I’m a Barbie girl (y orgullosa)

No se pueden imaginar las ganas que tengo de ver la película de Barbie. Los publicistas, a falta de ver el resultado final, han hecho un trabajo fantástico. Desde el trailer que comienza con el «Hi Barbie, Hi Ken» de la mítica canción de Aqua, pasando por el juego de la actriz Margot Robbie en la promoción y los estrenos, llevando los vestidos más famosos de la muñeca o el maravilloso cameo de la Barbie original, la hija de la creadora de la muñeca, Ruth Handler. Su historia, como tantas otras escritas en femenino, no es muy conocida y, sin embargo, ha definido a multitud de generaciones que pudieron soñar con la vida de adultas cuando eran solo unas niñas.
Ruth Handler fue la más pequeña de una familia que emigró a Estados Unidos. Aun así, fue a la universidad y fundó su compañía, Mattel. Además de empresaria, Ruth era madre. Y cuando llegaba a casa, jugaba con su hija Bárbara. En ella observó que prefería hacer muñecas de papel que representasen adultas. En un viaje a Suiza, descubrió a la muñeca para adultos Lilli, la compró, la rediseñó para adaptarla a los juegos infantiles y le puso Barbie, por su hija. Tuvo que luchar para que su empresa aceptase la muñeca. Pese a lo conocida que es Barbie, no lo es su creadora: empresaria pionera en la América de los cincuenta, revolucionaria del sector de los juguetes, madre y, en sus últimos años, también luchadora incansable contra un cáncer que se la llevó. Pero, aún enferma, siguió creando: fue la diseñadora de las primeras prótesis mamarias para mujeres que han pasado cáncer de mama. Independientemente de la historia detrás de la muñeca, Barbie ha tenido muchas críticas, basadas fundamentalmente en su canon de belleza imposible, por eso ha ido variando modelos y añadiendo figuras que representan la diversidad social. Esta circunstancia también se ha aprovechado para estereotiparla por su aspecto, seguramente para menospreciar la libertad en el juego que supuso su aparición.
Yo recuerdo mis dos Barbies favoritas: la Barbie profesora, que tenía una pizarra y dos alumnos con su pupitre, y la Barbie flamenca. A esta última, que aún conservo, la cambié pronto la bata de cola y tiene un vestido del estilo de los que suelo llevar. Es morena y con los ojos marrones. Pasó por muchos oficios, siendo uno de los más recurrentes el de escritora. El caso es que con Barbie pasaba horas entretenida jugando. Me permitía soñar, explorar trabajos y estilos de vida. Pensar en la vida de adulta. Pero además me dejó crear y diseñar casas y también vestidos. Con ella di mis primeras puntadas y, sobre todo, di rienda suelta a mi imaginación. Volviendo la vista atrás, muchas de las cosas que soy hoy, hago o me gustan ya las exploraba en mis juegos de infancia. Algo que antes de su creación en 1959, o hasta el año 1978 que aterrizó en España, no era posible porque todas las muñecas que se hacían eran bebés o niñas.
Muchas veces no somos conscientes de las pequeñas revoluciones que nos encontramos en la vida, pues parece que cosas como las muñecas Barbie o las Spice Girls no son más que frivolidades famosas. Y, sin embargo, cuánto cambiaron la sociedad del momento. Yo pienso celebrarlo yendo a ver la película vestida de rosa Barbie. Y luego igual pongo a las Spice. O escribo un artículo sobre cómo ellas, a su manera, también nos permitieron ser más libres y más fuertes. O dicho de otra manera: nos permitieron soñar con quién queríamos ser, ya fuera Barbie princesa, doctora o policía. Pensándolo mejor… me voy corriendo al cine, por lo que pueda pasar.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023

Mi Siri Hustvedt

Hace dos semanas, en mi último artículo, acababa diciendo que algún día hablaría de Siri Hustvedt. Y pensaba hacerlo, solo que no tan pronto. Sin embargo, hace unos días recibí mensajes de varios amigos comentando que le habían concedido el premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Por eso, es el momento de hablar sobre ella, homenajeando el título del artículo que escribió titulado “Mi Louis Bourgeois”, a su vez inspirado en “Mi Emily Dickinson”, de Susan Howe.

A decir verdad, la noticia me alegró mucho. Lo merece, sin lugar a dudas. Mi Siri Hustvedt es una mujer brillante, luchadora, con una formación tanto en artes como en ciencias que debería ser el paradigma del conocimiento actual. Doctora en Filología inglesa con una tesis sobre Dickens, también ha estudiado psicología. En este campo, su interés vino motivado por sus fuertes migrañas, de las que habla en uno de sus libros, especializándose en neurociencia. En la actualidad, escribe en revistas científicas y médicas e imparte conferencias sobre el tema, al mismo tiempo que también ha desarrollado estudios sobre filosofía, centrados en la figura de Kierkegaard. Hustvedt es una feminista reflexiva y posee una sensibilidad artística sin límites. No en vano, además de todo lo anterior, su oficio es el de escritora y sus novelas han sido traducidas a más de veinte idiomas. Mi Siri Hustvedt es un modelo de mujer moderna y preparada, el espejo en el que quiero verme reflejada.

Sin embargo, a pesar de todo, lo normal es que siempre la mencionen con otro título: la mujer del novelista Paul Auster. Con este curriculum, es muy duro en el siglo XXI ser conocida como “la mujer de” y es algo contra lo que mi Siri Hustvedt lleva luchando desde que contrajeron matrimonio. Seamos realistas, por muy erudita que sea, siempre que se habla de ella, el nombre de su marido sale a colación, cosa que no pasa al contrario. A mí me gustan mucho los dos, y como pareja me encantan, pero de la misma manera que ella nunca ha hablado de él ni de su matrimonio en ninguna de sus obras, Auster si lo ha hecho en varias ocasiones, y nunca se le ha calificado como “el marido de”.

El verano pasado, en la universidad de Columbia, en Nueva York, alma mater de ambos, vi otro indignante ejemplo de esta situación. En su librería colgaban banderas con las caras de los alumnos más ilustres, Obama entre ellos, y también Auster, que solo tiene una licenciatura. Pero Hustvedt, con su curriculum y doctora por esta universidad, no aparecía. Es más, mientras que de Auster tenían casi todas sus novelas, de ella apenas había libros. Esto me lleva a reformular mi tesis de hace dos semanas: las mujeres brillantes que se rodean de hombres que destacan también, acaban siendo invisibles.

Sin embargo, el pasado miércoles, la cobertura de la noticia fue bastante favorecedora. Apenas mencionaron a Paul, solo para informar que son la primera pareja en conseguir este premio (Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina deberían ser la segunda) y que lleva toda su vida luchando contra el “mujer de”. Por lo demás, hablaron de muchas de las cosas que hacen grande a mi Siri Hustvedt. ¿Habrá sido un paso adelante?

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2019.

Es muy recomendable ver el discurso que dio al recibir el premio.

Por otra parte, pese al valor que se le dio en si misma a la autora al recibir el premio, hubo un periódico que dentro de la cobertura de los premio publicó el titular ‘El novelista Paul Auster de cañas con su mujer por Oviedo’.

Impresión invisible

Berthe Morisot fue una de las figuras claves del impresionismo francés. Sin embargo, la historia del arte la ha relegado al segundo plano denominado “pintoras femeninas”. Aunque ahora se intenta recuperar su obra y se reivindica su figura, la triste realidad es que su importancia sigue siendo más orientada a su relación con los demás pintores que a su arte propiamente dicho. Ser cuñada de Édouard Manet e íntima amiga de Monet, Renoir o Degas parece más importante que ser mujer y artista en el siglo XIX. Morisot es más reconocida como modelo de Manet que como pintora, hasta tal punto que la biografía de la artista en la web del Museo Thyssen se centra en quién conoció y no en qué pintó. De hecho, la única obra que aparece mencionada en esta biografía es “El Balcón” de Manet.

Berthe Morisot estudió con un pintor de renombre, Corot y, pintando, conoció a Édouard Manet, quién la retrató en varias ocasiones y siempre con la presencia de terceros. El cuadro más conocido de estos posados es el mencionado “El Balcón”, una escena influenciada por Goya en la que una joven Morisot vestida de blanco y con gesto indolente mira a través de un balcón. Esta imagen desató todo tipo de rumores que llegan hasta nuestros días e incluso han llevado a realizar una película que no se centra en la figura de la francesa, sino en su posible relación con Manet. Años más tarde, Morisot se casó con el hermano del artista, y esto parece también más importante que la influencia real que los Manet tuvieron en ella: una relación directa con el arte más moderno de la época. Poca gente sabe, por ejemplo, que Morisot fue una de las fundadoras del impresionismo, ya que expuso en la primera exposición del grupo en 1874, junto a Degas, Cézanne o Monet.

¿Qué hace que hayamos relegado a Morisot? Pues que fue mujer y que su obra se interpreta (o juzga) centrándose en ello. A Berthe Morisot siempre se le ha acusado de pintar escenas de carácter doméstico, poco interesantes. Igual que todos los impresionistas. Solo que si Monet pinta su jardín, todo el mundo se fija en cómo sus pinceladas cortas y rápidas captan la luz, dando sensación de fugacidad. Si lo hace ella es una mujer pintando flores. Si Monet pinta a su mujer leyendo un libro, hace un retrato. Si ella hace lo mismo con su marido, es poco menos que un recuerdo. Si Renoir pinta unas jóvenes tocando el piano, ese cuadro aparecerá en todos los libros de música del mundo. Si Morisot pinta un cuadro similar, puede que ni aparezca en los libros sobre las “mujeres impresionistas”.

La pintura de Berthe Morisot ahondaba en los mismos temas que los demás impresionistas: mostrar lo que estaba sucediendo. Desgraciadamente para ella, ni su pincelada veloz, ni su temática moderna centrada en lo cotidiano como tema pictórico —una auténtica revolución para su época— se salvan de la etiqueta de “mujer”. Quizá los cuadros de Morisot tengan la suerte de ir firmados, algo en lo que también fue de las primeras, pero el drama de la artista es que cuando miramos su obra, no vemos su arte, tan solo a quiénes la rodearon, convirtiéndola de un modo cruel en invisible.

Lo peor es que en el siglo XXI sigue ocurriendo. Y, sino me creen, otro día hablaremos de Siri Hustvedt.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2019