
Me invade la pereza. Llevo unos días en lo que lo único que quiero hacer es dormir o vaguear. Mirar el tiempo pasar. Hace tiempo que sé que tengo que escribir este artículo, pero hasta eso, cosa rara en mí, lo he dejado para el último momento. No es que no sepa sobre qué escribir (que a veces pasa), ni que tenga el tan temido bloqueo del escritor (que sí, he tenido). Es que no me apetece. Mi cerebro se ha desconectado y se dedica a divagar sobre la belleza del campo y los sonidos de la naturaleza. Lejos del mundanal ruido ansío el descanso que el día a día parece no poder ofrecer igual. No enciendo ni la tele ni compro el periódico. El móvil está en silencio, como siempre, pero lejos. Debajo de un árbol la vida es más calmada y tiene otra perspectiva. Mi gran preocupación, y la verdad es que es una preocupación grande, son los mosquitos, las arañas y las avispas. O mejor dicho sus picaduras, porque ellos en sí no me molestan.
Limpio las macetas de las malas hierbas, que solo lo son porque nosotros así decidimos que lo sean. Veo escurrirse a las lombrices y las cochinillas. Planto flores nuevas. Me mancho las manos de tierra. Oigo el sonido de las ciruelas al caer del árbol. Los cuervos parecen discutir entre ellos. El tractor pasa por detrás de casa y rompe la calma natural. Las vacas mugen, corretean y los cencerros animan la caída de la tarde. Las montañas me rodean como una muralla protectora. De repente me doy cuenta, aún con el tractor dando guerra, de que me estoy limitando a describir lo que veo, lo que hago. Igual es que el cerebro no me da para más, también lo he parado. Y, sinceramente, es lo mejor que puedo hacer, no se puede ir siempre a la máxima velocidad. Ahora debería hacer una reflexión sobre la importancia de pararnos, de pensar, de reflexionar, pero este no es un artículo reflexivo, aunque algo se pueda sacar de él y todo lo anterior sea cierto. En algún momento se ha convertido en un proceso de escritura automática en el que escribo lo que se me va pasando por la cabeza, pero es tan básico que se limita a contar lo que hay. Y lo que hay es lo de siempre, o muy parecido. Eso que siempre reivindico, el valor del día a día. Apreciar cada momento que vivimos y percibir lo que realmente es la vida con entusiasmo, sabiéndolo apreciar. Porque de la noche a la mañana las cosas cambian y lo ordinario se convierte en extraordinario. Un día estás tomando unas cañas y al día siguiente no sabes qué va a pasar. Por eso hay que apreciar todas las cosas que conforman la rutina.
Hasta ese tractor que rompe la paz. Las nubes que han cubierto el cielo y que amenazan tormenta y que igual me limpian el coche. O las plantas que cuelgan del porche. El color de la buganvilla en esta época del año. Las hojas bajas del árbol, que tienes que podar, pero que te abanican. Eso de tener que quitar telas de araña cada día y matar mosquitos cada noche. Regar las plantas. Salir a tomar algo con los amigos, las cenas o las fiestas de los barrios.
Me invade la pereza. Llevo unos días en lo que lo único que quiero hacer es dormir o vaguear. Mirar el tiempo pasar. Me pregunto cuánto tiempo me va a durar. De momento, me limito a disfrutar, porque no siempre puede uno dejarse llevar y la pereza, como todo, también pasará.
Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023
