Literatura viajera

“Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro” escribió Emily Dickinson allá por el siglo XIX. Y la poeta tenía razón, la literatura puede darnos a conocer lugares, reales e imaginarios, o hacernos sentir que estamos allí. Si leer es viajar, podemos usar la lectura como guía de viaje. Existen grandes autores asociados a las ciudades donde vivieron y desarrollaron sus obras, como Kafka y Praga o Pessoa y Lisboa. No me parece tan descabellado dejar que ellos sean nuestros cicerones por las ciudades que conocieron tan bien e inmortalizaron. Los escritores pueden ser los mejores guías: dejemos que marquen nuestro recorrido por su entorno. Si aún no sabemos dónde ir, entre las páginas de un libro podemos encontrar el destino deseado y si, por el contrario, disfrutaremos del calor diurno y las noches frescas abulenses (qué maravilloso es nuestro clima estival), podemos ir de su mano a otras tierras.

Edward Rutherfurd lleva toda su carrera literaria relatando la historia de diferentes ciudades a través de las mismas familias. Desde los primeros asentamientos hasta nuestros días, las sagas familiares permiten conocer no solo los lugares sino cómo los acontecimientos históricos configuran el carácter de las personas y de ciudades como Londres, París… La literatura de viajes es una rama muy interesante, explora distintas zonas desde la perspectiva de un autor que, además de bellas descripciones, suele aportar apuntes históricos, culturales, etc. Uno de los grandes en este campo es Javier Reverte, cuyas novelas prácticamente te trasladan a los emplazamientos narrados. Viaja con las maletas cargadas de libros, y siguiendo los pasos de sus autores favoritos recorre calles, evoca historias, rememora versos. Son muchos los autores prestigiosos que han escrito sobre rincones que les han maravillado u horrorizado y editoriales como Confluencias rescatan esos fragmentos en los que narran ciudades o paisajes.

Igual que podemos sentir a Delibes en nuestra ciudad cuando ha nevado, pero hay luna en el firmamento, desde los Cuatro Postes o al mirar la cruz cercana al cementerio, otras ciudades llevan la impronta de los escritores que leemos antes de viajar. La belleza de acompañar a Bartolomé y Martín por el centro de Ávila en Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina, porque conoces el lugar, puede materializarse cuando vas de viaje y encuentras esa calle sobre la que has leído, y puede devolverte allí una vez que has regresado. Las rutas literarias están de moda, en nuestra propia ciudad se llevan a cabo, pero no necesitas un guía para recorrerlas, basta con coger En tus recuerdos, de Paula Velasco, y buscar por las Hervencias y el centro los lugares por los que vive sus días Jota. Podemos recordar en el día más frío del año, en pleno invierno, el mercado medieval de la mano de Matilde Asensi, esas jornadas en las que el verano toca a su fin pero nos resistimos a dejarlo marchar.

Evocar. Al final, de eso se trata. De ir deseando el lugar cada vez más cuando se acerca el viaje, de rememorarlo cuando ya ha pasado, de soñarlo cuando no se ha hecho, de descubrir que quieres conocerlo. Si viajar esta de moda, leer no lo está tanto. Y sin embargo, leer es viajar sin moverse. ¿Viajamos juntos este verano?

Publicado en Diario en Ávila en julio de 2019

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