Soñar dormida y soñar despierta, sin que las imágenes difieran mucho de tu estado de consciencia. Soñar con recorrer caminos sin limite, con poder vagar libremente sin restricciones de movilidad. Fantasear con sendas que llevan a lo desconocido, hacia el infinito, a lo lejano y lo que esta por descubrir. Caminos polvorientos en lugares desconocidos, estrechos senderos entre la maleza, grandes avenidas americanas o bulevares franceses llenos de arte en cada rincón. Pero también anhelar las veredas diarias, las que has transitado tantas veces que puedes marchar por ellas con los ojos cerrados, sin prestar atención. Las que te son familiares y cercanas, las que marcan los límites de tu zona de confort.
Suspirar por lo cotidiano, ver lo extraordinario que es lo ordinario, volver a frecuentar aquello que parece frecuente. Soñar las risas y los llantos, hasta los gritos. Los paseos por el patio, los abrazos, las excusas: el boli rojo y la tiza. Anhelar con tener que aguantarte la risa. Soñar con poder quejarme del día a día.
Desear una noche de viernes o de sábado corriente: ir a cenar con tus amigos o a tomar algo tranquilamente. Charlar durante horas sin preocupación y sin obstáculos, que el tiempo no sea una barrera ni la noche una acotación. Ir al cine y ver una película. Saltar y desgañitarse en un concierto. Bailar. Ir de verbena. Poder pasar el día en la playa. Soñar con pasar un día entero de compras, poder probarme y cambiarme tanto como sea necesario: cargar con un montón de bolsas sin preocupación. Leer durante horas. Descubrir un lugar nuevo o redescubrir uno conocido, en buena compañía, solo por el placer de hacerlo, disfrutando de los detalles y de los momentos. Anhelar que el fin de semana vuelva a ser algo especial y no una extensión de los infinitos días cotidianos.
Soñar con hacer planes, con pensar en el futuro. Con saber que podrás elegir y decidir qué hacer a cada momento sin más condiciones que las cotidianas. Que no todo se limite a un ahora limitado. Pensar en lo que quieres e ir a por ello. Anhelar la vida más allá de cuatro paredes, grandes espacios abiertos donde la existencia comparte espacio con la naturaleza. Fantasear con la fuerza que te lleva a subir montañas. Imaginar el día que podrás ascender una cumbre que se convertirá en legendaria por el valor de saber qué no fue fácil. Una montaña sagrada como objetivo. Soñar con el aire que falta, con respirar: el beso de Eolo, directo a los pulmones. Soñar con la llegada el otoño, con que con él, quizá, llegará todo lo demás. Soñar con la vida. Soñar con la salud. Soñar con el futuro. Luchar por ellos. Saberlos más cercanos. O, al menos, acercarlos un poco más soñándolos. Soñar con Calderón de la Barca. Y comprender ahora más que nunca qué quería decir con eso de “que toda la vida es sueño”. No olvidar qué razón tenía cuando remataba con eso de que “los sueños, sueños son”.
Publicado en Diario de Ávila en 2024
