Capitanes del pueblo

Corre el mes de abril. Los campos castellanos comienzan a teñirse de verde mientras avanzo en el coche. Atravieso un pequeño pinar y, al salir, tomo una curva pronunciada. Al dejarla atrás se vislumbra la silueta de un pueblo. La torre de la iglesia y sus casas viejas emergen ante mi como la sombra de un fantasma, recortada sobre horizonte, esperando, como cada año, la llegada de gente procedente de todos los rincones de Castilla, que harán de ella la capital de la comunidad durante un día. Por si el color de los campos, la bruma matutina y la silueta del pueblo no le dieran un tono suficientemente místico a la escena, cuando he tomado la curva acompañaba hasta la música. Después de muchos años sé calcular para que en ese giro, que será la primera toma de contacto suenen los versos más bellos sobre el lugar: «Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar».
Este año, el del quinto centenario de la Revolución de Las Comunidades, este trayecto no lo puede hacer el día 23, ni lo hice en medio de una caravana, sino que lo hice después de ver la exposición en Las Cortes, que se suponía era el punto fuerte del centenario. Sin embargo, la muestra me dejó un sabor agridulce en la boca. Me explico: había piezas buenísimas, como la más publicitada, el cuadro de Gisbert, o el pendón de Francisco Maldonado, la sentencia de muerte de Padilla, Bravo y Maldonado, el perdón real y la Ley Perpetua de Ávila, documentos todos ellos de un valor increíble. Sin embargo, estas piezas se perdían entre un batiburrillo de cálices, armas y demás, sin mucha explicación. No voy a entrar en localismos diciendo que, una vez más Ávila ha sido relegada pese a su importancia, porque quizá, que ni siquiera los abulenses pongamos en valor un hito tan importante, pueda hacer que no tengan miedo a olvidarnos ya que pocos se quejarán.
Otro documento mal empleado es la copia del Romance de Los Comuneros de Nuevo Mester de Juglaría, que tiene las notas de los músicos para su adaptación y, que sin embargo, está cerrado, como primera edición del texto nada más. ¿Sorprendente? En absoluto, dado que los máximos difusores del movimiento comunero han sido ignorados y desdeñados durante todo el centenario, aún sabiendo que siempre son sinónimo de éxito, que han hecho más por revolucionarios del siglo XVI que nadie y que en la conciencia colectiva castellana, decir comuneros, es decir Nuevo Mester de Juglaría.
Pero los juglares de nuestro tiempo no decepcionan ni a sus fans ni a los comuneros. No iban ellos a quedarse sin celebrar el centenario. No solo nos representaron a todos en la noche del 22 al 23 de abril en Villalar, vean el video de La 8 de Valladolid en YouTube y verán en sus caras la emoción de todos los que faltábamos, sino que, en un homenaje conmovedor de un trabajo colosal, han hecho una nueva versión de la obra que los llevó a ser número uno en su lanzamiento y la han adaptado a formato sinfónico, llevando la obra a nuevas cotas de perfección y reivindicando así quiénes somos. En un centenario que se puede considerar una ocasión perdida de difusión y puesta en valor, han sido ellos una vez más quienes han dado el do de pecho, compensando todo lo que no se ha hecho. Espero que alguien tenga el buen ojo de darse cuenta de que esta obra debería ser tocada por toda la geografía castellana y todos podamos encontrarnos en auditorios y sentir juntos en el canto quinto que «los capitanes del pueblo», a día de hoy se llaman Nuevo Mester de Juglaría.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2021

Arte

Arte desde que el hombre es hombre, desde que tiene espacios para crear, desde que tenemos conciencia de nuestra existencia. Arte como medio de expresión, para comunicar las ideas más elevadas del ser humano. Para demostrar que una parte de nosotros trasciende el tiempo, el lugar y la experiencia, que formamos parte de lo universal, que estamos unidos por un vínculo superior a cualquier otro. Un jarrón de girasoles, una cabeza de mujer sobre un cuerpo de león, una sinfonía romántica, una escultura que acaba de vencer a un gigante o un tutú blanco.

Arte para celebrar, esa expresión que sirve también para divertirnos y disfrutar del tiempo que pasamos en la tierra. Para recordarnos de dónde venimos y quiénes somos, para entender nuestras vivencias, para crear sentimiento de pertenencia y comunidad. Unir a un pueblo no es fácil, pero es la experiencia artística, en sus distintas variables la que puede crear mejor que nadie momentos de comunión. Un vestido colorido, el sonido de una pandereta, un mantón bordado con infinitos flecos o un tacón golpeado contra el suelo.

Arte para denunciar, para expresar la situación humana y la necesidad de algo mejor. Una manera distinta de intentar cambiar la realidad, de soñar con mundos distintos de aportar tu granito de arena al cambio. Arte para desahogarse, para sentirse comprendido. Para comprender que la realidad no nos satisface, que la condición humana flaquea, arte para justificar que los humanos somos capaces de hacer cosas buenas. Un cuadro sobre un bombardeo en blanco y negro que tardó años en llegar al lugar al que pertenece, un grafiti en un muro de Irán que muestra a unos niños jugando cuyas sombras ya son unos soldados que se disparan, un poema que habla de la muerte de un poeta o mil páginas sobre las distintas maneras de ser miserable.

Arte para crecer y evolucionar, para dejar atrás lo que forma parte del pasado y ver el mundo de manera diferente. Para encontrar nuevas formas de expresión para nuevas formas de sentir. Para soñar con lo que vendrá, para adaptarnos al entorno mientras creamos una mirada nueva. La evolución de un caballo ruso, el vestido imposible que desfila por la pasarela, la impresión de unos jóvenes en barco huyendo hacia el amanecer, el movimiento que toma elementos de danzas anteriores pero con ellas crea nuevas experiencias, esa canción que su autor afirma haber tardado ocho años en componer, pero en su diario escribe que han sido más, las olas que golpean las palabras con su cadencia y cambian la historia de la literatura.

Arte para agradecer y homenajear, para celebrar a los que han sido y son, para recordar el lugar del que vienes y, en la distancia, crear un recuerdo constante. Arte para sacar a relucir nuestros buenos sentimientos. Las figuras sobre la pared de un hospital que recuerdan a otros artistas para reconocer la labor de los que allí trabajan, ese cuadro verde que recuerda los prados de Castilla en primavera o el libro de poemas que recuerda a la amada fallecida y su enfermedad.

Arte para olvidar. Arte para descender a los límites de lo humano cuando no se puede más. Arte para redimirte cuando vuelves a empezar. Arte para luchar, Arte para callar y para hablar. Arte para amar. Arte para llenar el mundo de belleza y trascender. Arte para comprender que hay más. Arte para ser, Arte para vivir. Feliz día mundial del Arte.

Publicado ayer en Diario de Ávila.