Tarde de primavera robada al verano

Mayo ha llegado y el hálito de las lilas todo lo ha cambiado. Huele a floración, a vigor que se despliega: a promesa de que, después del invierno, la vida siempre llega. Primavera, estación de esperanza, pues, con toda esta belleza, parece que los milagros cerca andan. A cada paso que das descubres un nuevo indicio, la ilusión de estos meses tiene color, ramas verdes y un aroma que es augurio. Un paseo por las Herencias o un recorrido por La Encarnación sirven para deleitar el espíritu con todos sus colores y su linda flor. El brotar de sus capullos violáceos es de la primavera el presagio más esperado, dirá si es pronta o tardía, aunque para cuando llega ya sabemos cómo va la estación y solo esperamos su llegada con emoción. El año pasado, a principios de abril, ya nos alegraba, mientras las calefacciones apagábamos. Este año ha sido en mayo y el calentador aún sigue funcionando. Sin embargo, entre la lluvia que nos nutre y nos alivia he encontrado una tarde especial, la que anuncia todo lo bueno que al final de la primavera ha de llegar.

Una tarde robada a otra estación cuando, de repente, en plena primavera, el estío se presenta con mucha antelación y la canícula todo lo llena con su calma, su galbana y su calor. Entonces te dejas llevar, te sientas bajo un árbol y no haces más que observar, pues ante tus ojos se despliega el verano, aunque solo sea por un rato. Empieza con la sombra filtrada entre las hojas de los árboles bajo el que te resguardas, parece por Sorolla o Monet pintada. Sus hojas, que reciben el impacto del sol, deslumbran radiantes, rezumando color. El verde se torna casi en amarillo al contacto con el rey del cielo mientras el azul de este se vuelve mucho más intenso. Alguna nube esponja en la bóveda celeste, pero es tan leve que no es nada que moleste. Las aves salen todas a jugar: los milanos en el horizonte, planean sin parar mientras que un pinzón juega con los dientes de león. Sus cantos tornan banda sonora, la del campo, la más cautivadora. Las mariposas bailan a un dulce son, solas o en parejas, mientras lo observo todo, dejándome llevar por el calor. El ambiente huele con un aroma dulzón; quizá es la calidez y la calma que lo llenan todo después de un ciclón. La piel torna plácida al contacto del calor, tras los meses del frío, disfruta de ese primer picor. Todo parece en calma, una rato de descanso para el cuerpo y para el alma.

En esta tarde mágica, de primavera robada al verano, hay algo que permanece anclado a su estación y que te recuerda que esto es solo la víspera de lo que vendrá a continuación. El rosal florece: hay dos rosas, otras dos se abren y un montón de capullos prometen. Es entonces cuando me pregunto qué hace más bello al rosal: las rosas que ya han abierto o las que quedan aún por brotar. En ellas está esa esperanza primaveral, símbolo de todo aquello que nunca dejamos de anhelar. Y entonces reconozco cuál es la verdad. Las flores que ya están te recuerdan la belleza y prenden en tu interior una mecha, pero son los capullos el oxígeno que le da vida a la llama de la ilusión pues, aunque no llegues a verlo, esos capullos serán rosas tan bellas como las que ya están en flor. En ese momento creo desentrañar el misterio de la primavera, de su esperanza, su belleza y de lo que nuestro corazón de ella espera.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2025

Palabras aladas

Literatura infantil

Vuelan las palabras y se van lejos. Un viento sopla en mi cabeza y solo queda la niebla. Y la frustración. La desesperación de dejar una frase a medias, de olvidar cómo se llama un objeto o de cambiarle el nombre, de invertir las frases o de olvidar ponerles verbo. De repente no sabes de qué estabas hablando. Las palabras se esconden de mí y me dan esquinazo. Buscar y rebuscar en el archivo del cerebro: imaginarlo como una gran sala, llena de cajas y archivadores de esos de metal. Busco en ellos lo que me falta y al final siempre acaba apareciendo, pero mientras tanto me siento perdida en la bruma de mi cabeza.

Hablar se convierte en un reto. Cuesta mantener una conversación. Tienes que prestar toda tu atención y aún así, en algún momento, te quedas en blanco. Irse por las ramas se convierte en una estrategia, aunque por dentro rabias. Sabes que eso no era lo que querías decir mientas ves escaparse tus ideas, deslizarse lejos de ti. Paras, buscas e intentas encontrar un hilo del que tirar para poder volver a lo que decías.

Escribir pasa a ser una dura prueba. ¿Qué se te olvidará? ¿cuántas faltas cometerás? Las palabras pierden letras. Los verbos parecen no ser importantes. Vuelvo a ser una niña en edad de aprender las trabadas y las inversas, que tiene que autocorregirse constantemente. Hilar una frase es cuestión de concentración máxima. Componer un texto puede ser una montaña a la que subir muy lentamente, con numerosas pausas y múltiples descansos. Reviso cada texto, cada palabra varias veces, con toda mi atención, por aquello de que fácilmente pueden contener errores. Sin embargo, a veces la lentitud es útil. Cuando cada palabra es una lucha, necesitas mil estrategias para guerrear con el lenguaje y del fragor de la batalla puede salir una música diferente. Otras veces, sin embargo, fluye con la rapidez de siempre pero impregnado de los nuevos recursos adquiridos y esos días son maravillosos. Me consuela pensar que esto es lo que quedará cuando todo pase.

Mi diario ha pasado a mejor vida. La imposibilidad de escribir a mano, que es la única manera que considero de escribir un diario, le ha dejado abandonado en la mesa, cerrado, esperando tiempos mejores. Tampoco es que haya mucho que contar, me digo a veces. Pero, no, esto también es una experiencia en la vida que merecería ser narrada y de la que habría cosas que recordar. Sin embargo, no puedo escribir a mano. Recuerdo las interrupciones en los diarios de Virginia Woolf cuando estaba enferma y me siento un poco mejor. Luego me doy cuenta de lo pretencioso que resulta compararse con ella. 

Esto también pasará va camino de ser mi nuevo mantra. Pero, de  momento, la vida sigue ahí fuera mientas yo la busco al ritmo que puedo. Y, además de echarla de menos, añoro también personas, lugares y el lenguaje. Extraño comunicar, hablar de un tema o contar cosas con pasión. El lenguaje fácil y rápido que no supone una contienda y que surge como si nada. El lenguaje que nombra el universo, que nos da acceso al conocimiento y configura nuestro día a día. Las palabras que, en la no tan humilde opinión de Dumbledore, son nuestra más inagotable fuente de magia. Y también son un tesoro. Aunque no nos demos cuenta hasta que tenemos que luchar por él. 

Esta ha sido otra de las consecuencias de La pausa. Todavía me pasa pero no de una manera tan brutal y dura como al principio. Este artículo salió en Diario de Ávila en diciembre de 2023.

NARRAR CASTILLA

Naturaleza

Fue una cálida tarde de verano. La luna se reflejaba sobre el Duero, mientras los chopos se mecían al ritmo del viento nocturno, que aliviaba el ardor estival de la meseta, arrastrando el sonido del agua. Las últimas luces del día se escondían en el horizonte y, antes de retirarme, me giré una vez más para admirar la belleza de la noche sobre el río. El Padre Duero. Desde donde me encontraba, sentía a Machado susurrarle palabras de amor, crear la épica castellana partiendo tan solo del rumor de sus aguas, del calor seco donde el sol se hacía tan presente que el trigo vibraba bajo el fulgor de su luz. Azorín lo narraba. Y sentí la misma evocación bella que la generación del 98 y su visión mística de nuestra tierra. Un lugar donde la gallardía de la historia se hace presente a través de sus monumentales paisajes, tan próximos se hallan el patrimonio cultural y natural aquí, en Castilla. Unamuno lo sabía. Años más tarde, Francisco Umbral diría que Miguel Delibes vino a desnoventaiochizar esa imagen, hablando de la pobreza, del hambre, de las ratas. Nunca he estado de acuerdo, porque, por un lado, Delibes también habla de la belleza de su tierra y, por otro, la realidad queda patente en esta generación de finales del XIX que vino a Castilla.

Lo mismo podríamos decir de la pintura: Sorolla de la Castilla amable, Zuloaga de la miserable. Donde en el valenciano Sorolla prima el color, la fiesta y la tradición, el vasco aposentado en Segovia, optó por esa imagen de la pobreza extrema con que se ha identificado Castilla y León durante mucho tiempo. Una imagen externa, porque una vez más, dejamos que nos narren desde fuera. Mientras tanto, pintores y escritores castellanos permanecen en el anonimato, siendo recordados tan solo puntualmente. Así, pueden ver cuadros de Vela Zanneti en restaurantes, pocos recuerdan a Adelina Labrador; Antonio Veredas, en Ávila, es para la gran mayoría solo una calle. Recitamos versos del Duero de Gerardo Diego o Góngora, pero desconocemos el poema “El Duero” del castellano Luis López Álvarez. La trascendencia de Delibes en este caso, adquiere aún mayor importancia: un castellano reconocido internacionalmente, el hombre que pese a ser tan solo “un señor de Valladolid” (palabras de Sergio del Molino) llegó tan alto que pudo hablar de lo que sentía que era necesario. La narración castellana de Castilla.

Tenemos muchas imágenes de nuestra comunidad, las más conocidas vienen desde fuera, pero también podemos apoyarnos en las de dentro, buscarlas, pues suelen estar escondidas. Todas ellas narran nuestra esencia, nuestra belleza y nuestras tragedias. Ahora el presidente dice que va a invertir mucho dinero en modernizar la comunidad. Habrá que esperar a ver cuál es la realidad de este plan. Y aquí es donde espero criterio, que se guíen por la necesidad y se adecuen a los problemas reales que tenemos. Hablen con las gentes de esta tierra, descubrirán que pedimos poco: tener los mismos servicios que el resto de ciudadanos. Modernicen Castilla y León con cabeza, sabiendo que el progreso no puede hacer desaparecer un pueblo: la renovación tiene que tener en cuenta el carácter propio. Sin perdernos por el camino y pudiendo crear otra vez nuestra propia narrativa.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2020

DÍAS SIN LIBRO

Lectura

En abril de 2024 salió este artículo publicado en Diario de Ávila hablando de uno de los efectos de La Pausa. Ahora la situación a mejorado notablemente: ya me concentro para leer y puedo hacerlo. Incluso he podido arriesgar con algún libro largo. No obstante, todavía hay tardes e incluso temporadas donde vuelvo a encontrarme en los días sin libro.

No se pueden imaginar cómo celebré el 23 de abril el año pasado. Como si tuviera que recuperar tiempo perdido (que lo tenia), extendí las celebraciones durante prácticamente una semana en la que disfruté de los amigos, la primavera, la literatura y Castilla todo lo que pude. Tampoco podrán imaginar el vacío que siento este año al pensar que se acerca esa fecha y no poder apenas leer. La literatura siempre ha sido una forma de vida para mí y ahora que se ha vuelto esquiva, no acabo de saber ni cómo disfrutarla ni cómo celebrarla. Antes podía pasar, y pasaba, las tardes libres enteras leyendo, absorbida por la narración. Ahora el día que llega la noche y he leído un par de páginas es un buen día. Quiero leer libros que no puedo: los veo, los toco y se me hace un nudo al pensar que no es el momento, que exceden mi capacidad. Como si el desierto hubiera barrido mis estanterías, condicionando la travesía con algún pequeño oasis ocasional que evita que desfallezca. Añoro enfrascarme en una historia, meterme en ella tanto que me cueste salir y que, cuando lo haga, algo haya cambiado. Sueño con tardes desaparecida entre las páginas de un libro. Anhelo poder leer lo que anhele en cada momento. Fantaseo con volver a tatuar mi vida con letra impresa. Y, sin embargo, siento que la literatura sigue ahí para mí, que no se ha ido a ninguna parte y que me ampara de una manera nueva, más abierta y distendida. 

No se explicarlo, ahí está. Aunque me cuesta acceder a sus mundos, afortunadamente, aún puedo olerlos. Sumergir la nariz entre las páginas de cualquier volumen y aspirar su esencia a tinta quijotesca, cargada de aventuras soñadas o vividas que algún día volverán a mí. Acariciar una portada, sentir en las yemas de los dedos como cada libro tiene una textura diferente en el exterior y sin embargo por dentro todas son similares. Dejar que el papel me acaricie a mí con el potencial de un relato magistralmente hilado que algún día regresará. Logró admirar cada libro como un objeto único, valioso y diferente al resto, con su propia historia que me espera constante, pese a no saber cuándo acudiré a ella. Veo su identidad singular aún cuando paso tiempo ensimismada mirando los libros en su conjunto, en armoniosa distribución. Los colores de mi estantería son la primavera que observo desde mi atalaya de cojines, formando un paisaje que no puedo penetrar en las tardes eternas, sempiternas e infinitas pero que al menos puedo contemplar como una promesa de futuro, de floración para el alma que llegará para sumergirme entre sus margaritas y sus dientes de león impresos. Puedo escuchar su música, el murmullo de sus voces entre sus hojas, esperando para declamar a voz en grito los relatos que esconden para sorprenderme en un futuro de páginas regaladas y de cuentos concedidos ante el regocijo de la lectora paciente, que ha esperado soñando la vuelta a sus brazos impresos. Pero no se preocupen. No voy a chuparlos. El sentido del gusto aquí queda descartado. O no, que siempre he leído libros exquisitos. Y con mucho sentido. Casi siempre.

El canto del narciso

Cuenta Ovidio que la ninfa Eco se enamoró del apuesto joven Narciso. Como ella no podía más que repetir la última palabra de lo que él decía, quedó intrigado y la buscó pero, cuando la tuvo ante él, la rechazó, volviéndola tan solitaria que aún hoy cuesta encontrarla. Némesis, la venganza, decidió tomar cartas en el asunto y consiguió que el joven contemplase su reflejo en un río. Narciso quedó tan prendado de si mismo que en algunas versiones se ahogó intentando alcanzarse y en otras se dejó morir a la orilla del arroyo contemplando su reflejo. Sea como fuere, de los restos del joven más bello de la mitología, surgió una flor amarilla, con una alegre trompeta que, curiosamente, en nuestros días no representa el egoísmo y la vanidad, sino el resurgir, los nuevos comienzos y la esperanza. 

Como un fénix vegetal, esta planta bulbosa aparece al final de invierno, en ese momento de cansancio generalizado, cuando se aleja la motivación y parece que la temporada fría nunca tendrá fin. Los tres primeros meses del año suelen ser particularmente duros: las fiestas navideñas concluyen y ante nosotros solo se haya la perspectiva de los días cortos, fríos y desnudos. Sin apenas color, sin floración, solo un ir y venir de cotidianidad desangelada que parece no acabar jamás. Estos meses pueden ser de gran desánimo, pero todo cambia cuando aparecen las trompetas gualdas de los narcisos devolviendo color a la tierra yerma. Casi se les puede oír cantar, entonar una invocación a la primavera que escucharán otros bulbos, como iris, jacintos o tulipanes, que correrán a su encuentro y que despertará a los árboles de hoja caduca, que regresarán de su sueño con un manto de color que volverá a llenarnos de calor el corazón. Pronto los días volverán a ser bellos, el calor del sol volverá a hacerse notar y las lluvias intermitentes llenaran de vida los campos, haciendo del invierno un sueño del pasado. Nos precipitaremos hacia el estío, hacia los días en los que nuestros cuerpos, como las hojas de una planta, buscan la luz del sol para nutrirse y llenar de savia nuestras existencias.

Todo ello surge de algo tan pequeño como el cornetín de una planta amarilla que no vive más de veinte días y que, sin el frío de las heladas invernales, no florecería. Una vez al año brotarán de la tierra escarchada y durante poco más de un mes podremos ver cómo cubren los prados que aún visten de luz gélida con manto gualdo macbethiano que grita “no hay noche tan larga que no termine en día”. Tristemente, salvo que los cultives en casa, no es tan fácil ver este anuncio primaveral en un paseo por el campo. Su floración se limita a hogares y jardines privados y tan solo se puede apreciar en lugares específicos. Uno de ellos es la Fuente de los Narcisos, en La Granja de San Ildefonso. Pero no se dejen engañar por el nombre, no es más que un bebedero que una vez al año queda rodeado de flores amarillas. No obstante, esa es parte de su magia, ya que, en un pilón en un lugar que todos reconocemos por la magnificencia de sus fuentes, en el momento en el que el jardín está más yermo, con las ramas vacías, las hojas marchitas y la tierra escarchada, una vez al año se produce el anuncio más deseado. El invierno se acaba, la primavera está cerca. Qué renazca la esperanza que ha surgido de la misma tierra helada. O más bien que ha surgido porque la tierra ha estado helada.