LEER Y DORMIR

¿Sabían ustedes que hoy es el Yellow Day, o el día más feliz del año? Al igual que en enero tenemos el Blue Monday, justificado por cosas como las pocas horas de luz y que acaba de pasar la navidad, este día, que para mí era desconocido, se sustenta en el final de la primavera, las horas de luz, la cercanía de las vacaciones, los planes para este… Y la verdad es que yo sí que empiezo a planificar mis vacaciones ya, y he llegado a la conclusión de que me voy a someter a un riguroso y férreo horario para poder sacar el máximo rendimiento a la jornada estival, sostenido en los dos pilares fundamentales de mi existencia, y que este curso, tan duro, no he podido desarrollar en todo su potencial: leer y dormir. Pensarán ustedes que estas son cosas que se pueden hacer durante todo el año, y yo les daré toda la razón, solo que este verano pienso llevarlas a un nivel cuasiprofesional, si es que eso es posible. En estos momentos, me parece que es todo lo que necesito en la vida: una pausa para la relajación y que mis problemas se reduzcan a no saber qué libro será el siguiente. 

Aunque, en realidad, durante el verano suelo tener un problema mayor: las babosas (y algún caracol, quiero creer que despistado) se comen mi albahaca. Y para mí, que siempre que puedo le echo esta planta aromática a la comida, es un problema complicado de resolver, porque no quiero ni que la planta ni que los gasterópodos naranjas sufran ningún mal, por lo que suelo coger algún resto de tronco de eucalipto para apartarlos, pero siempre vuelven. Por otra parte, también tengo que tener cuidado al regar, no vaya a estrangular la manguera y esta vaya a explotar. Y eso por no hablar de la hiedra: hay que controlar que no lo cubra todo. Vaya, se me complica el verano. Tendré que incluir una nueva actividad en mi calendario: leer, dormir y cuidar del jardín.  Por otra parte, en verano la actividad bolística cántabra es cuando es más intensa con el final de la liga y los torneos, por lo que tendré que dejar un ratito para la televisión por las noches. Menos mal que acaban a una hora prudente, y podré seguir yéndome a la cama pronto para cumplir con mi mayor objetivo: leer y dormir. Aunque ahora incluya también cuidar del jardín y ver los bolos.

Creo que me he desviado del tema: el día más feliz del año. No hagan como yo y se pierdan en los planes para el futuro. Hoy es domingo, pueden aprovechar ya mismo para leer y dormir, pero también hay otras muchas maneras de celebrar el día: un paseo por el campo, música que les motive, un rato en familia, una película bonita, arreglarse para salir a la calle, un ramo de flores, cocinar, sonreír… El caso es que no hay momento como el ahora, bien lo sabemos ya, y no hay que esperar para llevar a cabo aquellas actividades que nos llenen de felicidad. Y, sobre todo, sean felices para si mismos, sin necesidad de compartirlo, de lanzarlo a los cuatro vientos por medio de las redes sociales: cuánto más disfrutemos, más batería debería tener el móvil. Ya sé lo que están pensando: ¡pero si nos acaba de contar con todo detalle cúales son sus planes de verano! Y yo les diré: no se crean todo lo que leen. Pero lean y duerman, que es muy saludable.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2021

Abejas en mi ventana

El pasado fin de semana conviví con un enjambre de abejas. Los laboriosos insectos decidieron instalar su panal en casa de mis abuelos y desde allí coordinar todas sus labores. La urbanita que hay en mi al enterarse, imaginó todo tipo de situaciones postapocalípticas mientras hablábamos con el primo de mi madre, apicultor en su juventud, y nuestro vecino de allí, que nos decían que podíamos convivir con ellas sin que hubiera ningún problema: cada uno iríamos a lo nuestro.
El caso es que, finalmente, mi lado más naturalista, cada vez más desarrollado, tardó poco en acostumbrarse a la convivencia, hasta tal punto que al poco rato ya caminaba por debajo de ellas sin recordar si quiera que estaban allí. La realidad, por supuesto, distaba mucho de lo que me imaginaba: casi ni se las oía, no se acercaron a mí y estaban trabajando constantemente, desde que el sol daba directamente sobre la fachada de la casa hasta que dejaba de hacerlo. Y, entre todos los comentarios que había oído durante el viaje y esa interacción biológica neutra en la que cada una estaba a lo suyo, comencé a interesarme por estos insectos, como ya me había pasado anteriormente con los burros y, como me pasó con estos, cada cosa nueva que leía, me fascinaba. La conclusión a la que llegué, más allá de la sensación de tener que poner a salvo a las pobres abejucas antes de que llegaran las avispas asiáticas y les tendieran una trampa, es que cuánto más vivo en el campo, más me gusta lo que descubro. Y no se trata solo del medio ambiente: también hablo de la gente.
Hablar de conexión entre el hombre y la naturaleza se me hace ridículo: el hombre es naturaleza, forma parte de ella aunque lo haya olvidado. Quién sabe si éxodo rural y la necesidad de integración en las ciudades, evitando los estereotipos de la gente de pueblo, ha podido llevar a la sociedad hasta un punto más allá del que aún es posible el retorno, generando en nuestro planeta situaciones límite de las que no sabemos bien cómo enfrentarnos. La amenaza es tan grande que cualquier acto individual parece vacuo y condenado al fracaso. Son estos, sin embargo, los que marcan la diferencia, los que contagian a los que nos rodean y los que, a la larga, cambian las cosas. La convivencia con la naturaleza y el conocimiento, saber las fascinantes relaciones en las que estamos incluidos e integrados, forman parte de la conciencia naturalista del hombre, que encuentra en la armonía con el entorno su máxima expresión. Son estos valores que deberíamos recordar todo el año, pero que a veces solo advertimos en la jornada mundial del medio ambiente que tuvo lugar ayer.
Volviendo a las abejas. El domingo por la tarde se presentó el apicultor Víctor en casa y se llevó el panal, prometiendo miel de nuestras abejas para más adelante. Pero no se las llevó demasiado lejos y el lunes por la tarde regresaron, con otro enjambre que se había unido por el camino. Nuestro apicultor de confianza volvió armado con su traje al día siguiente y se las ha llevado más lejos, dónde podrán seguir beneficiando al ecosistema, a salvo de las temibles asiáticas. Mientras tanto yo no dejo de pensar que las abejas y yo consideramos nuestra casa al mismo lugar.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2021.