
Vincent Van Gogh es uno de los pintores más admirados y reconocidos de nuestro tiempo. Sus anécdotas son muy conocidas, como su oreja cercenada, su estancia en el psiquiátrico o su suicidio. Pero, dejando aparte las historias que cuentan sus cuadros, hay una en particular que me encanta y pese a ser muy interesante, es la gran desconocida.
Durante su vida, el pintor holandés fue rechazado por su personal estilo y solo vendió dos cuadros. Sin embargo, de la noche a la mañana se volvió uno de los artistas más cotizados del mundo. Cualquiera podría pensar que el mundo, de repente, vio la genialidad de su obra y entró en razón, pero esto no fue así. Hay un artífice de este milagro artístico: Johanna Van Gogh-Bonger.
La historia de Johanna es, por sí misma, apasionante. Nacida en Ámsterdam en 1862, fue la quinta de siete hijos, estudió hasta alcanzar el equivalente actual a un grado, hablaba varios idiomas, tocaba el piano, escribía ensayos y trabajó en Museo Británico antes de conocer al que sería su primer marido, Theo Van Gogh. Durante el poco tiempo que estuvieron casados vivieron con la sombra del problemático hermano de su marido: Vincent. Tal fue la unión de los hermanos que Theo murió apenas seis meses después del supuesto suicidio del pintor.
Con 28 años, Johanna se quedó viuda con un hijo de un año, cerca de 900 cuadros de su cuñado que nadie quería y todas las cartas que Vincent le había escrito a Theo. Lejos de amilanarse, esta luchadora comenzó a leer las cartas, descubriendo la intensidad del hermano predilecto de su marido, al que solo había visto en dos ocasiones. Con buen tino, paciencia y persistencia, empezó a prestar obras a exposiciones, organizar retrospectivas con la obra de Van Gogh e incluso vendió algunos cuadros, tanto a coleccionistas privados como a museos. Durante todo este tiempo también fue seleccionando, editando y traduciendo las cartas que escribió a su hermano, elaborando los tres volúmenes que configuran la conocida obra “Cartas a Theo”, permitiéndonos conocer mejor al torturado artista. Las cartas fueron el detonante de la fama del holandés que, unido a sus coloridos cuadros, calaron hondo en la conciencia general del público. En él encontraron un genio, complicado y en ocasiones incluso violento, pero un genio al fin y al cabo, que desarrolló un estilo artístico propio y fácilmente reconocible. Pese a sus segundas nupcias, Johanna nunca dejó de trabajar en el legado de Vincent Van Gogh.
La vida de Johanna, una mujer fuerte e inteligente, ha quedado prácticamente olvidada por la historia. Van Gogh fue un pintor entregado y original, pero sin la intervención de su cuñada sus cuadros seguramente hubieran sido destruidos en su casa de París, como pedían los vecinos. Con toda probabilidad, sin Johanna Van Gogh-Bonger no conoceríamos ni admiraríamos la belleza de la obra del holandés, que se habría sumido en el olvido en lugar de convertir a su pintor en inmortal.

A veces olvidamos lo importantes que pueden llegar a ser las personas que nos rodean y lo mucho que influyen en nuestras vidas. Nunca se sabe quién te va a cambiar la vida. O, en este caso, la eternidad.
Publicado en Diario de Ávila en enero de 2019.