Sigan leyendo en voz alta

¿Para qué sirve aprender a leer, si luego no leemos? Invertimos una gran cantidad de esfuerzo en que los niños aprendan a leer y lo comprendan, pero si al final no quieren hacerlo todo este esfuerzo es en vano. Centrándonos en la comprensión y otros aspectos de la lectura como la entonación, el ritmo etc. pasamos por alto que, si los niños están motivados a leer, leerán y todos los aspectos en los que nos insistimos cuando trabajamos la lectoescritura se adquirirán de manera progresiva y natural. Muchas veces, en las primeras etapas educativas focalizamos tanto en aspectos formales de este proceso que podemos crear en los alumnos ansiedad que puede degenerar en un malestar y falta de ganas.
Cuando un niño empieza a leer, esta motivado, tiene ganas, desea poder hacerlo. Esto se debe, en parte, a que lo perciben como una actividad de “mayores”, pero fundamentalmente viene marcado por el bagaje literario que tienen a sus espaldas. Aprendemos a escuchar antes que a leer. La literatura está presente en nuestras vidas desde que nacemos y nunca nos abandona. Nuestros oídos nunca dejan de recibir historias, versos, canciones etc. Hay más literatura en el ambiente que en los mismos libros, aunque muchas veces no nos damos cuenta y de esta manera no lo aprovechamos. La literatura llega a nosotros antes de adquirir la lectoescritura, a través de las personas que nos la transmiten.
El patrón a seguir es sencillo y siempre el mismo: una persona que entrega a los niños unas palabras que hacen volar su imaginación. De repente no estamos en casa o el colegio; estamos en la corte del rey Arturo, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, o en el maravilloso mundo de Oz. Palabras llenas de misterio, de vida, de evocaciones. Estos contactos con la literatura despiertan el deseo primario de querer saber más, no solo de la misma historia, sino que ejercen de vínculo con la vida. A través de las narraciones entramos en contacto con el mundo que nos rodea, podemos comprenderlo mejor, ver la naturaleza humana. Podemos saber qué nos aguarda, aprender qué podemos esperar de la vida.
Al principio la literatura nos llega como era en un principio: oralmente. En el pasado a la literatura bien podríamos haberla llamado “oratura” pues las historias se transmitían de viva voz. En la actualidad la transmisión oral se limita a la más tierna infancia y en muchos casos cuando se comienza con el proceso de lectoescritura la dejamos de lado para que los niños lean. Sin embargo la lectura y la transmisión oral de historias deberían ir unidas para seguir creando interés en los alumnos. Una historia bien contada puede llevar a que una persona investigue y lea sobre ese tema.
El gusto por escuchar una buena historia nos concierne a todos, y trasladarnos del mundo oral al escrito, de la voz del narrador a los libros, no debería ser una experiencia traumática, sino que debería ser una transición natural, desprovista de ansiedad o crisis. La voz debería conducir a las letras. Por eso hoy, sin decir con ello que cuando toca los niños no deban practicar la lectura,

porque tienen que hacerlo, les animo a que cuenten historias. A que lean en voz alta y pongan en valor el potencial de las historias y de la literatura para hacer amantes de la palabra escrita. Nunca renuncien a contar en voz alta.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2022

Abejas en mi ventana

El pasado fin de semana conviví con un enjambre de abejas. Los laboriosos insectos decidieron instalar su panal en casa de mis abuelos y desde allí coordinar todas sus labores. La urbanita que hay en mi al enterarse, imaginó todo tipo de situaciones postapocalípticas mientras hablábamos con el primo de mi madre, apicultor en su juventud, y nuestro vecino de allí, que nos decían que podíamos convivir con ellas sin que hubiera ningún problema: cada uno iríamos a lo nuestro.
El caso es que, finalmente, mi lado más naturalista, cada vez más desarrollado, tardó poco en acostumbrarse a la convivencia, hasta tal punto que al poco rato ya caminaba por debajo de ellas sin recordar si quiera que estaban allí. La realidad, por supuesto, distaba mucho de lo que me imaginaba: casi ni se las oía, no se acercaron a mí y estaban trabajando constantemente, desde que el sol daba directamente sobre la fachada de la casa hasta que dejaba de hacerlo. Y, entre todos los comentarios que había oído durante el viaje y esa interacción biológica neutra en la que cada una estaba a lo suyo, comencé a interesarme por estos insectos, como ya me había pasado anteriormente con los burros y, como me pasó con estos, cada cosa nueva que leía, me fascinaba. La conclusión a la que llegué, más allá de la sensación de tener que poner a salvo a las pobres abejucas antes de que llegaran las avispas asiáticas y les tendieran una trampa, es que cuánto más vivo en el campo, más me gusta lo que descubro. Y no se trata solo del medio ambiente: también hablo de la gente.
Hablar de conexión entre el hombre y la naturaleza se me hace ridículo: el hombre es naturaleza, forma parte de ella aunque lo haya olvidado. Quién sabe si éxodo rural y la necesidad de integración en las ciudades, evitando los estereotipos de la gente de pueblo, ha podido llevar a la sociedad hasta un punto más allá del que aún es posible el retorno, generando en nuestro planeta situaciones límite de las que no sabemos bien cómo enfrentarnos. La amenaza es tan grande que cualquier acto individual parece vacuo y condenado al fracaso. Son estos, sin embargo, los que marcan la diferencia, los que contagian a los que nos rodean y los que, a la larga, cambian las cosas. La convivencia con la naturaleza y el conocimiento, saber las fascinantes relaciones en las que estamos incluidos e integrados, forman parte de la conciencia naturalista del hombre, que encuentra en la armonía con el entorno su máxima expresión. Son estos valores que deberíamos recordar todo el año, pero que a veces solo advertimos en la jornada mundial del medio ambiente que tuvo lugar ayer.
Volviendo a las abejas. El domingo por la tarde se presentó el apicultor Víctor en casa y se llevó el panal, prometiendo miel de nuestras abejas para más adelante. Pero no se las llevó demasiado lejos y el lunes por la tarde regresaron, con otro enjambre que se había unido por el camino. Nuestro apicultor de confianza volvió armado con su traje al día siguiente y se las ha llevado más lejos, dónde podrán seguir beneficiando al ecosistema, a salvo de las temibles asiáticas. Mientras tanto yo no dejo de pensar que las abejas y yo consideramos nuestra casa al mismo lugar.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2021.

Cien

No es por presumir (aunque un poco sí, porque es la primera vez que lo hago) pero el martes acabé mi libro número cien en lo que va de año. Siendo yo tan dada al simbolismo lo cuadré para que el libro fuera de Delibes, por aquello de su centenario. El caso es que, después de alcanzar esta cifra, no pude evitar pensar en todas las lecturas que me han acompañado en lo que va de 2020 y he descubierto que, en su variedad, los libros son como las personas que nos cruzamos a lo largo de nuestra vida.

Hay libros que presentan inicios prometedores, parece que te gusta la historia pero según avanzas, cambian y ves cómo son en realidad. Al contrario, hay historias en las que cuesta entrar, las primeras páginas pueden ser arduas pero si persistes encontrarás auténticas sorpresas.

Hay libros que nos gustan, parecen interesantes, pero leerlos causa desasosiego, intranquilidad y te das cuenta de que, por muy buenos que sean, no son para ti aunque tengas muchas ganas de leerlos. Existe una creencia muy extendida entre los amantes de la literatura: algunas obras requieren un momento específico y unas circunstancias. Una aproximación prematura puede resultar desastrosa, como ocurre con algunas personas que pasan por nuestra vida. Otros simplemente los leemos en un mal momento y necesitamos olvidarlos, porque te recuerdan horas de angustia. Sin embargo, libros leídos en estas mismas circunstancias, si calan lo suficiente, pueden transmitir una sensación de calma que hará que los recordemos con cariño.

Hay libros a los que siempre recurrimos, son como esos amigos a los que conocemos de toda la vida, que da igual cuánto tiempo haya pasado desde la última vez, siempre están ahí. Los clásicos (y sus autores) suelen ser maestros, consejeros. Te ayudan a descubrir el mundo, nos enseñan a vivir mejor. Podemos encontrar historias que son como la familia, como volver a casa, capaces de protegernos y de recomponernos. Algunos lo fueron todo en el pasado, como los cuentos de infancia, pero ahora han quedado atrás. A veces los ves y sientes nostalgia, sin embargo, ya no son parte de tu vida.

Hay libros de los que no queremos saber nada, otros a los que tenemos manía, los que nos hacen reír, los que nos hacen llorar, algunos nos aburren, están los que nos emocionan… Hay libros de todo tipo. Pero no hay libros que nos traicionen, que quieran hacernos daño o que busquen aprovecharse. O quizá todos ellos utilizan a sus lectores, pues sin ellos quedarían relegados bajo el polvo y renunciarían a la vida.

Pero no hay nada como tener con quien compartir los libros. Aunque no solo necesitamos poder hacer partícipes a otros del proceso lector, precisamos de mucho más; gente para hablar, con la que podamos contar y en quien confiar. Personas dispuestas a escuchar las tonterías, los dramas, los malos momentos. Porque las alegrías son más grandes con la gente que es importante para nosotros y las penas se hacen más llevaderas. Y ahora que el mundo cambia, que la vida se nos escapa entre los dedos, que las emociones están a flor de piel, que todos estamos perdiendo algo, en este tiempo de duelos extraños y de lejanía impuesta, necesitamos compartir, las alegrías, las penas, la vida. Y las lecturas.

Publicado en Diario de Ávila en septiembre de 2020.

Sobre mí

Bienvenido, lector.

Mi nombre es Carolina Ares Ruiz y amo la literatura destinada a cualquier edad. Soy lectora desde pequeña y también era muy joven cuando empecé a escribir. Me encanta transmitir a los demás la pasión por estos temas y de ahí surge esta página. En este espacio online espero poder llenar el mundo con un poco de la belleza que los libros nos transmiten.

En sus distintas secciones compartiremos lecturas de todo tipo y condición: ningún género es pequeño ni ninguna historia queda excluida del apasionante viaje que supone abrir un libro. Siempre acompañada cada entrada por fotos originales mías. Además de compartir juntos las lecturas en un espacio seguro, en le que queda fuera el mundanal ruido, también hablaremos de otro aspecto importante: cómo leer con los más pequeños y acompañarlos en los primeros pasos de su vida lectora. Por ello subiré videos y artículos destinados a poder compartir los mundos de la palabra escrita con los más benjamines de la casa. Pero además tendrá cabida un club de lectura para aquellos interesados, mis reseñas lectoras y los artículos que publico en Diario de Ávila, así como otros aspectos culturales que enriquezcan la experiencia lectora. Todo ello en un ambiente cálido y confortable, con infusiones reconfortantes y flores frescas. Lo necesario para disfrutar de cada estación del año y crear un espacio literario que nos deje con una sensación de bienestar trascendente.

Si quieres saber algo más de mí, te diré que soy maestra con especialidad Lengua Extranjera y luego hice el grado en Educación Primaria, con un trabajo de fin de grado sobre la animación a la lectura a través de la literatura. También tengo un máster en Historia del Arte.

He elaborado textos para conciertos pedagógicos, he publicado varios artículos en materia educativa en revistas especializadas y soy colaboradora habitual del Diario de Ávila, con una columna de opinión quincenal que puedes leer los fines de semana. Además he colaborado habitualmente en el Magazine de La 8 de Ávila, como responsable de la sección de Cultura durante cuatro años y también tuve un espacio de literatura infantil en Onda Cero Ávila. Soy miembro de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés, con la que he colaborado con varios textos tanto en el blog de la asociación en un periódico online, como en las publicaciones El Mundo Según los Abulenses II, Leyendas según los abulenses y Érase una vez… en Ávila, libro dirigido al público infantil que también coordiné. También tengo algún cuento e historia pendiente de edición (de los que espero poder hablar pronto). Hablo inglés y francés y he dado varias conferencias en materia literaria, artística y pedagógica.

​Pero, por encima de todo, soy lectora y esto es lo que voy a compartir.

Bienvenidos

En Japón, en el mes de abril, florecen los cerezos. Es el momento en el que los habitantes del país Nipón dedican a los comienzos: comienza el curso escolar, la universidad, se abren nuevas etapas y proyectos. Por eso esta primavera, en la que los cerezos han adelantado su floración, en este mes de abril que es el mes del libro por excelencia, he decidido empezar con este blog dedicado a ello: a la literatura, a la belleza, al bienestar que solo las cosas pequeñas son capaces de regalarnos. Pasen y lean. Y, sobre todo, disfruten.