Que la literatura puede llevarnos de viaje es algo de lo que ya he hablado en este blog. Por ello, poco a poco, iré seleccionando distintos lugares y recomendando las lecturas que a mi me han ayudado a conocerlo mejor. Tanto si vas a viajar en persona, si te apetece rememorar un viaje o conocer un lugar nuevo, esta es tu sección. Debido a la temática vienesa que ha imperado en las últimas entradas, y para clausurar el tema, al menos de momento, comenzaré con la ciudad imperial: Viena. Pasen, lean y viajen.
Título: El Beso
Autora: Elizabeth Hickey
Traductor: Paz Pruneda Gálvez
Número de páginas: 384
Editorial: Punto de lectura
Es una novela histórica muy bien escrita y amable, que sirve para meternos de lleno en el mundo de Klimt, tan presente en la ciudad austríaca. En él Emilie Flöge, diseñadora de principios de siglo, creadora de los vestidos reforma e introductora de las modas parisinas en la capital vienesa, nos narra su relación con el famoso pintor. A día de hoy la figura de Flöge se está empezando a reivindicar, pero sigue pesando en exceso su relación con Klimt. Relación que a día de hoy desconocemos de que tipo era, pero si sabemos que lo último que el artista dijo antes de morir fue Emile. Por otra parte, todo el mundo cultural vienés aparece en sus páginas y es una introducción perfecta para la ciudad.
Título: Primavera de café: un libro de lecturas vienesas.
Autor: Josep Roth
Traductor: Carlos Fortea
Número de páginas: 185
Editorial: Acantilado
Este libro es un compendio de artículos periodísticos del autor vienés escritos tras el final de la I Guerra Mundial, donde se nos desentraña el día a día de los habitantes de la capital, abriéndonos las puertas al alma de la ciudad.
Título: La marcha Radezky
Autor: Joseph Roth
Traductor: Arturo Quintana
Número de páginas: 576
Editorial: Edasha
Esta obra nos narra através de una misma familia, el final del Imperio Autrohúngaro. El título, que hace referencia a la marcha más famosa de Joseph Strauss padre, es una ironía que refleja el final de una sociedad en decadencia.
Aunque solo haya seleccionado estas dos obras de Joseph Roth, el autor muchas de sus obras están ambientandas en Viena y sus lecturas son muy recomendables.
Título: La era del inconsciente. La exploración del inconsciente en el arte, la mente y el cerebro. Desde la Viena de 1900 hasta nuestros días.
Autor: Eric Kandel
Traductores: Genís Sánchez Barberán e Ignacio Villaro Gumpert
Número de páginas:703
Editorial: Paidós
Este libro no es una novela, es un ensayo del premio Nobel en medicina, Eric Kandel, explicando los mecanismos que subyace a la percepción del arte en nuestro cerebro. Pero es interesante desde el punto de vista que nos interesa, porque los primeros pintores que tuvieron esto en cuenta fueron los secesionistas, principalmente Gustav Klimt. En el ensayo se explica el desarrollo de la formación a nivel médico del artista, narrando con mucho detalle y gran vividez como era el ambiente en los salones de la época y lo que eso supuso para el arte, además de cómo fue aplicado.
Título: Mendel el de los libros
Autor: Stefan Zweig
Traductor: Berta Vias Mahou
Número de páginas: 57
Editorial: Acantilado
Al igual que Joseph Roth, solo he elegido esta obra del que seguramente sea el gran autor austriaco, pero se pueden elegir más de sus obras, como Carta de una desconocida. En Mendel el de los libros, Zweig se sienta en un café recordando al personaje que da titulo a su obra y, a través de la vida del librero, nos cuenta la situación de Viena en aquella época.
Título: Beethoven
Autor: Donald Francis Tovey
Traductor: Juan Lucas
Número de páginas: 260
Editorial: Acantilado
Este libro es, ni más ni menos, una biografía de Beethoven. No obstante está tan bien escrita que se hace accesible a los que quieran conocer por primera vez al genio de Bonn, como para sus más fervientes seguidores. Y para nota, añado una obra más: La nueve sinfonías de Beethoven de Marta Vela, que analiza una a una las composiciones del autor para orquesta.
Título: Alma Mahler, la novia del viento.
Autora: Susanne Keegan
Traductor: Luís Romero Haces
Número de páginas: 360
Editorial: Paidós
Otra biografía. En este caso nos narra la vida de Alma Mahler, mujer del prestigioso compositor austríaco, que después contrajo nupcias con el arquitecto Walter Gropious y finalmente con el novelistas Franz Werfel, pero fue amante de muchos grandes hombres de la época, permitiéndonos ver la evolución del arte a través de los tiempos, pero también como su carrera artística se vio influida no solo por su relación con ellos, sino también por su condición de mujer.
Título: Sissi
Autora: Ana Polo Alonso
Número de páginas: 418
Editorial: La esfera de libros
No podíamos pasar por alto a una de las figuras más fascinantes relacionadas con Viena. En esta biografía se explora el complejo carácter de la emperatriz más allá del mito y de la leyenda y, por supuesto, de las películas que la hicieron famosa.
Título: Mi maravillosa libreria
Autora: Petra Hartlieb
Traductor: Manuel Laguillo
Número de páginas: 170
Editorial: Periferica
Este libro nos aleja del centro de Viena y nos lleva a un barrio, donde Hartlieb dedició abrir su propia librería y contar la experiencia. Con ella, nieve o haga sol, disfrutaremos de un lugar en Viena en el que los libros son el núcleo de la comunidad.
Otros libros ambientados en Viena, que yo no he leído todavía pero que suelen aparecer vinculados a la ciudad son: El día que Nietzsche lloró de Irving D. Yalom, Sobre Pareja de John Irving, Juventud en Viena de Arthur Schnitzler o Una letra femenina de Franz Werfel.
Pero el compás cada vez se hacía más persistente y más llevadero. Cuanto más dura era la amenaza, cuanto más tristeza rondaba el ambiente, cuanto más imposible parecía seguir adelante, aquel ritmo tiraba con más fuerza. Las hadas siguieron avanzando a través de un tornado y en seguida volvieron a girar la esquina. Y allí estaba ella. Vestida de oro, con una corona de flores doradas, tañía su lira, como si de una de ellas, otra hada más se tratase. “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?” El vestido vaporoso parecía tener vida propia, y cubría sus pies, que, seguramente se hallaban atados por un cordón plateado. “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros” Allí estaba ella, “Yo voy soñando caminos de la tarde” Poesía. “Huye luna, luna, luna” Poesía recordaba al mundo las cosas bellas. “Entenderás ya que significan las Ítacas” Poesía guiaba a la humanidad de vuelta al camino de la felicidad. “¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres!”
Las hadas siguieron su camino con una nueva energía. Parecía que Poesía había cogido lo peor de la humanidad y lo había transformado. A veces era triste, melancólica, otras aventurera y hasta romántica, pero sabía sacar belleza hasta de las situaciones nefastas. De repente todo cambió. Las hadas sabían que desde poesía habían topado con lo más alto de la expresión humana. Lo más puro, lo más bello, lo mejor del hombre: se habían encontrado con las artes. Estaban juntas en un halo dorado, todas ellas tan parecidas, con su abundante cabellera castaña con algunos cabellos rubios y otros morenos, y sus hermosas caras y sus cuerpos estilizados, unidas por un cordel plateado, pero tan distintas. Allí estaba Música “ Hey Jude, don’t make it bad…” con una sonrisa por bandera, llevando el ritmo con la mano. “Dan las seis, sintonizo a los Stones” Curaba las penas. Nos recordaba quiénes éramos y de donde veníamos “Por el puente de Aranda se tiró, se tiró”. Animaba las fiestas. “Bailando, me paso el día bailando”. Proporcionaba el consuelo que nuestro cerebro y nuestra alma necesitaban.Muchas veces sin letra, llegaba incluso más adentro del alma, pero aún así de podría cantar “Ta, ta, ta, taaaaaaan”. Se decía que música tenía más poderes curativos que nadie en el mundo. “Anyway the wind blows…” Encima de ella flotaba Pintura, soñando con una Noche Estrellada, con un Beso, con una Virgen de las Rocas, con un bello Estanque de Nenúfares, con las ruinas del bombardeo de Guernica, con unos relojes derretidos que mostraban La persistencia de la Memoria… Encima suya Escultura se apoyaba en un señor Pensador, se dejaba moldear el pelo con un Peine del Viento, observaba a David que miraba a un sinfín de Soldados de Terracota… A continuación Teatro jugaba con mascaras con distintas emociones, cambiaba su expresión de la tristeza, a la felicidad, al terror, a la sorpresa… Teatro representaba la realidad de la humanidad y ahondaba en lo más profundo de nuestro ser. Seguía en la fila Danza, Arquitectura, Ópera y todas las artes que redimían al ser humano.
Las artes purificaron a las hadas que llegaron al final de su viaje. Allí estaba Amor. Sobre un césped plagado de flores, un coro de ángeles, vestidos con túnicas rosas con adornos dorados, con arpas, guitarras, bandurrias, panderetas tocaba, armonizaba y acompañaba a una pareja que se besaba, en medio de un halo dorado provocado por el sol, que brillaba con fuerza sobre ellos y en sus corazones. Esta era la mayor bendición de la humanidad. Amor estaba presente en la vida de todos. Padres, madres, hijos, amigos, novios, novias… Todos nacían con la bendición del Amor y podían distribuirlo como quisieran. Las Fuerzas Hostiles intentaban destruirlo, pero a veces no hacían sino reforzarlo. Las artes lo llenaban, lo idealizaban, lo elevaban a lo más alto. Pero, por encima de todo, el Amor llenaba las almas de los hombres, hacían que la vida valiera la pena. Las artes purificaban la esencia de los seres humanos, contrarrestaba el mal y abría los corazones para Amor.
Las hadas miraron la escena y sonrieron. Habían llegado al final de su camino y había merecido la pena. Habían aprendido a sobrevivir con la desesperanza, a convivir con las fuerzas del mal, habían reforzado su esencia a través de las artes y habían conocido el amor. Las ninfas, flotando, observaron por última vez a la pareja. El hombre era más alto que ella, que le rodeaba el cuello con los brazos. Él la estrechaba entre sus brazos y ambos ofrecían su beso a todo el mundo, recordando todas las emociones y las esperanzas acumuladas de la humanidad. Las hadas se dispusieron a proseguir su camino, pero se dieron cuenta de algo. A aquella pareja, fundida en el amor no se les veían los pies. Desde sus pantorrillas, hasta sus pies, un cordel plateado los unía, ¿solo el uno al otro?
Las hadas siguieron su viaje. Cada vez era más difícil avanzar, como si grandes enemigos acecharan a la vuelta de la esquina. Ellas eran meras observadoras, pero podían sentir el sufrimiento de la humanidad. Al poco de seguir con su viaje llegaron al lugar más oscuro en el que ha estado nunca nadie. Allí, reunidas, las Fuerzas Hostiles confabulaban contra la felicidad del ser humano. Las hadas se dieron cuenta que sería muy difícil salir de allí, que solo una fuerza superior y muy pura podría ayudarlas a continuar su viaje.
Lo primero que vieron fueron los grandes males del mundo: Enfermedad, Odio y Muerte atacaban a todo el que podían. Eran apenas tres calaveras que pujaban por dominar las vidas de los humanos. Enfermedad, con su escaso pelo creciéndole del centro de la cabeza y sus ojos en espiral, su boca abierta, numerosas ausencias entre sus dientes y los dos agujeros que tenía por nariz se propagaba entre la gente de las maneras más diversas. A algunos los atormentaba durante algún tiempo, a unos los abandonaba para siempre, a otros volvía a visitarlos. A los menos afortunados, los llevaba a ver a su amiga Muerte. Muerte tenía los ojos blancos, rodeados por unas ojeras moradas que le daban un aspecto temible. Igual que Enfermedad solo tenía dos agujeros por nariz, pero jamás abría la boca. Nadie sabía que se encontraba allí. Su cabello era abundante, negro y gris, y le caía serpenteando por su esquelético cuerpo. Si había una visión horrible, esa era Muerte. Si Muerte te atrapaba, no había vuelta atrás. Muerte era inevitable y necesaria, a veces un alivio, y en el fondo no era mala, pero siempre devastadora, sino al afectado, a todos sus allegados, por lo que en lugar de aceptarla y convivir con su sombra, los humanos la habían relegado a aquella pared sombría y temible. Por ello, en algunas ocasiones se asociaba con Odio. Odio no tenía pelo y sus ojos eran rojos. Tan rojos que brillaban y se podían ver en la oscuridad. Compartía nariz con Enfermedad y Muerte, pero respiraba mucho más fuerte, indignada por cualquier cosa que se cruzara en su camino. Odio atacaba a la gente, sacaba lo peor de ellos mismos, los enfrentaba. Si bien Odio no era definitiva, podía causar mucho más daño y más dolor que sus compañeras. Aquellos que caían bajo su influjo no podían ser felices jamás, vivían a la sombra de los demás y sus actos. Y no solo la felicidad los abandonaba, sino que su ira hacia daño a los demás, aunque no estuvieran infectados y en algunas ocasiones incluso hasta se contagiaba. Los ojos rojos de Odio eran el fin de la felicidad.
Las górgonas observaban a sus compañeras. Retorciéndose, con los ojos bien abiertos, y con serpientes doradas enredadas en su pelo, miraban algunos problemas que ellas podrían haber solucionado, pues tenían la capacidad de sanar, pero no lo deseaban. Estaban atentas, por si algún mortal se atrevía a mirarlas, convertirlo en piedra. Sus pies desnudos, igual que todo su cuerpo, se hallaban unidos y entrelazados por unos cordeles plateados. Tiempo atrás simplemente eran protectoras, pero aquello había pasado. Eran las hijas de Tifeo y se las dio la orden de amparar al mundo de su padre. Para ello se las dotó de poderes para que pudieran auxiliar a la humanidad de los cambios de humor de su padre. Pero siendo como eran las hijas de Tifeo prefirieron abandonar su labor de protección y dedicar sus poderes al servicio del mal. A su lado, su padre las miraba orgulloso. Tifeo en el pasado fue un hombre, pero su sangre viciada y su maldad acabaron por hacerse externas y todo el mundo podía ver el horrible monstruo en que se había convertido. Sus ojos blancos, con pupilas de perla lo observaban todo, desde lo alto de su peludo cuerpo marrón. Un turbante azul y dorado, coronaba su cabeza, ocultando unos cuernos tan retorcidos como su alma. Cuando lo deseaba, Tifeo podía alcanzar la altura de las estrellas. Podía echar lava por la boca y provocar explosiones volcánicas. Si el temible gorila se sentía inspirado, podía mover la tierra, rompiéndola, causando el caos. Podía generar grandes olas que arrasasen todo a su paso. En definitiva, aquel gigante malvado podía incitar a la tierra a revelarse y a causar grandes daños a sus habitantes.
Al lado de Tifeo se reunían Lascivia, Corrupción y Exceso. Lascivia atormentaba a los hombres con solo una mirada. Los perseguía su recuerdo, soñaban con encontrarla, les consumía la vida. Con su larga melena de un fulgor rojo intenso, coronada con flores azules y la cabeza ligeramente inclinada, miraba a los hombres desde la parte de arriba de sus hermosos ojos azules, con las cejas arqueadas, sugerentemente inclinadas. Su nariz perfecta trazaba una línea hasta su carnosa boca roja, que con media sonrisa, incitaba a la humanidad. En su hombro se apoyaba Corrupción, con su largo cabello rubio, que caía ensortijado, retorcido, como si de una metáfora se tratase sobre sus hombros. Cerraba los ojos, pues fingía no ver, pero sonreía dulce e ingenuamente, como si no causara ningún mal. En realidad había quién pensaba que Corrupción había llegado a aceptar su propia mentira; no creía que engañase, estafase, arañase, traicionase, apuñalase y llevase a cabo todo tipo de triquiñuelas por su propio bien, lo hacía por los demás, por la humanidad…. O eso pensaba ella que debían creer el resto. Corrupción parecía débil e insignificante al lado de sus compañeros de lienzo, pero, en realidad, había causado la destrucción de países, guerras, enfrentamientos y demás pecados desde que las sociedades comenzaron a florecer en la Tierra. Y luego estaba Exceso. Siempre era bienvenida al principio, pues parecía una buena amiga, de las que no te traiciona, con su voluptuoso cuerpo y su prominente vientre. No era guapa, por ello la gente se fiaba de ella, y sus elegantes ropas, un tocado de oro y piedras preciosas, una falda azul profundo, con un cinturón elaborado con oro y perlas, conseguía que todos se fijasen en ella y se le acercaran tanto que al final los absorbía. Exceso no tenía límite, siempre necesitaba más y se alimentaba de aquellos que se acercaban a ella, pensando que no hacían mal ni daño a nadie, y envueltos en un torbellino de disfrute. Muchas de sus víctimas venían de la mano de Lascivia y Corrupción, pero todo el mundo estaba dispuesto a pasar un rato con Exceso. El problema era que Exceso no te dejaba escapar y te quería a su lado hasta que no dabas más de si. A veces, a aquellos que se consideraban sus mejores amigos, se los cedía gustosa a Muerte y Enfermedad. Exceso se reía en la cara de los hombres, disfrazándolo de amistad.
Las hadas seguían avanzando despacio. Aquellas Fuerzas Hostiles hacían difícil el transito, pero las hadas empezaban a sentir que había algo más. Algo extraño, rítmico, sincopado, tiraba de ellas, como una inercia que les daba fuerza. En su marchar, las hadas se vieron en la lejanía en un suelo pedregoso que hacía formas zigzagueantes. El cielo en el que flotaban era gris, azul marino, negro, todo ello entre mezclado en un torbellino de emociones. En el suelo una figura encogida se retorcía, lloraba, gritaba, emanaba dolor. Con una mano se tiraba del pelo que le caía lacio por la espalda y los hombros. Con la otra se apretaba las piernas contra el pecho. Se decía que Remordimiento podía hacer sentir peor a los mortales que todos sus compañeros. Remordimiento podía atacarte si previamente todos los anteriores te habían cautivado, pero también atacaba a los no lo merecían por cosas que no era importantes. Generaba dolor por tus actos, pero también por los que no llevabas a cabo, por lo dicho y por lo callado, por lo amado y por lo odiado, por lo que habías sufrido y por lo que habían pasado los demás. Remordimiento siempre estaba al acecho, pero era muy selectiva. Rara era la vez que se relacionaba con sus compañeros; no le gustaban los corruptos, los lascivos, los que se excedían, ni los que odiaban. Solía ensañarse con los que se esforzaban en hacer las cosas bien pero, como humanos que eran, cometían un error. Ella sola podía causar más dolor que nadie y nadie estaba libre de ella. Remordimiento siempre estaba al acecho.
Al principio solo había un hada flotando. Ondeaba suspendida en el aire, su abultado cabello castaño, con una flor prendida, rodeando su pálida cara. Con los ojos cerrados se dejaba llevar mientras su sedoso traje blanco, que le cubría los píes, oscilaba al viento. Sus brazos estirados indicaban la dirección en la que la esperaba su destino. Siguió avanzando y descubrió que no estaba sola. Había otra ninfa. La esperaba medio escondida, entre las sombras, pero cuando la vio, no dudo en seguirla. Abandonó su postura lateral, con las manos apoyadas en una mejilla y su voluminoso pelo rubio, repleto de flores, que se agitaba en todas direcciones y la siguió, con la vaporosa vestimenta y los brazos estirados, avanzando hacia su destino.
Serpenteaban juntas, dejando un rastro dorado por dónde habían pasado cuando el camino se estrecho. Entonces lo sintieron: Desesperación. Era el sufrimiento de la humanidad. Cuanto más se aproximaban más lo sentían. Era el miedo. El temor a la vida y a la muerte, el pavor a sufrir y a disfrutar, el miedo al miedo. Entraron en una zona etérea, dónde una neblina lo cubría todo, dándole un triste color gris. Allí había tres personas. Una mujer desnuda, que esperaba de pie, era la misma imagen de la indiferencia. Su expresión sonrosada contrastaba con su mirada perdida, más allá del infinito, hacia un futuro que daba por perdido. Las manos juntas, a la altura del pecho, en un pasado suplicantes ahora caían unidas. El resto de cuerpo desnudo simplemente esperaba, anclado en unos pies rodeados por una cuerda plateada. Tan solo un detalle recordaba la ilusión que tuvo en el pasado. Una flor morada prendía de su voluminoso pelo anaranjado.
A sus pies una pareja suplicaba, en el suelo, de rodillas. Sus piernas se enredaban en la misma cuerda plateada que ataba los pies de la joven que estaba junto a ellos, sujetándolos hasta la rodilla, unidos por la desesperanza. Sus cabezas estaban gachas y sus brazos se estiraban y con las manos unidas suplicaban a un caballero cubierto con una brillante armadura dorada.
Pero el caballero… ¡Ay, el caballero! El hidalgo miraba para otro lado. Su armadura refulgía al sol, pura, limpia de las batallas que no había librado. Su rizado cabello, entre naranja y cano, era lo único que la humanidad, en su petición de ayuda, vería. Sus rasgos angulosos, su piel cetrina y su hosca expresión miraban hacia el futuro, hacía la honra y el honor que podía alcanzar, hacía si mismo y su peso en la historia. Pero no miraba a los demás, se limitaba a fingir que no existían. Detrás de él, envueltas en un halo dorado que las separaba del sufrimiento de la humanidad, se encontraban Compasión y Ambición. Compasión con su dulce expresión de cariño, miraba al caballero con dulzura y fe, con las manos entrelazadas, apoyadas sobre su mejilla sonrosada. Su traje dorado era como un cálido consuelo, el lugar dónde la humanidad ansiaba envolverse en sus malas horas. Sin embargo, a su derecha, Ambición intentaba taparla. Sus ojos, alargados, con un circulo verde por pupila, miraban hacia adelante con una expresión determinista. Ambición sabía lo que quería y nada ni nadie la pararía. Vestida con un manto de oro, sostenía una corona de laurel en su mano, recordando su objetivo; la fama y la gloria.
Sin dudarlo, el caballero, perfectamente armado, sosteniendo su espada con la empuñadura de oro, perlas y piedras preciosas, calló a Compasión y escuchó solamente Ambición. No sería el caballero de brillante armadura el que salvaría a la humanidad.
La escultura de Beethoven en la que se basa toda la exposición esta realizada en mármol griego, tela y ónice. Su pedestal esta hecho en mármol pirenaico, ojos de águila, ámbar, garras de águila: y bronce y el trono bronce en cabezas de márfil, bandas de mosaíco, vidrio, ágata, jade , madreperla y pan de oro. Tiene una altura total 310 metros y resalta por su grandiosidad y la majestuosidad con la que se trata la figura del genio de Bohn. Se presenta a Beethoven como una deidad olimpica, de ahí el diseño de la exposición, con el torso al desnudo y rodeado de elementos que remarcan su poder, como el águila o el trono. Esta obra se considera que pese a que la representación del músico es clara, tiene un claro componente abstracto, ya que transforma su música en visible y esta es la pauta que marca la exposición realizada en torno a su figura. En un sentido más practico se puede ver como el uso de elementos decorativos en la escultura puede influir a los artistas secessionistas, muy interesados en la ornamentación, particularmente a Klimt que inicia en esta exposición su periodo dorado.
Por su parte, el Friso de Beethoven es considerado por muchos la obra maestra del Art Noveau europeo y se salvo de la destrucción por aclamación popular. Es una alegoría al sufrimiento humano y como la salvación se encuentra en las artes y el amor. En el mismo momento de su creación, Havesi declaró que será una perdida irreparable y que era la obra maestra de Klimt. Esta afirmación hoy en día es aceptada por muchos. Las tres paredes decoradas por el artista representan el progreso de la humanidad desde el deseo hasta su salvación por medio de las artes. Este mensaje religioso artístico siempre ha sido interpretado como la parte coral de la novena sinfonía de Beethoven con un mensaje de alegría respecto al poder y la naturaleza abstracta de la música, presente en la escultura de Klinger. La obra marca el inicio de su obra más madura. Esta obra, además supone para él una liberación, ya que le da la oportunidad de realizar arte para el dominio público con total libertad, tras las duras críticas recibidas por las pinturas de la universidad.
La obra encuentra su influencia en distintas fuentes como el propio art noveau o la ornamentación bizantina y micénica de la poesía, influencia que desarrollara por completo en el palacio Stoclet, el renacimiento germánico con el caballero o el artista contemporáneo a Klimt, Ferdinand Hodler, al que emula en el simbolismo de su coro de ángeles.
A lo largo de los tres paneles se pueden ver hadas flotando, que son las que guían el recorrido a través del friso. En el primer panel aparecen tres figuras desnudas implorando a un caballero de armadura dorada que mira en otra dirección rodeado de la Compasión y la Ambición. En el panel central nos encontramos las Fuerzas Hostiles, capitaneadas por el gigante Tifeo, y sus tres hijas, las górgonas. También se encuentran en este panel la Enfermedad, la Locura, la Muerte, la Corrupción, la Lascivia, la Gula y el Arrepentimiento mostrado como un gran gemido. En el tercer panel, encontramos el anhelo de la felicidad satisfecho en Poesia, representada por una mujer con un arpa vestida de dorado. Más adelante unas mujeres desnudas que representan las artes dan paso a un coro de angeles, referencia directa a la coral de Beethoven y a una pareja abrazada que representa el amor. Esta obra contiene dos de los elementos clave en la obra inmediatamente anterior de Klimt y posterior; el desnudo y el uso del dorado. En su momento tuvo muchos detractores y muchos seguidores y llegó a ser acusado de pornografía pintada. Sin embargo, su realismo pictórico del desnudo y su realidad a la hora de pintar la masturbación femenina abrió caminos explorados posteriormente por artistas como Egon Shiele y más recientemente la obra gráfica de Jeff Koons Made in Heaven que, si a Klimt le acusaban de pornografía pintada, a este le han acusado directamente de pornografía.
El uso del dorado de Klimt comienza aquí y es lo que le ha granjeado mayor fama, ya que sus obras más conocidas, El Beso y el primer retrato de Adele Bloch-Bauer son famosas por el uso que hace del dorado como elemento decorativo a la par que sagrado, recreando el sagrado femenino famoso en la antigüedad. Klimt fue el artista contemporáneo que reintrodujo el uso del dorado en el arte, desmoralizando y quitándole el contexto eminentemente religioso. Así, algunos años más tarde Monet lo utilizara para el sol sobre su estanque de Giverny o Klein lo contrapondrá a su famoso color Klein. Pero la influencia más clara la tendrá para la fotógrafa austriaca Inge Prader que creara en vivo algunas de las escenas de Klimt, incluido el Friso de Beethoven.
Visión del Friso y la escultura durante la exposición.
La exposición de Beethoven es el nombre con el que se popularizó la muestra número catorce de la Secession, dado que estaba dedicada al genial músico e inspirada por la escultura del mismo del escultor alemán Max Klinger. Más de 60.000 personas visitaron la exposición que tuvo lugar entre el 15 de Abril y el 27 de Junio de 1902. Fue concebida como una Obra de Arte Total (Gesamtkunstwerk) y fue el mayor éxito del movimiento austriaco que incluso utilizó lo que hoy en día serian considerado como campaña publicitaria para conseguir el éxito de visitas que obtuvo.
El punto de partida de la exposición de Beethoven es una escultura del artista alemán Max Klinger sobre el afamado músico. Entorno a ella se diseña todo el conjunto de la presentación, desde la planta de la sala de exposiciones hasta las demás obras de arte que acompañan al conjunto escultórico. Esta exposición, que en el catálogo de la misma llega a ser calificada de experimento, es el mayor ejemplo de Gesamtkunstwerk que se conoce, buscando la integración de distintas artes como la arquitectura, la escultura, el diseño o la pintura todas ellas al servicio de la música.
Instalación original del Friso de Beethoven
El encargado de la organización artística es el arquitecto y diseñador Josef Hoffmann, que reorganiza, de acuerdo a Peter Vergo, el espacio interno del Pabellón de la Secession como un templo, con la posibilidad de ver la escultura de Klinger desde las tres naves, pero obligando a acercarse a ella solo al final de la exposición a través de una ruta similar a una rotonda. En su momento este diseño se vio como un santuario al que no se permitía el acceso sin estar preparado. La preparación para ver la escultura de Beethoven eran las demás obras creadas ex profeso para la exhibición y pensadas todas ellas para desaparecer después de la misma, siendo finalmente solo salvado el Friso de Beethoven de Klimt por aclamación popular. Esta decisión se debe al carácter casi sagrado del que se quiso hacer gala en esta exposición; por mucho que un artista aspire a transmitir un sentimiento elevado con su obra, al venderla se comercializa y se convierte en un objeto. Destruyendo las obras garantizaban la solemnidad del proyecto.
En la exposición, a parte de las obras ya mencionadas de Klinger y Klimt, se exponían dos paneles abstractos de Böhm y Roller, uno delante y otro detrás del busto y varias esculturas en relieve ornamentales de Josef Hoffmann y de Ernst Störh, así como frescos de Ferdinand Andri, Friedrich König, Josef María Auchentaller y Rudolf Jettmar. Kolo Moser y Richard Luksch realizaron sendos mosaicos con distintos materiales combinados, Othmar Schimkowitz, Leopold Stolba y Maximilian Lenz realizaron distintos altorrelieves de mármol, el de Lenz incluyendo esculturas de bulto representando columnas en madera. De todas estas obras, solo queda constancia en las fotografías de la época en blanco y negro, pero en ellas se puede apreciar el diseño diáfano de la exposición que buscaba preparar al espectador para entender la escultura de Klinger, a través de distintas obras de un lirismo y abstracción a la altura del genio de Bonn.
La exposición responde al objetivo secesionista de mostrar una obra de arte total o Gesamtkunstwerk, una idea de la época que abogaba por acercar las distintas artes entre sí frente al progresivo alejamiento que estaban sufriendo. El músico Richard Wagner, que acuñó la expresión, estaba particularmente obsesionado con la fragmentación de las artes, que era cada vez más evidente, y quería crear una obra de arte que fuera capaz de aglutinar todas fuerzas creativas al servicio de una idea artística. Por lo tanto el objetivo de esta exposición consistía en unir todas las artes individuales, en concreto arquitectura, pintura, escultura y música, a través de un tema común. En este caso, la obra de arte no es individual para ser vista dentro de cualquier museo o exposición y no puede ser considerada como tal por si misma: tiene un lugar y un objetivo y fuera de él pierde su significado dado que la obra de arte en sí resulta de la combinación de la las pinturas, esculturas y el diseño interior pensado para ella. Incluso el catalogo de la exposición se considera el más artístico, pues sigue la estela del objetivo fijado para la muestra. Se trata de que los componentes individuales queden subordinados a la totalidad del proyecto. Por ello, todos los participantes tuvieron que trabajar al servicio del proyecto teniendo en cuenta el espacio, encargados cada uno de un trabajo distinto, como se trabajaba en las antiguas catedrales medievales. Esta última comparación no se trata de una coincidencia, pues durante el desarrollo de la exposición, el Pabellón de la Secesión se convirtió en un templo y los artistas en los profetas que transmitían el mensaje de Beethoven y que facilitan a los visitantes la oportunidad de elevar su espíritu y refugiarse de la adversidad y la fealdad del día a día.
La exposición tuvo que retrasarse en dos ocasiones debido a que la escultura de Klinger no estaba acabada, lo cual generó muchas expectativas entre los propios artistas, pero también en los ciudadanos vieneses y a este interés se suma la inauguración de la muestra, en la que el propio Klinger paseó por la exposición mientras Klimt se la enseñaba y pudo oír en cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven con la parte coral, perfectamente ejecutada por la Orquesta Filarmónica de Viena y dirigida por Gustav Mahler bajo el Friso de Beethoven pintado por el propio Klimt. El evento fue seguido por un banquete en Grand Hotel, consiguiendo que la sociedad vienesa hablase de la inauguración durante mucho tiempo.
El Pabellón de la Secesion es la sede del movimiento pictórico que lleva su mismo nombre. Fue construido en 1898 en el centro de Viena y su arquitecto fue Josef María Olbrich sobre un boceto realizado por Gustav Klimt. En principio, el permiso fue concedido por diez años pero en la actualidad, tras una reconstrucción parcial tras la II Guerra Mundial y una ampliación hacia los sótanos en los años ochenta, sigue en el lugar dónde se erigió hace más de cien años.
El edificio tiene forma rectangular y aboga por el uso de lineas rectas en sus muros, si bien las decoraciones tienen marcado carácter natural, utilizando lineas curvas en forma de elementos presentes en la naturaleza y en ocasiones figuras abstractas circulares, y sin olvidar ornamentaciones de formas geométricas rectas. Es blanco y la decoración central utiliza colores dorados y negros. En su parte superior, entre cuatro cortos pilares, descansa una cúpula dorada elaborada por hojas de laurel, que es la característica más destacada del edificio y la que le ha valido su apodo en Viena, “El repollo dorado”.
Vista de frente, se observa una fachada rectangular blanca, con una sección más elevada por el centro, correspondiente con la entrada y la cúpula. En las dos esquinas principales se puede apreciar una ornamentación negra que representa las ramas de un árbol que sube y que, en la parte superior se transforma en flores. La parte central de los laterales viene resaltado por unas molduras en relieve, en la parte superior más marcado. En la parte inferior izquierda una placa con letras en bajorrelieve informa de las fechas de construcción (1897-1898) y el nombre del arquitecto (Architekt Josef Olbrich). En la parte superior derecha del lado izquierdo, cerca de la puerta de acceso aparecen las palabras Ver Sacrum en letras doradas en relieve y unas marcas en forma de rombo. Toda la parte inferior presenta una decoración en bajo relieve que representa hojas de flor. En las cuatro esquinas inferiores, se puede observar un refuerzo almohadillado.
La parte central, que da acceso al edificio, es la más recargada ornamentalmente, destacando por el uso que hace del dorado. Unas escaleras, decoradas con sendas pilas a los lados dan entrada al edificio. Las pilas están elaboradas en mosaico, siendo el fondo de color claro, sobre él se aprecian unas espirales azules, siendo el único color alternativo que encontramos en la fachada. El borde es dorado y se encuentran sustentadas por cuatro tortugas de bronce. Las escaleras son blancas en los laterales y ligeramente rojas en la parte central, como una alfombra roja dando la bienvenida. Las puertas son de metal y están decoradas con un gran escudo en el centro y puntos en los laterales, aunque normalmente permanecen abiertas, mostrándose su interior de madera verde. La parte superior, tanto encima de la puerta como en los laterales , esta decorada por unas sencillas lineas doradas que representan las mismas ramas de árbol de los laterales y en su parte superior todo un conjunto de hojas doradas, que llaman la atención sobre la entrada del edificio. Encima de la puerta tres górgonas en yeso blanco se sitúan encima del nombre oficial del grupo en letras doradas. De ellas descienden unas lineas sinuosas que acaban en sendos lagartos que rodean una cristalera enmarcada por símbolos dorados de estilo asiático.
Todos los paños de fachada y el pórtico de entrada están coronados por una cornisa ondulada y, en lo más alto de la entrada se encuentra, a modo de coronación, una cúpula dorada de hojas de laurel encajada en cuatro pilares blancos decorados con un ajedrezado dorado. Entre la cornisa y la cúpula puede leerse en letras doradas el lema de la organización: Der zeit ihre kunst, der kunst ihre freiheit (a cada tiempo su arte, al arte su libertad)
Los laterales del edificio presentan la misma decoración en blanco y negro y bajorelieve que las paredes laterales, incluyendo ornamentación en bajorrelieve abstracta, añadiendo de forma desigual otros elementos decorativos que rompen la absoluta simetría del edificio, como unos búhos en una cornisa con una corona de laurel o unas flores en altorrelieve. Los techos de las naves secundarias, las que corresponden con las salas expositivas, son dos cristaleras en forma de triángulo.
La fachada ha sufrido ocasionales modificaciones de acuerdo con la exposición llevada a cabo, habiendo sido roja durante un tiempo, o habiendo cubierto su lema principal con una placa en la que ponía la misma frase en japonés.
Su interior es muy complejo. Aunque la fachada es la original, el interior se ha reconstruido tras su destrucción en la II Guerra Mundial, siguiendo los planos originales del arquitecto. El techo es una gran cristalera para que entre la luz natural, favoreciendo la observación de las obras de arte. Esta asentada sobre seis pilares, siendo el resto de paredes movibles, de acuerdo a la arquitectura japonesa, para poder modificar la gran sala expositiva de acuerdo a las exposiciones y a las necesidades del grupo. El interior del edificio es tan variable que podrían aguantar hasta diez años sin repetir diseño. Esta construcción es una auténtica proclamación de utilidad y funcionalidad, y la modernidad de la flexibilidad del espacio expositivo sorprendió a muchos en su época, pero no hay que olvidar que Olbrich, además de edificios, diseñaba exposiciones. En la actualidad también hay un sótano que alberga el Friso de Beethoven, pero esta sala fue construida en la década de los ochenta específicamente para albergar la obra.
El edificio estaba, en principio, pensado para ubicarse en la calle principal, Ringstrasse que ocupaba la antigua muralla y que había sido derruida para construir los nuevos edificios que marcaban el ritmo cultural de la ciudad, sin embrago, viendo los primeros diseños, decidieron trasladarle a Karlsplatz, una plaza colindante a la avenida en la que ya había edificios de carácter moderno, como la entrada al metro de Otto Wagner. Otto Wagner había sido el maestro primero y luego jefe de Olbrich, que llegó a ser su jefe de diseñadores, pero lejos del Art Noveau excesivamente ornamental de Wagner, Olbrich desarrolla su propia concepción simplificada que sienta las bases de lo que se conoce como Secessionstil y que corresponde con el estilo asociado al movimiento artístico, con los posteriores diseños de Hoffmann o Moser. El diseño es simple y severo y ha sido interpretado por muchos, como Peter Vergo, como la reacción de sencillez de Olbrich frente a la pomposidad de su maestro. Esta sensación de severidad puede ser consecuencia de la simplificación de los elementos ornamentales.
El cambio de ubicación concede a Olbrich una mayor oportunidad de experimentar y, a partir del cambio de localización, aparece por primera vez en los diseños la seña de identidad del edificio, una enorme cúpula de laureles dorados, que, puede hacer referencia consciente o inconsciente a la cúpula que ya se encontraba en la plaza coronando la iglesia Karlskriche.
Iglesia de San Carlos vista desde las inmediaciones de la Secesión
Mucho se ha hablado de la intención sacra del edificio, no solo en referencia a la cúpula sino al diseño completo del edificio, aunque empecemos por esta. Aparte de la asociación con la cúpula de la iglesia barroca de San Carlos, la cúpula nos lleva directamente a otra más antigua. La bóveda secesionista muestra una obertura en su parte más alta igual que el óculo que permite que entre la luz en el Panteón de Agripa. Aunque no es través de la cúpula, la luz que entra en el edificio es natural, y la abertura de la misma nos hace pensar en la idea de que Olbrich pudo inspirarse en el templo a todos los dioses que erigieron los romanos, ya que en este edificio la espiritualidad es una constante. Las cúpula está formada por hojas de laurel, que son las hojas que llevaba la corona de Apolo, dios de las Artes y jefe de las musas, y la misma corona que se entregaba a aquellos que ganaban los juegos olímpicos o destacaban en artes como la poesía. Apolo aparece nuevamente representado en el edificio, pues las tres górgonas de la puerta hacen referencia directa a las que se encuentran en el templo de Apolo en Grecia. Por otra parte, el uso del dorado para la cúpula y la ornamentación principal es una referencia sacra clara. Por un lado es el color presente en los retablos más destacados de la Edad Media, además de estar presente en distintas alusiones religiosas, como el Becerro de Oro en el Antiguo Testamento, o el mito de Danae, dónde Zeus se transforma en una lluvia dorada. Es, además, el color del sol, con el que también se podría comparar la cúpula.
El resto del edificio es blanco, lo cual sigue indicando el carácter sacro del que pretende dotar al edificio. El blanco es el color del comienzo y de la resurrección, objetivos que buscaba el movimiento secessionista: un nuevo comienzo en el arte, la resurrección de la vida cultural vienesa. Es además el color del bien y de la perfección, así como el de la inocencia. Los templos griegos, que son los que educaron a Europa y marcaron nuestras bases culturales, son blancos también. Las referencias a la mitología son más que evidentes en este movimiento que, por si fuera poco, en la exposición inaugural exhibió en sus paredes una Pallas Atenea de Gustav Klimt, diosa de las Artes y la Guerra. Por otra parte, hay también referencias al Antiguo Egipto en el uso del bajorrelieve y hay quién ve en el edificio de frente cierta similitud con la esfinge de Gizeth, con los laterales como las patas y la coronación de la cúpula la cabeza del animal. Las relaciones entre la cúpula, las paredes y la entrada son similares a las del Taj Mahal, con el que también comparte la manera de ornamentar al rededor de las puertas y en los laterales, y una cúpula central sin friso y con los paños de fachada más bajos que la zona de la bóveda. Las similitudes entre el templo del amor indio y el templo del arte austríaco son varias para una época en la que no tenían el acceso que tenemos hoy en día a la información. También se pueden ver influencias asirias, como la Puerta de Istar en las dos vasijas de la entrada y en el uso del dorado sagrado. No en vano, en su momento se definió como “algo asirio, con un poco de egipcio y un toque indio”. Esto se debe a su mezcla entre su clasicismo y la austeridad pero con toques exóticos, que se pueden asociar también con la posterior evolución de Klimt con obras como los Frisos de Beethoven y Stoclet.
En su vertiente más contemporánea, la influencia más clara es la Escuela de Glasgow que, como destaca Kenneth Frampton, adopta un estilo lineal que parte de la obra gráfica, como en este edifico que parte de un boceto de un pintor. Ambos movimientos estuvieron relacionados e incluso la Escuela de Glasgow llegó a tener sus propias salas en una exposición secessionista. Se ha interpretado también el motivo de los árboles con la fertilidad. Frampton destaca que las ramas que se ven en la fachada cuyas raíces penetran en el suelo representa la fertilidad del inconsciente. Este motivo se considera una mezcla de influencia MackIntosh y de la asimilación de Klimt de las ideas Freudianas, pero llevadas al terreno de Olbrich.
Las dudas que pueden surgir ante la clasificación del edificio entre Electricista y Modernista son comprensibles vista la gran cantidad de fuentes de las que bebe. Además, tradicionalmente, el modernismo se asocia con lineas orgánicas que abogan más por el uso de la linea curva que por la severidad con la que se trabajan las lineas rectas aquí. Sin embargo, la multitud de elementos ornamentales inspirados en la naturaleza y el paso que abrió al posterior modernismo austríaco, conocido como Jugenstil, que sigue estas normas de esta construcción, hace que sea considerada como la primera obra de dicho movimiento. Este estilo es el que seguirá el propio Olbrich en sus siguientes construcciones como la casa de Ernst Ludwig, o los que seguirá su compañero secesionista Josef Hoffmann en el palacio Stoclet de Bruselas, dónde impera la linea recta con decoraciones naturales, si bien en este caso utilizando el bronce. Hasta su maestro, Otto Wagner, acabará utilizando el lenguaje arquitectónico utilizado por su jefe de diseño cuando realice obras como la Oficina Postal de Viena. Es por ello que este edificio, pese a sus notables diferencias con el modernismo español, francés o flamenco, debe considerarse modernista o Jugenstil, la expresión germánica del estilo arquitectónico.
Pabellón de la Secesión. Joseph Maria Olbrich. Viena.
A comienzos del siglo XX el arte esta cambiando en su forma. Durante los años anteriores ha presentado batalla para modernizar los temas y hacerlos accesibles a un público más amplio, acercando el arte al pueblo frente al carácter eminentemente noble en los siglos inmediatamente anteriores. Además, la irrupción de la fotografía hace innecesario el arte eminentemente realista y es cuando se produce la segunda modernización, la de la técnica. Esto supone distintas técnicas y distintas visiones de la concepción formal del arte. La obra de arte total o Gesamtkuntwerk es una de estas visiones que busca aunar todas las artes posibles dentro de una misma obra, integrándolas y haciendo posible un estudio más detallado de todo el arte de una época, dando una visión de conjunto más global de lo que fue el periodo y sus repercusiones posteriores.
El movimiento de la Secessión Vienesa aparece en un momento en el que el arte esta cambiando mucho y muy deprisa. Cuando tiene lugar su fundación, en abril de 1897, han pasado veinticinco años desde que Impresión: Sol Naciente revolucionara el mundo del arte, hace siete de la muerte de Van Gogh y Cezanne ha empezado a experimentar con la forma en la Provenza. Estas innovaciones sin embargo, aún no han llegado al Imperio Austro Húngaro. Si bien el movimiento secesionista ocurre en el periodo comúnmente conocido como la Viena Imperial, es un momento en el que la capital del imperio se esta abriendo y floreciendo como núcleo cultural. Se ha derribado la muralla que rodeaba el casco antiguo de la ciudad y en su lugar se han construido nuevos edificios de marcado historicismo, que promueven la vida cultural entre las nuevas clases medias. Es el momento en que surgen los teatros, los museos y la ópera de Viena. Sin embargo, esta aparente modernidad no es más que una fachada ya que, en realidad, el Imperio sigue tiendo un control absoluto de lo que ocurre, a través de medios como un potente aparato de censura controlado por el mismo emperador Francisco José que ataja los problemas antes de que surjan. Cada cual sabe cuál es su papel en la sociedad y aunque se puede prosperar económicamente, la vida es previsible y deja poco margen a la evolución.
Escultura de Velázquez en la fachada de la Kunstlerhaus. En la actualidad alberga una colección de arte contemporáneo.
Entre estos factores del cambio, promovidos en su mayoría por una burguesía cultural que se reúne en cafés, se incluye el movimiento de la Secesión, fundado en1897. Las artes forman parte de ese grupo que permanece inamovible. Aún se exige a los pintores que se rijan por ciertos cánones para poder exponer en la casa de los artistas o Künstlerhaus. Los artistas austriacos se mueven en amplios ambientes ilustrados y donde tienen lugar relaciones entre todas las ramas del conocimiento. Fruto de estos contactos, científicos, psicológicos y filosóficos, surge un estilo pictórico que no es aceptado por las instituciones oficiales. Un ejemplo claro son las pinturas para los nuevos edificios de la Universidad de Viena encargadas a Gustav Klimt que, no solo son criticadas por el simbolismo perturbador que las domina, en el que se puede leer la influencia de Freud, que compartía escenario con el artista, sino que además tienen un realismo en la figura del cuerpo humano cuya perfección no es solo consecuencia de la técnica del artista sino también de su relación con la Escuela de Medicina de Viena, pionera en el estudio mediante autopsias.
Ejemplar de la revista ‘Ver Sacrum’
El movimiento viene producido por una búsqueda de libertad y de abrir Viena a nuevas formas artísticas. La Künstlerhaus tenía la única sala de exposiciones en Viena y por ello decidían que exponer, condicionando así el gusto del público. Tras un periodo relativamente abierto, eligen un nuevo presidente que se cierra a las nuevas formas, austriacas e internacionales, y aboga por un vuelta a las formas clásicas, con un marcado radicalismo conservador. Ante esta perspectiva, un grupo de jóvenes artistas rebeldes y no solo plásticos, optan por seguir el ejemplo de un grupo de artistas de Munich y rompen con la Kunstlerhaus, pasando a llamarse Asociación de Artistas Visuales de Viena (Secession) aunque siendo más conocidos por este último termino.
Aunque este movimiento artístico tradicionalmente se asocia con el movimiento modernista austríaco o Jugenstil debido a que sus representantes más conocidos utilizan la estética de este movimiento, hasta tal punto en que en aquella época los términos Jugenstil y Secessionstil se usaban indistintamente, esta concepción es completamente errónea. La fuerza de la Secession radica en dos pilares. Por un lado la apertura a artistas extranjeros que destacan en aquel momento en Europa, intentando sacar al arte austriaco de su provincialismo, poniendo en contacto al público vienes, pero también a los artistas con el arte europeo contemporáneo. El otro gran pilar en el que se fundamentó su éxito es la ausencia de un programa a seguir. Aunaba naturalistas, impresionistas, modernistas así como artistas de otros sectores como arquitectos y diseñadores. En sus primeros dieciocho meses de vida el éxito que alcanzan es tal que los objetos decorativos presentados por sus artistas alcanza tal fama que surgen plagios y falsificaciones. Pero el momento más destacado del moviendo secesionista corresponde con su exposición número catorce, la Exposición de Beethoven, en 1902, donde todos los ideales del grupo son plasmados en una sola exhibición, que veremos próximamente.