los cincuenta, la obra, que se enmarca en las primeras elecciones democráticas en nuestro país desde la perspectiva de los pueblos abandonados y la Castilla más olvidada, es un emblema de la dejadez que el medio rural sufre desde hace tanto tiempo que no recordamos cuándo comenzó. Un tema en el que Delibes era un maestro y que siempre supo narrar como nadie. Pero, como siempre hacía el vallisoletano, la crítica sirve de denuncia de lo que no es visible al gran público, a la par que nos mueve a pensar y reflexionar. Leer a Delibes es plantearnos quiénes somos, en qué punto estamos, qué necesitamos y qué queremos para el futuro. En los tiempos que corren, tan alejados del señor Cayo que asusta, donde la naturaleza está al servicio del hombre, la lentitud es desdeñada y el discurso lejos de ser tranquilo es violento, inconsistente e hipócrita, la novela alcanza su significado más pleno y las enseñanzas de este hombre sencillo pueden suponer una diferencia. 

Pero, ojo, la novela no idealiza el campo ni la vida del señor Cayo, que se presenta tan dura como son las condiciones en muchos pueblos. El entorno rural tranquilo y olvidado se muestra en toda su crudeza, con todas las trabas que existen. En esto, Delibes siempre lo tuvo claro, defendió el campo sin poetizarlo, como sí podemos encontrar en otros autores que vieron la heroicidad en las miserias campesinas (y que a mí, personalmente, no por ello me gustan menos). Sin embargo, el eco de las enseñanzas del protagonista y su importancia resuenan por toda la novela. 

Con la degeneración política y social que vivimos en la actualidad, se hace patente la desconexión entre los que mandan y el pueblo, que lejos de sentir que piensan en él y en sus problemas, solo ve peleas para aferrarse al sillón. En una sociedad donde el gobierno no es ya un servicio al pueblo sino un reclamo del ego al cual se accede no a través de las propuestas, de la colaboración y del pensamiento en el bien común, sino de la violencia verbal que filtra a las capas más vulnerables de la población que ve cómo, en política, cuanto más se insulta y degrada al rival, más lejos se llega. Personas agresivas y furiosas que no buscan cooperar sino agitar y generan desconfianza y tristeza en la población. No hay opciones respetuosas ni una conciencia real de los problemas, distintos en cada lugar, ni proyectos reales de futuro, más allá de humillar al rival. La escucha, ignorada; el diálogo, inexistente: la reflexión y la autocrítica, canceladas. Como le pasa al señor Cayo, tengo la sensación de que ningún partido tiene ya nada que ofrecerme y sé que no estoy sola en este sentimiento. 

En un mundo en el que todo parece provisional, con segundas intenciones, volátil y diseñado para tirarse al poco tiempo de ser utilizado, esta lectura tranquila, profunda e intensa es un oasis en el que pararnos a reflexionar. Y encontrar en el señor Cayo un punto de referencia basado en un planteamiento sencillo de vida donde lo central no es el hombre, sino la naturaleza y, partiendo de ella, todo parece más profundo.

(Por cosas como esta, Quiero escribir como la generación del 98)

Autoengaño invernal

Fue una tarde de febrero cuando por fin salió el sol. Llevaba horas dando vueltas a la apariencia de este espacio. La tecnología no es lo mío y me estaba volviendo loca. Tenía esa impresión en la que la cabeza se te cierra y todo te parece extraño, no solo por el uso continuado del ordenador, sino por dar vueltas una y otra vez, intentando conseguir algo, pero sin estar siquiera cerca de conseguirlo, cuando sientes que hay una conspiración digital que está en contra tuya y ninguna instrucción funciona. Seguro que conocen esa sensación, ese embotamiento que se te pone a la altura de los ojos, fruto de las pantallas, la sensación de inutilidad y el fracaso total y que parece difícil de hacer desaparecer, te acompaña aunque cambies de actividad y solo el aire fresco te ayuda a resetear. 

Esa era la única solución posible, así que decidí bajar al parque. Nada más salir a la calle, me di cuenta de que era uno de esos días: días de autoengaño invernal, cuando templa y quieres pensar que el invierno ha acabado y la primavera acaba de llegar. Una tarde soleada en la que la temperatura ha mejorado y los días ya son más largos. La gente sale a la calle, el parque se convierte en un lugar colmado en el que todos anhelamos la primavera, el calor, el tiempo para disfrutar de la calle. Los que deambulábamos por el parque en realidad soñábamos con que había pasado un mes y la vida volvía lentamente a nosotros mientras las flores brotaban para acompañarnos en ese volver a florecer. Crucé el parque y me senté en el círculo del final; un montón de barcos rodeados de árboles con una fuente de piedra antigua en el centro, como una plaza espontánea, un lugar para descansar. 

Sentada en un banco miraba a mi alrededor, los árboles, desangelados, me recordaban que aún no había llegado la siguiente estación, pero el aroma de la leña lo hacía todo más acogedor. Dos perros pequeños pasaron por delante de mí, sueltos, jugando: se daban caza y captura y en el suelo acababan revolcados. Entonces apareció una mujer paseando un perro grande. El dueño de los pequeños los silbó para que volvieran al instante. Ellos levantaron las orejas y corrieron hacia él, pero el más pequeño no pudo evitarlo y volvió hacia el perro grande para enfrentarse con él. El grandullón se lo tomó con calma, le pegó un buen revolcón, cuidadoso y sin ninguna saña, pero transmitió claro su mensaje: conmigo no tienes nada que hacer, vete con quién te llama. El perro chiquito retrocedió, parecía que había aprendido la lección. Pero entonces, camino de donde estaba su amo, se volvió como si pensase intentarlo otra vez. El mayor levantó las orejas mientras el otro emprendía hacia él la carrera. Pero se detuvo a la mitad, giró y volvió con su amo y por fin se pudieron marchar. Parece que sí, que el pequeño había visto lo que le podía pasar y decidió que con esa piedra solo una vez se iba a tropezar. Sin embargo, pese a la primera llamada de su amo, tuvo que ir a ver por sí mismo lo que le podía pasar. Como un humano que tira de refranero y que nadie aprende en cabeza ajena grita a los cuatro vientos.

Luego vino un mirlo, saltando de rama en rama. Pese a su alegre melodía, se notaba que los árboles aún dormitaban. Lo vi trazar media circunferencia de un árbol a otro y cuando decidí que era el momento de ponerme en marcha, la campana de iglesia empezó a tocar con su tañer poderoso. No esperaba ese arrebato, que me detuvo a medio levantar, mi corazón de alegró con el gozo que resonaba trayendo aún más tranquilidad. La escuché antes de levantarme y darme la vuelta, la sensación de tarde calmada en un pueblo no podía ser más completa. Al emprender el camino de vuelta ya ardía el horizonte y así no era posible el autoengaño, un asombroso cielo naranja de esos que solo se ven en invierno me iba abriendo paso. Las ramas desposeídas de los árboles se recortaban contra el atardecer y en ellas no había ni un solo rastro de que ya fuera a florecer. Al seguir el camino apareció un nueva imagen en la distancia. La torre de la catedral sobre el arrebol se difuminaba. Cómo no iba a disfrutar de un rato así: el embotamiento y la sensación de fracaso hacía tiempo que habían desaparecido de mí. Contenta me pareció el final perfecto a un rato de parque muy completo. Pero antes de salir había una sorpresa más: los bebés vencejo aprendían a volar. Pequeños y volando bajo, se dejaban llevar y aleteaban al rato. Ya en casa pensé que fenomenal es tener un parque cerca para poder desconectar.

En días como este me doy cuenta de una gran verdad: me paso la vida escribiendo en mi cabeza, con la mirada y con el corazón, pero si quiero que puedan leerlo, también tengo que llevarme bien con el ordenador.

La pausa

Hoy se cuela el sol por la ventana e ilumina un ramo de tulipanes. Morados, blancos, rosas tan claros que se funden a crema. Ya ha llegado ese momento del año en el que ha pasado lo más crudo del invierno y empiezan a aparecer bellas señales, pequeñas pero capaces de crecer en tu interior, de que la primavera está a punto de llegar. Una primavera —un particularmente bonito mes de abril—, comenzaba la andadura de este espacio con un texto que decía así:

En Japón, en el mes de abril, florecen los cerezos. Es el momento en el que los habitantes del país nipón dedican a los comienzos: comienza el curso escolar, la universidad, se abren nuevas etapas y proyectos. Por eso esta primavera, en la que los cerezos han adelantado su floración, en este mes de abril que es el mes del libro por excelencia, he decidido empezar con este blog dedicado a ello: a la literatura, a la belleza, al bienestar que solo las cosas pequeñas son capaces de regalarnos. Pasen y lean. Y, sobre todo, disfruten.

Pero apenas acabó el verano, parecía que el blog había sido abandonado. Sin publicaciones nuevas, sin comentarios: nada de nada. La realidad, sin embargo, era otra. No estaba abandonado, no más que mi propia vida que fue puesta en espera por una sorpresa un tanto inesperada. El covid persistente hacía acto de presencia, silencioso pero certero, atenazando cada parte de mi cuerpo, dejándolo exhausto, sin fuerzas y con dolor, mucho dolor. También mi cabeza parecía pagar las consecuencias. Vagaba a la deriva, se quedaba en blanco, cualquier pensamiento era fruto de un esfuerzo continuado. 

Con gran dificultad fui consciente de esta nueva realidad, todo quedaba en suspenso, la pausa era una realidad. Lentamente voy mejorando. Me comparo con la situación en que estaba hace tres largos años y es mucho lo que he avanzado. La vida sigue sin ser completa, pero ya no está tan parada. Llevo una existencia a tiempo parcial en la que cada momento bueno que tengo hay que aprovecharlo, sabiendo que entre medias tendré que parar a recuperarme o que tal vez un brote vuelva a ponerme en pausa y mientras tanto, una jornada parcial vivida es mejor que seguir esperando. También he aprendido mucho en estos últimos años. A vivir a un ritmo lento, que me ha venido obligado, a escuchar a mí cuerpo y saber qué necesita y que solo depende de mi dárselo. Uno no es consciente hasta que se ve obligado a echarlo todo de menos de cuánto hacía al cabo del día. Cuántos proyectos tenía en marcha, cuántas cosas mi atención merecían. He hecho un cursillo intensivo de lo que es importante de verdad y, aunque aún no esté bien (si de repente desaparezco, no se sorprendan; puede pasar), este espacio vuelve a recomenzar: a paso lento, los vídeos igual aún tardan en volver, pero no olvidaré, iré poco a poco, a mi nuevo ritmo, hoy me conformo con reaparecer. La belleza, el lenguaje escogido quiero recuperar. Espero que vuelvan a acompañarme, en este camino de palabra escrita: antes hablaba de libros y de cosas pequeñas y ese seguirá siendo el tema. Pero desde una perspectiva algo distinta, aunque no desencantada, en la vida hay que afrontar las adversidades y quién sabe si aquello que te enseñan, podrás transformarlo en arte. Como hace el sol que ilumina los tulipanes: lo lleva al siguiente nivel con una belleza que puede embargarte.