
El otro día escuché una noticia en la radio que hablaba sobre el criterio. Podría haber sido cualquiera, pues en estos tiempos se alude mucho y muy rápido a este término, y no pude evitar preguntarme qué es realmente el criterio. Normalmente, en el día a día utilizamos una serie de palabras sin plantearnos realmente qué significan ni qué connotaciones llevan. Estoy segura de que, una vez desengranadas, las noticias serían distintas. Y voy más allá: si los que mandan o aspiran a ello averiguasen qué son esos vocablos a los que recurren con tanta facilidad y sin apenas reflexión, tendrían más cuidado al hablar. Como lo que yo pensaba estaba en una discordancia absoluta con el uso que hacen de él nuestros dirigentes, me puse a investigar. No soy ni lingüista ni filóloga por lo que puede que mi investigación no tenga un rigor como el del profesional que se dedica a ello, pero al menos lo voy a intentar, por tenerlo más claro.
Si lo buscas en el diccionario, es una opinión, juicio o decisión que se adopta sobre una cosa. Parece sencillo, pero la propia definición conlleva una serie de términos que hacen referencia directa a la propia filosofía. Si valoramos la expresión en términos de esta disciplina, encontraríamos que el criterio es aquello que nos permite distinguir una cosa de otra, lo que es verdadero de lo falso, lo que tiene sentido frente a lo que no.
Con esta nueva acepción, la cosa cambia. No es lo mismo tener una opinión, que es modificable o emitir un juicio, que puede ser erróneo, a ser capaz de distinguir entre las acciones humanas. De alguna manera, actuar con criterio supone tener un conocimiento que nos hace discernir qué hacer. Teniendo en cuenta lo anterior, y que sería un proceso que lleva muchos años de elaboración y de observación, ¿podemos cambiar de criterio como de camisa? ¿conviene usar la palabra alegremente o es mejor limitarnos a hablar de opinión? Está claro que es una palabra mucho más sonora, porque parece más meditada y pensada. Tener unos criterios es mucho más contundente que tener una opinión, porque esta última, en términos filosóficos simplificados se entiende como un conocimiento probable y, que por tanto, está tan alejado de la verdad como de la ignorancia. Para esto no es necesario tener una conocimiento absoluto mientras que en el otro caso se presupone un entendimiento del tema, así como la capacidad de razonamiento. La cosa sigue complicándose y los avances necesarios no caben en una sola columna. Sin embargo, está claro que necesitamos aprender más vocabulario y filosofía. Y si no, volvamos a leer las noticias, esas en las que aludimos al criterio como si hablásemos de un termino simple. Igual esa utilización tiene que ver con los tiempos en que vivimos, de cambios rápidos, de falta de permanencia. También puede que guarde relación con el hecho de que relegamos la filosofía y olvidamos que aprender a pensar, a dudar y discurrir es uno de los aprendizajes más útiles que podemos adquirir. O lo mismo es que a tiempos rápidos, filosofías rápidas. Supongo que la respuesta a estas preguntas dependerá del criterio de cada uno. Pero solo es mi opinión.
Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2019.
