1. El verano es para descansar… ¡y leer!

Todos estamos de acuerdo: las vacaciones son para descansar. Descansar, no tiene porque ser reposar, que también, y es que a veces el descanso simplemente consiste en desconectar y pensar en cosas distintas. Y esta máxima se aplica tanto para adultos como para niños. Y esta máxima aplica tanto para adultos como para niños.

Después de diez meses de largo invierno, que poco a poco la primavera diluye hasta que llega el verano y con él las ansiadas vacaciones, lo primero que tienen que hacer los más pequeños de la casa es disfrutar, descansar y desconectar de todo. Pasarlo bien: bañarse en la piscina o en la playa, jugar, reír, estar con la familia, conocer lugares nuevos o disfrutar de los ya conocidos. Si para los adultos las vacaciones sirven para reponerse del estrés de día a día y del trabajo, para los niños se aplica a la misma máxima, aunque con alguna salvedad. En primer lugar porque los niños tienen más tiempo para disfrutar del verano y en segundo porque la neurociencia ha demostrado que una desconexión absoluta durante los dos meses y medio de vacaciones tiene consecuencias negativas para el aprendizaje. La palabra clave para evitar esto es muy sencilla: lectura.

A día de hoy la lectura sigue siendo la base del sistema educativo y muchas de las consecuencias anteriormente citadas afectan directamente a las habilidades lectoras de los niños, con la carga que eso supone para las demás asignaturas, y podrían ser solventadas si mantenemos cierta rutina lectora. Es ahí donde entra el elemento clave que tenemos que inculcar a los niños desde pequeños. Leer, aunque es fundamental para su formación y el principal vehículo de aprendizaje, tiene que ser una actividad que disfrutemos y que relacionemos con nuestro tiempo libre. Y esto incluye el verano.

Para empezar, cabe destacar que la lectura puede colaborar al establecimiento de rutinas veraniegas. Al igual que los adultos, los niños agranden las rutinas pues entre otras cosas determinan para ellos tiempo y su transcurrir, además de ayudar a establecerse en el día a día y saber que esperar. Además hacen valorar la ruptura de las mismas. Aunque muchas veces entendemos el verano como esta ruptura, no es así. El periodo estival establece nuevas rutinas, distintas y más distendidas, pero rutinas a fin de cuentas. Además las vacaciones suelen traer consigo el inevitable aburrimiento, que tan beneficioso nos resulta a los seres humanos, del que ya he hablado anteriormente.

Además de que haya que dejarles aburrirse, sin máquinas ni pantallas, parte de las horas más tediosas del día se pueden dedicar a establecer una rutina de lectura. Estas horas suelen ser después de levantarse y, sobre todo, de comer, que coincide con las horas de más calor del día y en las que, además, no debemos bañarnos- Encontrar ahí un rato para la lectura puede jugar a nuestro favor, aunque ha de ser cada uno el que elija el momento que mejor le va para leer.

Aprovecho aquí para recordar que, por mucho que les gusten y les tengan entretenidos, las pantallas no son beneficiosas para el desarrollo cerebral de los niños, sino que perjudican al mismo. Por este motivo, su uso debe estar restringido y nunca superar las dos horas. Cuando hablamos de pantallas no solo se incluye el móvil o la tablet. También los videojuegos y la televisión. La tentación de incrementar este tiempo durante el verano es grande, pero preferible un ocio saludable al aire libre.

Continuará…

Quiero escribir como la Generación del 98

Quiero escribir como la generación del 98 como respuesta al lenguaje soez que abunda en nuestros días, como búsqueda de la elegancia y belleza que parecen olvidadas, como principio vital por el que rechazo la constante violencia y enfrentamiento al que nos vemos sometidos miremos por donde miremos. Todo vale, pero luego nos llevamos las manos a la cabeza, fingimos no comprender y exigimos responsabilidades por lo que estamos creando entre todos.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque yo también me siento desencantada con la sociedad que me ha tocado vivir, para poder sobrevivir a los tiempos de crisis que imperan en nuestro días, no económica, que también, sino moral y social. Cada vez son más las personas que sufren, por distintos motivos y de diferentes maneras, pero somos incapaces de atajar este problema y parece que realmente no nos importa. Porque estamos perdiendo los valores humanos que hacen avanzar a la sociedad y sin ellos nos precipitamos al vacío, un vacío donde necesitaremos un lenguaje bello que nos rescate, unas reflexiones pausadas que, aún cargadas de pesimismo, puedan guiarnos de nuevo hacia la humanidad que subyace en nosotros y que es la clave de la regeneración social. 

​Quiero escribir como la generación del 98 porque esta también es consecuencia de una revolución pedagógica, porque si sus autores, pese a sus gran variedad y sus distinciones, llegaron a conclusiones comunes y características representativas, fue por su relación con la Institución Libre de Enseñanza, que cambió los paradigmas pedagógicos y demostró la importancia de la educación y su funcionamiento al margen de la política y los planes de aprendizaje oficiales, como respuesta a los límites de la educación formal.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque además de belleza, en ella se desarrolló toda la cultura de su tiempo. Los valores filosóficos que se expandían por Europa llegaron de su mano a nuestro país, mientras que el impresionismo que surgía en París apareció en España en su lenguaje sencillo y sus frases cortas; en su predilección por el habla del pueblo y de la literatura hermosa que todos pueden comprender y por su interés en que aquellos que no sabían leer pudieran hacerlo.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque, pese a su pesimismo implícito, captaron la belleza castellana como nadie lo ha vuelto hacer: vieron en sus paisajes el rigor de la historia, la hermosura del vacío, la expresión del color. Porque comprendieron la tragedia de una tierra venida a menos que amparada en el pasado no evoluciona y se pierde por momentos, que encarna una nueva acepción de lo miserable y que, desde sus tiempos, no ha ido a mejor.  Revitalizaron el romance para hablar del amor que sentían por Castilla. Intentaron modernizarla sin perder su esencia, y en los lugares donde llevaron a cabo sus planes educativos aún se nota el valor de la cultura, pero también intentaron castellanizar el resto del país.

Quiero escribir como la generación del 98 porque, aunque al volver la vista atrás se vea la senda que nunca se ha de volver a pisar, todo se repite y siempre recorremos la misma ruta. Por ello, para los tiempos de crisis, necesitamos un espacio seguro para la expresión y la reflexión que pueda volver a llevarnos al camino que se hace al andar. Ese lugar ha sido siempre el arte y la cultura, pero hasta estos a veces parecen afectados por la crisis de nuestros días. ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… Quiero escribir como la generación del 98 para dar salida a la frustración que supone la realidad que nos ha tocado vivir.

Publicado en Diario de Ávila el 27 de mayo de 2023

Los otros

Que Virginia Woolf cambió la historia de la literatura es un hecho de sobra conocido por todos. Para sus lectores, lo que nos atrapa es su manera de escribir, su constante evolución y sus formas novedosas: uno nunca sabe qué va a encontrarse en cualquiera de sus libros, pero si sabe que van a ser necesarias (y deseadas) futuras relecturas para captar todo lo que hay en la obra. Leer a Virginia Woolf siempre asombra. Para la gente menos interesada en la literatura, Virginia Woolf es en sí misma una leyenda: por lo que representa para el feminismo y la diversidad. Tan fuerte es su figura que ha sido capaz de eclipsar a quien la quiso en vida. El grupo que se generó en torno a ella y a sus hermanos, Bloomosbury, es conocido. Pero individualmente algunas de sus personas más brillantes solo son recordadas por su relación con la escritora, como su marido, Leonard Woolf, su amante, Vita Sacklville-West, y su hermana, Vanessa Bell.

Leonard Woolf fue un pensador, escritor y político muy relevante: fue una de las mentes detrás de La Sociedad de Naciones, el germen de la ONU. Fue miembro del parlamento y director de numerosas revistas culturales y políticas de la época. Fue la cabeza detrás de Hogarth Press, la editorial que fundó con Virginia con el objetivo de darle una actividad manual que contribuyese a su bienestar, pero que acabó siendo una empresa importante que no solo publicó las obras del matrimonio: Freud, T. S. Eliot y Katherine Mansfield pasaron por sus prensas. También publicó varias novelas y libros de relatos, amén de una autobiografía en varios tomos en la que reflexiona con gran juicio y pensamiento crítico sobre su vida y su labor. El último tomo es el único que se puede leer en castellano y ha sido rebautizado como “La muerte de Virginia” aunque ese no es su título original ni el tema principal.

Vita Sacklville-West formaba parte de la nobleza británica y dedicó su vida a la escritura y al diseño de jardines, como el de su casa familiar, llegando a combinar ambas facetas en el libro “Mis Flores” en el que con una delicadeza sin par describe sus veinticinco flores favoritas sin resultar repetitiva ni cargante, todo un ejercicio de maestría. Sin embargo es en su novela “Los eduardianos” donde se consolida como escritora, una obra en la que retrata el fin del estilo de vida de la nobleza inglesa.

Finalmente su hermana Vanessa tuvo (y sigue teniendo) que lidiar con algo más que ser la hermana de Virginia Woolf: era pintora. Si en literatura era difícil que una mujer se abriera paso, en las bellas artes lo sigue siendo a día de hoy. Sin embargo ella fue la que introdujo el impresionismo en Inglaterra y pasó largas temporadas formándose en París. Pero, pese al aprendizaje en Francia, desarrolló un estilo propio en el que los rostros eran meras insinuaciones y era el entono lo que desarrollaba la psicología del personaje, una suerte de transición entre el impresionismo y el expresionismo. También pintó muebles y frescos en su casa. Sobra decir que sus obras más famosas son los retratos de su hermana y las portadas de sus libros. A día de hoy solo una galería londinense ha hecho una retrospectiva de su obra y solo existe un libro sobre su labor artística.

Y aquí concluye mi pequeño homenaje a estos artistas que fueron eclipsados por Virginia Woolf y de los que podemos disfrutar pese a “solo” ser los otros.

Publicado en Diario de Ávila el 24 de junio de 2023.

A la sombra del árbol violeta.

Este verano descubrí un libro de esos que creo que debería leer todo el mundo. O, en su defecto, ver la película si la hacen. Es una historia escrita por una narradora iraní, Sahar Delijani, que cuenta el ambiente en que nació y creció. Delijani es hija de opositores al régimen de Jomeini. Sus padres participaron en la revolución de 1979 y, al no resultar como esperaban, hicieron oposición pacífica al estado. Pero ya se sabe que las dictaduras tienden a estar reñidas con la libertad de expresión y aquellos que no estaban de acuerdo, fueron a dar con sus huesos en la cárcel. Algunos salieron, otros no y muchas mujeres, como la madre de la autora, entraron embarazadas y en prisión nacieron sus hijos. Cuando al fin consiguieron salir, se vieron forzados a emigrar de un país que los había vuelto la espalda. Y todo esto es lo que narra Sahar Delijani en su obra “A la sombra del árbol violeta”.
La historia, inspirada en los recuerdos de la escritora, pero no narrada en primera persona, va más allá de la mera descripción de situaciones. Profundiza en temas como qué implica dar a luz siendo presa, esperar el indulto o la muerte, la fuerza que da saber que tus hijos te esperan fuera o el sacrificio de los familiares para sacar adelante a esos niños. Con historias breves toca temas tan profundos como la lealtad, el sacrificio, la pérdida o la esperanza. Pero, para mí, lo más importante es la capacidad de esta obra para remover conciencias. Cuando la lees, no puedes cerrar los ojos, como acostumbramos a hacer. La realidad de Irán, que es la de muchos otros países, se hace tan brutalmente presente que es innegable. Una historia trascendente que no solo nos hace plantearnos qué hacemos desde nuestra actual posición, sino que nos enfrenta al pensamiento de lo que haríamos si estuviéramos en la situación de los protagonistas.
Enfrentarse a la realidad. Al propio ser. Cómo seríamos y cómo actuaríamos ante otras circunstancias distintas a las propias no es algo que consiga cualquier escritor. Solo las historias más auténticas, cuando están bien narradas, consiguen que nos encaremos al espejo de la verdad. La respuesta puede gustarnos o no, pero enfrentarnos a nuestro reflejo es un ejercicio que todos deberíamos afrontar. Observarnos como somos, plantearnos si nos gusta nuestra imagen, no la superficial, la que sonríe o hace muecas en el espejo, sino la interna, la que subyace. Ver qué nos gusta, qué debemos potenciar o qué hay que cambiar. Porque tarde o temprano nuestras circunstancias pueden trastocarse, como ya hemos visto, y tendremos que enfrentarnos al mundo sin conocernos bien. Por otra parte, por mucho que nos comprendamos, que hayamos contemplado nuestro reflejo, podemos hallar sorpresas, positivas y negativas. Y como el cambio es constante en el mundo, nosotros mismos volveremos a transformarnos también. Pero evolucionar es más fácil cuando sabes de dónde partes y a dónde quieres llegar. Hablando de llegar, yo ya he llegado al final de esta columna. Poco más puedo añadir, a parte de mi elogio a la literatura (y los literatos) que nos hacen pensar y nos remueven los cimientos. ¡Ah, sí! Y recomendarles que lean “A la sombra del árbol violeta”.

Publicado en Diario de Ávila en octubre de 2020.

¿Preparados para aprender a leer?

Aprender de leer es uno de los procesos más complicados a los que se enfrentan los niños a lo largo de su vida. Leer no solo implica identificar símbolos, también implica comprenderlos y para poder llevar a cabo este aprendizaje es fundamental estar listos para hacerlo y esta preparación no siempre es tenida en cuenta por los programas educativos.
La adquisición de la lectura supone la integración de procesos lingüísticos y visuales, así como el empleo de mecanismos de asociación con representaciones previamente instaladas en el cerebro. En un primer momento el ojo capta la imagen visual y, a través de un neurotransmisor pasa a cerebro, que desentraña el signo escrito y lo dota de significado. Leer consiste en un complejo conjunto de procesos cognitivos. Cuanto más compleja es la lectura, más zonas del cerebro participan en su elaboración. Los procesos cognitivos implicados en la escritura se corresponden y complementan con los de la lectura.
Habitualmente los niños llegan a la educación primaria sabiendo leer y escribir, aunque no es obligatorio, pues el nivel de maduración cerebral en los niños es desigual. Esta madurez no es más que el nivel de mielinización de las neuronas. Esta mielinización es el proceso por el cual se crea la mielina, una capa aislante alrededor del nervio, que favorece que los impulsos nerviosos ganen en velocidad y se produzca una mayor sincronización en las neuronas para llevar a cabo el proceso de comunicación de mensajes. Este proceso comienza durante la gestación y tiene su periodo de mayor desarrollo en los dos primeros años, disminuyendo progresivamente a medida que nos vamos haciendo mayores, pero estando presente hasta los 20 años. El aprendizaje de la lectoescritura es distinto en cada niño ya que depende del estado de este proceso por un lado, pero también de la adquisición de diversas destrezas. El momento más habitual suele ser en torno a los cinco o seis años, pero hay niños en que aparece antes y en otros después. Un adelanto o retraso en este proceso no tiene porque tener relevancia a nivel cognitivo. O dicho de otra manera, que aparezca antes no tiene porque significar que el niño tenga altas capacidades y que aparezca después no tiene porque significar dificultades, aunque en ambos casos se pueda dar la situación.
Para comenzar con éxito la enseñanza de la lectoescritura, se requiere que el sujeto posea una serie de capacidades y habilidades que hacen que una persona pueda aprender con facilidad a traducir oralmente el signo escrito. Muchas veces no nos paramos a pensar todo lo que implica aprender a leer y a escribir, pero son procesos mentales complejos y con la adquisición de la misma alcanzamos una serie de funciones mentales que nos acompañaran toda la vida. Algunas de estas son: transformar el grafismo en su equivalente sonoro, atribuir significado al grafismo o desarrollar el pensamiento propio. Tampoco nos paramos a pensar en todas las destrezas que son necesarias para poder enfrentarse a este aprendizaje. Para poder hacerlo con éxito el niño debe haber adquirido factores como la agudeza y discriminación visual y auditiva; la habilidad fono articulatoria, conocimiento del esquema corporal o la localización y la orientación espacial y

temporal. Por no hablar de lo fundamental que es el desarrollo de la motricidad fina y la coordinación visomotriz,
Por todo ello, el aprendizaje de la lectoescritura tiene que tener siempre muy presente el desarrollo del niño. ¿Cuál es el problema? Que desde que los alumnos pasan a primaria el sistema educativo está basado en que sepan leer sin respetar estos plazos. Es cierto que lo normal es que durante primero se pongan al día, pero el hecho de que tarde un poco más suele generar ansiedad en los adultos que, a su vez, se lo trasladan a los niños. Aunque se puede acompañar y estimular, y por supuesto hay que estar atentos a que no haya más señales que puedan significar dificultades que necesiten un diagnostico específico, además de dar un apoyo constante si la lectoescritura se retrasa, no debemos olvidar todo lo que lleva detrás este proceso.

Club de lectura. Una lectora nada común de Alan Bennet.

Hola lectores,


tras este fin de semana tan real, traigo una lectura de pompa y circunstancia que hará las delicias de los amantes de los libros. Para este mes de mayo vuelvo a proponer un libro sobre libros cuya protagonista es, nada más y nada menos, la reina Isabel II del Reino Unido.
En “Una lectora nada común” encontramos que la reina, por accidente y para quedar bien, acaba convertida en una auténtica devoradora de libros, que no solo quiere leerlos, sino que además quiere compartirlos y disfrutarlos y poder hablar de ellos con más personas. Según crece su pasión por la lectura, el deber deja de ser lo fundamental y su entorno empieza a ver lo peligroso que puede ser el nuevo hábito de su majestad. Por otra parte, ella ve un antes y un después en su vida y en su manera de actuar y conforme crece su pasión, crece también su humanidad y sus ganas de experimentar.
Y así todos podemos vernos reflejados en la reina mientras lee, busca sus próximas lecturas y desarrolla una relación muy curiosa con la persona con la que puede hablar de libros: un pinche de cocina.
Espero que disfrutéis de esta nueva visión sobre nuestra pasión común.


Título: Una lectora nada común

Autor: Alan Bennett

Traductor: Jaime Zulaika

Número de páginas: 128

Editorial: Anagrama

Cambiar el mundo

En ‘Cuaderno del año del Nobel’, de publicación póstuma, José Saramago escribe: “Sigo diciendo que la literatura no cambia el mundo, pero cada vez más voy teniendo razones para creer que la vida de una persona puede transformarse con un simple libro”. No sé si lo haría a posta pero, para mí, el portugués cae en una paradoja. Si la vida de una persona puede alterarse con tan solo una lectura ¿no le da esto a la literatura el poder de cambiar el mundo? Cuando un libro tiene el potencial de transformar a un individuo, el mundo se verá beneficiado de ese pequeño cambio, pues los grandes empiezan por pequeñas acciones.
Un estudio publicado hace algún tiempo, se hace eco de que aquellas personas que leyeron a Harry Potter en la infancia demuestran una mayor empatía hacia el sufrimiento ajeno, como consecuencia de la exposición a las dramáticas historias del protagonista. Si tenemos en cuenta que las ventas de Harry Potter superan los 500 millones en todo el mundo, con que una cuarta parte haya mejorado sus dotes de empatía, ya estaremos ante un mundo mejor, que tiene más en cuenta los sentimientos de los demás y reacciona a ellos. Y este es un gran cambio.
Ricardo de León escribió “Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre”. Leer nos permite acceder al conocimiento y este nos lleva, en la mayor parte de las veces, a cuestionar lo que nos dicen, pensar por nosotros mismos y no creernos cualquier cosa que encontremos, incluso en los propios libros. Que aprendemos de los libros es algo evidente. Da igual el tipo de lectura que hagamos. Incluso esos thrillers cuya trama se basa en la historia del arte y que rápidamente se transforman en best sellers, pero la documentación brilla por su ausencia y lleva a escribir auténticos disparates tanto históricos como artísticos, dicen cosas interesantes y puede que su fantasia desbordada sobre algunos cuadros, lleve a millones de personas a admirar distintas obras de arte e incluso a despertar su interés por la materia. Denominamos despectivamente algunas novelas como fáciles, hablamos de libros comerciales y olvidamos que cualquier página escrita es un paso hacia delante para nuestra apertura de mente. Juzgar un libro por su portada, género, contenido o incluso público potencial es un ejercicio de prepotencia: cada uno puede encontrar en sus lecturas aquello que necesita, da igual lo que sea o dónde se encuentre.
Vivimos tiempos complicados, llenos de radicalismos, de inmediatez y de egoísmo. Es una época de crisis, no solo económica, sino también de valores, de moral. Y, sin embargo, en estos periodos, aflora lo mejor del arte y la cultura, como contrapunto a las difíciles situaciones que experimentamos. No olvidemos que la Edad de Oro española coincide con la crisis del Barroco. Por ello, en estos tiempos inciertos, apostemos por la cultura, por saber quiénes somos y sacar lo mejor que hay en nosotros. Leamos. Da igual si lo hacemos en papel o en pantalla, si es poesía, prosa, ensayo, periódicos, revistas o cómics. Dejemos que el arte desarrolle nuestro pensamiento y que la lectura nos dé el impulso necesario para cambiar el mundo con nuestros actos. Permitamos que, por esta vez, Saramago no esté del todo acertado.

97 formas de decir te quiero

“Para Carolina, la 98 forma de decir te quiero. Jordi Sierra i Fabra”, pone en mi libro de “97 Formas de Decir Te Quiero”. No lo tengo delante, pero no he tenido que consultarlo. Lo sé, lo memoricé cuando, con 15 años, uno de los autores más importantes de literatura infantil y juvenil me firmó uno de mis libros favoritos en el la Feria del Libro de Madrid. Sierra i Fabra fue uno de mis maestros, uno de los que me llevaron por la senda de la lectura, convirtiéndome en quien soy hoy. Pero no fue el único. Son muchos los que he cogido entre mis manos, seguido con mis ojos, procesado en mi cerebro y atrapado en mi corazón. Cada uno me ha hablado, he sentido su amor al pasar sus páginas, los he amado por lo que me han dado. Cada uno de una manera, porque cada uno me ha dicho algo distinto. Ellos son mis 97 formas de decir te quiero (en la infancia y adolescencia).

Quino. Igual apareció muy pronto en mi vida. Empecé demasiado joven a leerle, y algunas cosas las tenía que preguntar. Pero el caso es que esa joven argentina, tan humanitaria y fan de los Beatles marcó mi carácter desde bien pequeña y, aún hoy, cuando el mundo se complica recurro a sus páginas, algunas heredadas de mi padre, otras regaladas en mi primera comunión.

Chirstine Nostlinger. Devoraba sus historias de Susi, Paul y compañía. Fueron los primeros libros con los que entendí lo que era la adicción lectora. Aún recuerdo cómo leí “Querida Susi, Querido Paul”. Una mañana en el cole, en un libro de texto, había un fragmento. Me gustó tanto que por la tarde fue a la biblioteca y saqué el libro. Cuando llegue a casa, me senté en la cama y, sin cambiarme de ropa siquiera, lo leí del tirón. A la larga, lo compré y releí hasta la saciedad, incluso el año pasado, tras la muerte de su autora.

Roald Dahl. A este señor lo considero mi padre literario. “Matilda” fue el primer libro “gordo” que leí. Ahora me parece normal, y nada en comparación con los “Geronimo Stilton” que leen los niños hoy en día, pero con 9 años me pareció un mundo. Y el recuerdo es tan exacto por que con mi letra bailona lo escribí en la portada. Después de “Matilda” vinieron otros de sus libros y algunos incluso no los leí hasta que fui adulta. Pero, afortunadamente, él sigue en mi vida. Como maestra, es un recurso indispensable para que los niños lean. El 13 de septiembre, día de su cumpleaños, en Reino Unido se celebra el día de Roald Dahl, y en mi clase también. Leemos, jugamos y soñamos de su mano. Con él no soy objetiva y 98 formas se me quedan cortas para decir lo que le quiero. Porque me enseño que, cómo finaliza su último libro, y yo he reproducido en la puerta de mi clase, aquellos que no creen en la magia, nunca la encontrarán.

Elvira Lindo. ¿Quién no ha leído “Manolito Gafotas”? Con ella sentí por primera vez el subidón de saber que uno de tus autores favoritos va a sacar nuevo libro. La expectativa, el placer de tener el nuevo libro soñado en tus manos tras una cuenta atrás interminable. Aprendí a esperar con ella, soñando qué le pasaría al chico con gafas de Carabanchel Alto, su hermano el Imbécil y su incombustible abuelo. A Elvira Lindo la sigo leyendo, en sus novelas para adultos y sus artículos en el periódico y le tengo un cariño especial por motivos que van más allá de sus libros. Pero cuando la leo ahora pienso que si he llegado hasta ahí, ella tiene parte de culpa.

Jostein Gaarder. En realidad solo he leído un libro suyo, pero ha sido tan importante que no puede faltar. Empecé a leer “El Mundo de Sofía” con 10 años y tardé un montón en acabarlo. Lo leía los fines de semana por la mañana para enterarme bien, y creo que desde ahí me viene la costumbre de leer ensayo. También le debo mi amor a la filosofía. Años después, siendo ya adulta volví a leer el libro y me di cuenta de cómo su explicación sobre Sócrates me influyó. Por él, pasé a la filosofía y a leer los textos directamente de la fuente.

María Gripe. Todo empezó con un libro de “Barco de Vapor” que nos mandaron leer en el cole y seguí con ella hasta la colección “Gran Angular”. Sus “Trilogía de las Sombras” me tuvo tan en vilo que aún hoy siguen colocados en mi estantería. Fue mi introducción a la novela negra, al misterio. No dejaba sus libros porque necesitaba saber qué ocurría en el mundo de Carolyn y de Berta y cuáles eran las sombras. 

Jordi Sierra i Fabra. Sus historias han marcado a generaciones y lo siguen haciendo. Como con Gripe, algunas de sus obras me generaron esa adición al misterio que hace que no sueltes el libro y necesites saber qué pasa. Y no solo eso, además, ha fundado su propio premio literario para adolescentes, para motivarles a escribir. En mi época, sin embargo, aún no existía y me conformaba con leerle. 

J.K. Rowling. De ella podría escribir largo y tendido, pues no la admiro solo por sus obras, también encuentro inspiradora su historia. Mujer en lo hondo de un pozo que decide dedicarse en cuerpo y alma a lo que mas ama, y haciendo esto se redime y llega a lo más alto. Cuento de hadas del siglo XX en el que se demuestra hasta dónde se puede llegar con esfuerzo y sin rendirse. ¿Y qué decir de Harry Potter? Para mí es como un hogar al que huyo en los malos momentos y al que recurro cuando no sé que leer (o un libro me ha marcado tanto que necesito un margen antes de coger otro nuevo). J. K. Rowling, en términos lingüísticos, no es una escritora en la que detenerse a ver cómo ha construido la oración o elegido las palabras, pues su estilo es sencillo, pero sus historias, sus detalles, su magia, superan con creces cualquier floritura literaria. Ha conseguido, además, crear una generación de lectores entregados que a través de sus historias se han convertido en grandes lectores.

Estos son mis “te quiero” de niñez y adolescencia. Sé que muchos de ellos seguirán en la lista de las futuras generaciones, pero también sé que muchos otros pasaran a formar parte de esta lista, porque, afortunadamente, la literatura infantil y juvenil vive un momento dorado en el que los más grandes conviven con los noveles.

La literatura infantil es una rama generalmente olvidada. Si bien es cierto que el negocio que mueve es considerable, llega un momento en el que olvidamos los libros que nos hicieron leer. Una parte de lo que somos, como lectores pero a veces también como personas, se lo debemos a ellos. Son las primeras experiencias las que marcan el camino, las que determinan si nos convertiremos en personas que leen o no, pues si no damos con los libros adecuados, podemos perdernos por el camino, como sugieren los informes sobre la lectura. Pero, si volvemos la vista atrás, seguramente encontraremos grandes historias. Hagámoslas pervivir.

Publicado en Tribuna Ávila en enero de 2018

Y de cañas con ellos

Hace quince días les hablé de mis tés con las amigas de papel y tinta, pero esta semana saldré de cañas con los amigos, a garitos de mala muerte, bares tradicionales o pubs ingleses, porque dicen que lo importante no es el lugar sino la compañía.
Para empezar, confieso, paso mucho tiempo con Patrick en los cafés de París. Damos buenos paseos, envueltos en misterios e identidades secretas y cuando la sed acucia nos sentamos en algún café, a horas intempestivas y dejamos que los silencios llenen lo que no completa la vida. En uno de estos establecimientos conocí también a Ernest. Ambos estábamos fuera de casa en la capital francesa, pero frecuentábamos los mismos sitios. Después hemos estado en Cuba, Estados Unidos, Canadá y hasta aquí, en España, pero fue en París donde le conocí. Y Marcel también acabó llevándome a su ciudad natal, tras varios veranos de infancia en Combray y los de juventud en Balbec. En su larga búsqueda del tiempo perdido, es un fiel consejero que entiende la vida de tal manera que pese al largo intervalo que nos separa, todo sigue teniendo sentido. Tan solo el asma que compartimos me agobia cuando le dan ataques, y me hace sentir agradecida de tener los medios médicos del siglo XXI.
Karl Ove me ha dado a conocer los bares nórdicos y juntos hemos hablado de literatura y de la vida, de cómo se presenta, de cómo se afronta y se supera. Javier me ha llevado a tabernas griegas, pubs irlandeses, bares americanos… mucho he viajado de su mano y compartido su maleta, repleta de autores que le hacían de guía en sus viajes. Rafael es perfecto para hablar de literatura española. Milan es fuente de inspiración y de reflexión, tiene una filosofía que te lleva a repensarlo todo. Hervé es nuevo, pero sus conversaciones expanden mi pensamiento. Antonio me habla de arte, de jazz (cuidado que le gusta, a veces se pone un poco pesado), de su vida y de su querida mujer Elvira, otra gran amiga mía. Eduardo es siempre surrealista, estar con él es diversión asegurada. Paul es un mago de las palabras, sus historias dan vértigo y te atrapan en 4, 3, 2, 1. Haruki es experto en mezclar la realidad y la fantasía como nadie.
J.R.R. y C.S. son del club de la magia. Nos reunimos en el Eagle and Child de Oxford donde narran la vida en clave de fantasía, pero sus historias son tan profundas que encierran la realidad del mundo. Ian y sus amigos Kazuo, Martin y Haniff, me cuentan historias muy diversas, normalmente inglesas, pero siempre de una manera innovadora, que no te esperas y te atrapa. Juntos expiamos nuestros pecados durante los restos del día. Benjamín es nuevo y me habla de la belleza del Mar Abierto.
Al bar del pueblo me ha llevado siempre don Miguel. Es uno de mis mejores amigos, pero siempre le pondré el don delante, porque el respeto que le tengo es inmenso. Nuestras largas conversaciones sobre la tierra, la infancia o la familia han sido muy importantes para mí. Don Antonio tampoco puede faltar en la taberna rural, en la que sus sufrimientos son los míos, pero su belleza también. Y es que unos versos no vienen mal de vez en cuando para aliviar el espíritu.
Como ven, no me falta vida social, siempre ando por ahí con unos o con otros, escuchando y aprendiendo. Y es que los amigos de papel son necesarios, hay que tenerlos cerca, por si acaso.

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2022

Un té con ellas

Me gusta tomar el té con mis amigas, las de papel y tinta, y chismorrear con ellas, sentada en el sofá, calentita y a veces hasta con una manta. Otras veces al aire libre, abanicadas por los árboles mientras las palabras fluyen como las olas del mar cercano. Dialogar con ellas ensancha mi mente, amplía mis horizontes y me da nuevas perspectivas en la vida. Algunas llevan toda la vida conmigo y espero que no nos separemos jamás, pero cada vez son más las voces que se unen a mis sesiones de cotilleo de la hora del té. Bienvenidas sean todas ellas y lo que habrán de regalarme.
Con J. K. hablo de magia y, de vez en cuando, también de las heridas que deja la guerra en los combatientes. Elvira, que prefiere los tintos de verano, solía hablarme de la infancia, pero con el tiempo pasamos a hablar del día a día y de Nueva York. También conocí muy pronto a Jane, que es muy escrupulosa con cómo tomamos el té, pero a veces creo que es por pura ironía, la misma con la que me habla de la sociedad de su época. Agatha apareció relativamente pronto, con ella todo son enigmas, misterios y siempre es capaz de sorprenderte. Más tarde vino Virginia, que cada vez es de una manera. En su habitación propia, tan pronto hablamos de perros, señoras o escritura para, sin más, hablar de la guerra, de la degradación del final…
Con Rosamunde viajé a Inglaterra y de su mano he llegado a bellos lugares insospechados. También es un placer llamarla cuando necesito calma, valorar las pequeñas cosas de la vida. A Elisabeth Jane hace menos que la conozco, sin embargo me ha acompañado en momentos que todos recordaremos. A Zadie la conocí en una librería en Londres y me habla de las diferencias que se pueden vivir siendo de distinta raza. Lo mismo que Chimmamanda: conocerla fue una experiencia transformadora, ella no solo me habla de la diferencia, también me narra la vida en lugares que no conozco pero que ya siento cercanos. La primera charla con Sahar fue una experiencia muy dura, de esas que te cambian por dentro.
Siri siempre aparece cuando más le necesito, me recuerda quién soy y hacia donde quiero ir y charlar con ella de arte y neurociencia es una auténtica maravilla. Rosalía me habla en gallego y parece que la entiendo; Emilia, sin embargo, lo hace en castellano, aunque alguna palabra en esa lengua se la escapa de vez en cuando. Con Susanna todo puede pasar, tan pronto hablamos de magia como atravesamos mansiones imposibles, mientras que Donna viene solo una vez cada diez años, pero llena mis días de arte y misterio, me tiene siempre pegada a la silla. Fran es la risa constante, Deborah las ganas de pensar y Laura el surrealismo. con Jhumpa vuelvo a la India, Chiki tiene un cofre de historias que siempre está dispuesta a compartir, Joan me habla de lo que pasa tras la muerte de un ser querido, Joyce siempre es entretenida pero nunca es igual, Irene me habla de literatura, Amélie me cuenta la versión adulta de los cuentos de toda la vida, María de las mujeres del campo, Carmen de Nada…
Cada una tiene una manera de ver la vida, de mostrármela, una voz distinta y alguna de ellas ha pervivido al paso del tiempo. En ellas encuentro nuevas visiones, maneras de enfrentar la vida, de contarla y de vivirla. Llevan años a mi lado, pero ahora recurriré más a ellas. A fin de cuentas en los tiempos difíciles necesitas buenos consejeros.

Publicado en Diario de Ávila en marzo de 2022