PIEDRAS DESCRIBIENDO PALABRAS

Hoy se falla el premio de la crítica de Castilla y León y quiero aprovechar para compartir con vosotros un artículo que escribí sobre una de las obras nominadas, El dolmen de María Ángeles Álvarez. (Actualización: ganó el premio de la crítica). No negaré la emoción que me embargó al describir su nominación primero por la amistad que me une a ella, pero también porque fuera con este poemario tan especial. Durante el proceso de escritura hizo algo inaudito en ella: nos fue leyendo versos de tan feliz que fue durante el proceso de creación. Además, tras varias vicisitudes, cuando la obra fue presentada quien acompañó a María Ángeles en la mesa fue mi madre. A ella no le gusta la poesía, pero ha encontrado en esta obra un texto que apela a sus más profundas emociones como arqueóloga y lo ha leído varias veces, lo ha recomendado e incluso regalado. Finalmente, me gustaría añadir que esta obra es la más representativa de su autora. Todo lo que es está ahí: la poesía, la arqueología, la naturaleza, la espiritualidad, el dolor… todo se conjuga en este maravilloso poemario que os recomiendo encarecidamente. Y la crítica de Castilla y León también. 

Quien convive con un arqueólogo conoce dos grandes verdades: es un oficio que consiste en pasar calor en verano y frío en invierno, y el resultado, por mucho que parezca que solo encuentran joyas y tesoros, no suele ir más allá de un puñado de huesos y muchas, muchas piedras. Pero también tenemos una certeza: les encanta. Revolver en la tierra y encontrar algo que tienen que descifrar, rastrear con los conocimientos que ya existen, hallar su lugar exacto en la historia. Muchas veces, sus hallazgos no harán más que complementar los datos del pasado que ya existen, otras les sirve para confirmar sus propias hipótesis; pero también hay momentos en los que encuentran pruebas que cambian las teorías y la historia que conocemos.

Aunque desde bien pequeña he tenido claro que era un oficio duro y no exento de riesgos, al que no quería dedicarme en absoluto, también he conocido la emoción del descubrimiento, la dicha por lo hallado, la excitación por la revelación. Sin embargo, hay algo que no comprendía hasta que tuve la suerte de escuchar a mi amiga, poeta y arqueóloga, entre otras cosas, María Ángeles Álvarez leernos los primeros versos de su poemario El dolmen —que sale a la venta el lunes—, y es la espiritualidad inherente a la excavación arqueológica. 

La poesía no es, ni de lejos, mi especialidad, pero encuentro en este poemario esa esencia poética asentada en el hablar de una cosa para comunicar otra. En este caso, no hablo de metáforas, porque sí, habla del dolmen de Bernuy, de su descubrimiento y su excavación, pero en esa relación con lo descubierto que lleva a una búsqueda superior a lo meramente humano, se comparte otra experiencia mucho más íntima y profunda: la del dolor. De la experiencia vital que supone convivir con ello y de un enfoque de exploración constante de significado, de sentido y desahogo que quizá solo puede llegar a través de la palabra escrita. 

En esta ocasión, la poeta deja atrás la belleza del campo y la naturaleza habituales en ella para entregarnos a la cara más amarga y dura del paisaje, al rigor de los elementos, a lo agreste propio de la prehistoria que descubrió, que excavó y que nos habla de un mundo indómito al que necesitamos encontrarle sentido. Piedras describiendo palabras, reza un verso, explicando en realidad qué supone este poemario para ella, qué podemos encontrar en él.

Y es ahí donde surge el espacio místico, la espiritualidad inherente a la persona que nos habla de comunión con el pasado al excavar, de la trascendencia de conectar con unas piedras que fueron tumbas y que nos remiten a que lo más básico, el dolor, la muerte, lo íntimo, profundo y sustancial no entienden de diferencias, ni siquiera temporales. La raíz es la misma. Esa raíz de la que María Ángeles ha hecho vida. Ya aparece en el segundo verso y es que las raíces son su especialidad: de plantas e históricas, todas la remiten a la más profunda de todas, la de el espíritu, en la que conectamos con nosotros mismos. Y el final nos llega, como no podía ser de otra manera, cargado de luz: la de las semillas, las de las plantas, la raíz primordial que nos permite respirar. Ven y vive, dice el poemario. Pero, en realidad, dice mucho más. Ven, siente, asimila, busca y encuentra. Y, con todo lo que te vas a encontrar, vive.

TÍTULO: El dolmén

AUTORA: María Ángeles Álvarez

EDITORIAL: Cuadernos del Laberinto. Anaquel de poesía.

FRONTERAS DE NARNIA

¿Conocen la historia de El sobrino del Mago? Aunque cronológicamente no es el primero de los libros que escribió C.S. Lewis de Las crónicas de Narnia, narra los orígenes de esta tierra mágica y de sus elementos, convirtiéndola, de hecho, en la primera historia del país al que, entre otras maneras, se puede llegar a través de un armario.

El motivo de este portal viene explicado en el libro, así como el momento en que la malvada reina Jadis ataca al león Aslan con una barra de hierro que ha cogido de un farol de Londres. El león, igual narniano de Gandalf o Dumbledore por centrarnos solo en las equivalencias literarias, ni se inmuta ante el golpe, asustando tanto a su rival que huye mientras la barra se clava en el suelo. De ella brota una farola en medio del bosque, un elemento humano y contemporáneo en una tierra fantástica donde los animales hablan, la magia crea vínculos insondables y los cuentos de hadas cobran vida. Esta farola será lo primero y lo último que verán los hermanos Pevensie en su primera aventura en los territorios de Aslan, convirtiéndola en una suerte de frontera entre el mundo real y el fantástico.

Este último año, caminando a paso lento me he fijado más en las cosas que hay a mi alrededor y he descubierto que estamos rodeados de fronteras de Narnia, de limites donde en medio de la naturaleza aparece una farola que nos da luz y nos guía por el camino. El mundo fantástico y el real se rozan más a menudo de lo que pensamos y lo uno no es sino la expresión de lo otro. Por mucho que la realidad sea aquello que verdaderamente ocurre y la fantasía a lo que recurrimos para transformar la realidad, literariamente hemos acabado por utilizar la segunda para explicar la primera. O para sobrellevarla. Pero cuando bajas el ritmo y observas las cosas más detenidamente descubres que todo aquello a lo que asociamos los mundos fantásticos no son más que elementos cotidianos transformados, pues la magia es mucho más común de lo que acostumbramos a pensar: un gesto, un momento, un animal… o una farola. Las chispas de la rutina son la parte visible del encantamiento que con frecuencia nos pasan inadvertidas.

Al ver que vivimos rodeados de fronteras de Narnia, he recordado que nosotros somos quienes enfocamos la manera que tenemos de vivir la vida y enfrentarnos a lo que nos pone por delante. Si vamos cargados de cuentos, tenemos una guía para salir adelante y enfrentarnos a lo que nos toque en cada momento. Que en lo más oscuro del bosque siempre hay una farola que te indica el camino a seguir para poder salir sano y salvo. Y que cuando lo hagas, tendrás los regalos hallados en la oscuridad, los que te han ayudado durante la travesía. Todo esto descubrirás antes de salir de la espesura, cuando empieces a ver la luz penetrar entre las ramas de los árboles. O cuando te encuentres con una frontera de Narnia.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024

La pausa

Hoy se cuela el sol por la ventana e ilumina un ramo de tulipanes. Morados, blancos, rosas tan claros que se funden a crema. Ya ha llegado ese momento del año en el que ha pasado lo más crudo del invierno y empiezan a aparecer bellas señales, pequeñas pero capaces de crecer en tu interior, de que la primavera está a punto de llegar. Una primavera —un particularmente bonito mes de abril—, comenzaba la andadura de este espacio con un texto que decía así:

En Japón, en el mes de abril, florecen los cerezos. Es el momento en el que los habitantes del país nipón dedican a los comienzos: comienza el curso escolar, la universidad, se abren nuevas etapas y proyectos. Por eso esta primavera, en la que los cerezos han adelantado su floración, en este mes de abril que es el mes del libro por excelencia, he decidido empezar con este blog dedicado a ello: a la literatura, a la belleza, al bienestar que solo las cosas pequeñas son capaces de regalarnos. Pasen y lean. Y, sobre todo, disfruten.

Pero apenas acabó el verano, parecía que el blog había sido abandonado. Sin publicaciones nuevas, sin comentarios: nada de nada. La realidad, sin embargo, era otra. No estaba abandonado, no más que mi propia vida que fue puesta en espera por una sorpresa un tanto inesperada. El covid persistente hacía acto de presencia, silencioso pero certero, atenazando cada parte de mi cuerpo, dejándolo exhausto, sin fuerzas y con dolor, mucho dolor. También mi cabeza parecía pagar las consecuencias. Vagaba a la deriva, se quedaba en blanco, cualquier pensamiento era fruto de un esfuerzo continuado. 

Con gran dificultad fui consciente de esta nueva realidad, todo quedaba en suspenso, la pausa era una realidad. Lentamente voy mejorando. Me comparo con la situación en que estaba hace tres largos años y es mucho lo que he avanzado. La vida sigue sin ser completa, pero ya no está tan parada. Llevo una existencia a tiempo parcial en la que cada momento bueno que tengo hay que aprovecharlo, sabiendo que entre medias tendré que parar a recuperarme o que tal vez un brote vuelva a ponerme en pausa y mientras tanto, una jornada parcial vivida es mejor que seguir esperando. También he aprendido mucho en estos últimos años. A vivir a un ritmo lento, que me ha venido obligado, a escuchar a mí cuerpo y saber qué necesita y que solo depende de mi dárselo. Uno no es consciente hasta que se ve obligado a echarlo todo de menos de cuánto hacía al cabo del día. Cuántos proyectos tenía en marcha, cuántas cosas mi atención merecían. He hecho un cursillo intensivo de lo que es importante de verdad y, aunque aún no esté bien (si de repente desaparezco, no se sorprendan; puede pasar), este espacio vuelve a recomenzar: a paso lento, los vídeos igual aún tardan en volver, pero no olvidaré, iré poco a poco, a mi nuevo ritmo, hoy me conformo con reaparecer. La belleza, el lenguaje escogido quiero recuperar. Espero que vuelvan a acompañarme, en este camino de palabra escrita: antes hablaba de libros y de cosas pequeñas y ese seguirá siendo el tema. Pero desde una perspectiva algo distinta, aunque no desencantada, en la vida hay que afrontar las adversidades y quién sabe si aquello que te enseñan, podrás transformarlo en arte. Como hace el sol que ilumina los tulipanes: lo lleva al siguiente nivel con una belleza que puede embargarte.