¿Conocen la escena de la princesa Vanellope de Disney cantando sobre los deseos más ocultos de su corazón? La historia es la siguiente: en la película Ralph rompe Internet, la princesa Disney más joven y desconocida se encuentra con las más famosas. Después de un interrogatorio muy viral para averiguar si es una princesa, le preguntan por el deseo más profundo de su corazón y si ya ha cantado sobre ello, preferiblemente ante un pozo, río, mar o similar. La niña lo intenta, pero no es hasta más avanzada la película que, sobre un charco, canta una canción digna de cualquier princesa sobre su gran deseo: participar en un videojuego de carreras de coches que se llama Matadero de Humanos. Cada verano evoco esta escena pues en una casa con tres pozos, al quitar la tapa del más usado de todos ellos para comprobar que no hay agua, pienso en marcarme una canción sobre mis mayores deseos: que no falte el agua este verano, que no haya problemas en la electricidad, que encontremos un fontanero/electricista/albañil que esta vez no nos deje tirados. Pero me limito a comprobar el estado del pozo y sigo con lo mio. Ya he superado la fase de romantización de la vida rural, pese a que tenga tentaciones de ponerme a cantar en el pozo cual princesa.
La vida campestre lleva mucho tiempo siendo el escenario ideal de muchos. Puede que, transcurrido el suficiente tiempo tras el éxodo rural y con varias crisis consecutivas, se vea en el campo el ideal perdido de equilibrio vital: trabajar para vivir y no vivir para trabajar, convivencia con la naturaleza, comunidad pequeña y solidaridad vecinal. Muchos libros, películas e incluso las redes sociales se encargan de mostrar ese lado idílico de la vida campestre. Libros como Bajo el sol de la Toscana o Un año en Provenza idealizan la vida en el campo e incluso hacen de los problemas diarios anécdotas divertidas sobre las que escribir. No pasa eso, por ejemplo, en Una casa portuguesa de Ximena Mailer, donde por fin se habla de la realidad de las casas de campo. Los problemas de agua, electricidad, de las instalaciones antiguas e integridad de la casa se tratan como son: molestias constantes que requieren una solución que no siempre es fácil que llegue, a la que hay que dedicar mucho tiempo tanto en pensar como en ejecutar, unido al tiempo preguntándose si se podrá solucionar. Cada casa de campo tiene su aquel y hay que saber cómo funciona. Muchas de ellas son muy antiguas, lo que hace de la solidez una constante, pero suelen estar en terreno rústico y lugares apartados, por lo que los ayuntamientos, o el mío al menos, suelen excusarse e ignorar al ciudadano, dejándolo en el abandono más absoluto, salvo que se acerquen las elecciones. Para tirar la basura hace falta el coche, los repartidores se pierden, tienes que dar muchas indicaciones incluso mandando ubicación. Conocer los sistemas de electricidad que suelen ser antiguos y complejos, qué cosas son preocupantes y qué cosas no. Además, requieren un mantenimiento básico para poder vivir en ellas y que se vean habitables. Y, por supuesto, pequeñas operaciones de sustitución de aquello que tiempo ha deteriorado. En los últimos tiempos es cada vez difícil encontrar profesionales que tengan tiempo para hacerlo y quieran. Prima la posibilidad de la obra nueva, sin contratiempos y todo controlado. Lo viejo no se lleva.
Levantarse cada mañana es una sorpresa: ¿qué pasará hoy? Siempre llegan contratiempos y dificultades. Sin embargo, no quiero inducirles a error, el día que sale bueno es muy bueno. Simplemente aclaro lo que la experiencia me ha enseñado y me enseña cada día para que nadie se lleve a engaño sobre la tranquila vida campestre. No es fácil —escribió ella a la sombra de dos árboles, mientras veía a los burros jugar en el prado con el sonido de los cencerros de las vacas un poco más allá, rodeada de montañas, viendo bailar mariposas y siguiendo con la vista las aves que sobrevolaban la zona—. Porque la vida en el campo no será fácil pero sí es bonita. Cuando se alinean los astros y todo marcha, claro.
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