El verano ralentiza la vida y la llena de color. Es excusa para ir más lento, para disfrutar de las horas de sol. El azul del cielo y el verde de las ramas son más intensos ahora que brillan hasta tarde y puedes mirarlos con relajación y calma. Es tiempo de juntarse mientras las bebidas nos refrescan, de pasar tiempo con los demás sin tener prisa, que es la mejor manera de echarse unas risas. La piel muta su tonalidad, reflejando el tiempo que pasamos al aire libre, la ropa se encoge y se tiñe con los más alegres tintes. Los bosques cubren sus caminos, susurrantes, los ríos cantan con un nuevo brío, las flores zumban bajo las alas de los insectos más bonitos. El mar susurra en sus tonalidades más claras y te invita a zambullirte entre sus aguas.
Solo tiene el verano un problema pero es aterrador. El calor, cada día más fuerte, que te amodorra y te agota con solo su presencia. Hay horas a las que no se puede salir y a veces te levanta dolor de cabeza: otras veces es el resto del cuerpo el que paga su insistencia. El frío en invierno se puede contrarrestar, el calor solo a veces se puede mitigar. Noches sin dormir, pero no para soñar. Incendios calcinadores que afectan a la naturaleza y a las personas que intentan sobrevivir a las horas insidiosas.
Menos mal que yo paso el verano bajo un árbol. Sus ramas me abanican mientras veo los colores brillando. Puedo estar tumbada sin pensar en nada más, así que con esa lentitud es con lo que me voy a quedar, porque si pienso en el calor me siento desmayar.
Descubre más desde Carolina Ares Ruiz
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.