TORTURA A LA VERANIEGA

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Es de noche, tarde. Apago la luz vencida por el sueño y me acomodo en el centro de la cama, disfrutando de todo el espacio disponible, del tacto de las sábanas, del peso de la manta que en algún momento de la noche necesitaré, pero que de momento solo está en mis pies. Entonces lo oigo. Ese sonido. El que todos conocemos, odiamos y puede dar paso a episodios de enajenación transitoria: un mosquito sobrevolando tu cabeza, amparado en la oscuridad cuando estás a punto de dormirte.

Ese instante puede desatar la locura. A la mierda el sueño, a la mierda la noche, hay que acabar con ese bicho asqueroso que está ahí para torturarte. Das manotazos al aire, alguno de los cuales cae en tu propia cara, pero el bicho sigue ahí. Enciendes la luz y miras en la dirección donde más fuerte suena su silbido diabólico. No lo ves, por supuesto. Te pones las gafas. Y, en ese momento, el sonido cesa. Sin embargo, ya tienes la luz dada y las gafas y haces una visualización completa del escenario. Paredes y techo, muebles, huecos, puertas, ventanas, cortinas y otros elementos textiles. Nada. El mosquito no está ahí. Se ha volatilizado. Es un maestro de la ocultación.

Con la mirada atenta de un lince vuelves a la cama, en silencio y bien atento por si en el último minuto lo ves. Pero, por supuesto, no es así. Te metes en la cama, apagas la luz e intentas volver a encontrar la somnolencia perdida. Das vueltas y vueltas con el oído atento. Pasan los minutos. Nada. El cerebro empieza a relajarse, por fin va volviendo el sopor y empiezas a quedarte dormido cuando entonces… lo vuelves a oír. Pegado a ti, no lo has oído venir, como si estuviera esperándote detrás de tu propia oreja. Más manotazos al aire con sus correspondientes golpes, la luz a toda prisa y, mientras coges las gafas, le ves. Desaparece a los pocos segundos, pero olvidas las gafas y sigues su sonido, su trayectoria, le buscas con una locura desatada, dudando incluso si echarás la habitación abajo en una versión casera de Hombre vs abeja. Entonces, previsiblemente, el mosquito vuelve a hacer uso de su habilidad de desaparición y no queda ni rastro de él, vuelve a desaparecer como si nunca hubiera estado ahí, como si todo estuviera en tu cabeza y estuvieras volviéndote loca por momentos mientras el odio hacia el bicho crece sin parar, como un balón que puede reventar. Sin perder las maneras de cazador, vuelves a la cama y todo se repite otra vez: el periodo de atención cuando apagas la luz, la vuelta a la relajación y cuando casi estás dormida, el martirizante sonido que se intensifica cada vez más. Una última persecución y lo das por perdido: te das repelente en las partes del cuerpo que quedan expuestas, te tapas hasta arriba con la sábana, consigues relajarte y volver a dormirte y que pase lo que tenga que pasar.

Y pasa. A la mañana siguiente, tienes una picadura en la cara. Buena suerte. Por mucho que fumigues durante el día y por la noche arremetas contra los bichos visibles, volverá a pasar. Cada día. De cada verano. De cada año. Feliz tortura veraniega.


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