Un té con ellas

Me gusta tomar el té con mis amigas, las de papel y tinta, y chismorrear con ellas, sentada en el sofá, calentita y a veces hasta con una manta. Otras veces al aire libre, abanicadas por los árboles mientras las palabras fluyen como las olas del mar cercano. Dialogar con ellas ensancha mi mente, amplía mis horizontes y me da nuevas perspectivas en la vida. Algunas llevan toda la vida conmigo y espero que no nos separemos jamás, pero cada vez son más las voces que se unen a mis sesiones de cotilleo de la hora del té. Bienvenidas sean todas ellas y lo que habrán de regalarme.
Con J. K. hablo de magia y, de vez en cuando, también de las heridas que deja la guerra en los combatientes. Elvira, que prefiere los tintos de verano, solía hablarme de la infancia, pero con el tiempo pasamos a hablar del día a día y de Nueva York. También conocí muy pronto a Jane, que es muy escrupulosa con cómo tomamos el té, pero a veces creo que es por pura ironía, la misma con la que me habla de la sociedad de su época. Agatha apareció relativamente pronto, con ella todo son enigmas, misterios y siempre es capaz de sorprenderte. Más tarde vino Virginia, que cada vez es de una manera. En su habitación propia, tan pronto hablamos de perros, señoras o escritura para, sin más, hablar de la guerra, de la degradación del final…
Con Rosamunde viajé a Inglaterra y de su mano he llegado a bellos lugares insospechados. También es un placer llamarla cuando necesito calma, valorar las pequeñas cosas de la vida. A Elisabeth Jane hace menos que la conozco, sin embargo me ha acompañado en momentos que todos recordaremos. A Zadie la conocí en una librería en Londres y me habla de las diferencias que se pueden vivir siendo de distinta raza. Lo mismo que Chimmamanda: conocerla fue una experiencia transformadora, ella no solo me habla de la diferencia, también me narra la vida en lugares que no conozco pero que ya siento cercanos. La primera charla con Sahar fue una experiencia muy dura, de esas que te cambian por dentro.
Siri siempre aparece cuando más le necesito, me recuerda quién soy y hacia donde quiero ir y charlar con ella de arte y neurociencia es una auténtica maravilla. Rosalía me habla en gallego y parece que la entiendo; Emilia, sin embargo, lo hace en castellano, aunque alguna palabra en esa lengua se la escapa de vez en cuando. Con Susanna todo puede pasar, tan pronto hablamos de magia como atravesamos mansiones imposibles, mientras que Donna viene solo una vez cada diez años, pero llena mis días de arte y misterio, me tiene siempre pegada a la silla. Fran es la risa constante, Deborah las ganas de pensar y Laura el surrealismo. con Jhumpa vuelvo a la India, Chiki tiene un cofre de historias que siempre está dispuesta a compartir, Joan me habla de lo que pasa tras la muerte de un ser querido, Joyce siempre es entretenida pero nunca es igual, Irene me habla de literatura, Amélie me cuenta la versión adulta de los cuentos de toda la vida, María de las mujeres del campo, Carmen de Nada…
Cada una tiene una manera de ver la vida, de mostrármela, una voz distinta y alguna de ellas ha pervivido al paso del tiempo. En ellas encuentro nuevas visiones, maneras de enfrentar la vida, de contarla y de vivirla. Llevan años a mi lado, pero ahora recurriré más a ellas. A fin de cuentas en los tiempos difíciles necesitas buenos consejeros.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2022

Una bebida caliente

En Japón tomar el té es una ceremonia, un ritual importante dentro de su cultura, donde todo se observa con cuidado y dedicación. Tanto es así que el ceremonial se recogió en el año 764 d. C. en La Sutra del Té, y son numerosos los textos posteriores que reflexionan sobre el tema. Estos datos contextualizan la importancia que la bebida tiene en la cultura nipona y el hecho de que sea un ritual le confiere un aspecto místico que eleva el acto de beber té hasta más allá de lo fisiológico para alcanzar un valor simbólico asociado al respeto y al bienestar. 

​Sin embargo yo no pienso hablar de todo eso. En lugar de indagar en la milenaria sabiduría japonesa desarrollada en torno a la bebida, voy a llevar a cabo un ejercicio de egocentrismo supremo y voy a hablar de mi propia cultura en materia de infusiones.

Las bebidas calientes nos reconfortan. Pueden ser la solución perfecta para un día gris en cualquier sentido. Armonizan nuestro espíritu con la belleza del entorno y nos hacen ver las cosas de una manera distinta. Y es aquí donde el carácter ritual de toda una cultura se traspasa a la experiencia personal: en la búsqueda consciente de la delicadeza y la hermosura en el día a día, en la práctica sensorial que produce preparar y degustar una infusión.

​Oler las distintas opciones para elegir cuál tomar, decidir la vajilla para ello, buscando que se adecue al día. Preparar el hervidor y escuchar el silbido que avisa de que el agua está caliente. Sentir ese calor traspasar la porcelana y llegar hasta tus manos mientras la preparas, para transcurridos unos minutos notar por fin el sabor en tu boca. Y, por supuesto, la posibilidad de llevar a cabo este pequeño rito cada día, añadiendo algo de solemnidad y de celebración a la cotidianidad. Mientras bebes la infusión, solo haces eso. Es un buen momento para parar tras las obligaciones de la jornada y ajustar tu ritmo a una vida más calmada. Para reflexionar, desconectar y cambiar de tercio.

​La experiencia cotidiana, además, puede ser completada con momentos de elección puntuales: ir a una tienda de infusiones y olerlas, descubrir nuevas bebidas y probarlas por primera vez. Comprar teteras y tazas (podría escribir sin parar sobre este tema).

Pero, además de este ritual cotidiano, hay algo aún mejor: compartirlo con amigos. Quedar con nuestros seres queridossiempre es una manera de disfrute y conexión, pero distintas situaciones producen distintas emociones y las charlas que se tienen al tomar el té no son iguales que las que tienes cuando vas de cañas. Disfrutar de la bebida caliente mientras se conversa, además de reconfortante, puede ser tan revitalizador como unas vacaciones. La buena noticia es que para ello solo hacen falta dos cosas: una infusión placentera y la compañía adecuada. Y es que a veces es más sencillo de lo que creemos encontrar momentos de bienestar en el día a día.