Tanto es lo que me ha gustado Vallesordo que no sé ni por dónde empezar a hablar de él. Al principio, pensaba ponerle en una recopilación de libros sobre Castilla y León, pero ha sido tal su impacto que he decidido hacerle una publicación aparte. No es para menos ya que este libro recoge uno de los tipos de literatura que más me gusta y que aspiro a hacer: la literatura de raíz, en la cual, a través del paisaje y sus gentes, se explica el territorio, todo ello con un estilo literario que encuentra en la tradición oral su voz perfecta.
En este libro encontramos a Nico, un niño que vive en un pueblo de Zamora, uno de esos que aún permanecen vivos y que todavía tiene escuela, bar y niños, pero no se sabe por cuánto tiempo. En este pueblo vive con sus padres, que no tienen buenas relaciones entre ellos y con su abuela, que, como siempre pasa con las abuelas, es la única que lo entiende todo, aunque no siempre lo parezca. Cada tarde le gusta ver e imitar las coreografías de su programa favorito. Fama… ¡A bailar! y sigue la competición muy de cerca cuando descubre que van a hacer Fama Kids y que habrá una audición en Zamora. Y, con su sueño de convertirse en bailarín, pasa el verano entre juegos con sus amigos, Izan y Telma, noches a la fresca con su abuela y su tía, intentando escaquearse de ver Surcos con su padre y sobrellevando los problemas de su madre, pasa el verano ensayando para lograr un sueño que, en un pueblo tan pequeño, no todos entienden.
Cualquiera que lea este argumento nunca identificaría la obra con Miguel Delibes ya que el objetivo del protagonista es convertirse en una estrella del baile y de la tele, algo tan alejado del autor vallisoletano que puede desviar la atención de lo importante, las personas. Y sin embargo, Jonathan Gutiérrez, desentierra todo lo que es importante en la obra del escritor insignia de nuestra tierra para recoger el testigo y mostrarnos la situación del campo castellano, los pueblos y sus habitantes, todo a través de la mirada de un niño inocente que ya es del siglo XXI y cuyos problemas son los mismos pero con matices distintos. Todos nos podemos reconocer en la voz de Nico y los que habitamos esta tierra también podemos reconocer nuestro hogar, en le que pasa el tiempo, cambian los autores y las voces literarias, pero no evoluciona.
Por si eso no fuera poco, la prosa, de marcada oralidad, es fluida y divertida, engancha al lector desde la primera página, haciendo que su lectura dure mucho menos de lo que nos gustaría seguir metidos en el libro.
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