
Tras la vuelta de las Navidades, nos vamos adaptando de nuevo a la rutina. Por ello, hoy quiero aprovechar para hacer un alegato a la habilidad que diferencia al hombre del resto de animales: la imaginación. Podríamos pensar que son otras capacidades, pero salvo la capacidad de pensar en el futuro, no se ha descubierto otra destreza que los animales no posean, aunque sea en dis- tinto grado. Es lo que nos permite leer, escribir, investigar, desarrollar habilidades matemáticas, descubrir, inventar… Nuestro desarrollo cerebral nos permite prever qué va a ocurrir a continua- ción, a corto, medio o largo plazo en base a nuestros conocimientos. Esta predicción puede ser más o menos acertada o realista, pero en realidad, el mero hecho de poder hacerla es la mayor magia que se obra en el cerebro humano. Sin embargo, a esta magia le están saliendo enemigos.
La era digital tiene sus pros y sus contras y ha acarreado nuevas enfermedades cataloga- das por la OMS como la adicción a las nuevas tecnologías. La dependencia, da igual el nivel, de las pantallas es uno de los grandes adversarios de la creatividad. Siempre se ha dicho que la tele (y ahora el resto de aparatos electrónicos) atrofiaba la imaginación y esta frase tan manida tiene una razón neurobiológica. El cerebro funciona con estímulos y uno de los más elevados es la imagen. Cuanto más completa es, más alto el estímulo. Así pasamos de la pantalla, a los vídeos y de ahí al más alto: el videojuego. En ellos, la imagen reacciona a las órdenes del jugador. Si ex- ponemos a los niños continuamente a este impulso, todo lo que quede por debajo, que es lo normal, dejará de funcionar, pues el cerebro necesitará más para funcionar al mismo nivel. Este patrón tiende a fortalecerse, sus efectos negativos se perpetúan y a la larga produce falta de concentración, interés e imaginación.
La falta de capacidad para el aburrimiento está muy relacionada con lo anterior, pues en muchas ocasiones, cuando los niños se aburren y molestan, acaban con una pantalla entre las manos. Hoy en día hay una tendencia muy alta a condicionarlos con las nuevas tecnologías para que no molesten. Solo tienen que mirar los bares y restaurantes para ver cómo conseguimos que se porten bien. Sin embargo, los adultos necesitamos saber aburrirnos, pues es en esos momen- tos de no hacer nada cuando nos dedicamos a la introspección, pensamos en quiénes somos o en qué queremos cambiar. Por ello, saber aburrirse es imprescindible. En la infancia, los periodos de aburrimiento son igual de importantes. El aburrimiento es tiempo para nosotros mismos, e igual que a los adultos nos sirve para la reflexión, a los niños también les ayudará para conocerse a sí mismos. En estos periodos ociosos, los niños trabajan la imaginación, sueñan, crean en su mente, pero también surgen preguntas. Estas preguntas les van a llevar no solo a aprender, sino también a intentar encontrar respuestas, lo cual les ayuda a construirse a sí mismos y determinar quiénes son.
Pero en el mundo tecnológico, todo esto parece fuera de lugar. Las prisas y todas las op- ciones que se nos presentan no siempre dejan tiempo para pensar. Y mucho menos para soñar.
Publicado en Diario de Ávila en enero de 2020.