A la sombra del árbol violeta.

Este verano descubrí un libro de esos que creo que debería leer todo el mundo. O, en su defecto, ver la película si la hacen. Es una historia escrita por una narradora iraní, Sahar Delijani, que cuenta el ambiente en que nació y creció. Delijani es hija de opositores al régimen de Jomeini. Sus padres participaron en la revolución de 1979 y, al no resultar como esperaban, hicieron oposición pacífica al estado. Pero ya se sabe que las dictaduras tienden a estar reñidas con la libertad de expresión y aquellos que no estaban de acuerdo, fueron a dar con sus huesos en la cárcel. Algunos salieron, otros no y muchas mujeres, como la madre de la autora, entraron embarazadas y en prisión nacieron sus hijos. Cuando al fin consiguieron salir, se vieron forzados a emigrar de un país que los había vuelto la espalda. Y todo esto es lo que narra Sahar Delijani en su obra “A la sombra del árbol violeta”.
La historia, inspirada en los recuerdos de la escritora, pero no narrada en primera persona, va más allá de la mera descripción de situaciones. Profundiza en temas como qué implica dar a luz siendo presa, esperar el indulto o la muerte, la fuerza que da saber que tus hijos te esperan fuera o el sacrificio de los familiares para sacar adelante a esos niños. Con historias breves toca temas tan profundos como la lealtad, el sacrificio, la pérdida o la esperanza. Pero, para mí, lo más importante es la capacidad de esta obra para remover conciencias. Cuando la lees, no puedes cerrar los ojos, como acostumbramos a hacer. La realidad de Irán, que es la de muchos otros países, se hace tan brutalmente presente que es innegable. Una historia trascendente que no solo nos hace plantearnos qué hacemos desde nuestra actual posición, sino que nos enfrenta al pensamiento de lo que haríamos si estuviéramos en la situación de los protagonistas.
Enfrentarse a la realidad. Al propio ser. Cómo seríamos y cómo actuaríamos ante otras circunstancias distintas a las propias no es algo que consiga cualquier escritor. Solo las historias más auténticas, cuando están bien narradas, consiguen que nos encaremos al espejo de la verdad. La respuesta puede gustarnos o no, pero enfrentarnos a nuestro reflejo es un ejercicio que todos deberíamos afrontar. Observarnos como somos, plantearnos si nos gusta nuestra imagen, no la superficial, la que sonríe o hace muecas en el espejo, sino la interna, la que subyace. Ver qué nos gusta, qué debemos potenciar o qué hay que cambiar. Porque tarde o temprano nuestras circunstancias pueden trastocarse, como ya hemos visto, y tendremos que enfrentarnos al mundo sin conocernos bien. Por otra parte, por mucho que nos comprendamos, que hayamos contemplado nuestro reflejo, podemos hallar sorpresas, positivas y negativas. Y como el cambio es constante en el mundo, nosotros mismos volveremos a transformarnos también. Pero evolucionar es más fácil cuando sabes de dónde partes y a dónde quieres llegar. Hablando de llegar, yo ya he llegado al final de esta columna. Poco más puedo añadir, a parte de mi elogio a la literatura (y los literatos) que nos hacen pensar y nos remueven los cimientos. ¡Ah, sí! Y recomendarles que lean “A la sombra del árbol violeta”.

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2020.

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