UN INGLÉS DE GIMIALCÓN

Déjenme que les confíe un secreto. Me encantan los programas de viajes. Adoro ver paisajes lejanos y cercanos, mientras aprendo, sueño y, a veces, hago planes de futuro. Los he visto de todo tipo y condición y contribuyen, en cierta medida, a hacer la vida más bonita. Son como una evasión. Dentro de estos programas tengo tres tipos predilectos: los de casas, los de jardines y los de viajes en tren. Por eso, cuando me dijeron que “el inglés ese de los viajes” había estado en Ávila y lo habían puesto en La 2 el pasado lunes, quise verlo. Y, aunque no me llevase tan lejos como otras veces, este programa fue de lo más entretenido y muy revelador.

Para empezar, el inglés de los viajes no era otro que Michael Portillo, que con la guía Bradshaw de principios del siglo XX ha recorrido medio mundo y ya había visto varios programas suyos. Y solo pensar que paraba en nuestra ciudad fue una gran alegría. Pero las sorpresas no estaban sino por llegar. Su primer destino fue Salamanca donde, al bajarse del tren, dijo que su padre dio clase de derecho en la universidad durante muchos años. A este comentario no le di mayor importancia y pensé que habría estado de residencia o algo así. El presentador se paseo por la catedral y el puente y después, como no podía ser de otra manera, fue a la universidad. Tras ver la fachada, se encontró con un académico con el que habló de Unamuno. Y ahí fue donde todo empezó a cobrar sentido. El padre del presentador era Luis Portillo, nacido en la abulense localidad de Gimialcón a principios del siglo XX, compañero y amigo de Unamuno y la persona que recogió para la posteridad el texto de “venceréis pero no convenceréis”. El propio presentador fue político en el Reino Unido, empezando su carrera con Margaret Thatcher hasta que lo dejó y se dedicó a recorrer el mundo en tren. 

De ahí vino a Ávila. Paseo por la muralla, visitó (y durmió) en el Parador. Después, en un plano de nuestra estación magnifico, cogió el tren a Madrid. Ya en la capital fue a ver el Guernica y contó que, tras el bombardeo, mandaron a un buen numero de niños huérfanos de la tragedia a una ciudad inglesa donde su padre, exiliado, se hizo cargo de ellos y conoció a su madre, que también colaboraba con los refugiados. Después viajó a Zaragoza en AVE (y tuvo a bien ahorrarse el comentario de que había tardado menos en llegar a la capital maña que en recorrer los pocos kilometros que nos separan a nosotros de Madrid) para finalmente encaminarse hacia Can Franc. 

Fue muy gratificante ver nuestra ciudad retratada en un programa de la BBC que ha tenido mucho éxito a nivel mundial, desde la perspectiva que puede tener la persona que lo ve desde fuera. Pero también fue fantástico descubrir que el presentador inglés, como tanta gente en el mundo, tiene sus orígenes en nuestra provincia. Y es que, como creemos los abulenses,  en el fondo todo empieza aquí.

Publicado en Diario de Ávila en 2024

VEINTICINCO PUEBLECILLOS

Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.

Arévalo es la capital del mudéjar de esta tierra. En su castillo vivió la reina que nos lleva hasta Madrigal. Esta villa de Altas Torres vio nacer a Isabel, reina de los castellanos, la Católica, nombrada por un papa valenciano. Seguimos hacia Fontiveros, otro pueblo de alta cuna. Allí nació San Juan de la Cruz, abulense pese a su segoviana sepultura. Y si seguimos el camino, aparece nuestra Santa Teresa y su palomarcito en Gotarrendura.

En Benuy-Salienro hay un dolmen calcolítico, con piedras muy bien plantadas y rodeadas de vacas. Siguiendo hasta Riofrío, después de curvas muy cerradas, podrás nadar en la balsa, entre sus gélidas aguas. Y hablando de aguas dulces, pasa el Alberche por Navaluenga. Ya camino de El Barraco, con sus quesos y cervezas, se te hará la boca agua.

En Cebreros llamas a la ESA y te saludan astronautas; dales un poco de vino y cantarán a la democracia. Si sigues camino de El Tiemblo, saluda a Carlos Reviejo. Luego podrás pasear por su castañar. Y si sigues hasta Casavieja, el valle del Tiétar atraviesas: allí podrás escuchar las rondas de los pastores en Navidad. Para llegar hasta Candeleda hay que pasar por el Balcón del Tiétar: en Pedro Bernardo, las mantas y alforjas de lana y los Machurreros son tradiciones bien recordadas. Y llegando muy al sur, limitando con La Vera, Candeleda sube al Almanzor desde la ermita de Nuestra Señora de Chilla. Siguiendo esos caminos llegarás hasta Arenas de San Pedro, con su castillo, su puente y las Cuevas del Águila al lado. Si quieres volver hacia el norte, atraviesa las Cinco Villas; cuando llegues a Cuevas del Valle, el Puerto del Pico cruza.

Una vez que lo has cruzado, tras recuperar oxígeno, el Pinar de Hoyocasero te aguarda en un desvío. Esta joya botánica es distinta en flora y fauna; puedes ir a pasar el día y buscar muy raras plantas. Por caminos cubiertos de piorno, al llegar junio, llegarás a Hoyos del Espino: podrás ver cabras en escultura y trotando por las peñas. Si continúas hasta El Barco de Ávila, un buen plato de judías te aguarda; bájalas en Piedrahíta si bailas con sus señoritas. Piedrahíta Goyesca frente al Palacio del Duque de Alba. Sigue hasta Bonilla de la Sierra, con su Procesión de los Negros en Semana Santa.

Más cerca de la capital, en Muñana, los quintos siguen celebrando el Carnaval. En Muñogalindo está Ibarrola, en la Dehesa de Garoza. Ambos son buenos lugares si te gusta la carne. Por una estrecha carretera llegas hasta Solosancho: Ulaca es, de los vetones, el hogar más conocido. Al lado, en Sotalbo, hay buenas vistas del castillo de Manqueospese, aunque pertenezca a Mironcillo. Y con esto voy acabando, pues ya voy llegando a El Fresno, donde oirás los cencerros de las Toras a principios de enero.

Este artículo, que es casi un listado, puede parecer fácil, pero me ha costado elegir, pues hay cuatrocientas sesenta y nueve localidades en la provincia y todas tienen su belleza, sus tradiciones y su magia. Pero la tonada que cantaba el Mester y hoy replico a veinticinco lo limitaba.

Párate y te contaré veinticinco pueblecillos, empezando por Arévalo y acabando por El Fresno: empezando por Arévalo y acabando por El Fresno.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2025

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE SAN JUAN

Abrid mocitos la puerta, que ya es hora de rondar, nochelita de verano, noche clara de San Juan.

Mañana por la noche, las hogueras arderán por todo el mundo. Da igual que sea norte o sur, invierno o verano. Desde tiempos inmemoriales, la noche de San Juan purifica el alma del mundo, renovando nuestros deseos, dando inicio a cortejos y ofreciéndole al sol la fuerza del fuego, cuando los días empiezan a menguar y el brío del astro rey comienza a declinar.  

Aserrín, aserrán, maderitos de San Juan…

En una sociedad global pero olvidadiza, no hay cómo los rituales para recordarnos que todos, en el fondo, creemos en lo mismo y tenemos las mismas ilusiones. Somos las criaturas que sueñan y crean, las que miran las llamas la noche del 23 mientras sienten su poder curativo, para ver amanecer el 24 renovados y esperanzados. El mundo en que vivimos es el hogar de todos y las manifestaciones ceremoniales que llevamos a cabo no son tan diferentes. Los rituales nos permiten ver el paso del tiempo y que este transcurre de igual manera para todos. De estas tradiciones que seguimos manteniendo viene también parte de nuestra cultura común. No en vano la noche más corta ha inspirado canciones, obras de teatro, pinturas y hasta arquitectura.

Por la mañana verás, un ramito a tu ventana. 

Por toda la geografía terrestre, volverá el fuego para renovarnos. En función de dónde estemos, podremos llevar a cabo distintas actividades. Da igual que lo llamemos San Juan (en cualquier idioma), Midsummer o Solsticio de Verano. Da igual que veamos amanecer en la playa o en Stonehenge; que cortemos romero con rocío antes del amanecer y nos bañemos en aguas naturales, que veamos la obra más mágica de Shakespeare o que entonemos el romance del Conde Olinos. Que saquemos a pasear a las culebres o los Caballucos del Diablo, que decoremos palos con flores y los alcemos al cielo, o que enramemos el balcón de la persona amada, como ocurre al sur de nuestra provincia, entre otros muchos lugares. Estas acciones, sin embargo tendrán elementos comunes, pues servirán para los mismos fines. Purificarnos, poner el contador a cero en mitad del año y, por supuesto, buscar el amor.

Si esta ilusión ha ofendido, pensad, para corregirlo, que dormíais mientras salían todas estas fantasías. 

Pero sin olvidar que el ritual no es ilusión ni fantasía, sino elemento humanizador. Frente al desgaste de la comunidad y el enfrentamiento al que nos vemos forzados, es en la universalidad del rito donde podemos encontrarnos, reflexionar y buscar la cohesión. Que la tradición convierte la tierra en hogar común. Nuestros rituales perecen en un mundo cada vez menos humano en el que hasta la inteligencia es artificial. Sin embargo, mañana por la noche las hogueras arderán y todos los corazones latirán a una. Mientras observamos las llamas trepar tan solo esperaremos que la mañana sea una nueva oportunidad, que lo que nos pesa arda y el amanecer se lleve volando las cenizas del alma.

Este texto fue publicado en Diario de Ávila en junio de 2024

La ilustración es de Kasandra de un cuento que escribimos a cuatro manos y que se titulaba El cuento de una noche de San Juan.