
La exposición de Beethoven es el nombre con el que se popularizó la muestra número catorce de la Secession, dado que estaba dedicada al genial músico e inspirada por la escultura del mismo del escultor alemán Max Klinger. Más de 60.000 personas visitaron la exposición que tuvo lugar entre el 15 de Abril y el 27 de Junio de 1902. Fue concebida como una Obra de Arte Total (Gesamtkunstwerk) y fue el mayor éxito del movimiento austriaco que incluso utilizó lo que hoy en día serian considerado como campaña publicitaria para conseguir el éxito de visitas que obtuvo.
El punto de partida de la exposición de Beethoven es una escultura del artista alemán Max Klinger sobre el afamado músico. Entorno a ella se diseña todo el conjunto de la presentación, desde la planta de la sala de exposiciones hasta las demás obras de arte que acompañan al conjunto escultórico. Esta exposición, que en el catálogo de la misma llega a ser calificada de experimento, es el mayor ejemplo de Gesamtkunstwerk que se conoce, buscando la integración de distintas artes como la arquitectura, la escultura, el diseño o la pintura todas ellas al servicio de la música.

El encargado de la organización artística es el arquitecto y diseñador Josef Hoffmann, que reorganiza, de acuerdo a Peter Vergo, el espacio interno del Pabellón de la Secession como un templo, con la posibilidad de ver la escultura de Klinger desde las tres naves, pero obligando a acercarse a ella solo al final de la exposición a través de una ruta similar a una rotonda. En su momento este diseño se vio como un santuario al que no se permitía el acceso sin estar preparado. La preparación para ver la escultura de Beethoven eran las demás obras creadas ex profeso para la exhibición y pensadas todas ellas para desaparecer después de la misma, siendo finalmente solo salvado el Friso de Beethoven de Klimt por aclamación popular. Esta decisión se debe al carácter casi sagrado del que se quiso hacer gala en esta exposición; por mucho que un artista aspire a transmitir un sentimiento elevado con su obra, al venderla se comercializa y se convierte en un objeto. Destruyendo las obras garantizaban la solemnidad del proyecto.

En la exposición, a parte de las obras ya mencionadas de Klinger y Klimt, se exponían dos paneles abstractos de Böhm y Roller, uno delante y otro detrás del busto y varias esculturas en relieve ornamentales de Josef Hoffmann y de Ernst Störh, así como frescos de Ferdinand Andri, Friedrich König, Josef María Auchentaller y Rudolf Jettmar. Kolo Moser y Richard Luksch realizaron sendos mosaicos con distintos materiales combinados, Othmar Schimkowitz, Leopold Stolba y Maximilian Lenz realizaron distintos altorrelieves de mármol, el de Lenz incluyendo esculturas de bulto representando columnas en madera. De todas estas obras, solo queda constancia en las fotografías de la época en blanco y negro, pero en ellas se puede apreciar el diseño diáfano de la exposición que buscaba preparar al espectador para entender la escultura de Klinger, a través de distintas obras de un lirismo y abstracción a la altura del genio de Bonn.
La exposición responde al objetivo secesionista de mostrar una obra de arte total o Gesamtkunstwerk, una idea de la época que abogaba por acercar las distintas artes entre sí frente al progresivo alejamiento que estaban sufriendo. El músico Richard Wagner, que acuñó la expresión, estaba particularmente obsesionado con la fragmentación de las artes, que era cada vez más evidente, y quería crear una obra de arte que fuera capaz de aglutinar todas fuerzas creativas al servicio de una idea artística. Por lo tanto el objetivo de esta exposición consistía en unir todas las artes individuales, en concreto arquitectura, pintura, escultura y música, a través de un tema común. En este caso, la obra de arte no es individual para ser vista dentro de cualquier museo o exposición y no puede ser considerada como tal por si misma: tiene un lugar y un objetivo y fuera de él pierde su significado dado que la obra de arte en sí resulta de la combinación de la las pinturas, esculturas y el diseño interior pensado para ella. Incluso el catalogo de la exposición se considera el más artístico, pues sigue la estela del objetivo fijado para la muestra. Se trata de que los componentes individuales queden subordinados a la totalidad del proyecto. Por ello, todos los participantes tuvieron que trabajar al servicio del proyecto teniendo en cuenta el espacio, encargados cada uno de un trabajo distinto, como se trabajaba en las antiguas catedrales medievales. Esta última comparación no se trata de una coincidencia, pues durante el desarrollo de la exposición, el Pabellón de la Secesión se convirtió en un templo y los artistas en los profetas que transmitían el mensaje de Beethoven y que facilitan a los visitantes la oportunidad de elevar su espíritu y refugiarse de la adversidad y la fealdad del día a día.

La exposición tuvo que retrasarse en dos ocasiones debido a que la escultura de Klinger no estaba acabada, lo cual generó muchas expectativas entre los propios artistas, pero también en los ciudadanos vieneses y a este interés se suma la inauguración de la muestra, en la que el propio Klinger paseó por la exposición mientras Klimt se la enseñaba y pudo oír en cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven con la parte coral, perfectamente ejecutada por la Orquesta Filarmónica de Viena y dirigida por Gustav Mahler bajo el Friso de Beethoven pintado por el propio Klimt. El evento fue seguido por un banquete en Grand Hotel, consiguiendo que la sociedad vienesa hablase de la inauguración durante mucho tiempo.
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