Reflexiones sobre un poema de Machado

(O una machadiana llamada de la primavera)

Siento debilidad por un poema de Antonio Machado. Bueno, siento debilidad por toda su obra en general, y algunos poemas me resuenan más que otros, pero cuando llega esta época del año, sale el sol y la naturaleza empieza a avisar que la primavera está cerca, no puedo evitar oír en mi cabeza (en la voz de Pedro Casablanc, que lo recita como nadie en el documental Los días azules) estos versos:

El limonero lánguido suspende 

una pálida rama polvorienta, 

sobre el encanto de la fuente limpia, 

y allá en el fondo sueñan 

los frutos de oro… 

Es una tarde clara, 

casi de primavera, 

tibia tarde de marzo 

que el hálito de abril cercano lleva; 

y estoy solo, en el patio silencioso, 

buscando una ilusión cándida y vieja: 

alguna sombra sobre el blanco muro, 

algún recuerdo, en el pretil de piedra 

de la fuente dormido, o, en el aire, 

algún vagar de túnica ligera. 

En el ambiente de la tarde flota 

ese aroma de ausencia, 

que dice al alma luminosa: nunca, 

y al corazón: espera. 

Ese aroma que evoca los fantasmas 

de las fragancias vírgenes y muertas. 

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, 

casi de primavera 

tarde sin flores, cuando me traías 

el buen perfume de la hierbabuena, 

y de la buena albahaca, 

que tenía mi madre en sus macetas. 

Que tú me viste hundir mis manos puras 

en el agua serena, 

para alcanzar los frutos encantados 

que hoy en el fondo de la fuente sueñan… 

Sí, te conozco tarde alegre y clara, 

casi de primavera.

Al leerlos, siento una trascendencia física que irradia del centro de mi pecho hacia afuera y me traslada bajo mi limonero personal, a esas horas que algunos dirían perdidas —pero que son disfrutadas— en las que mirar y apreciar el entorno, el verde de las hojas, el cielo azul y, sí, el olor de la albahaca es lo único que cuenta. Mi piel puede sentir casi el calor del sol mientras, en mi mente, se producen esas imágenes con una nitidez tan real que solo pueden adquirir aquellas cosas que viven en ti, que forman parte de lo que eres. Prácticamente siento la música del viento, el ritmo de mi esquina favorita del mundo, bajo un plátano y un haya, que me traen la armonía de esa conexión natural que todos necesitamos y muchas veces perdemos. 

Machado sabe cómo nadie escoger la palabra exacta para que se quede en ti, despertando lo que más necesitas. Ese limonero lánguido, esos frutos que sueñan, ese hálito de abril y ese corazón que espera no es más que el alma que está hibernando o lo intenta: que descansa y se oculta cuando el frío arrecia y que recibe la llamada a la vida, a volver a brotar y a florecer, cuando sus palabras te atraviesan. Esa tarde alegre y clara, casi de primavera, que empieza a despertar con los primeros indicios de una nueva vida natural, tiene la esencia de la magdalena de Proust años antes de que él probase un bocado. La fuente clara, el blanco muro, el patio silencioso o la hierbabuena son nuestros pasaportes al recuerdo de las primaveras pasadas pero, por encima de todo, son un reclamo a las primaveras futuras. Sobre todo a esa que está cerca y que nos traerá la vida de vuelta.


Descubre más desde Carolina Ares Ruiz

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Carolina Ares Ruiz

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo