En Torrelobatón

Ilustración: Julio Veredas

En Torrelobatón Padilla se impacienta de esperar.

Anochecía cuando el líder de los comuneros miraba al horizonte desde lo alto de la torre del castillo. Apoyado en un adarve sin almenar, observaba los campos de Castilla perderse en el infinito. Por un instante, la lluvia de abril había dado una tregua y solo el verde impoluto de los prados sin árboles, como el castillo sin almenas en que se hallaba, se extendía ante él. Breves instantes de paz. Pero duraron poco. La lluvia volvió débilmente, recordándole la carga que llevaba sobre sus hombros. Padilla tenía que tomar una decisión. Las patrullas de reconocimiento le habían sido claras: los imperiales, cercanos a Torrelobatón, estaban reuniendo un poderoso ejército, muy superior al suyo. Al principio solo luchaban contra los flamencos, que ni si quiera hablaban castellano, que Carlos I había dejado en el gobierno, pero poco a poco se les habían unido algunos miembros de la nobleza castellana. Mientras estudiaba el terreno oyó unos pasos a su espalda. Pronto Juan Bravo se encontraba junto a él.

​—Va a llover otra vez— le dijo el capitán segoviano.

​—Y no va a parar en los próximos días—respondió Padilla— ya se sabe “son de abril las aguas mil”.

​—¿Has tomado una decisión?

​Padilla meditó unos instantes, abarcando la inmensidad del campo castellano con la mirada, mientras se mesaba la barba. Sus tropas querían partir. Todos sabían cuál era la situación. Quizá había retrasado demasiado la decisión. Igual había sellado ya el destino de los comuneros.

​—No podemos defender el castillo. Es imposible.

—Lo sé. Creo que todos lo sabemos— coincidió Bravo.

​—He intentado permanecer aquí todo el tiempo posible, esperando que nos llegase el dinero para pagar a la soldada. Pero no llega y empiezo a pensar que no llegará.

​— Si no hacemos algo pronto, seguirán las deserciones. Ya hemos perdido mucha gente. 

​—No solo eso, los imperiales están al caer. Lo sabemos desde hace tiempo — Padilla miraba al horizonte, como si esperase verlos aparecer de un momento a otro—. Tan solo nos separa una legua. Puede ser mañana, puede ser pasado o puede ser en una semana, pero llegarán a nosotros y si seguimos aquí no podremos resistir.

​— Entonces… ¿nos vamos?

​Padilla asintió despacio.

​—A Toro.

​Juan Bravo dejó de mirarle, centrando su atención en el infinito verde que se extendía ante ellos. En apenas unos meses, el color esmeralda de los prados se habría tornado oro castellano. Los dos líderes comuneros miraban en la misma dirección, barajando mentalmente las opciones cuando la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los jóvenes se resguardaron en uno de los ocho torreones redondos que coronaban el castillo de Torrelobatón.

​—El viaje es a campo abierto —apuntó Juan Bravo—. Si nos siguen, será una batalla difícil.

​—Lo sé. En realidad, no tenemos muchas opciones —reconoció Padilla—. La única alternativa es llegar a Toro. Aquí no tenemos medios para resistir el asedio y en campo abierto la diferencia de número sería insalvable. 

​—Recemos por llegar a Toro —dijo Bravo, llevándose la mano a la cruz roja que lucía en el pecho—. Con esta lluvia será difícil.

​—Seguramente tengamos que luchar en el camino. Pero lucharemos hasta el final. La traición de Pero Laso de la Vega ha supuesto un duro golpe, no solo se ha pasado al bando real, también se ha llevado parte del ejército. Pero nosotros tenemos algo de lo que él carece: el honor. Quedemos los que quedemos, en las condiciones que hagan falta, aunque vayamos perdiendo. Es cierto que la mayor parte de nuestros hombres no son soldados profesionales, son gente del pueblo, sin formación, pero sobrados de valor y creyentes en la causa —por un instante, Juan de Padilla volvió a mirar el horizonte, hipnotizado. Bravo esperó, sabía que su capitán no había acabado—. Sí, compensaremos cualquier deficiencia con el valor. Jamás nadie podrá acusarnos de no llegar hasta el final por la causa de Castilla. Lucharemos hasta el final. 

​—En ese caso, debemos bajar y disponerlo todo para partir —respondió Juan Bravo, al tiempo que apoyaba su mano en el hombro de Padilla.

Los seis mil hombres del castillo tardaron varias horas en estar listos para partir, con las lanzas, escopetas y cañones. Cuando al fin salieron de Torrelobatón, apuntaba el nuevo día sobre las nubes que cubrían el cielo, y que parecían cerrarse sobre los comuneros que marchaban hacía Toro. La meseta, convertida en un barrizal, dificultaba el avance de las tropas, trabadas, encalladas en el lodo y azotadas por el viento achubascado. El paisaje no era más que una escena difuminada sobre papel, del cual solo podía esperar que cambiase pronto por la muralla de Toro. Luchar contra el aguacero consumía sus energías, a cada paso el agotamiento era mayor.

​Poco tardaron los imperiales en saber de la marcha de los comuneros.  El condestable y el almirante de Castilla estaban preparados para la contienda, y pese al tamaño de su ejército, poco tardaron en movilizarse. No en vano, ellos sí eran un ejército profesional, adiestrado y preparado para la batalla.

​Pronto supo Padilla de su acecho. Como hombre de honor, supo que debían buscar un lugar para luchar, en lugar de huir. Dio órdenes a sus gentes.​

—¡Desplegad los pendones! ¡Qué redoblen los tambores! —gritó desde su caballo— ¡Qué no nos crean cobardes que huyen! ¡Preparaos para luchar!

Siguiendo el regato del Hornija, Juan de Padilla decidió que Vega de Valdetronco era el lugar idóneo para luchar y así dio la orden. Pero la lluvia, el ruido y el caos, impidieron que la vanguardia del ejército oyera su orden. El ejercito comunero avanzaba directo a Villalar.

Publicado en Diario de Ávila el 22 de abril de 2021, quinientos años después de que los comuneros salieran de Torrelobatón camino de Villalar.

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