2. Bajo la cúpula dorada

Las hadas siguieron su viaje. Cada vez era más difícil avanzar, como si grandes enemigos acecharan a la vuelta de la esquina. Ellas eran meras observadoras, pero podían sentir el sufrimiento de la humanidad. Al poco de seguir con su viaje llegaron al lugar más oscuro en el que ha estado nunca nadie. Allí, reunidas, las Fuerzas Hostiles confabulaban contra la felicidad del ser humano. Las hadas se dieron cuenta que sería muy difícil salir de allí, que solo una fuerza superior y muy pura podría ayudarlas a continuar su viaje.

Lo primero que vieron fueron los grandes males del mundo: Enfermedad, Odio y Muerte atacaban a todo el que podían. Eran apenas tres calaveras que pujaban por dominar las vidas de los humanos. Enfermedad, con su escaso pelo creciéndole del centro de la cabeza y sus ojos en espiral, su boca abierta, numerosas ausencias entre sus dientes y los dos agujeros que tenía por nariz se propagaba entre la gente de las maneras más diversas. A algunos los atormentaba durante algún tiempo, a unos los abandonaba para siempre, a otros volvía a visitarlos. A los menos afortunados, los llevaba a ver a su amiga Muerte. Muerte tenía los ojos blancos, rodeados por unas ojeras moradas que le daban un aspecto temible. Igual que Enfermedad solo tenía dos agujeros por nariz, pero jamás abría la boca. Nadie sabía que se encontraba allí. Su cabello era abundante, negro y gris, y le caía serpenteando por su esquelético cuerpo. Si había una visión horrible, esa era Muerte. Si Muerte te atrapaba, no había vuelta atrás. Muerte era inevitable y necesaria, a veces un alivio, y en el fondo no era mala, pero siempre devastadora, sino al afectado, a todos sus allegados, por lo que en lugar de aceptarla y convivir con su sombra, los humanos la habían relegado a aquella pared sombría y temible. Por ello, en algunas ocasiones se asociaba con Odio. Odio no tenía pelo y sus ojos eran rojos. Tan rojos que brillaban y se podían ver en la oscuridad. Compartía nariz con Enfermedad y Muerte, pero respiraba mucho más fuerte, indignada por cualquier cosa que se cruzara en su camino. Odio atacaba a la gente, sacaba lo peor de ellos mismos, los enfrentaba. Si bien Odio no era definitiva, podía causar mucho más daño y más dolor que sus compañeras. Aquellos que caían bajo su influjo no podían ser felices jamás, vivían a la sombra de los demás y sus actos. Y no solo la felicidad los abandonaba, sino que su ira hacia daño a los demás, aunque no estuvieran infectados y en algunas ocasiones incluso hasta se contagiaba. Los ojos rojos de Odio eran el fin de la felicidad.

Las górgonas observaban a sus compañeras. Retorciéndose, con los ojos bien abiertos, y con serpientes doradas enredadas en su pelo, miraban algunos problemas que ellas podrían haber solucionado, pues tenían la capacidad de sanar, pero no lo deseaban. Estaban atentas, por si algún mortal se atrevía a mirarlas, convertirlo en piedra. Sus pies desnudos, igual que todo su cuerpo, se hallaban unidos y entrelazados por unos cordeles plateados. Tiempo atrás simplemente eran protectoras, pero aquello había pasado. Eran las hijas de Tifeo y se las dio la orden de amparar al mundo de su padre. Para ello se las dotó de poderes para que pudieran auxiliar a la humanidad de los cambios de humor de su padre. Pero siendo como eran las hijas de Tifeo prefirieron abandonar su labor de protección y dedicar sus poderes al servicio del mal. A su lado, su padre las miraba orgulloso. Tifeo en el pasado fue un hombre, pero su sangre viciada y su maldad acabaron por hacerse externas y todo el mundo podía ver el horrible monstruo en que se había convertido. Sus ojos blancos, con pupilas de perla lo observaban todo, desde lo alto de su peludo cuerpo marrón. Un turbante azul y dorado, coronaba su cabeza, ocultando unos cuernos tan retorcidos como su alma. Cuando lo deseaba, Tifeo podía alcanzar la altura de las estrellas. Podía echar lava por la boca y provocar explosiones volcánicas. Si el temible gorila se sentía inspirado, podía mover la tierra, rompiéndola, causando el caos. Podía generar grandes olas que arrasasen todo a su paso. En definitiva, aquel gigante malvado podía incitar a la tierra a revelarse y a causar grandes daños a sus habitantes.

Al lado de Tifeo se reunían Lascivia, Corrupción y Exceso. Lascivia atormentaba a los hombres con solo una mirada. Los perseguía su recuerdo, soñaban con encontrarla, les consumía la vida. Con su larga melena de un fulgor rojo intenso, coronada con flores azules y la cabeza ligeramente inclinada, miraba a los hombres desde la parte de arriba de sus hermosos ojos azules, con las cejas arqueadas, sugerentemente inclinadas. Su nariz perfecta trazaba una línea hasta su carnosa boca roja, que con media sonrisa, incitaba a la humanidad. En su hombro se apoyaba Corrupción, con su largo cabello rubio, que caía ensortijado, retorcido, como si de una metáfora se tratase sobre sus hombros. Cerraba los ojos, pues fingía no ver, pero sonreía dulce e ingenuamente, como si no causara ningún mal. En realidad había quién pensaba que Corrupción había llegado a aceptar su propia mentira; no creía que engañase, estafase, arañase, traicionase, apuñalase y llevase a cabo todo tipo de triquiñuelas por su propio bien, lo hacía por los demás, por la humanidad…. O eso pensaba ella que debían creer el resto. Corrupción parecía débil e insignificante al lado de sus compañeros de lienzo, pero, en realidad, había causado la destrucción de países, guerras, enfrentamientos y demás pecados desde que las sociedades comenzaron a florecer en la Tierra. Y luego estaba Exceso. Siempre era bienvenida al principio, pues parecía una buena amiga, de las que no te traiciona, con su voluptuoso cuerpo y su prominente vientre. No era guapa, por ello la gente se fiaba de ella, y sus elegantes ropas, un tocado de oro y piedras preciosas, una falda azul profundo, con un cinturón elaborado con oro y perlas, conseguía que todos se fijasen en ella y se le acercaran tanto que al final los absorbía. Exceso no tenía límite, siempre necesitaba más y se alimentaba de aquellos que se acercaban a ella, pensando que no hacían mal ni daño a nadie, y envueltos en un torbellino de disfrute. Muchas de sus víctimas venían de la mano de Lascivia y Corrupción, pero todo el mundo estaba dispuesto a pasar un rato con Exceso. El problema era que Exceso no te dejaba escapar y te quería a su lado hasta que no dabas más de si. A veces, a aquellos que se consideraban sus mejores amigos, se los cedía gustosa a Muerte y Enfermedad. Exceso se reía en la cara de los hombres, disfrazándolo de amistad.

Las hadas seguían avanzando despacio. Aquellas Fuerzas Hostiles hacían difícil el transito, pero las hadas empezaban a sentir que había algo más. Algo extraño, rítmico, sincopado, tiraba de ellas, como una inercia que les daba fuerza. En su marchar, las hadas se vieron en la lejanía en un suelo pedregoso que hacía formas zigzagueantes. El cielo en el que flotaban era gris, azul marino, negro, todo ello entre mezclado en un torbellino de emociones. En el suelo una figura encogida se retorcía, lloraba, gritaba, emanaba dolor. Con una mano se tiraba del pelo que le caía lacio por la espalda y los hombros. Con la otra se apretaba las piernas contra el pecho. Se decía que Remordimiento podía hacer sentir peor a los mortales que todos sus compañeros. Remordimiento podía atacarte si previamente todos los anteriores te habían cautivado, pero también atacaba a los no lo merecían por cosas que no era importantes. Generaba dolor por tus actos, pero también por los que no llevabas a cabo, por lo dicho y por lo callado, por lo amado y por lo odiado, por lo que habías sufrido y por lo que habían pasado los demás. Remordimiento siempre estaba al acecho, pero era muy selectiva. Rara era la vez que se relacionaba con sus compañeros; no le gustaban los corruptos, los lascivos, los que se excedían, ni los que odiaban. Solía ensañarse con los que se esforzaban en hacer las cosas bien pero, como humanos que eran, cometían un error. Ella sola podía causar más dolor que nadie y nadie estaba libre de ella. Remordimiento siempre estaba al acecho.


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