Fue una tarde de febrero cuando por fin salió el sol. Llevaba horas dando vueltas a la apariencia de este espacio. La tecnología no es lo mío y me estaba volviendo loca. Tenía esa impresión en la que la cabeza se te cierra y todo te parece extraño, no solo por el uso continuado del ordenador, sino por dar vueltas una y otra vez, intentando conseguir algo, pero sin estar siquiera cerca de conseguirlo, cuando sientes que hay una conspiración digital que está en contra tuya y ninguna instrucción funciona. Seguro que conocen esa sensación, ese embotamiento que se te pone a la altura de los ojos, fruto de las pantallas, la sensación de inutilidad y el fracaso total y que parece difícil de hacer desaparecer, te acompaña aunque cambies de actividad y solo el aire fresco te ayuda a resetear.
Esa era la única solución posible, así que decidí bajar al parque. Nada más salir a la calle, me di cuenta de que era uno de esos días: días de autoengaño invernal, cuando templa y quieres pensar que el invierno ha acabado y la primavera acaba de llegar. Una tarde soleada en la que la temperatura ha mejorado y los días ya son más largos. La gente sale a la calle, el parque se convierte en un lugar colmado en el que todos anhelamos la primavera, el calor, el tiempo para disfrutar de la calle. Los que deambulábamos por el parque en realidad soñábamos con que había pasado un mes y la vida volvía lentamente a nosotros mientras las flores brotaban para acompañarnos en ese volver a florecer. Crucé el parque y me senté en el círculo del final; un montón de barcos rodeados de árboles con una fuente de piedra antigua en el centro, como una plaza espontánea, un lugar para descansar.

Sentada en un banco miraba a mi alrededor, los árboles, desangelados, me recordaban que aún no había llegado la siguiente estación, pero el aroma de la leña lo hacía todo más acogedor. Dos perros pequeños pasaron por delante de mí, sueltos, jugando: se daban caza y captura y en el suelo acababan revolcados. Entonces apareció una mujer paseando un perro grande. El dueño de los pequeños los silbó para que volvieran al instante. Ellos levantaron las orejas y corrieron hacia él, pero el más pequeño no pudo evitarlo y volvió hacia el perro grande para enfrentarse con él. El grandullón se lo tomó con calma, le pegó un buen revolcón, cuidadoso y sin ninguna saña, pero transmitió claro su mensaje: conmigo no tienes nada que hacer, vete con quién te llama. El perro chiquito retrocedió, parecía que había aprendido la lección. Pero entonces, camino de donde estaba su amo, se volvió como si pensase intentarlo otra vez. El mayor levantó las orejas mientras el otro emprendía hacia él la carrera. Pero se detuvo a la mitad, giró y volvió con su amo y por fin se pudieron marchar. Parece que sí, que el pequeño había visto lo que le podía pasar y decidió que con esa piedra solo una vez se iba a tropezar. Sin embargo, pese a la primera llamada de su amo, tuvo que ir a ver por sí mismo lo que le podía pasar. Como un humano que tira de refranero y que nadie aprende en cabeza ajena grita a los cuatro vientos.
Luego vino un mirlo, saltando de rama en rama. Pese a su alegre melodía, se notaba que los árboles aún dormitaban. Lo vi trazar media circunferencia de un árbol a otro y cuando decidí que era el momento de ponerme en marcha, la campana de iglesia empezó a tocar con su tañer poderoso. No esperaba ese arrebato, que me detuvo a medio levantar, mi corazón de alegró con el gozo que resonaba trayendo aún más tranquilidad. La escuché antes de levantarme y darme la vuelta, la sensación de tarde calmada en un pueblo no podía ser más completa. Al emprender el camino de vuelta ya ardía el horizonte y así no era posible el autoengaño, un asombroso cielo naranja de esos que solo se ven en invierno me iba abriendo paso. Las ramas desposeídas de los árboles se recortaban contra el atardecer y en ellas no había ni un solo rastro de que ya fuera a florecer. Al seguir el camino apareció un nueva imagen en la distancia. La torre de la catedral sobre el arrebol se difuminaba. Cómo no iba a disfrutar de un rato así: el embotamiento y la sensación de fracaso hacía tiempo que habían desaparecido de mí. Contenta me pareció el final perfecto a un rato de parque muy completo. Pero antes de salir había una sorpresa más: los bebés vencejo aprendían a volar. Pequeños y volando bajo, se dejaban llevar y aleteaban al rato. Ya en casa pensé que fenomenal es tener un parque cerca para poder desconectar.
En días como este me doy cuenta de una gran verdad: me paso la vida escribiendo en mi cabeza, con la mirada y con el corazón, pero si quiero que puedan leerlo, también tengo que llevarme bien con el ordenador.