Cuentos de tradición oral

Los cuentos en nuestro país

En el ámbito nacional, la recopilación de cuentos tradicionales ha sido más tardía y dispersa, pero igualmente relevante. Destacan tres momentos: mediados del siglo XIX, con Fernán Caballero (pseudónimo de Cecilia Böhl de Faber); finales del siglo XIX, con Antonio Machado Álvarez (el padre del poeta); y, a partir de 1920, la corriente folclórico-filológica (Aurelio M. Espinosa, padre e hijo), que realiza un estudio sistemático en el que, entre otras cosas, respeta el lenguaje de las personas que transmiten los cuentos.

Aunque, como hemos dicho, sus temas son universales (por ejemplo, existen más de trescientas versiones de Cenicienta recogidas por todo el mundo), los cuentos tradicionales de nuestro país tienen una serie de características que los diferencian del resto. Cabe destacar que la novela picaresca española es una continuación de los cuentos de tradición oral. En nuestro país, lo más habitual es que:

– El tema central sea el hambre: las historias comienzan porque no hay dinero para alimentar a la familia; en los cuentos de animales está presente quién se come a quién, quién es comido y qué se puede comer, etc.

– El héroe esté dispuesto a hacer el bien sin que haya un contrato mágico.

– La misión aparezca por accidente (relacionado con el hambre).

– Haya mayor realismo, menos violencia y más afición por lo escatológico (en la versión española original de Los tres cerditos, el lobo no sopla: se tira pedos).

– El desparpajo forme parte inherente de los personajes.

– Haya un castigo sin paliativos al agresor.

– Se centren en dramas reales que se tratan de frente, sin el pudor que caracteriza a los cuentos europeos.

– También suela aparecer el tema de la descendencia (la falta de ella o el exceso de descendencia que no se puede alimentar).

Dentro de los cuentos de tradición oral en España, la figura más destacada es Antonio Rodríguez Almodóvar, clave en la recuperación, estudio y difusión del cuento tradicional en España. Su trabajo se centra especialmente en el folclore andaluz, aunque su alcance es de carácter nacional. A diferencia de otros recopiladores que adaptaban o transformaban los relatos, Almodóvar apuesta por una recogida rigurosa, respetando la estructura, el lenguaje y el sentido original de las narraciones orales. También analiza los cuentos y los estudia partiendo de los estudios del ruso Vladimir Propp.

Sus dos grandes obras son Cuentos al amor de la lumbre, una recopilación para adultos donde se estudian y reúnen por ciclos los cuentos más habituales en nuestro país, y Cuentos de la Media Lunita, varios volúmenes en los que recupera los cuentos tradicionales y los adapta, con cambios mínimos, para el público infantil. Esta colección fue muy popular en los años noventa y aún se sigue usando en los colegios; es ideal para comenzar a compartir con los más pequeños los cuentos de tradición oral. 

Llegados a este punto me veo en la obligación de recordar que son cuentos muy antiguos que se contaban en sociedades distintas a las de hoy en día. Por ello, cuando surge un problema, hay una lucha, un momento escatológico o violento puede resultarnos muy distinto de la literatura infantil que hoy en día se escribe para niños que evita cualquier experiencia violenta o temas que puedan resultar comprometidos (aunque no por ello sean menos necesarios). Una actitud curiosa teniendo en cuenta que, salvo en la literatura, sometemos a los más pequeños a una violencia constante en una sociedad en la cual desde el propio uso del lenguaje está determinado por la ofensa, donde se puede insultar impunemente empezando por las clases dirigentes, pasando por un montón de situaciones cotidianas donde predominan las faltas constantes de respeto. 

Por otra parte, son unos grandes transmisores de valores como la perseverancia, la igualdad, la generosidad, la empatía… a veces de una manera demasiado evidente ya que, las transgresiones y los malos hábitos suelen ser castigados sin paliativos. Son fundamentales también para el pensamiento crítico, al enfrentar a los niños a distintas situaciones vitales pero también morales, presentando distintas soluciones y como transcurren y siempre con el brillo que dan las historias del pasado, en las cuales la magia, aunque no se mencione es la clave fundamental.

Cuando leemos estos cuentos con los niños, evidentemente podemos leerlos, pero la magia surge al contarlos, pues esa es su esencia más viva. Tenerlos en libros nos sirve para no perderlos, pero el encanto que surge de contar una historia es una de las herramientas más potentes para motivar la lectura. Además, crea vínculos y forma parte del tiempo de calidad que podemos pasar con los más pequeños. No importa que no contemos el cuento con las mismas palabras: eso no es lo importante. Con conocer la estructura y lo esencial de la historia, podemos narrarlo, pues esa era la manera en que se hacía en el pasado y la mejor forma que tenemos de honrarlo hoy en día.

Cuentos de tradición oral

Literatura infantil

INTRODUCCIÓN

En este mes tan feliz por todo lo que se celebra en él, he querido dedicar un tiempo a aunar, de alguna manera, la celebración del Día del Libro con la de Castilla y León. En un primer momento pensé en escribir sobre libros ambientados en esta comunidad autónoma para niños, pero pronto desistí al ver que, si en la literatura de adultos apenas aparece, en la infantil no tiene cabida. Por eso he elegido abordar un tema que, evidentemente, nos lleva a la literatura infantil y que puede resultar un gran recurso para motivar y educar a nuestros niños, pero que también los adultos podemos leer y disfrutar, con esa nostalgia del tiempo transcurrido, pero sobre todo con los ojos del adulto que descubre todo lo que se oculta tras un libro que parecía sencillo. Y, para empezar a descubrirlo, aquí dejo un poco de información sobre los cuentos de tradición oral.

Los cuentos tradicionales son un patrimonio inmaterial colectivo configurado por narraciones de transmisión oral que han pasado de generación en generación a lo largo del tiempo. Aunque parece que todos los conocemos, en realidad son unos grandes desconocidos debido a las constantes censuras y adaptaciones que han sufrido desde que se empezaron a recopilar a partir del siglo XVII. Sin embargo, las versiones reales han pervivido hasta hace muy poco y hemos tenido la posibilidad de recopilarlas en el último instante, justo antes de que las últimas personas portadoras de la sabiduría ancestral perecieran y solo nos quedasen las adaptaciones de los libros.

Estos cuentos se contaban fundamentalmente en las sociedades rurales y eran el acceso al conocimiento y el medio de educación más habitual. Normalmente se asocian con el final de las largas jornadas laborales, cuando se descansaba junto a las hogueras, tanto en el exterior como en el interior, pero la realidad es que se contaban en cualquier momento del día para aligerar la pesada carga del trabajo. Suelen presentar estructuras sencillas, personajes arquetípicos (héroes, villanos, seres mágicos) y enseñanzas implícitas relacionadas con valores, normas sociales o experiencias universales. Forman parte del patrimonio cultural de los pueblos y constituyen una herramienta educativa de gran valor en todas las etapas del desarrollo infantil y juvenil.

Debido a su origen, son cuentos que suelen centrarse en héroes pobres o de extracción humilde y critican la división social entre poseedores y desposeídos. Potenciaban el pensamiento crítico en las culturas iletradas a través de oposiciones y dicotomías. Los cuentos tienen una articulación binaria: cada cuento tiene su alternativo y complementario. Los alternativos serían por oposición (El gallo Kiriko no trata bien a los demás; Medio pollito, sí: el primero fracasa, el segundo triunfa con la ayuda de los demás) o equivalentes (cada Bella durmiente tenía su príncipe durmiente; cada Cenicienta, su equivalente masculino). Normalmente, las encargadas de la transmisión oral eran las mujeres, lo que explica por qué en sus versiones originales son ellas quienes suelen solucionar los problemas de distintas maneras.

Una de las historias más interesantes relacionadas con la tradición oral es la existencia de las llamadas «personas biblioteca»: una sola persona que conocía muchos cuentos y los guardaba en su interior, transmitiéndolos y enseñándolos a las nuevas generaciones para que no se perdieran.

Estos relatos existen desde tiempos remotos: algunos se sitúan incluso en el Neolítico. En Cuentos populares españoles III, de Aurelio M. Espinosa, se considera que algunos de los cuentos recopilados proceden de tradiciones ibéricas prehistóricas, y Wilhelm Grimm también escribió sobre el tema. Un cuento muy conocido, Pulgarcito en todas sus versiones (como una de sus versiones castellanas recopilada por Joaquín Díaz, Cabecita de ajo), ha sido objeto de estudio de la Royal Society, que sitúa este cuento en el final del Neolítico.

Sin embargo, su recopilación sistemática comienza principalmente entre los siglos XVII y XIX. En este periodo, diversos autores y estudiosos empiezan a recoger por escrito historias que hasta entonces circulaban de forma oral. Este proceso responde tanto a un interés literario como al deseo de preservar la cultura popular ante los cambios sociales derivados de la modernidad o, en el caso de los hermanos Grimm, de fomentar el nacionalismo alemán como contraposición a las invasiones napoleónicas. Sin embargo, como los recopiladores pertenecían a las clases intelectuales altas, excluyeron todos los cuentos que implicaban hombres encantados, mujeres que resolvían problemas y críticas a las clases superiores. Estas versiones son las más extendidas y han llevado a una crítica de género que generaliza al desconocer las versiones reales en lugar de fomentarlas.

Entre los principales recopiladores internacionales más famosos encontramos a Charles Perrault y los hermanos Grimm. Charles Perrault (Francia, siglo XVII), quien adaptó cuentos como Caperucita Roja o La Cenicienta con una clara intención moralizante. Los hermanos Grimm (Alemania, siglo XIX), que recogieron cuentos del folclore germánico. Siempre se ha interpretado que iban por los pueblos recopilando cuentos, pero la realidad es que los obtenían de estudiantes universitarios y de clases intelectuales. Por este motivo son cuentos que pierden el matiz fresco de lo auténtico y estudios sugieren que, debido a ser clases intelectuales, es muy probable que estén influenciados por Perrault y otras versiones escritas. Cabe destacar que, partiendo de la base de que tanto Perrault como los Grimm seleccionan que cuentos transcriben y cuales no, eliminando las historias de hombres salvados por mujeres, los propios hermanos Grimm son los primeros en adaptar, censurar y mejorar la escritura sus textos para llegar a un público infantil que, en principio, no era su objetivo pero que fue el que mejor recibió sus historias.

Es importante saber que Hans Christian Andersen (Dinamarca, siglo XIX) no es recopilador, sino el primer escritor de cuentos infantiles. Aunque algunas de sus historias toman elementos de la tradición oral, sus cuentos no son tradicionales, sino originales (al hablar de ellos, lo correcto sería decir cuentos clásicos, nunca tradicionales, ya que no proceden de ninguna tradición).

Continuará…