POMPA, CIRCUNSTANCIA Y EDUCACIÓN

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Cada año, disfruto del mayor momento de pompa y circunstancia en este país con los Premios Princesa de Asturias y me deleito con los discursos en los que los premiados parecen entregarnos una promesa de futuro tan necesaria en estos tiempos que Serrat definió como hostiles, contaminados e insolidarios. Por eso, mientras le escuchaba a él y a los demás premiados la semana pasada, tenía en mi memoria otros discursos: el que no pudo pronunciar Nuccio Ordine o en el que Paul Auster hablaba también de la utilidad de lo inútil. Recordaba la guitarra de Leonard Cohen o revivía el genial 2019, en el que Sandra Myrna Díaz, el Museo del Prado y Siri Hustvedt dejaban potentes mensajes para un mundo a punto de cambiar. La princesa Leonor, en su discurso este año, lo explico muy bien: estos premios premios celebran la mejor versión de la vida y los premiados son la grieta por dónde pasa la luz. 

Nuestra princesa y otra de las premiadas, Marjane Satrapi, hablaron en sus discursos de un tema recurrente en esta ceremonia (y otro de los motivos por los que me encanta): la educación. La fundación Princesa de Asturias la valora y desarrolla programas educativos muy interesantes. Satrapi, por su parte, habló de educación y humanismo, dos palabras que deberían ir siempre juntas y que los planes educativos se encargan de separar, anulando la segunda, pero que son clave en la formación de individuos libres y capaces de pensar por sí mismos. Estas dos palabras a las que he consagrado mi vida flotan entre los muros del teatro Campoamor. Qué importantes son para los premiados: se han beneficiado de ellas y sin ellas no estarían allí, pero también las ven como la solución a los muchos males que aquejan al mundo. Es el momento del año en que se reconoce la importancia que tiene la educación.

Pero es un reconocimiento efímero: se olvida según se acaba la gala. Es un recuerdo y una reivindicación, pero no un motivo de celebración. La educación base está infrarrepresentada pese a su presencia en los discursos. Son muy pocos los premios centrados en la infancia y los que hay suelen ser proyectos orientados a los más desfavorecidos. Con esto no quiero decir que haya que laurear docentes, pues su valía la mide su alumnado, pero hay muchas maneras de contribuir positivamente en el aprendizaje de los más pequeños. No hay premiados de las letras de literatura infantil; JK Rowling, pese a su contribución a las letras y a la lectura, irónicamente, recibió el de la concordia, antes de tener cuenta en X. Tampoco en artes o comunicación, exceptuando a Quino. Howard Gardner ganó el de las ciencias sociales, pero hay que ir más de diez años atrás en el tiempo. Una vez más se nos llena la palabra con el potencial, pero dejamos que se quede flotando entre los muros del teatro sin penetrar realmente en la ceremonia. Ni en la sociedad. Aún así, que flote entre la pompa y la circunstancia ya es esperanzador, como los propios premios.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2024


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