De raíz

¿Estaban ustedes la víspera de San Segundo en el Chico, viendo a Nuevo Mester de Juglaría? Si es así, y aquí alguna de mis lectoras habituales estará asintiendo, seguro que compartieron la magia de aquella velada. Ya no solo por la calidad musical de los segovianos y el repertorio por todos conocido; la tarde del lunes pasó de concierto a fiesta como en pocas ocasiones pasa. La jornada del primero de mayo, la plaza mayor de Ávila estaba llena. La gente cantaba y disfrutaba, pero también bailaba. El encanto fue más allá de la fiesta y la diversión, tuvo que ver con lo que nos cuenta: identidad y raíces, cultura compartida.
Todos los conciertos suelen tener una conexión que trasciende a la música, que une a los asistentes y en este caso, lo que se celebraba era algo que no siempre tenemos presente: que venimos del mismo lugar y tenemos un pasado y un folclore común. El éxodo rural tuvo un efecto nefasto en la cultura popular. Por evitar una identificación con el pueblo de las personas que iban a las capitales, dejaban atrás estas tradiciones que, unidas al surgimiento de la televisión, estuvieron a punto de hacer desaparecer nuestras músicas y danzas. Afortunadamente siempre hemos contado con gente que ha entregado su tiempo no solo a la recogida de estos, sino a su difusión y, en casos como el del Mester, a la puesta en valor desde el disfrute y la fiesta. Los integrantes de la banda segoviana, lejos de molestarse porque hubiera otro foco de atención, animaban a los asistentes a unirse a la danza. Gente de diversas edades, que no siempre nos conocíamos, bailábamos juntos, nos sonreíamos y disfrutábamos. Los pocos niños que había empezaban bailando a lo loco, hasta que alguien les enseñaba cómo hacerlo bien y ponían toda su atención en ello. Pero, mientras veía el goteo de gente y me unía a él, no dejaban de saltar las alarmas en mi cabeza. La media de edad del concierto era alta y aunque había gente joven y niños, no los suficientes.
En términos musicales, el folk sigue vivo. Por un lado, la buena música es atemporal y trasciende a las modas. Por otro, hay cantantes y bandas que se dedican al género, que continúan con la tradición. También hay grupos de danza muy activos y hasta se ha propuesto la jota como candidata a Patrimonio Inmaterial de la UNESCO, por lo que el futuro inmediato parece garantizado. Pero temo que la cultura del pueblo, si queda a expensas de quienes se dedican a ella, sin que la gente conozca las canciones y sepa bailarlas, aunque sea malamente, la fiesta que genera y todo lo que representa desaparecerá y ocurrirá con ella como con tantos otros aspectos de la cultura: quedará relegados a una minoría. Si no enseñamos quienes somos través de nuestras tradiciones, dejaremos de ser y perderemos nuestra propia esencia. Y será una pérdida más para la sociedad. Como hablar con cortesía a los demás. O ser agradecidos con la gente que lo merece. O el respeto al rival. O cultivar la paciencia frente a la inmediatez que parece ser obligatoria. O que nuestros representantes electos sean modélicos en el trato entre ellos y hacia los demás, independientemente de sus ideas. Será otra muestra más del declive en valores que estamos viviendo. Y, lo peor de todo, es que cuando perdemos de vista quienes somos la manera de recuperarnos es volver a nuestras raíces.

Publicado ayer en Diario de Ávila.

Arte

Arte desde que el hombre es hombre, desde que tiene espacios para crear, desde que tenemos conciencia de nuestra existencia. Arte como medio de expresión, para comunicar las ideas más elevadas del ser humano. Para demostrar que una parte de nosotros trasciende el tiempo, el lugar y la experiencia, que formamos parte de lo universal, que estamos unidos por un vínculo superior a cualquier otro. Un jarrón de girasoles, una cabeza de mujer sobre un cuerpo de león, una sinfonía romántica, una escultura que acaba de vencer a un gigante o un tutú blanco.

Arte para celebrar, esa expresión que sirve también para divertirnos y disfrutar del tiempo que pasamos en la tierra. Para recordarnos de dónde venimos y quiénes somos, para entender nuestras vivencias, para crear sentimiento de pertenencia y comunidad. Unir a un pueblo no es fácil, pero es la experiencia artística, en sus distintas variables la que puede crear mejor que nadie momentos de comunión. Un vestido colorido, el sonido de una pandereta, un mantón bordado con infinitos flecos o un tacón golpeado contra el suelo.

Arte para denunciar, para expresar la situación humana y la necesidad de algo mejor. Una manera distinta de intentar cambiar la realidad, de soñar con mundos distintos de aportar tu granito de arena al cambio. Arte para desahogarse, para sentirse comprendido. Para comprender que la realidad no nos satisface, que la condición humana flaquea, arte para justificar que los humanos somos capaces de hacer cosas buenas. Un cuadro sobre un bombardeo en blanco y negro que tardó años en llegar al lugar al que pertenece, un grafiti en un muro de Irán que muestra a unos niños jugando cuyas sombras ya son unos soldados que se disparan, un poema que habla de la muerte de un poeta o mil páginas sobre las distintas maneras de ser miserable.

Arte para crecer y evolucionar, para dejar atrás lo que forma parte del pasado y ver el mundo de manera diferente. Para encontrar nuevas formas de expresión para nuevas formas de sentir. Para soñar con lo que vendrá, para adaptarnos al entorno mientras creamos una mirada nueva. La evolución de un caballo ruso, el vestido imposible que desfila por la pasarela, la impresión de unos jóvenes en barco huyendo hacia el amanecer, el movimiento que toma elementos de danzas anteriores pero con ellas crea nuevas experiencias, esa canción que su autor afirma haber tardado ocho años en componer, pero en su diario escribe que han sido más, las olas que golpean las palabras con su cadencia y cambian la historia de la literatura.

Arte para agradecer y homenajear, para celebrar a los que han sido y son, para recordar el lugar del que vienes y, en la distancia, crear un recuerdo constante. Arte para sacar a relucir nuestros buenos sentimientos. Las figuras sobre la pared de un hospital que recuerdan a otros artistas para reconocer la labor de los que allí trabajan, ese cuadro verde que recuerda los prados de Castilla en primavera o el libro de poemas que recuerda a la amada fallecida y su enfermedad.

Arte para olvidar. Arte para descender a los límites de lo humano cuando no se puede más. Arte para redimirte cuando vuelves a empezar. Arte para luchar, Arte para callar y para hablar. Arte para amar. Arte para llenar el mundo de belleza y trascender. Arte para comprender que hay más. Arte para ser, Arte para vivir. Feliz día mundial del Arte.

Publicado ayer en Diario de Ávila.

Selección española de danza

Jamás olvidaré la primera vez que vi al Ballet Nacional de España (o eso espero). Fue en Valladolid, con el espectáculo de Sorolla. La sensación que causó en mí fue tan fuerte que durante el viaje de vuelta se me cruzaban fogonazos del espectáculo mientras hablaba o pensaba, y lo mismo me pasó al dormir. No recuerdo qué soñé, pero sí que, de repente, aparecían escenas de la obra en mitad del sueño. Puede sonar como un relato exagerado que roza la alucinación, pero fue así en realidad.
Y después, ninguna de mis visitas al teatro para verlos bailar me ha decepcionado. Si bien es cierto que ya no reacciono igual, seguramente porque el cerebro ya está preparado y sabe a qué atenerse, la emoción me embarga desde el momento que compro las entradas hasta un par de días después en los que aburro al personal diciendo lo buenos que son. Siempre sorprenden y siempre emocionan. No puedo apartar la vista de ellos, los pelos se me ponen de punta, a veces incluso estoy al borde de las lágrimas. Son como la selección española de danza. Pero una selección que gana siempre.
Pero, tristemente, son unos grandes desconocidos en nuestro país. Debido a un problema nominal (¡ay qué importantes son las palabras!) mucha gente los confunde con la Compañía Nacional de Danza, que es la que se dedica al ballet propiamente dicho. El Ballet Nacional de España se dedica a la danza española, esa que aúna la danza clásica con nuestras danzas regionales. Como en España tenemos una variedad de bailes enorme, dan una visión de la riqueza cultural de nuestra país muy acertada. Lo mejor es que esa visión viaja por todo el mundo.
El actual director del ballet, Antonio Najarro, siempre ha sido consciente de esta dura realidad y una de sus máximas ha sido acercar a la compañía a la gente en general y a los niños en particular. Desde que cogió la dirección hace 8 años, el ballet no solo ha disfrutado de su creatividad y sus acertadas decisiones escénicas, sino que ha desarrollado un programa para acercarse al público. Han abierto los ensayos, participado en los desfiles de la Madrid Fashion Week, hecho exposiciones en varios museos sobre la compañía, han lanzado un cuento, un videojuego… movimientos inteligentes para que los españoles se sientan más cerca de aquellos que viajan representando lo mejor de nuestro país.
No obstante, la mejor manera de conocer al Ballet Nacional de España, es viéndolos bailar. Es donde reside su arte, su mayor reclamo. Si lo haces, ya no los olvidarás e irás a verles siempre que te sea posible. Los que los han visto ya, estoy segura de que me darían la razón. Y los que no me creen este es el mejor momento para comprobarlo. Están de aniversario, cumplen 40 años y esta semana y la que viene actúan en el Teatro de la Zarzuela, en un espectáculo que repasa toda una vida de danza. En él podrán verse varias coreografías de la compañía que van desde sus comienzos con Antonio Gades al último montaje de Najarro, que deja la dirección el año que viene. Con lo difícil que están las cosas para la cultura, cuarenta años de danza son muchos años . ¿Por qué no celebrarlo con ellos?

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2018