Era un atardecer claro castellano, quién sabe si el último de la primavera o el primero del verano. El sol se despedía iluminando los trigales, campos de oro que persisten en el paisaje de la meseta, mientras las nubes de tormenta grises hacían relucir aún más el cereal por el contraste que se crea al oponer el fulgor a la oscuridad. Descendía alumbrándolos cual focos teatrales, viajando hacia el horizonte sin prisa pero sin posibilidad de retorno, escondiéndose tras las nubes, encendiéndolas como lámparas al anochecer.
El camino era solitario, como tantos que conectan lugares perdidos, condenados al abandono. La quietud del final del día cubría todo de calma. En el polvo de los caminos pesaban los siglos de historia no contada: las vidas vividas al margen de lo que acabará en los libros, las canciones olvidadas, los cuentos que ya no se narran y los oficios que nunca más se ejercerán. Sin embargo, en sus cunetas, persistía el oro.
Las torres anticipaban los pueblos en la lejanía, bellos faros de los mares cerealistas de Castilla que, pese a su magnificencia, no aparecerán en una guía. En las casas se sentaban las señoras a la puerta. Algunos valientes salían a pasear. El sosiego del anochecer construía la comunidad, aguardando los días que se acercaban: esos en los que las noches serán las risas de los jóvenes que disfrutan del verano, la vida y la juventud que aún no saben no volverá. Las mañanas de fin de semana, en las que la plaza restallará con el sonido de las cañas al tirarse y los botellines al apoyarse, las voces que llenarán los bares a la hora del aperitivo, elevando el sonido del pueblo, convirtiendo el reposo en ruido, hasta que llegue la hora del café y todo vuelva a ser plácido y apacible. Los niños comerán helados mientras los adultos disfrutan del café. La partida, con el carajillo sobre el tapete. En una mesa, una madre encontrará un momento de descanso porque su hijo y el padre se dormirán bajo los soportales. Los jóvenes, caminarán hacia las piscinas bajo la solana para pasar la tarde.
La vida pasa en los lugares anónimos que no se verán invadidos por turistas durante el estío, tan solo volverán a la vida por unos meses. En lugar de ahogarse bajo la canícula, encontrarán alivio sus calles postergadas, que ya no se desgastan bajo las pisadas cada jornada. Revivirá esa Castilla abandonada por la historia, no por el desdén de los tiempos modernos, sino por la ausencia de personas que construyan su intrahistoria de septiembre a junio. La vida que es realmente vida y que es lo que les falta para poder decir con orgullo que tienen un medio rural vivo. La fuerza de los pueblos que radica en la comunidad, en cómo caminando entre campos de trigo puedes sentir tu identidad. Las raíces del cereal son las mismas que las nuestras, pues nos anclan a la tierra y quienes somos nos recuerdan.
Eternas esas torres que se encontraban en la lejanía y me hacían soñar con los pueblos que pronto se llenarían, como eterno el Duero fluía en la distancia, cantando, recordando tiempos pasados, sangrientos, gloriosos, pobres o abandonados. Duero de oro, como Castilla, como el trigo, ansiando la reaparición de vida y anhelando que no sea solo por unos días. Cuánto cabe en un atardecer castellano, el último de la primavera que ya es amanecer del verano.
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