Vuelan las palabras y se van lejos. Un viento sopla en mi cabeza y solo queda la niebla. Y la frustración. La desesperación de dejar una frase a medias, de olvidar cómo se llama un objeto o de cambiarle el nombre, de invertir las frases o de olvidar ponerles verbo. De repente no sabes de qué estabas hablando. Las palabras se esconden de mí y me dan esquinazo. Buscar y rebuscar en el archivo del cerebro: imaginarlo como una gran sala, llena de cajas y archivadores de esos de metal. Busco en ellos lo que me falta y al final siempre acaba apareciendo, pero mientras tanto me siento perdida en la bruma de mi cabeza.
Hablar se convierte en un reto. Cuesta mantener una conversación. Tienes que prestar toda tu atención y aún así, en algún momento, te quedas en blanco. Irse por las ramas se convierte en una estrategia, aunque por dentro rabias. Sabes que eso no era lo que querías decir mientas ves escaparse tus ideas, deslizarse lejos de ti. Paras, buscas e intentas encontrar un hilo del que tirar para poder volver a lo que decías.
Escribir pasa a ser una dura prueba. ¿Qué se te olvidará? ¿cuántas faltas cometerás? Las palabras pierden letras. Los verbos parecen no ser importantes. Vuelvo a ser una niña en edad de aprender las trabadas y las inversas, que tiene que autocorregirse constantemente. Hilar una frase es cuestión de concentración máxima. Componer un texto puede ser una montaña a la que subir muy lentamente, con numerosas pausas y múltiples descansos. Reviso cada texto, cada palabra varias veces, con toda mi atención, por aquello de que fácilmente pueden contener errores. Sin embargo, a veces la lentitud es útil. Cuando cada palabra es una lucha, necesitas mil estrategias para guerrear con el lenguaje y del fragor de la batalla puede salir una música diferente. Otras veces, sin embargo, fluye con la rapidez de siempre pero impregnado de los nuevos recursos adquiridos y esos días son maravillosos. Me consuela pensar que esto es lo que quedará cuando todo pase.
Mi diario ha pasado a mejor vida. La imposibilidad de escribir a mano, que es la única manera que considero de escribir un diario, le ha dejado abandonado en la mesa, cerrado, esperando tiempos mejores. Tampoco es que haya mucho que contar, me digo a veces. Pero, no, esto también es una experiencia en la vida que merecería ser narrada y de la que habría cosas que recordar. Sin embargo, no puedo escribir a mano. Recuerdo las interrupciones en los diarios de Virginia Woolf cuando estaba enferma y me siento un poco mejor. Luego me doy cuenta de lo pretencioso que resulta compararse con ella.
Esto también pasará va camino de ser mi nuevo mantra. Pero, de momento, la vida sigue ahí fuera mientas yo la busco al ritmo que puedo. Y, además de echarla de menos, añoro también personas, lugares y el lenguaje. Extraño comunicar, hablar de un tema o contar cosas con pasión. El lenguaje fácil y rápido que no supone una contienda y que surge como si nada. El lenguaje que nombra el universo, que nos da acceso al conocimiento y configura nuestro día a día. Las palabras que, en la no tan humilde opinión de Dumbledore, son nuestra más inagotable fuente de magia. Y también son un tesoro. Aunque no nos demos cuenta hasta que tenemos que luchar por él.
Esta ha sido otra de las consecuencias de La pausa. Todavía me pasa pero no de una manera tan brutal y dura como al principio. Este artículo salió en Diario de Ávila en diciembre de 2023.
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