Notre Dame

Ayer hizo tres años que se quemó Notre Dame. Se preguntarán a qué viene escribir sobre algo así, cuando el incendio de la catedral ha quedado totalmente olvidado tras varios incendios en el Amazonas, una pandemia mundial, otro incendio mucho más cercano y doloroso, la erupción de un volcán, la guerra en distintas partes del mundo, una de ellas más cerca de lo que nunca creímos posible… Y, sin embargo, al volver la vista atrás no puedo evitar caer en el pensamiento mágico y pensar que justo ahí, en realidad, fue cuando comenzó todo. Que el más conocido monumento gótico ardiera en llamas fue una señal de lo que se avecinaba.
En su momento intenté escribir sobre ello, pero estaba demasiado confusa. En aquel momento las imágenes parecían sacadas de una pesadilla. Pasé el día siguiente tristona, como si hubiera perdido algo propio. Y es que hay ciertas obras de arte con las que establecemos una relación personal, que va más allá de lo apreciativo. En mi caso, Notre Dame había formado parte del decorado de mi vida durante muchos años, habiendo estado delante en momentos muy bonitos pero también fue un refugio en los malos. Durante mucho tiempo pasé las tardes sentada al fondo de la plaza, observándola, leyendo a su sombra, viendo pasar a la policía, a los turistas y a los creyentes bajo su eterna mirada. Su órgano me reconfortó y me hizo sentir en casa, su piedra fue el abrazo cálido que necesité en un momento de mi vida. Por ella conocí a Victor Hugo y perseveré en las lecturas más complejas. Parecía inmortal y, sin embargo, la veía desmoronarse. Voces expertas o bien informadas hablaban de la quema de un símbolo, pero no dejaban claro de qué.
La restauración traería de la mano ciertas polémicas. La intervención del todavía presidente Macron ha tenido ventajas e inconvenientes. El plazo dado para su reapertura, a todas luces difícil de cumplir, ha hecho que desde el primer momento se haya trabajado y no se hayan perdido en debates en los que aún podríamos seguir inmersos, y que conociendo el mundo del arte sería seguramente lo que habría pasado. Sin embargo, la controversia sobre la reconstrucción de la aguja, contraria a los principios de restauración actuales ha traído cola. Con todo, han sido los técnicos dedicados al edificio quienes han tomado la decisión. La sociedad francesa se ha volcado con la restauración y los distintos colectivos que podían colaborar se han mostrado dispuestos a hacer todo lo que estuviera en su mano y esa solidaridad es de agradecer.
En cualquier caso, si escribo esto ahora es porque, pese a todo lo ocurrido, me sigue interesando el tema. Mientras espero el final de la obra de la catedral, siguiendo con mi pensamiento mágico, me pregunto si su reapertura significará también el final de la crisis y el cambio de era en que nos hallamos. Hasta que ese momento llegue, seguiré mirando la última foto que me saqué junto a ella, aunque no sabía que lo sería. Fue un año antes del incendio y estaba yo sola. Mi madre, desde España, me regañaba porque era muy, muy tarde para estar allí yo sola, únicamente con la catedral pues ya no había ni turistas. Pero, como siempre, estuve más rato del normal, porque al día siguiente me iba y me costaba despedirme. Volví antes de irme pero había tanta gente que no hice foto. Lo que no sabía es que cuando la volviera a ver, seria distinta. Y yo también.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2022.

Selección española de danza

Jamás olvidaré la primera vez que vi al Ballet Nacional de España (o eso espero). Fue en Valladolid, con el espectáculo de Sorolla. La sensación que causó en mí fue tan fuerte que durante el viaje de vuelta se me cruzaban fogonazos del espectáculo mientras hablaba o pensaba, y lo mismo me pasó al dormir. No recuerdo qué soñé, pero sí que, de repente, aparecían escenas de la obra en mitad del sueño. Puede sonar como un relato exagerado que roza la alucinación, pero fue así en realidad.
Y después, ninguna de mis visitas al teatro para verlos bailar me ha decepcionado. Si bien es cierto que ya no reacciono igual, seguramente porque el cerebro ya está preparado y sabe a qué atenerse, la emoción me embarga desde el momento que compro las entradas hasta un par de días después en los que aburro al personal diciendo lo buenos que son. Siempre sorprenden y siempre emocionan. No puedo apartar la vista de ellos, los pelos se me ponen de punta, a veces incluso estoy al borde de las lágrimas. Son como la selección española de danza. Pero una selección que gana siempre.
Pero, tristemente, son unos grandes desconocidos en nuestro país. Debido a un problema nominal (¡ay qué importantes son las palabras!) mucha gente los confunde con la Compañía Nacional de Danza, que es la que se dedica al ballet propiamente dicho. El Ballet Nacional de España se dedica a la danza española, esa que aúna la danza clásica con nuestras danzas regionales. Como en España tenemos una variedad de bailes enorme, dan una visión de la riqueza cultural de nuestra país muy acertada. Lo mejor es que esa visión viaja por todo el mundo.
El actual director del ballet, Antonio Najarro, siempre ha sido consciente de esta dura realidad y una de sus máximas ha sido acercar a la compañía a la gente en general y a los niños en particular. Desde que cogió la dirección hace 8 años, el ballet no solo ha disfrutado de su creatividad y sus acertadas decisiones escénicas, sino que ha desarrollado un programa para acercarse al público. Han abierto los ensayos, participado en los desfiles de la Madrid Fashion Week, hecho exposiciones en varios museos sobre la compañía, han lanzado un cuento, un videojuego… movimientos inteligentes para que los españoles se sientan más cerca de aquellos que viajan representando lo mejor de nuestro país.
No obstante, la mejor manera de conocer al Ballet Nacional de España, es viéndolos bailar. Es donde reside su arte, su mayor reclamo. Si lo haces, ya no los olvidarás e irás a verles siempre que te sea posible. Los que los han visto ya, estoy segura de que me darían la razón. Y los que no me creen este es el mejor momento para comprobarlo. Están de aniversario, cumplen 40 años y esta semana y la que viene actúan en el Teatro de la Zarzuela, en un espectáculo que repasa toda una vida de danza. En él podrán verse varias coreografías de la compañía que van desde sus comienzos con Antonio Gades al último montaje de Najarro, que deja la dirección el año que viene. Con lo difícil que están las cosas para la cultura, cuarenta años de danza son muchos años . ¿Por qué no celebrarlo con ellos?

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2018

Calabacillas y amigos

Hay un consenso general por el que se considera a Diego de Velázquez como pintor de pintores. Muchos de los considerados grandes artistas le han estudiado, copiado y se han amparado en él cuando dudaban de su pintura. Goya, Manet, Degas, Sorolla, Picasso, Bacon… todos ellos han admirado al pintor sevillano aspirando a alcanzar su maestría. En sus cuadros podemos ver reflejado el conjunto de lo que será el arte posterior. Basta un detalle de un cuadro suyo para que te conquiste para siempre. 

​Sus temáticas son muy variadas, desde los escasos cuadros religiosos y mitológicos que pintó, las escenas reales, las pinturas conmemorativas hasta los retratos del personal del palacio, más conocidos como los Bufones de Velázquez. Estos últimos siempre han llamado mi atención. Al no estar directamente pagados por los retratados, no era necesario sacar favorecidos a los modelos, por lo que la libertad del pintor a la hora de realizarlos fue un factor a favor que hace que se consideren entre las obras cumbre del retrato. La pintura de los bufones, enanos y truhanes, nombres con los que se les designaba en la corte, se realizaba ya en el siglo VI y contemporáneamente a Velázquez hay otros pintores retratándolos, entonces ¿por qué esta obra del pintor sevillano es tan admirada y más relevante? Mucho se ha escrito sobre el tema. Por un lado, se destaca la libertad y la técnica que emplea, considerada por algunos estudiosos superior a la que utiliza para los retratos reales. Se ha llegado a afirmar que no hay lástima en su manera de pintarlos, pero tampoco una reivindicación, tan solo una mirada sobria y un pincel ya experimentado que intenta por encima de todo reflejar la realidad. 

Sin embargo, siempre que se habla sobre los bufones de Velázquez, es inevitable hablar sobre sus miradas, queintentan reclamar nuestra atención de una manera distinta a los demás retratos. Yo misma descubrí todo lo que representaba Velázquez a través de la mirada del bufón Calabacillas, que en apariencia consiste en dos sencillos puntos negros. La explicación de sus miradas es propia del barroco, donde destacan los grandes retratos que llaman la atención sobre la psicología del personaje desde la manera en que los ojos se dirigen al público, siendo en ocasiones la verdadera reveladora de intimidad. Esta interpretación alcanza su máximo exponente en esta obra de Velázquez, en la que la variedad de matices exige nuestra atención.Pero no es solo la mirada, es el gesto, la expresión corporal y hasta la ropa, vistiendo a alguno de ellos entero de negro, color reservado solo para el rey. La pintura del sevillano les imprime tal serenidad y formalidad que hace ineludible acercarse a ellos como las personas humanas que son, no como el oficio que desempeñaban, haciéndonos preguntarnos quiénes eran. Tanto es así que los personajes que aparecen en este tipo de obras de Velázquez han sido identificados y estudiados. Mi querido Calabacillas, don Sebastián de Morra, el Primo o Pablo de Valladolid han permanecido en nuestra cultura gracias a los retratos de Velázquez, y han hecho que sepamos sus sueldos, quién era el conquistador, cuál era violento, quién padecía una enfermedad y que uno solo fingía porque sus condiciones en la corte eran muy ventajosas. Todas estas historias son ciertas, la respuesta está accesible a todos en libros y en internet. O, si no, podéis ir al Museo del Prado y conocerlos. Una mirada os lo contará todo.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2022

Generación Potter

 

La semana que viene hará veinte años. Fue un viernes por la mañana, me desperté nerviosa, deseando ver a mi amigo José, que la noche anterior había estado en Madrid, en el estreno. Quería que me lo contase todo, pero en realidad, no quería que me contase nada. Deseaba que llegase la noche y pudiera verla yo, con mis propios ojos. Cuando por fin le vi, solo me dijo una frase, la que necesitaba oír: Es como me imaginaba que sería cuando leía el libro.

​Tras una tarde interminable, por fin llegó la noche. A las diez hacía cola en el cine, con una rana de chocolate y una caja de grageas Bertie Bott de todos los sabores, que habían traído especialmente para el ansiado estreno de Harry Potter y la Piedra Filosofal. Cuando por fin se apagaron las luces y comenzó a sonar la música de John Williams tuve ganas de llorar de la emoción, al poder estar por fin viendo la película que llevaba tanto tiempo esperando. Y cuando dos horas y media después acabó, estuve totalmente de acuerdo con mi amigo José, era tal y como me había imaginado el libro en mi cabeza. A la salida del cine, brillaban las luces de Navidad de vuelta a casa. La magia había llegado.

​Este recuerdo que es muy vivido, pero que levaba años sin evocarlo, con el reestreno de Harry Potter en los cines, volvió nítido. He visto todas las películas, pero he de reconocer que no las veo con mucha frecuencia. Lo que si que llevo haciendo los último veinte años sin parar es leer los libros, hasta tal punto que se encuentran en un estado lamentable: el tercero tiene el lomo pegado, el quinto sueltas las primeras hojas y el segundo ha desaparecido sin dejar rastro. No es un mal balance para unos libros que prometo que tengo cuidados, pero que han sucumbido al uso continuado durante dos décadas. Crecí con la historia de un joven mago, huérfano, cabezón, bastante insoportable a veces, pero buena gente en el fondo, que luchaba por cumplir con su destino. Esta historia no solo me ha acompañado durante toda la adolescencia, sino que se ha convertido en un refugio, como lo son los buenos libros, aquellos que significan algo importante en nuestras vidas. Hace cinco años, en la exposición que la Biblioteca Británica llevó a cabo sobre la historia de Harry Potter, estaba una nota de la hija del editor que, tras muchos rechazos, decidió publicar a Rowling. En ella que le decía que quería seguir leyendo la historia “porque la hacía sentir calor por dentro”, y compartí totalmente esa sensación, pues es lo mismo que siento con las historias del joven mago.

Todos tenemos uno, el libro especial al que volvemos una y otra vez cuando estamos tristes, preocupados, nerviosos o simplemente aburridos. Esos libros nos arropan, nos acompañan y nos consuelan porque al final esa es la magia, el poder de las historias. Y Harry Potter se ha convertido en ese libro para mucha gente. No en vano Martin Puchner divagó en su obra 100% recomendable (apunten para sus cartas de Reyes) “El poder de las Historias” sobre la posibilidad de que aquellos que teníamos nueve o diez años y crecimos con Harry, podríamos ser considerados la verdadera generación Potter. Yo me apuntó: ni millenial, ni Y, ni nada, a mi considérenme generación Potter. Y entre ustedes y yo, dice mucho de la magia de un libro que tantos lectores vivamos a su amparo.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2021

Reflexiones con recua

He colocado la mesa de frente a la recua, para poder describirla en esta hoja en blanco. Al principio eran seis, ahora son diez, aunque deberían ser once. Pastan tranquilamente por el prado inclinado, evitando las matas de flores amarillas. De vez en cuando, los pequeñines echan a trotar contentos, alrededor de los demás, jugando y disfrutando de esta mañana de domingo. Cuando lo hacen, mi corazón brinca con ellos y no puedo evitar pensar lo poco que hace falta para ser feliz en realidad. Ahora mismo yo me conformaría con esto: el campo, los burros en el prado, papel, boli y unos cuantos libros. Y a vivir. Todo lo demás sobra. 

​Ni siquiera es un día bonito: una mañana gris, de invierno, los árboles desangelados, las flores resecas y cierta brisa que no para de soplar.  Los burros mueven sus orejas y en este gesto encuentro más alegría. Un abejorro revolotea sobre el perejil, los pájaros pían a mi alrededor y un perro ladra en la distancia. El único sonido fuera de lugar soy yo, tecleando estas palabras y me maldigo por romper la magia, así que vuelvo a parar y me centro nuevamente en la recua. Mi madre se asoma a la ventana con un diario mío del 99 y se dedica a leerlo en voz alta: “Estoy empezando a aburrirme de escribir, pero lo intento. Mañana seguiré”; “hoy no he hecho nada divertido, he estado conmigo leyendo y me he acabado de leer el libro”.  Mataría por saber qué libro es. Digo un montón de veces lo aburrido que me parece todo. En un momento dado escribo que hace un calor espantoso y pienso que escribía mejor entonces. No varía mucho de lo que he hecho estos días, pero parece ser que con once años no ves la vida como con treinta y cinco.

​Un burro se acerca, levanta las orejas, me mira y yo le miro. Así nos quedamos un rato. Un poco más tarde sigue su camino hacia una zona de tierra y se revuelca en ella. El resto de la recua no tarda en seguirle, salvo el burrito más pequeño, marrón y muy peludo, que se queda de espaldas pastando. Cuando ve que todos se han ido agita las orejas y corre al trote hacia el resto.

​Un rato más tarde bajamos al pueblo con intención de comer en el bar, pero nos ve un amigo de mi abuelo y nos invita a comer en su casa. Acabamos todos juntos comiendo garbanzos en la cocina y qué bien se está. Por la tarde mi abuela pica berza para hacer cocido. Huele toda la casa a la verdura cortada. En uno de los pocos canales que tenemos dan El Golpe. Nunca la he visto, cómo la disfruto.

​A la mañana siguiente me intentan enseñar a abrir leña. Porque la leña, me dicen, calienta tres veces, al tirarla, al abrirla y al quemarla. Sergio y su padre se turnan para abrirla y entre medias intentan que aprenda. Separa las piernas, pero los pies a la misma altura. Desde atrás, déjala caer. Imagínate que estás enfadada… entonces recuerdo la que han preparado con los libros de Roald Dahl, pero da igual, porque no tengo mucha fuerza. Estoy segura de que si lo hiciera con más frecuencia aprendería. Y si no lo hiciera, pasaría ratos agradables charlando mientras otros lo hacen. 

Que sencillo parece todo en el campo. A veces me pregunto qué ganamos al irnos de los pueblos, mientras observo todo lo que perdimos. Y, sí, sé que algunas cosas las hemos ganado allí y que las ciudades son necesarias. Pero no dejo de pensar cómo sería despertar cada mañana con el piar de los pájaros, ni cómo sería ver la recua al volver de trabajar. O igual me he equivocado y la frase final debería ser: que sencillo parece todo en vacaciones.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2023

Librerías

Existe un lugar donde puede pasar de todo. Traspasar su umbral es encontrarse entre amigos, entrar a un reino mágico donde cualquier cosa es posible. El portal donde las palabras se juntan en oraciones que lo cambian todo, que nos transforman por dentro, nos iluminan y nos muestran el camino. Allí donde el tiempo se transforma; las horas pueden parecer minutos mientras que los segundos pueden ser horas. Los espacios son relativos, puedes perderte en un simple estante o encontrar lo que necesitas en un solo instante.
Existe un lugar donde puedes encontrarlos a todos. Desde Peter Pan hasta el Cid Campeador. Elizabeth Bennet te mostrará la sutil rebelión de la juventud del siglo XIX, con Willy Wonka probarás los dulces más inverosímiles y Miss Marple o Sherlock Holmes te enseñarán distintas técnicas de deducción. Te esperan con los brazos abiertos, para seguirte allá donde quieras llevarlos, refrescarte a la sombra de un árbol, calentarte junto al fuego de la chimenea, acompañarte en los momentos de soledad, evadirte en los de pena… amigos que siempre estarán disponibles cuando quieras buscarlos.
Existe un lugar donde se encuentran todos los lugares. Viajar a ellos es fácil, barato y rápido. Podemos vivir en Nueva York, escribir con Hemingway en un café de París, llevarnos lo mejor y lo peor de Cuba con Padura, pasear por Londres con un oso peruano con nombre de estación de tren o coger de la mano a Javier Reverte y descubrir el mundo; la aventura de viajar. Podemos ver nuestra ciudad desde distintas perspectivas y descubrir tanto la épica como la miseria castellana. Pero también encontraremos lugares fantásticos. Porque Hogwarts siempre estará allí para darte la bienvenida, Hobbiton será tu primera parada para descubrir la Tierra Media, Mundodisco viajará sobre el lomo de una tortuga, un Conejo Blanco te guiará por el País de las Maravillas, podrás volar con Campanilla hasta la segunda estrella a la derecha, todo recto hasta el amanecer.
Existe un lugar que es custodio del librepensamiento. Como faros se yerguen altos y luminosos, protegiendo al mundo de las verdades absolutas, de las narrativas dirigidas y de los puntos de vista indisolubles. Salvaguardan todas las visiones y nos las hacen llegar. Transmisores e intermediarios de la sabiduría atesorada a lo largo de siglos de historia, velan porque no se pierdan los aciertos y los errores que nos han llevado al mundo en que vivimos. Nos proveen de las verdades, las mentiras y las opiniones. Realidad y ficción, sostenidas sobre sus muros.
Existe un lugar conocido como librería: sin ellas seríamos una sociedad incompleta, abocada al fracaso, al pensamiento vacuo o a la uniformidad. Durante siglos han sido impulso para la sociedad, muchas veces arriesgándolo todo para cumplir con su misión. Tan solo imaginemos el mundo sin ellas y, al hacerlo, nos daremos cuenta de que existen lugares que, sin saberlo, son nuestro futuro, refugio y hogar. En estos tiempos, lugares como este corren peligro, muchos han caído: hace poco despareció mi librería de infancia, emblemática con más de cien años. En la despedida me invadía la pena, recordaba cada libro, cada historia y me sentía huérfana de futuro. Debemos cuidarlas, las necesitamos si queremos que siga habiendo luz en el mundo.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2021

Sigan leyendo en voz alta

¿Para qué sirve aprender a leer, si luego no leemos? Invertimos una gran cantidad de esfuerzo en que los niños aprendan a leer y lo comprendan, pero si al final no quieren hacerlo todo este esfuerzo es en vano. Centrándonos en la comprensión y otros aspectos de la lectura como la entonación, el ritmo etc. pasamos por alto que, si los niños están motivados a leer, leerán y todos los aspectos en los que nos insistimos cuando trabajamos la lectoescritura se adquirirán de manera progresiva y natural. Muchas veces, en las primeras etapas educativas focalizamos tanto en aspectos formales de este proceso que podemos crear en los alumnos ansiedad que puede degenerar en un malestar y falta de ganas.
Cuando un niño empieza a leer, esta motivado, tiene ganas, desea poder hacerlo. Esto se debe, en parte, a que lo perciben como una actividad de “mayores”, pero fundamentalmente viene marcado por el bagaje literario que tienen a sus espaldas. Aprendemos a escuchar antes que a leer. La literatura está presente en nuestras vidas desde que nacemos y nunca nos abandona. Nuestros oídos nunca dejan de recibir historias, versos, canciones etc. Hay más literatura en el ambiente que en los mismos libros, aunque muchas veces no nos damos cuenta y de esta manera no lo aprovechamos. La literatura llega a nosotros antes de adquirir la lectoescritura, a través de las personas que nos la transmiten.
El patrón a seguir es sencillo y siempre el mismo: una persona que entrega a los niños unas palabras que hacen volar su imaginación. De repente no estamos en casa o el colegio; estamos en la corte del rey Arturo, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, o en el maravilloso mundo de Oz. Palabras llenas de misterio, de vida, de evocaciones. Estos contactos con la literatura despiertan el deseo primario de querer saber más, no solo de la misma historia, sino que ejercen de vínculo con la vida. A través de las narraciones entramos en contacto con el mundo que nos rodea, podemos comprenderlo mejor, ver la naturaleza humana. Podemos saber qué nos aguarda, aprender qué podemos esperar de la vida.
Al principio la literatura nos llega como era en un principio: oralmente. En el pasado a la literatura bien podríamos haberla llamado “oratura” pues las historias se transmitían de viva voz. En la actualidad la transmisión oral se limita a la más tierna infancia y en muchos casos cuando se comienza con el proceso de lectoescritura la dejamos de lado para que los niños lean. Sin embargo la lectura y la transmisión oral de historias deberían ir unidas para seguir creando interés en los alumnos. Una historia bien contada puede llevar a que una persona investigue y lea sobre ese tema.
El gusto por escuchar una buena historia nos concierne a todos, y trasladarnos del mundo oral al escrito, de la voz del narrador a los libros, no debería ser una experiencia traumática, sino que debería ser una transición natural, desprovista de ansiedad o crisis. La voz debería conducir a las letras. Por eso hoy, sin decir con ello que cuando toca los niños no deban practicar la lectura,

porque tienen que hacerlo, les animo a que cuenten historias. A que lean en voz alta y pongan en valor el potencial de las historias y de la literatura para hacer amantes de la palabra escrita. Nunca renuncien a contar en voz alta.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2022

Cien

No es por presumir (aunque un poco sí, porque es la primera vez que lo hago) pero el martes acabé mi libro número cien en lo que va de año. Siendo yo tan dada al simbolismo lo cuadré para que el libro fuera de Delibes, por aquello de su centenario. El caso es que, después de alcanzar esta cifra, no pude evitar pensar en todas las lecturas que me han acompañado en lo que va de 2020 y he descubierto que, en su variedad, los libros son como las personas que nos cruzamos a lo largo de nuestra vida.

Hay libros que presentan inicios prometedores, parece que te gusta la historia pero según avanzas, cambian y ves cómo son en realidad. Al contrario, hay historias en las que cuesta entrar, las primeras páginas pueden ser arduas pero si persistes encontrarás auténticas sorpresas.

Hay libros que nos gustan, parecen interesantes, pero leerlos causa desasosiego, intranquilidad y te das cuenta de que, por muy buenos que sean, no son para ti aunque tengas muchas ganas de leerlos. Existe una creencia muy extendida entre los amantes de la literatura: algunas obras requieren un momento específico y unas circunstancias. Una aproximación prematura puede resultar desastrosa, como ocurre con algunas personas que pasan por nuestra vida. Otros simplemente los leemos en un mal momento y necesitamos olvidarlos, porque te recuerdan horas de angustia. Sin embargo, libros leídos en estas mismas circunstancias, si calan lo suficiente, pueden transmitir una sensación de calma que hará que los recordemos con cariño.

Hay libros a los que siempre recurrimos, son como esos amigos a los que conocemos de toda la vida, que da igual cuánto tiempo haya pasado desde la última vez, siempre están ahí. Los clásicos (y sus autores) suelen ser maestros, consejeros. Te ayudan a descubrir el mundo, nos enseñan a vivir mejor. Podemos encontrar historias que son como la familia, como volver a casa, capaces de protegernos y de recomponernos. Algunos lo fueron todo en el pasado, como los cuentos de infancia, pero ahora han quedado atrás. A veces los ves y sientes nostalgia, sin embargo, ya no son parte de tu vida.

Hay libros de los que no queremos saber nada, otros a los que tenemos manía, los que nos hacen reír, los que nos hacen llorar, algunos nos aburren, están los que nos emocionan… Hay libros de todo tipo. Pero no hay libros que nos traicionen, que quieran hacernos daño o que busquen aprovecharse. O quizá todos ellos utilizan a sus lectores, pues sin ellos quedarían relegados bajo el polvo y renunciarían a la vida.

Pero no hay nada como tener con quien compartir los libros. Aunque no solo necesitamos poder hacer partícipes a otros del proceso lector, precisamos de mucho más; gente para hablar, con la que podamos contar y en quien confiar. Personas dispuestas a escuchar las tonterías, los dramas, los malos momentos. Porque las alegrías son más grandes con la gente que es importante para nosotros y las penas se hacen más llevaderas. Y ahora que el mundo cambia, que la vida se nos escapa entre los dedos, que las emociones están a flor de piel, que todos estamos perdiendo algo, en este tiempo de duelos extraños y de lejanía impuesta, necesitamos compartir, las alegrías, las penas, la vida. Y las lecturas.

Publicado en Diario de Ávila en septiembre de 2020.