(O FELIZ CUMPLEAÑOS, ANTONIO MACHADO)
Hoy, queridos lectores, justo hoy, hace ciento cincuenta años del nacimiento de Antonio Machado. Me gustaría escribir la enésima columna sobre él, pero, en una jornada como esta, noto que las palabras no me alcanzan para retratarle, para explicar por qué le dedicaría otro artículo más. Por eso, volveré al principio para encontrarme en él y ampararme en sus palabras.
Mi infancia son recuerdos de un verano eterno en los montes de Cantabria y una casa clara de piedra, donde resguardarse cuando está lloviendo. Los suyos serán similares, pero en Riofrío, El Barraco o cualquier otro lugar de la provincia. Sin embargo, iguales en lo fundamental. La casa tan querida, donde habitaba ella. Son antiguas: el hogar de nuestra familia, con el pasado común que se atesora entre sus muros.
La casa de los abuelos ha sido durante mucho tiempo el eje central de las vacaciones de verano, de la libertad del calor y el espacio donde todos te conocen. Cuando somos pequeños, simplemente se trata del lugar donde disfrutamos del estío, pero al crecer, ¿nos paramos a pensar qué hay realmente en una morada?, ¿pensamos en ella más allá de las cuatro paredes que son nuestra residencia? ¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa!
Todos buscamos un hogar, un lugar al que regresar. Por eso, cuando tomamos posesión de una vivienda, buscamos la manera de hacerla nuestra, de sentirnos como en casa. No hacen falta grandes cambios para reclamar el espacio: una foto, una colcha, un cuadro o un cojín. Dejar nuestra impronta. En la casa blanca y sola, todo el cuarto en sombra está. Habitaciones que son miradas al interior, reflejo de quienes somos. Por eso no dejo de preguntarme qué haría especial a una casa en el pasado, qué verían sus primeros moradores al observarla, cómo era cuando olía a nuevo.
Un hogar no son solo estancias, sino todos los recuerdos e historias que suceden entre ellas. Son los abrazos que se han dado, las manifestaciones de afecto, las lágrimas que se han vertido, las enfermedades que han acechado. Son los niños que han alumbrado en sus estancias, sus correteos, sus juegos. Todas las canciones cantadas en la cocina, las historias contadas al amor de la lumbre. Las páginas leídas, los versos recitados, los poemas vividos. Son miradas contenidas, las primeras sonrisas que delatan un querer, los aullidos de los corazones rotos, las historias que no tienen fin, las declaraciones de amor. Tras la tenue cortina de la alcoba, está el jardín envuelto en luz dorada. Son la vida que crece, que pasa, que es y existe. Son los odios, las venganzas, las palabras reprimidas, los secretos guardados. Son el hálito de la muerte, que llega, arrebata y deja regueros de dolor a su paso. Cerrados postigos, corridas persianas… ¿Qué sabemos de nuestras casas? Conocemos sus olores, su música particular, sus sensaciones, pero, ¿hemos sentido vibrar el pasado con el vigor de lo eterno, aquello que se repite y vuelve, generación tras generación?
¡Ah, el tiempo que pasa!, ¡qué cambia y permanece! Parece susurrar «ciento cincuenta años no son nada, al menos no para lo esencial». Y ahí sigue la casa de tu pasado, como el poeta que a Castilla vino a cantar. Hablando de la muerte y la vida, diciendo que lo que ellos pasaron, nosotros lo hemos de pasar. Silencio… Es el musgo que brota, y la hiedra que lenta desgarra la tapia de piedra… Que las casas, como la vida, las hemos de cuidar. No solo las paredes y los tejados, los cimientos también se han de valorar, así como todo lo que en ellos se esconde y que hace de una casa tu hogar. La casa y la clara ventana florida, de blancos jazmines y nardos prendida, más blancos que el blanco soñar de la luna… Hacer de un pueblo metáfora, del paisaje, alma, ver la esperanza en un olmo que parece que se ha secado. Porque, como aún demuestra el poeta sevillano, en lo cotidiano está la belleza. Y en ella, la vida.
Está en la sala familiar, y en el dormitorio y en la cocina. En los paisajes y caminos y dentro del alma mía. Al final he vuelto a escribir un artículo sobre Antonio Machado. Es normal, pues ciento cincuenta años hoy cumpliría. Y puede que sus muros no sean más que palabras escritas, pero habito en sus versos, y es un hogar su poesía.
Publicado en Diario de Ávila el 26 de julio de 2025 con motivo del 150 aniversario de su nacimiento.