
En ‘Cuaderno del año del Nobel’, de publicación póstuma, José Saramago escribe: “Sigo diciendo que la literatura no cambia el mundo, pero cada vez más voy teniendo razones para creer que la vida de una persona puede transformarse con un simple libro”. No sé si lo haría a posta pero, para mí, el portugués cae en una paradoja. Si la vida de una persona puede alterarse con tan solo una lectura ¿no le da esto a la literatura el poder de cambiar el mundo? Cuando un libro tiene el potencial de transformar a un individuo, el mundo se verá beneficiado de ese pequeño cambio, pues los grandes empiezan por pequeñas acciones.
Un estudio publicado hace algún tiempo, se hace eco de que aquellas personas que leyeron a Harry Potter en la infancia demuestran una mayor empatía hacia el sufrimiento ajeno, como consecuencia de la exposición a las dramáticas historias del protagonista. Si tenemos en cuenta que las ventas de Harry Potter superan los 500 millones en todo el mundo, con que una cuarta parte haya mejorado sus dotes de empatía, ya estaremos ante un mundo mejor, que tiene más en cuenta los sentimientos de los demás y reacciona a ellos. Y este es un gran cambio.
Ricardo de León escribió “Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre”. Leer nos permite acceder al conocimiento y este nos lleva, en la mayor parte de las veces, a cuestionar lo que nos dicen, pensar por nosotros mismos y no creernos cualquier cosa que encontremos, incluso en los propios libros. Que aprendemos de los libros es algo evidente. Da igual el tipo de lectura que hagamos. Incluso esos thrillers cuya trama se basa en la historia del arte y que rápidamente se transforman en best sellers, pero la documentación brilla por su ausencia y lleva a escribir auténticos disparates tanto históricos como artísticos, dicen cosas interesantes y puede que su fantasia desbordada sobre algunos cuadros, lleve a millones de personas a admirar distintas obras de arte e incluso a despertar su interés por la materia. Denominamos despectivamente algunas novelas como fáciles, hablamos de libros comerciales y olvidamos que cualquier página escrita es un paso hacia delante para nuestra apertura de mente. Juzgar un libro por su portada, género, contenido o incluso público potencial es un ejercicio de prepotencia: cada uno puede encontrar en sus lecturas aquello que necesita, da igual lo que sea o dónde se encuentre.
Vivimos tiempos complicados, llenos de radicalismos, de inmediatez y de egoísmo. Es una época de crisis, no solo económica, sino también de valores, de moral. Y, sin embargo, en estos periodos, aflora lo mejor del arte y la cultura, como contrapunto a las difíciles situaciones que experimentamos. No olvidemos que la Edad de Oro española coincide con la crisis del Barroco. Por ello, en estos tiempos inciertos, apostemos por la cultura, por saber quiénes somos y sacar lo mejor que hay en nosotros. Leamos. Da igual si lo hacemos en papel o en pantalla, si es poesía, prosa, ensayo, periódicos, revistas o cómics. Dejemos que el arte desarrolle nuestro pensamiento y que la lectura nos dé el impulso necesario para cambiar el mundo con nuestros actos. Permitamos que, por esta vez, Saramago no esté del todo acertado.
