Batalla de Villalar

Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar.

Juan de Padilla se reunió con Juan Bravo y Pedro Maldonado para disponerse a la lucha. Desde sus caballos, mientras la lluvia los mojaba,los capitanes comuneros concretaron un plan: las eras que rodeaban la población eran barro puro, no tendrían ninguna opción frente a los hombres del rey. Lo mejor sería atacar desde el pueblo. Allí podrían resguardarse, resistir y solo salir a campo abierto en caso de que fuera necesario. Las órdenes llegaron a los soldados comuneros, que corrieron presto a las calles de la villa.

​Padilla organizaba a los lanceros, pero no perdía de vista a sus demás hombres y veía montar los cañones bajo la lluvia que no daba tregua. Evitaban los charcos para no estropear la pólvora y se afanaban en prepararse, pero se les resbalaban las piezas de las manos. Los imperiales galopaban hacia ellos, lanza en ristre, preparados para atacar, y los comuneros empezaban a disparar cuando algunos soldados se asustaron y decidieron huir lo más lejos de la batalla, soñando con volver a sus casas o encontrar cobijo de la lluvia, de agua y de pólvora que los rodeaba.

​Ante la dispersión general, los capitanes galopaban hacia sus hombres y los arengaban, sabedores de que necesitaban ánimo.

​—¡Por la reina Juana! —gritaba Francisco Maldonado, lanzándose al galope.

​—¡Libertad! —gritaba Padilla mientras los jinetes se enfrentaban a los imperiales. 

​Pero la batalla duró poco. Los inexpertos soldados comuneros seguían huyendo en todas las direcciones mientras los hombres fieles a Carlos I los atacaban desde sus caballos, les daban rápida muerte, o los herían con crueldad, para que se desangraran lentamente. Juan de Padilla luchaba con fiereza, pero seguía teniendo ojos en todas partes, que le iban partiendo el corazón a cada estocada, sabedor del destino de los hombres que confiaron en él. En su avance, los imperiales apresaron a los dos primos Maldonado. Juan Bravo y él siguieron luchando. Era un auténtico espectáculo verlos guerrear bajo el incesante aguacero. Juan Bravo se enfrentaba al enemigo sin descanso, empuñaba su espada con fiereza, sin pensar en el mañana. Juan de Padilla, luchaba desde su caballo, sin dejar de animar a sus hombres. 

​—Gente de honor como ellos, buenos guerreros y valientes hasta el final no hay en todas partes —le comentó el condestable Velasco al almirante Fadrique.

​—Da igual—respondió el segundo—. Cuanto antes los apresemos, antes acabará esta farsa. No tienen nada que hacer, pero los pocos que luchan lo seguirán haciendo si sus líderes siguen en pie. 

​Dieron la orden. Los jefes debían de ser los primeros en caer.

​Padilla, desde su caballo, al ver a un grupo de soldados correr para combatir juntos contra Juan Bravo, intuyó la orden. Pese a su fuerza y valor, el capitán segoviano fue apresado sin llegar a soltar su espada. En ese momento, Padilla intuyó su destino. El capitán de las tropas comuneras veía caer a sus soldados, olía la muerte de sus compañeros y oía el fragor de la batalla, cuando un nutrido grupo de imperiales llegó hasta él. A caballo chocaron sus espadas. Aun siendo solo uno, se defendía con presteza. Cada estoque resonaba en su alma como un comunero perdido, cada vez se enfrentaba a ellos con más fiereza. Pero sus adversarios se cansaron y recurrieron al juego sucio. Le atacaron las piernas para tirarle del caballo. Un dolor lacerante hizo caer a Juan de Padilla de su montura y apenas sintió el golpe de su espalda contra el suelo, vio a sus combatientes ante sí. Como si de unos vulgares maleantes se tratasen, la emprendieron a patadas contra el comunero. Sus costillas, sus piernas, su cabeza… le molieron a golpes, con tal saña que Padilla dejó de sentir dolor. Una vez satisfechos sus más bajos instintos, la desenfocada mirada del capitán vio ante sí una cara irreconocible. Uno de sus  rivales empuñaba su espada contra él. Don Juan comenzó a rezar, sabiendo que era su final. Apenas había lanzado un último pensamiento a su mujer, sintió el filo arrastrarse por su cara, marcándole para siempre. Entonces lo comprendió. Mientras sentía su sangre caliente en la cara, mezclada con el barro y la lluvia de abril, se detuvo el sonido de la contienda. Solo oía a su gente morir. Todo había acabado, pero él no caería en la campa de Villalar. Su muerte sería pública. Había de servir de ejemplo a toda Castilla.

​Vencidos los capitanes, acabó la última batalla de la revolución. Mientras remataban a los heridos, llevaban a los cabecillas hasta el pueblo para encerrarlos y acabar así con la contienda. Los nobles se reunieron en el concejo, bajo la luz de las antorchas y con el sonido de la lluvia de fondo para decidir el destino de los comuneros.

​—La sentencia del rey fue clara: los comuneros seglares han de morir — dijo el duque de Medinaceli, apurando su copa de vino.

​—Pero deberían tener un juicio justo— declaró el conde de Benavente.

​—¿Qué juicio? —reclamó Medinaceli— ¿No te parece bastante clara la orden que mandó Carlos I desde Worms?

​—Quizá podamos ajusticiar a los cabecillas —intercedió el almirante de Castilla—. A Juan de Padilla, Juan Bravo y Pedro Maldonado los mataremos sin más tardanza, en la próxima madrugada, para acabar con la revuelta inmediatamente. Los demás que esperen un juicio. No corre tanta prisa. 

​—Pedro Maldonado es mi primo —saltó de nuevo el conde de Benavente, dejando su copa sobre la mesa con un sonoro golpe—. No puedo consentir su muerte.

​—Se ha levantado contra el servicio de su majestad. Es un traidor.

​—No lo niego —respondió Benavente llevándose las manos a la cabeza. Hizo una pausa para asimilar los que aquello suponía para su linaje y luego prosiguió—. Y debe pagar. Pero os pido que le condonéis la vida. 

​—Los capitanes deben morir —dijo el duque de Medinaceli, aún enardecido, dando un puñetazo que hizo temblar la mesa.

​—En tal caso, podemos darle otro Maldonado —razonó el Contestable—. Dejemos a su primo en la cárcel, mientras que Francisco Maldonado, primo de este, morirá en su lugar.

​El conde de Benavente no parecía seguro, pero sabía que era la única opción. El conde de Haro había salido con sus tropas a perseguir a los huidos. Afortunadamente, todo había llegado a su fin, y la familia Maldonado debía pagar su traición.

​—Sea, pues, —dijo el conde—. Don Pedro vivirá en la cárcel, mientras Francisco Maldonado morirá en la picota mañana.

​Pronto avisaron a los jueces, que firmaron la sentencia de muerte de los cabecillas de la revolución de los comuneros. Los nobles celebraron su decisión con comida y vino. Muchos lo festejaban alegres, pues habían odiado a aquellos hombres desde el principio. Otros, que tenían relaciones con los rebeldes, pensaban solo en el fin de la guerra, pero en fondo sopesaban lo que aquello podría suponer para el reino. 

​Esa última noche, los lideres esperaban su destino en las celdas. Mandaron llamar a unos frailes, que les tomaron confesión y les dieron la última comunión. Los cabecillas comuneros eran nobles caballeros y oraron piadosamente mientras sentían la muerte acercarse. Habían obrado como les dictaba su conciencia, pensado en los demás. Sabían desde el principio cuáles serían las consecuencias si fracasaban. Finalmente se enfrentaron a la última despedida. La titilante luz de las velas se proyectaba sobre los desnudos muros de la celda, mientras Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado se despedían por escrito de aquellos a quienes aún amaban.

En las eras que rodeaban Villalar caía la noche y, con ella, el silencio. La campa estaba llena de cadáveres ensangrentados, vencidos en batalla. Mudo quedó aquel día el campo castellano.

Publicado en Diario de Ávila el 23 de abril de 2021, con motivo del V Centenario de la Batalla de Villalar.

 

 

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