Verano en invierno

Una fría tarde de invierno Clotilde paseaba por la calle con sus padres. Iban a ver el museo de un pintor valenciano en pleno centro de Madrid. Todos decían que era muy bueno, que en lugares como París, Nueva York o Londres podías encontrar un rinconcito de España si te entraba la morriña gracias a él.Caminaban por una gran avenida cuando, de repente, se toparon con un muro tras el que se intuían árboles. Al cruzar el umbral de la puerta, plantas y fuentes hicieron que olvidara que se encontraba en el centro de la capital, en pleno mes de enero, y se sintiese en algún lugar cálido cerca de la naturaleza. En aquel patio hasta el aire madrileño parecía más ligero.

​Tras comprar la entrada, subieron una escalera cubiertas de baldosas y entraron a una gran sala con suelos de madera, paredes rojas y techo de cristal. Clotilde fue mirando los cuadros, despacio, uno a uno. En uno de ellos, su madre le señaló a una mujer muy guapa, vestida de negro, con collar de perlas y con una flor en el pelo.

​— Cariño, esa es la mujer del pintor. Se llamaba como tú, Clotilde. La verás en muchos cuadros.

​La niña siguió avanzando por la sala. También vio a los hijos del pintor, vestidos de rojo, al propio artista, con un sombrero, unas señoras en un vagón del tren y unas chicas tumbadas sobre el prado verde. Uno de los cuadros mostraba a un joven desnudo con un caballo, saliendo del mar. Era grande y, aún así, no había espacio para la obra completa: la cabeza del caballo estaba cortada. Era hipnótico, cualquiera que lo observase podría quedarse horas contemplándolo, pues al mirarlo uno se sentía en la playa, pisando arena húmeda, con la brisa que levantaba las olas en la cara. Casi  se podía percibir el olor a salitre. 

​Su padre la apretó cariñosamente el hombro y juntos avanzaron hacia la siguiente sala. Mientas la veían le contó que el pintor recibía ahí a los clientes que querían hacerse con alguna obra suya o que les pintaste un retrato. De hecho, cuando enfermó y tuvo que dejar de pintar estaba en el jardín, trabajando en un retrato. Clotilde quería saber más y su madre le contó que un par de años más tarde murió. Fueron años muy duros, pues para aquel artista, la pintura y el mar eran su vida. Hasta le habían llevado a despedirse del Mediterráneo. De eso, le dijo su madre, hacía cien años en el mismo año, 2023.

​La siguiente sala era el estudio, donde pintaba. Al pasar, Clotilde se quedó impactada. Aunque el día era gris en Madrid, la sala estaba llena de luz: la luz del Mediterráneo. Por todos ladoslos niños jugaban, nadaban, corrían junto a la orilla. Las mujeres paseaban con bellos vestidos blancos y el mar cambiaba de color en cada obra. Clotilde se sentía como si estuviera de vacaciones y mientras miraba a un niño con un barquito, se dirigió a su madre:

​—Mamá, ¿Joaquín Sorolla es impresionista?

​Su madre no sabía qué responder.

​—No lo sé, hija. Su técnica no es impresionista, pero la luz sale de sus cuadros a raudales.

​—¿Pero lo es o no lo es?

​—No pinta como los impresionistas, sus brochazos son gruesos y llenos de pintura, mientras que los de estos son pequeños y delicados. Sin embargo, tan solo Monet capta la luz como él.

— ¿Entonces…?

Publicado en Diario de Avila en enero de 2023.

Hoy hace cien años del fallecimiento del pintor.

I’m a Barbie girl (y orgullosa)

No se pueden imaginar las ganas que tengo de ver la película de Barbie. Los publicistas, a falta de ver el resultado final, han hecho un trabajo fantástico. Desde el trailer que comienza con el «Hi Barbie, Hi Ken» de la mítica canción de Aqua, pasando por el juego de la actriz Margot Robbie en la promoción y los estrenos, llevando los vestidos más famosos de la muñeca o el maravilloso cameo de la Barbie original, la hija de la creadora de la muñeca, Ruth Handler. Su historia, como tantas otras escritas en femenino, no es muy conocida y, sin embargo, ha definido a multitud de generaciones que pudieron soñar con la vida de adultas cuando eran solo unas niñas.
Ruth Handler fue la más pequeña de una familia que emigró a Estados Unidos. Aun así, fue a la universidad y fundó su compañía, Mattel. Además de empresaria, Ruth era madre. Y cuando llegaba a casa, jugaba con su hija Bárbara. En ella observó que prefería hacer muñecas de papel que representasen adultas. En un viaje a Suiza, descubrió a la muñeca para adultos Lilli, la compró, la rediseñó para adaptarla a los juegos infantiles y le puso Barbie, por su hija. Tuvo que luchar para que su empresa aceptase la muñeca. Pese a lo conocida que es Barbie, no lo es su creadora: empresaria pionera en la América de los cincuenta, revolucionaria del sector de los juguetes, madre y, en sus últimos años, también luchadora incansable contra un cáncer que se la llevó. Pero, aún enferma, siguió creando: fue la diseñadora de las primeras prótesis mamarias para mujeres que han pasado cáncer de mama. Independientemente de la historia detrás de la muñeca, Barbie ha tenido muchas críticas, basadas fundamentalmente en su canon de belleza imposible, por eso ha ido variando modelos y añadiendo figuras que representan la diversidad social. Esta circunstancia también se ha aprovechado para estereotiparla por su aspecto, seguramente para menospreciar la libertad en el juego que supuso su aparición.
Yo recuerdo mis dos Barbies favoritas: la Barbie profesora, que tenía una pizarra y dos alumnos con su pupitre, y la Barbie flamenca. A esta última, que aún conservo, la cambié pronto la bata de cola y tiene un vestido del estilo de los que suelo llevar. Es morena y con los ojos marrones. Pasó por muchos oficios, siendo uno de los más recurrentes el de escritora. El caso es que con Barbie pasaba horas entretenida jugando. Me permitía soñar, explorar trabajos y estilos de vida. Pensar en la vida de adulta. Pero además me dejó crear y diseñar casas y también vestidos. Con ella di mis primeras puntadas y, sobre todo, di rienda suelta a mi imaginación. Volviendo la vista atrás, muchas de las cosas que soy hoy, hago o me gustan ya las exploraba en mis juegos de infancia. Algo que antes de su creación en 1959, o hasta el año 1978 que aterrizó en España, no era posible porque todas las muñecas que se hacían eran bebés o niñas.
Muchas veces no somos conscientes de las pequeñas revoluciones que nos encontramos en la vida, pues parece que cosas como las muñecas Barbie o las Spice Girls no son más que frivolidades famosas. Y, sin embargo, cuánto cambiaron la sociedad del momento. Yo pienso celebrarlo yendo a ver la película vestida de rosa Barbie. Y luego igual pongo a las Spice. O escribo un artículo sobre cómo ellas, a su manera, también nos permitieron ser más libres y más fuertes. O dicho de otra manera: nos permitieron soñar con quién queríamos ser, ya fuera Barbie princesa, doctora o policía. Pensándolo mejor… me voy corriendo al cine, por lo que pueda pasar.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023

Recomendaciones lectoras veraniegas para niños

¡Para este segundo mes de vacaciones traemos unos libros bien fresquitos!

COMELIBROS

Autor e ilustrador: Lluís Farré

Número de páginas: 64

Editorial: SM. Colección Barco de Vapor, serie blanca

Edad recomendada: a partir de 6 años

Argumento: Había una vez una niña con un hambre infinita, tremenda, que no podía saciar ni con almendras, ni con palos de regaliz, ni con nada. Por eso, su abuelo le propuso que se comiera unos cuantos libros. ¿Conseguirá acabar con ese apetito voraz? Un divertido libro que fomenta la lectura y la imaginación en forma de verso.

DRAGONALIA

Autor: Carlos Reviejo

Ilustradora: Ana Gómez

Número de páginas: 80

Editorial: SM. Colección Barco de Vapor, serie blanca

Edad recomendada: a partir de 6 años

Argumento: Este poemanos habla de Dragonalia, el país donde viven los dragones, pero no unos dragones cualquiera: allí encontraréis dragones de colores, corsarios, astronautas, poetas, dragones que se casan…

EL REINO DE LAS TRES LUNAS

Autor: Nando López

Número de páginas: 144

Editorial: Santillana. Loqueleo

Edad recomendada: a partir de 10 años

Argumento: Malkiel está a punto de cumplir dieciséis años y lo único que desea es salir de palacio y buscar respuestas a un oscuro enigma del pasado. Pero el reino de las Tres Lunas ya no es un lugar apacible y seguro. El rey Olav ha cedido el poder al gran inquisidor Alcestes, que ha prohibido la libertad de expresión y las artes. El futuro del reino está en juego y solo los juglares podrán impedir que la traición triunfe.

EL PEQUEÑO NICOLÁS

Autor: René Goscini

Ilustador: Sempé

Número de páginas: 224

Editorial: Santillana. Loqueleo.

Edad recomendada: a partir de 8 años.

Argumento: Otro clásico que no pasa de moda y que podemos compartir con los más pequeños. El pequeño Nicolás se lo pasa en grande en el colegio con sus amigos -Alcestes, Agnan, Eudes, Clotario, Godofredo, Rufo, Joaquín y María Eduvigis-. Siempre está dispuesto a armar líos. Pero no todo va a ser felicidad: ¡se acerca el día de la entrega de notas! Es el primer libro de la serie.

MATILDA

Autor: Roald Dahl

Ilustrador: Quentin Blake

Número de páginas: 244

Editorial: Alfaguara

Edad recomendada: a partir de 9 años

Argumento:Matilda es una ávida lectora de solo cinco años. Sensible e inteligente, todos la admiran menos sus mediocres padres, que la consideran una inútil. Además, tiene poderes extraños y maravillosos… Un día, Matilda decide liberarse y empieza a emplearlos contra la abominable y cruel señorita Trunchbull.

EL LARGO VIAJE DE JOAN MIRÓ

Autora: Gema Gallardo

Ilustadora: Marta Altés

Número de páginas: 32

Editorial: Fundación Joan Miró

Edad recomendada: a partir de 7 años

Argumento: El cuento nos introduce la figura del pintor Joan Miró y su arte.

ATLAS DE OCEANOS Y MARES DEL MUNDO

Autora: Ana Delgado

Iustradora: Kasandra

Número de páginas: 96

Editorial: Susaeta

Edad recomendada: 8

Argumento: Observa las maravillas de los océanos y mares de la Tierra, repletos de vida y de historia, en este completo libro que incluye 20 mapas. Viaja alrededor del mundo y descubre por qué los océanos son el mayor tesoro de nuestro planeta azul. ¡Qué mejor tema para disfrutar este verano!

Viena negro sobre blanco

Que la literatura puede llevarnos de viaje es algo de lo que ya he hablado en este blog. Por ello, poco a poco, iré seleccionando distintos lugares y recomendando las lecturas que a mi me han ayudado a conocerlo mejor. Tanto si vas a viajar en persona, si te apetece rememorar un viaje o conocer un lugar nuevo, esta es tu sección. Debido a la temática vienesa que ha imperado en las últimas entradas, y para clausurar el tema, al menos de momento, comenzaré con la ciudad imperial: Viena. Pasen, lean y viajen.

Título: El Beso

Autora: Elizabeth Hickey

Traductor: Paz Pruneda Gálvez

Número de páginas: 384

Editorial: Punto de lectura

Es una novela histórica muy bien escrita y amable, que sirve para meternos de lleno en el mundo de Klimt, tan presente en la ciudad austríaca. En él Emilie Flöge, diseñadora de principios de siglo, creadora de los vestidos reforma e introductora de las modas parisinas en la capital vienesa, nos narra su relación con el famoso pintor. A día de hoy la figura de Flöge se está empezando a reivindicar, pero sigue pesando en exceso su relación con Klimt. Relación que a día de hoy desconocemos de que tipo era, pero si sabemos que lo último que el artista dijo antes de morir fue Emile. Por otra parte, todo el mundo cultural vienés aparece en sus páginas y es una introducción perfecta para la ciudad.

Título: Primavera de café: un libro de lecturas vienesas.

Autor: Josep Roth

Traductor: Carlos Fortea

Número de páginas: 185

Editorial: Acantilado

Este libro es un compendio de artículos periodísticos del autor vienés escritos tras el final de la I Guerra Mundial, donde se nos desentraña el día a día de los habitantes de la capital, abriéndonos las puertas al alma de la ciudad.

Título: La marcha Radezky

Autor: Joseph Roth

Traductor: Arturo Quintana

Número de páginas: 576

Editorial: Edasha

Esta obra nos narra através de una misma familia, el final del Imperio Autrohúngaro. El título, que hace referencia a la marcha más famosa de Joseph Strauss padre, es una ironía que refleja el final de una sociedad en decadencia.

Aunque solo haya seleccionado estas dos obras de Joseph Roth, el autor muchas de sus obras están ambientandas en Viena y sus lecturas son muy recomendables.

Título: La era del inconsciente. La exploración del inconsciente en el arte, la mente y el cerebro. Desde la Viena de 1900 hasta nuestros días.

Autor: Eric Kandel

Traductores: Genís Sánchez Barberán e Ignacio Villaro Gumpert

Número de páginas:703

Editorial: Paidós

Este libro no es una novela, es un ensayo del premio Nobel en medicina, Eric Kandel, explicando los mecanismos que subyace a la percepción del arte en nuestro cerebro. Pero es interesante desde el punto de vista que nos interesa, porque los primeros pintores que tuvieron esto en cuenta fueron los secesionistas, principalmente Gustav Klimt. En el ensayo se explica el desarrollo de la formación a nivel médico del artista, narrando con mucho detalle y gran vividez como era el ambiente en los salones de la época y lo que eso supuso para el arte, además de cómo fue aplicado.

Título: Mendel el de los libros

Autor: Stefan Zweig

Traductor: Berta Vias Mahou

Número de páginas: 57

Editorial: Acantilado

Al igual que Joseph Roth, solo he elegido esta obra del que seguramente sea el gran autor austriaco, pero se pueden elegir más de sus obras, como Carta de una desconocida. En Mendel el de los libros, Zweig se sienta en un café recordando al personaje que da titulo a su obra y, a través de la vida del librero, nos cuenta la situación de Viena en aquella época.

Título: Beethoven

Autor: Donald Francis Tovey

Traductor: Juan Lucas

Número de páginas: 260

Editorial: Acantilado

Este libro es, ni más ni menos, una biografía de Beethoven. No obstante está tan bien escrita que se hace accesible a los que quieran conocer por primera vez al genio de Bonn, como para sus más fervientes seguidores. Y para nota, añado una obra más: La nueve sinfonías de Beethoven de Marta Vela, que analiza una a una las composiciones del autor para orquesta.

Título: Alma Mahler, la novia del viento.

Autora: Susanne Keegan

Traductor: Luís Romero Haces

Número de páginas: 360

Editorial: Paidós

Otra biografía. En este caso nos narra la vida de Alma Mahler, mujer del prestigioso compositor austríaco, que después contrajo nupcias con el arquitecto Walter Gropious y finalmente con el novelistas Franz Werfel, pero fue amante de muchos grandes hombres de la época, permitiéndonos ver la evolución del arte a través de los tiempos, pero también como su carrera artística se vio influida no solo por su relación con ellos, sino también por su condición de mujer.

Título: Sissi

Autora: Ana Polo Alonso

Número de páginas: 418

Editorial: La esfera de libros

No podíamos pasar por alto a una de las figuras más fascinantes relacionadas con Viena. En esta biografía se explora el complejo carácter de la emperatriz más allá del mito y de la leyenda y, por supuesto, de las películas que la hicieron famosa.

Título: Mi maravillosa libreria

Autora: Petra Hartlieb

Traductor: Manuel Laguillo

Número de páginas: 170

Editorial: Periferica

Este libro nos aleja del centro de Viena y nos lleva a un barrio, donde Hartlieb dedició abrir su propia librería y contar la experiencia. Con ella, nieve o haga sol, disfrutaremos de un lugar en Viena en el que los libros son el núcleo de la comunidad.

Otros libros ambientados en Viena, que yo no he leído todavía pero que suelen aparecer vinculados a la ciudad son: El día que Nietzsche lloró de Irving D. Yalom, Sobre Pareja de John Irving, Juventud en Viena de Arthur Schnitzler o Una letra femenina de Franz Werfel.

Beethoven

El pasado miércoles se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven y después de un año pensando en escribir sobre él, le consagro este último artículo de 2020. Como no tengo formación musical, me van a permitir que escriba sobre él desde mi relación con su música. Y para ello, me gustaría volver con ustedes al 1 de enero. Para mí el nuevo año no empieza hasta el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena y el último lo vi con mi amiga Barbarita, chelista de profesión y mi gran educadora en materia musical. Juntas disfrutamos de las melodías de la familia Strauss, del interludio dedicado al genio de Bonn y miramos los conciertos que iban a dar por toda Europa en homenaje al músico y que ya tenían las entradas agotadas. Para cuando mi amiga se fue a comer con su familia, mi propósito de Año Nuevo era oír en directo la Novena Sinfonía. Con este plan en mente, me puse el disco cuando me quedé sola tras la comilona y acabé en un maravilloso estado de sopor, con los ojos cerrados, a veces dormida, a veces despierta, pero acunada por la expresividad de la sinfonía más poética del compositor, arrullada por esa conocida melodía que alude a lo mejor de la humanidad. Recuerdo que para cuando volví a estar despierta del todo pensé que un año que comenzaba así, tenía que ser bueno a la fuerza.

A estas alturas ya se podrán imaginar que no he cumplido mi propósito de Año Nuevo, pero Beethoven no se ha separado de mí durante todo este tiempo. Y también que fue él quien me llevó de nuevo a un auditorio a comprobar que la cultura se ha adaptado extraordinariamente y es segura, y quien me hizo sentir el peso de todo el año. No fue la Novena, como yo quería, sino la Quinta. Quizá fuera el destino con el que muchas veces se ha asociado esta sinfonía, el que me llevó a un patio de butacas a escuchar esas cuatro notas que todos conocemos y sobre las que tanto se ha especulado, el destino llamando a tu puerta que dicen algunos. Pero allí, sentada, no pude dejar de encontrar una hermosa poética a estar oyendo la narración del descenso a los infiernos de Beethoven al notar que se quedaba sordo, como reencuentro con los escenarios, mientras recordaba con cariño aquel Año Nuevo que les he narrado y como los planes que ese día hice se desbarataron en una situación que, pese a los avisos, no vimos venir y cambió nuestro mundo para siempre.

Pero Beethoven siempre tiene espacio para algo más y el final de la composición poco tiene que ver con el principio. Esa misma obra llega a un momento de “calma tras la tormenta” que dijo Proust, y que el propio compositor debió de sentir gracias al arte que escribió que fue su salvación, pues de la intensidad dramática de la Quinta, fue transitando por las bellísimas Sexta, Séptima y Octava Sinfonías hasta esa oda a la Humanidad que es la Novena. Ese canto de esperanza, de amor al mundo, de optimismo. La obra de un hombre de mal carácter y sordo, que nunca pudo oírla y que aún así siempre me hace pensar en las cosas tan maravillosas de las que somos capaces los seres humanos. Cómo podemos encontrar la melodía en el silencio, la luz en la oscuridad. Doscientos cincuenta años después seguimos necesitando a Beethoven más que nunca.

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2020

3. Bajo la cúpula dorada

Pero el compás cada vez se hacía más persistente y más llevadero. Cuanto más dura era la amenaza, cuanto más tristeza rondaba el ambiente, cuanto más imposible parecía seguir adelante, aquel ritmo tiraba con más fuerza. Las hadas siguieron avanzando a través de un tornado y en seguida volvieron a girar la esquina. Y allí estaba ella. Vestida de oro, con una corona de flores doradas, tañía su lira, como si de una de ellas, otra hada más se tratase. “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?” El vestido vaporoso parecía tener vida propia, y cubría sus pies, que, seguramente se hallaban atados por un cordón plateado. “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros” Allí estaba ella, “Yo voy soñando caminos de la tarde” Poesía. “Huye luna, luna, luna” Poesía recordaba al mundo las cosas bellas. “Entenderás ya que significan las Ítacas” Poesía guiaba a la humanidad de vuelta al camino de la felicidad. “¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres!”

Las hadas siguieron su camino con una nueva energía. Parecía que Poesía había cogido lo peor de la humanidad y lo había transformado. A veces era triste, melancólica, otras aventurera y hasta romántica, pero sabía sacar belleza hasta de las situaciones nefastas. De repente todo cambió. Las hadas sabían que desde poesía habían topado con lo más alto de la expresión humana. Lo más puro, lo más bello, lo mejor del hombre: se habían encontrado con las artes. Estaban juntas en un halo dorado, todas ellas tan parecidas, con su abundante cabellera castaña con algunos cabellos rubios y otros morenos, y sus hermosas caras y sus cuerpos estilizados, unidas por un cordel plateado, pero tan distintas. Allí estaba Música “ Hey Jude, don’t make it bad…” con una sonrisa por bandera, llevando el ritmo con la mano. “Dan las seis, sintonizo a los Stones” Curaba las penas. Nos recordaba quiénes éramos y de donde veníamos “Por el puente de Aranda se tiró, se tiró”. Animaba las fiestas. “Bailando, me paso el día bailando”. Proporcionaba el consuelo que nuestro cerebro y nuestra alma necesitaban.Muchas veces sin letra, llegaba incluso más adentro del alma, pero aún así de podría cantar “Ta, ta, ta, taaaaaaan”. Se decía que música tenía más poderes curativos que nadie en el mundo. “Anyway the wind blows…” Encima de ella flotaba Pintura, soñando con una Noche Estrellada, con un Beso, con una Virgen de las Rocas, con un bello Estanque de Nenúfares, con las ruinas del bombardeo de Guernica, con unos relojes derretidos que mostraban La persistencia de la Memoria… Encima suya Escultura se apoyaba en un señor Pensador, se dejaba moldear el pelo con un Peine del Viento, observaba a David que miraba a un sinfín de Soldados de Terracota… A continuación Teatro jugaba con mascaras con distintas emociones, cambiaba su expresión de la tristeza, a la felicidad, al terror, a la sorpresa… Teatro representaba la realidad de la humanidad y ahondaba en lo más profundo de nuestro ser. Seguía en la fila Danza, Arquitectura, Ópera y todas las artes que redimían al ser humano.

Las artes purificaron a las hadas que llegaron al final de su viaje. Allí estaba Amor. Sobre un césped plagado de flores, un coro de ángeles, vestidos con túnicas rosas con adornos dorados, con arpas, guitarras, bandurrias, panderetas tocaba, armonizaba y acompañaba a una pareja que se besaba, en medio de un halo dorado provocado por el sol, que brillaba con fuerza sobre ellos y en sus corazones. Esta era la mayor bendición de la humanidad. Amor estaba presente en la vida de todos. Padres, madres, hijos, amigos, novios, novias… Todos nacían con la bendición del Amor y podían distribuirlo como quisieran. Las Fuerzas Hostiles intentaban destruirlo, pero a veces no hacían sino reforzarlo. Las artes lo llenaban, lo idealizaban, lo elevaban a lo más alto. Pero, por encima de todo, el Amor llenaba las almas de los hombres, hacían que la vida valiera la pena. Las artes purificaban la esencia de los seres humanos, contrarrestaba el mal y abría los corazones para Amor.

Las hadas miraron la escena y sonrieron. Habían llegado al final de su camino y había merecido la pena. Habían aprendido a sobrevivir con la desesperanza, a convivir con las fuerzas del mal, habían reforzado su esencia a través de las artes y habían conocido el amor. Las ninfas, flotando, observaron por última vez a la pareja. El hombre era más alto que ella, que le rodeaba el cuello con los brazos. Él la estrechaba entre sus brazos y ambos ofrecían su beso a todo el mundo, recordando todas las emociones y las esperanzas acumuladas de la humanidad. Las hadas se dispusieron a proseguir su camino, pero se dieron cuenta de algo. A aquella pareja, fundida en el amor no se les veían los pies. Desde sus pantorrillas, hasta sus pies, un cordel plateado los unía, ¿solo el uno al otro?

2. Bajo la cúpula dorada

Las hadas siguieron su viaje. Cada vez era más difícil avanzar, como si grandes enemigos acecharan a la vuelta de la esquina. Ellas eran meras observadoras, pero podían sentir el sufrimiento de la humanidad. Al poco de seguir con su viaje llegaron al lugar más oscuro en el que ha estado nunca nadie. Allí, reunidas, las Fuerzas Hostiles confabulaban contra la felicidad del ser humano. Las hadas se dieron cuenta que sería muy difícil salir de allí, que solo una fuerza superior y muy pura podría ayudarlas a continuar su viaje.

Lo primero que vieron fueron los grandes males del mundo: Enfermedad, Odio y Muerte atacaban a todo el que podían. Eran apenas tres calaveras que pujaban por dominar las vidas de los humanos. Enfermedad, con su escaso pelo creciéndole del centro de la cabeza y sus ojos en espiral, su boca abierta, numerosas ausencias entre sus dientes y los dos agujeros que tenía por nariz se propagaba entre la gente de las maneras más diversas. A algunos los atormentaba durante algún tiempo, a unos los abandonaba para siempre, a otros volvía a visitarlos. A los menos afortunados, los llevaba a ver a su amiga Muerte. Muerte tenía los ojos blancos, rodeados por unas ojeras moradas que le daban un aspecto temible. Igual que Enfermedad solo tenía dos agujeros por nariz, pero jamás abría la boca. Nadie sabía que se encontraba allí. Su cabello era abundante, negro y gris, y le caía serpenteando por su esquelético cuerpo. Si había una visión horrible, esa era Muerte. Si Muerte te atrapaba, no había vuelta atrás. Muerte era inevitable y necesaria, a veces un alivio, y en el fondo no era mala, pero siempre devastadora, sino al afectado, a todos sus allegados, por lo que en lugar de aceptarla y convivir con su sombra, los humanos la habían relegado a aquella pared sombría y temible. Por ello, en algunas ocasiones se asociaba con Odio. Odio no tenía pelo y sus ojos eran rojos. Tan rojos que brillaban y se podían ver en la oscuridad. Compartía nariz con Enfermedad y Muerte, pero respiraba mucho más fuerte, indignada por cualquier cosa que se cruzara en su camino. Odio atacaba a la gente, sacaba lo peor de ellos mismos, los enfrentaba. Si bien Odio no era definitiva, podía causar mucho más daño y más dolor que sus compañeras. Aquellos que caían bajo su influjo no podían ser felices jamás, vivían a la sombra de los demás y sus actos. Y no solo la felicidad los abandonaba, sino que su ira hacia daño a los demás, aunque no estuvieran infectados y en algunas ocasiones incluso hasta se contagiaba. Los ojos rojos de Odio eran el fin de la felicidad.

Las górgonas observaban a sus compañeras. Retorciéndose, con los ojos bien abiertos, y con serpientes doradas enredadas en su pelo, miraban algunos problemas que ellas podrían haber solucionado, pues tenían la capacidad de sanar, pero no lo deseaban. Estaban atentas, por si algún mortal se atrevía a mirarlas, convertirlo en piedra. Sus pies desnudos, igual que todo su cuerpo, se hallaban unidos y entrelazados por unos cordeles plateados. Tiempo atrás simplemente eran protectoras, pero aquello había pasado. Eran las hijas de Tifeo y se las dio la orden de amparar al mundo de su padre. Para ello se las dotó de poderes para que pudieran auxiliar a la humanidad de los cambios de humor de su padre. Pero siendo como eran las hijas de Tifeo prefirieron abandonar su labor de protección y dedicar sus poderes al servicio del mal. A su lado, su padre las miraba orgulloso. Tifeo en el pasado fue un hombre, pero su sangre viciada y su maldad acabaron por hacerse externas y todo el mundo podía ver el horrible monstruo en que se había convertido. Sus ojos blancos, con pupilas de perla lo observaban todo, desde lo alto de su peludo cuerpo marrón. Un turbante azul y dorado, coronaba su cabeza, ocultando unos cuernos tan retorcidos como su alma. Cuando lo deseaba, Tifeo podía alcanzar la altura de las estrellas. Podía echar lava por la boca y provocar explosiones volcánicas. Si el temible gorila se sentía inspirado, podía mover la tierra, rompiéndola, causando el caos. Podía generar grandes olas que arrasasen todo a su paso. En definitiva, aquel gigante malvado podía incitar a la tierra a revelarse y a causar grandes daños a sus habitantes.

Al lado de Tifeo se reunían Lascivia, Corrupción y Exceso. Lascivia atormentaba a los hombres con solo una mirada. Los perseguía su recuerdo, soñaban con encontrarla, les consumía la vida. Con su larga melena de un fulgor rojo intenso, coronada con flores azules y la cabeza ligeramente inclinada, miraba a los hombres desde la parte de arriba de sus hermosos ojos azules, con las cejas arqueadas, sugerentemente inclinadas. Su nariz perfecta trazaba una línea hasta su carnosa boca roja, que con media sonrisa, incitaba a la humanidad. En su hombro se apoyaba Corrupción, con su largo cabello rubio, que caía ensortijado, retorcido, como si de una metáfora se tratase sobre sus hombros. Cerraba los ojos, pues fingía no ver, pero sonreía dulce e ingenuamente, como si no causara ningún mal. En realidad había quién pensaba que Corrupción había llegado a aceptar su propia mentira; no creía que engañase, estafase, arañase, traicionase, apuñalase y llevase a cabo todo tipo de triquiñuelas por su propio bien, lo hacía por los demás, por la humanidad…. O eso pensaba ella que debían creer el resto. Corrupción parecía débil e insignificante al lado de sus compañeros de lienzo, pero, en realidad, había causado la destrucción de países, guerras, enfrentamientos y demás pecados desde que las sociedades comenzaron a florecer en la Tierra. Y luego estaba Exceso. Siempre era bienvenida al principio, pues parecía una buena amiga, de las que no te traiciona, con su voluptuoso cuerpo y su prominente vientre. No era guapa, por ello la gente se fiaba de ella, y sus elegantes ropas, un tocado de oro y piedras preciosas, una falda azul profundo, con un cinturón elaborado con oro y perlas, conseguía que todos se fijasen en ella y se le acercaran tanto que al final los absorbía. Exceso no tenía límite, siempre necesitaba más y se alimentaba de aquellos que se acercaban a ella, pensando que no hacían mal ni daño a nadie, y envueltos en un torbellino de disfrute. Muchas de sus víctimas venían de la mano de Lascivia y Corrupción, pero todo el mundo estaba dispuesto a pasar un rato con Exceso. El problema era que Exceso no te dejaba escapar y te quería a su lado hasta que no dabas más de si. A veces, a aquellos que se consideraban sus mejores amigos, se los cedía gustosa a Muerte y Enfermedad. Exceso se reía en la cara de los hombres, disfrazándolo de amistad.

Las hadas seguían avanzando despacio. Aquellas Fuerzas Hostiles hacían difícil el transito, pero las hadas empezaban a sentir que había algo más. Algo extraño, rítmico, sincopado, tiraba de ellas, como una inercia que les daba fuerza. En su marchar, las hadas se vieron en la lejanía en un suelo pedregoso que hacía formas zigzagueantes. El cielo en el que flotaban era gris, azul marino, negro, todo ello entre mezclado en un torbellino de emociones. En el suelo una figura encogida se retorcía, lloraba, gritaba, emanaba dolor. Con una mano se tiraba del pelo que le caía lacio por la espalda y los hombros. Con la otra se apretaba las piernas contra el pecho. Se decía que Remordimiento podía hacer sentir peor a los mortales que todos sus compañeros. Remordimiento podía atacarte si previamente todos los anteriores te habían cautivado, pero también atacaba a los no lo merecían por cosas que no era importantes. Generaba dolor por tus actos, pero también por los que no llevabas a cabo, por lo dicho y por lo callado, por lo amado y por lo odiado, por lo que habías sufrido y por lo que habían pasado los demás. Remordimiento siempre estaba al acecho, pero era muy selectiva. Rara era la vez que se relacionaba con sus compañeros; no le gustaban los corruptos, los lascivos, los que se excedían, ni los que odiaban. Solía ensañarse con los que se esforzaban en hacer las cosas bien pero, como humanos que eran, cometían un error. Ella sola podía causar más dolor que nadie y nadie estaba libre de ella. Remordimiento siempre estaba al acecho.

1. Bajo la cúpula dorada

Al principio solo había un hada flotando. Ondeaba suspendida en el aire, su abultado cabello castaño, con una flor prendida, rodeando su pálida cara. Con los ojos cerrados se dejaba llevar mientras su sedoso traje blanco, que le cubría los píes, oscilaba al viento. Sus brazos estirados indicaban la dirección en la que la esperaba su destino. Siguió avanzando y descubrió que no estaba sola. Había otra ninfa. La esperaba medio escondida, entre las sombras, pero cuando la vio, no dudo en seguirla. Abandonó su postura lateral, con las manos apoyadas en una mejilla y su voluminoso pelo rubio, repleto de flores, que se agitaba en todas direcciones y la siguió, con la vaporosa vestimenta y los brazos estirados, avanzando hacia su destino.

Serpenteaban juntas, dejando un rastro dorado por dónde habían pasado cuando el camino se estrecho. Entonces lo sintieron: Desesperación. Era el sufrimiento de la humanidad. Cuanto más se aproximaban más lo sentían. Era el miedo. El temor a la vida y a la muerte, el pavor a sufrir y a disfrutar, el miedo al miedo. Entraron en una zona etérea, dónde una neblina lo cubría todo, dándole un triste color gris. Allí había tres personas. Una mujer desnuda, que esperaba de pie, era la misma imagen de la indiferencia. Su expresión sonrosada contrastaba con su mirada perdida, más allá del infinito, hacia un futuro que daba por perdido. Las manos juntas, a la altura del pecho, en un pasado suplicantes ahora caían unidas. El resto de cuerpo desnudo simplemente esperaba, anclado en unos pies rodeados por una cuerda plateada. Tan solo un detalle recordaba la ilusión que tuvo en el pasado. Una flor morada prendía de su voluminoso pelo anaranjado.

A sus pies una pareja suplicaba, en el suelo, de rodillas. Sus piernas se enredaban en la misma cuerda plateada que ataba los pies de la joven que estaba junto a ellos, sujetándolos hasta la rodilla, unidos por la desesperanza. Sus cabezas estaban gachas y sus brazos se estiraban y con las manos unidas suplicaban a un caballero cubierto con una brillante armadura dorada.

Pero el caballero… ¡Ay, el caballero! El hidalgo miraba para otro lado. Su armadura refulgía al sol, pura, limpia de las batallas que no había librado. Su rizado cabello, entre naranja y cano, era lo único que la humanidad, en su petición de ayuda, vería. Sus rasgos angulosos, su piel cetrina y su hosca expresión miraban hacia el futuro, hacía la honra y el honor que podía alcanzar, hacía si mismo y su peso en la historia. Pero no miraba a los demás, se limitaba a fingir que no existían. Detrás de él, envueltas en un halo dorado que las separaba del sufrimiento de la humanidad, se encontraban Compasión y Ambición. Compasión con su dulce expresión de cariño, miraba al caballero con dulzura y fe, con las manos entrelazadas, apoyadas sobre su mejilla sonrosada. Su traje dorado era como un cálido consuelo, el lugar dónde la humanidad ansiaba envolverse en sus malas horas. Sin embargo, a su derecha, Ambición intentaba taparla. Sus ojos, alargados, con un circulo verde por pupila, miraban hacia adelante con una expresión determinista. Ambición sabía lo que quería y nada ni nadie la pararía. Vestida con un manto de oro, sostenía una corona de laurel en su mano, recordando su objetivo; la fama y la gloria.

Sin dudarlo, el caballero, perfectamente armado, sosteniendo su espada con la empuñadura de oro, perlas y piedras preciosas, calló a Compasión y escuchó solamente Ambición. No sería el caballero de brillante armadura el que salvaría a la humanidad.

La escultura y el Friso de Beethoven

La escultura de Beethoven

La escultura de Beethoven en la que se basa toda la exposición esta realizada en mármol griego, tela y ónice. Su pedestal esta hecho en mármol pirenaico, ojos de águila, ámbar, garras de águila: y bronce y el trono bronce en cabezas de márfil, bandas de mosaíco, vidrio, ágata, jade , madreperla y pan de oro. Tiene una altura total 310 metros y resalta por su grandiosidad y la majestuosidad con la que se trata la figura del genio de Bohn. Se presenta a Beethoven como una deidad olimpica, de ahí el diseño de la exposición, con el torso al desnudo y rodeado de elementos que remarcan su poder, como el águila o el trono. Esta obra se considera que pese a que la representación del músico es clara, tiene un claro componente abstracto, ya que transforma su música en visible y esta es la pauta que marca la exposición realizada en torno a su figura. En un sentido más practico se puede ver como el uso de elementos decorativos en la escultura puede influir a los artistas secessionistas, muy interesados en la ornamentación, particularmente a Klimt que inicia en esta exposición su periodo dorado.

Por su parte, el Friso de Beethoven es considerado por muchos la obra maestra del Art Noveau europeo y se salvo de la destrucción por aclamación popular. Es una alegoría al sufrimiento humano y como la salvación se encuentra en las artes y el amor. En el mismo momento de su creación, Havesi declaró que será una perdida irreparable y que era la obra maestra de Klimt. Esta afirmación hoy en día es aceptada por muchos. Las tres paredes decoradas por el artista representan el progreso de la humanidad desde el deseo hasta su salvación por medio de las artes. Este mensaje religioso artístico siempre ha sido interpretado como la parte coral de la novena sinfonía de Beethoven con un mensaje de alegría respecto al poder y la naturaleza abstracta de la música, presente en la escultura de Klinger. La obra marca el inicio de su obra más madura. Esta obra, además supone para él una liberación, ya que le da la oportunidad de realizar arte para el dominio público con total libertad, tras las duras críticas recibidas por las pinturas de la universidad.

La obra encuentra su influencia en distintas fuentes como el propio art noveau o la ornamentación bizantina y micénica de la poesía, influencia que desarrollara por completo en el palacio Stoclet, el renacimiento germánico con el caballero o el artista contemporáneo a Klimt, Ferdinand Hodler, al que emula en el simbolismo de su coro de ángeles.

A lo largo de los tres paneles se pueden ver hadas flotando, que son las que guían el recorrido a través del friso. En el primer panel aparecen tres figuras desnudas implorando a un caballero de armadura dorada que mira en otra dirección rodeado de la Compasión y la Ambición. En el panel central nos encontramos las Fuerzas Hostiles, capitaneadas por el gigante Tifeo, y sus tres hijas, las górgonas. También se encuentran en este panel la Enfermedad, la Locura, la Muerte, la Corrupción, la Lascivia, la Gula y el Arrepentimiento mostrado como un gran gemido. En el tercer panel, encontramos el anhelo de la felicidad satisfecho en Poesia, representada por una mujer con un arpa vestida de dorado. Más adelante unas mujeres desnudas que representan las artes dan paso a un coro de angeles, referencia directa a la coral de Beethoven y a una pareja abrazada que representa el amor. Esta obra contiene dos de los elementos clave en la obra inmediatamente anterior de Klimt y posterior; el desnudo y el uso del dorado. En su momento tuvo muchos detractores y muchos seguidores y llegó a ser acusado de pornografía pintada. Sin embargo, su realismo pictórico del desnudo y su realidad a la hora de pintar la masturbación femenina abrió caminos explorados posteriormente por artistas como Egon Shiele y más recientemente la obra gráfica de Jeff Koons Made in Heaven que, si a Klimt le acusaban de pornografía pintada, a este le han acusado directamente de pornografía.

El uso del dorado de Klimt comienza aquí y es lo que le ha granjeado mayor fama, ya que sus obras más conocidas, El Beso y el primer retrato de Adele Bloch-Bauer son famosas por el uso que hace del dorado como elemento decorativo a la par que sagrado, recreando el sagrado femenino famoso en la antigüedad. Klimt fue el artista contemporáneo que reintrodujo el uso del dorado en el arte, desmoralizando y quitándole el contexto eminentemente religioso. Así, algunos años más tarde Monet lo utilizara para el sol sobre su estanque de Giverny o Klein lo contrapondrá a su famoso color Klein. Pero la influencia más clara la tendrá para la fotógrafa austriaca Inge Prader que creara en vivo algunas de las escenas de Klimt, incluido el Friso de Beethoven.

Visión del Friso y la escultura durante la exposición.